Entre naranjos : 2-04

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Doña Bernarda mostrábase contenta de su Rafael. Se acabaron las miradas feroces, los gestos severos, las mudas escenas entre madre e hijo, que presenciaban con temor los íntimos de la casa.

Ya no iba a la casa azul; lo sabía con gran certeza, gracias al espionaje gratuito con que la servían las gentes afectas a la familia. Apenas salía de casa; un rato al Casino por las tardes, y el resto del día en el comedor, con ella y los amigos, o encerrado en su cuarto, a vueltas, sin duda con sus libros, que la austera señora miraba con el respeto supersticioso de su ignorancia.

Don Andrés, el consejero, se mostraba triunfante al comentar aquel cambio. ¿Qué había dicho él, siempre que doña Bernarda, en las íntimas confidencias de aquella amistad que casi tomaba el carácter de una pasión senil, tranquila y respetuosa, se quejaba de la rebeldía del muchacho? Aquello pasaría; era un capricho de la edad; había que dar a la juventud lo suyo. Rafael no había estudiado para cartujo: ¡Otros a su edad y aun con más años eran peores!... Y el viejo señor pensaba sonriendo en sus fáciles conquistas de los almacenes, entre el rebaño despeinado, miserable y de sucios zagalejos que empapela la naranja..

La buena doña Bernarda, después de sufrir tanto con su marido, era demasiado exigente con su hijo. ¡Qué se divirtiera! ¡Qué gozara! Ya se cansará de la artista, con ser tan hermosa, y entonces sería fácil volverle a la buena senda.

Doña Bernarda admiraba una vez más el talento del consejero, viendo cumplidas sus predicciones, hechas con un cinismo que enrojecía a la devota señora.

Ella también lo creía acabado todo. Su hijo era menos ciego que el padre. Se había cansado del amor de una mujer perdida como aquélla; no quería reñir con su madre por tan poca cosa, ni que los enemigos le desacreditasen, y volvía a su deber, con gran alegría de la buena señora, que le rodeaba de solícitas atenciones.

–¿Y de aquello? –le preguntaban misteriosamente sus amigas.

–Nada – respondía con una sonrisa de orgullo–. Han pasado tres semanas y ni asomos de querer volver allá. Mi Rafael es bueno. Lo ocurrido no fue más que una distracción de muchacho. ¡Si le vierais por las tardes haciéndome compañía en la sala! Un ángel, un verdadero ángel. Se pasa las horas hablando conmigo y con la hija de Matías.

Y añadía, extremando su sonrisa y con ojos maliciosos:

–Creo que hay algo.

Algo había, sí, o por lo menos apariencia de haberlo, Rafael, cansado de vagar por la casa, fatigado de los libros, ante los cuales pasaba horas enteras volviendo hojas, sin darse cuenta de lo que decían, refugiábase en el salón, donde cosía su madre vigilando un complicado bordado de la hija de don Matías.

Rafael gustaba de la mansa sencillez de aquella muchacha. Su simplicidad producía en él una impresión de frescura y descanso. La veía como una cuevecita angosta y oculta, en la cual dormitaba tranquilo después de una tempestad. La sonrisa satisfecha de su madre le animaba a permanecer allí. Jamás la había visto tan bondadosa y comunicativa. El gozo de tenerle otra vez seguro y sumiso modificaba su carácter austero hasta la rudeza.

Remedios, con la cabeza inclinada sobre su bordado, enrojecía intensamente cada vez que Rafael alababa su obra o le decía que era la muchacha más bonita de Alcira. La ayudaba a enhebrar las agujas; con las manos extendidas servía de devanadera a las madejas que ovillaba la joven, y más de una vez la pellizcaba por debajo del bastidor con la confianza de haberla conocido niña, lo que no evitaba sus gritos escandalizados.

–Rafael, no seas loco –decía la madre, amenazándole bondadosamente con sus secas manos–. Deja trabajar a Remedios; si te portas tan mal, no te permitiré entrar en la sala.

Y por la noche, a solas en el comedor con don Andrés, cuando llegaba la hora de las confidencias, doña bernarda olvidaba los asuntos de la casa y del partido, para decir con satisfacción:

–Eso marcha.

–¿Se enamora Rafaelito?...

–Cada día más. La cosa va a todo vapor. Ese chico es en esto el vivo retrato de su padre. Crea usted que conviene que no los pierda de vista. Si no estuviera yo allí, ese diablillo sería capaz de una locura que desacreditase la casa.

Y la buena señora estaba segura de que para Rafael no existía ya la hija del doctor Moreno, criatura abominable, cuya belleza había sido su pesadilla durante algunos meses.

Sabía por sus espías que una mañana de mercado se habían encontrado los dos en las calles de Alcira. Rafael volvió la mirada como si buscase un sitio por donde huir; ella palideció y siguió adelante fingiendo no verlo. ¿Qué significaba esto?... La ruptura para siempre. Ella, la buena pieza, palidecía de rabia tal vez porque no podía atrapar de nuevo a su Rafael, porque éste, cansado de inmundicia, la abandonaba para siempre. ¡Ah, la perdida! ¡La ramera!

Pues qué, ¿no había más que educar un hijo en las más sanas y virtuosas creencias y hacer de él un personaje, para que después llegase una corretona peor mil veces que la que por dinero hacen porquerías en un callejón y se lo llevase con sus manos sucias? ¿Qué había creído la hija del descamisado?... ¡Rabia, palidece de pena al ver que se te va para siempre!

En la alegría de su triunfo, comenzaba a pensar en la boda de su hijo con Remedios, y levantando una punta de su reserva de gran señora, trata a don Matías como de la familia, ensalzando el afecto cada vez más vivo que unía a los chicos.

–Pues si se quieren –decía el burlón ricachón–, por mí que sea la boda cuanto antes. Remedios hace mucho papel a mi lado; una mujercita como hay pocas para el gobierno de la casa, pero esto que no sea obstáculo para el casorio. Muy satisfecho, doña Bernarda, de que seamos parientes. Sólo siento que don Ramón no pueda ver estas cosas.

Y era verdad que lo único que empañaba la alegría del rústico millonario era que no viviese el alto e imponente señor para darse el gusto de tratarle como a un igual, coronando así el éxito de su asombrosa fortuna.

Doña Bernarda también veía en aquella unión la cúspide de sus ensueños; el dinero unido al poder; los millones de un comercio cuyos éxitos maravillosos parecían golpes de juego, viniendo a vivificar con savia de oro el árbol de los Brull, algo resquebrajado y viejo por largos años de lucha.

Comenzaba la primavera. Algunas tardes doña Bernarda llevaba los chicos a sus huertos o a las ricas fincas del padre de Remedios.. Había que ver con qué aire de bondad vigilaba a la joven pareja, gritando alarmada si en sus correrías permanecían algunos minutos tras los naranjos.

–¡Este Rafael! –decía a su consejero con aquella confianza que le había hecho relatar más de una vez las tristezas de la intimidad con su esposo–. ¡Qué pillo es! ¡De seguro que la estará besando!

–¡Déjelos usted, doña Bernarda. Cuanto más se meta en harina, menos peligro de que vuelva a la otra.

¿Volver?... No había cuidado. Bastaba contemplar a Rafael cómo cogía las flores y las colocaba riendo en la cabeza o en el pecho de Remedios, que se resistía débilmente, con un rubor de colegiala, conmovida por tales homenajes.

–Quieto, Rafaelito –murmuraba con una voz que parecía un balido suplicante–. No me toques; no seas atrevido.

Y su emoción la traicionaba de tal modo que parecía estar pidiendo que el joven volviese a poner en su cuerpo aquellas manos que la trastornaban desde los pies a la raíz de los cabellos. Se replegaba por educación; huía de él porque éste es el deber de una joven cristiana y bien educada; escapa como una cabrita, con graciosos saltos, por entre las filas de naranjos, y el señor diputado salía detrás a todo galope, con las narices palpitantes y los ojos ardorosos.

–¡Qué te coge, Remedios! –gritaba la mamá riendo–. ¡Corre, que te coge!

Don Andrés contraía su cara arrugada con una sonrisita de viejo fauno. Aquellos juegos le rejuvenecían.

–¡Hum, señora! Sí que va la cosa a todo vapor. Está que arde, Cáselos usted pronto; mire que, si no, podemos dar mucho que reír a Alcira.

Y todos se engañaban. Ni la madre ni el amigo veían la expresión de desaliento y tristeza de Rafael cuando quedaba solo, encerrado en su cuarto, en cuyos oscuros rincones seguían viendo aquellos ojos verdes y misteriosos de que había hablado a Leonora.

¿Volver a ella? Nunca. Duraba en él la vergüenza y el anonadamiento por lo de aquella mañana. Se veía en toda su trágica ridiculez, apelotonado en el suelo, oprimido por el pie de la viril amazona, manchado de tierra, humilde y confuso como un delincuente que no acierta a disculparse. Y después la palabra terrible como un latigazo: «¡Vete!», como a un lacayo que osa a atreverse a su señora, y la verja cerrándose a sus espaldas con estrépito, cayendo como una losa de tumba entre él y la artista.

No volvería; le faltaba valor para arrastrar su mirada. La mañana en que la encontró casualmente cerca del mercado creyó morir de vergüenza; le temblaron las piernas, vio que la calle se oscurecía como si repentinamente llegase la noche. Había desaparecido ella y todavía le zumbaban los oídos, y buscaba apoyarse en algo, como si el suelo se balanceara bajo sus pies.

Necesitaba olvidar su vergonzosa torpeza, aquel recuerdo tenaz como un remordimiento, y se aturdía cerca de la protegida de su madre. Era una mujer, y sus manos, que parecía desatadas desde aquella mañana dolorosa, iban a ella; su lengua, libre después de la vehemente confesión de amor a la puerta del huerto, hablaba ahora con ligereza, expresando una adoración que parecía resbalar sin huella alguna por la cara inexpresiva de Remedios, yendo lejos, muy lejos, donde permanecía oculta y ofendida la otra.

Se aturdía cerca de Remedios, para caer en una estúpida tristeza apenas se veía solo. Era una embriaguez de espuma que se evaporaba en la soledad. Remedios le parecía uno de esos frutos sin sazonar, sanos, con la película de la virginidad, limpios de picaduras y manchas, pero sin el sabor que deleita ni el perfume que embriaga.

En su extraña situación, viviendo durante el día de jugueteos infantiles con una muchacha que no despertaba en él más que el regocijo de la camaradería fraternal, y durante la noche de tristes recuerdos, lo único que le placía era la confianza de su madre, la tranquilidad de la casa, el poder ir y venir sin sentir fijos en él unos ojos irritados y escuchar con frecuencia palabras de indignación ahogadas entre dientes.

Don Andrés y los amigos del Casino le preguntaban cuándo sería la boda; su madre hablaba en presencia de los chicos de las grandes transformaciones que se tendría que hacer en la casa. Ella, con las criadas, abajo, y todo el primer piso para el matrimonio, con habitaciones nuevas que habían de ser el asombro de la ciudad, y para cuyo adorno vendrían los mejores decoradores de Valencia. Don Matías le trataba familiarmente, como cuando se presentaba en el patio a recibir órdenes y le veía niño, jugueteando en torno del imponente don Ramón.

–Todo cuanto tengo, para vosotros será. Remedios es un ángel, y el día que yo muera tendrá más que el pillo de mi hijo. Sólo te ruego que no te la lleves a Madrid; ya que abandona mi casa, al menos que la pueda ver todos los días.

Y Rafael oía todas estas cosas como en sueños. Realmente, él no había manifestado ningún deseo de casarse; pero allí estaba su madre, que lo arreglaba todo, que le imponía su voluntad que aceleraba aquel afecto tenue y ligero, empujándole hacia Remedios. Su boda era cosa decidida, un tema de conversación para toda la ciudad.

Sumido en su tristeza, agarrotado por la tranquilidad que ahora le rodeaba y que temía romper, débil y sin voluntad, encontraba un consuelo pensando que la solución preparada por su madre era la mejor.

Su amistad con Leonora se había roto para siempre. Cualquier día levantaría ella el vuelo; lo había dicho muchas veces; se marcharía pronto, cuando terminase la primavera. ¿Qué le quedaba a él?... Obedecer a su madre; se casaría, y tal vez esto le distrajese. Poco a poco iría creciendo su afecto por Remedios, y tal vez llegase a amarla con el tiempo.

Estas reflexiones le daban un poco de tranquilidad, le sumían en una inconsciencia agradable. Quería ser como de niño: que su madre se encargase de todo; el se dejaría llevar, sin resistencia ni movimiento, por la corriente de su destino.

Pero esta resignación se rasgaba a veces con arranques de protesta, con palpitaciones violentas de pasión.

Comenzaban a florecer los naranjos. La primavera hacía densa la atmósfera. El azahar, como olorosa nieve, cubría los huertos y esparcía su perfume por los callejones de la ciudad. Al respirar se mascaban las flores.

Rafael no podía dormir. Por las rendijas de las ventanas, por debajo de las puertas, al través de las paredes, parecía filtrarse el perfume virginal de los inmensos huertos; aquel olor, que evocaba la visión de carnales desnudeces, acosaba con agudas punzadas su joven virilidad. Era el aliento embriagador que venía de allá abajo, después de haber pasado tal vez por los pulmones de ella agitando su mórbido pecho.

¡Ah los terribles recuerdos! Rafael se revolvía en la cama, creyendo sentir todavía en sus manos el contacto sedoso de las misteriosas interioridades tanteadas ávidamente en la fiebre de la lucha; se imaginaba tener ante sus ojos aquella rápida visión de nieve sonrosada, entrevista como a luz de un relámpago, mientras el iracundo pie le oprimía el pecho. Y revolviéndose entre las sábanas, rugía de pasión, mordiendo la almohada.

–¡Leonora! ¡Leonora!

Una noche, a fines de abril, Rafael se detuvo en la puerta de su cuarto con el mismo temor que si fuese a entrar en un horno. Estremecíase al pensar en la noche que le esperaba. La ciudad entera parecía desfallecer en aquel ambiente cargado de perfume. Era un latigazo de la primavera acelerando con su exaltación la vida, dando mayor potencia a los sentidos.

No soplaba ni la más leve brisa; los huertos impregnaban con su olorosa respiración la atmósfera encalmada; dilatábanse los pulmones como si no encontrasen aire, queriendo aspirar de un golpe todo el espacio. Un estremecimiento voluptuoso agitaba la ciudad, adormecida bajo la luz de la luna.

Rafael, sin darse cuenta de lo que hacía, bajó a la calle, y poco después se vio en el puente, donde algunos noctámbulos, con el sombrero en la mano, respiraban con avidez, contemplando el haz de reflejos sueltos, como fragmentos de espejo, que la luna proyectaba sobre las aguas del río.

Siguió adelante Rafael por las calles del Arrabal, solitarias, silenciosas, resonantes bajo sus pasos, con una hilera de casas blancas y brillantes bajo la luna, y la otra sumida en la sombra. Se sentía subyugado por el misterioso silencio del campo.

Su madre dormía descuidada; él estaba libre hasta el amanecer, y seguía adelante, como atraído por aquellos caminos serpenteantes entre los huertos, donde tantas veces había soñado y esperado.

Para Rafael no era una novedad el espectáculo. Todos los años presenciaba la germinación primaveral de aquella tierra, cubriéndose de flores, impregnando el espacio de perfume, y, sin embargo, aquella noche, al ver sobre los campos el inmenso manto de nieve del azahar blanqueando a la luz de la luna, sintióse dominado por una dulce emoción.

Los naranjos, cubiertos desde el tronco a la cima de blancas florecillas con la nitidez del marfil, parecían árboles de cristal hilado; recordaba Rafael esos fantásticos paisajes nevados que tiemblan en la esfera de los pisapapeles. Las ondas de perfume sin cesar renovadas, extendíanse por el infinito con misterioso estremecimiento, transfigurando un paisaje, dándole una atmósfera sobrenatural, evocando la imagen de un mundo mejor, de un astro lejano donde los hombres se alimentasen con perfumes y vivieran en eterna poesía. Todo estaba transfigurado por aquel ambiente de gabinete de amor iluminado por un inmenso fanal de nácar. Los crujidos secos de las ramas sonaban en el profundo silencio como besos: el murmullo del río le parecía a Rafael el eco lejano de una de esas conversaciones con voz desfallecida susurrando junto al oído palabras temblorosas de pasión. En los cañaverales cantaba un ruiseñor débilmente, como anonadado por la belleza de la noche.

Se deseaba vivir más aprisa; los sentidos se afinaban, y el paisaje imponía silencio con su belleza pálida, como esas intensas voluptuosidades que se paladean con un recogimiento místico. Rafael seguía el camino de siempre; iba hacia la casa azul.

Aún duraba en él la vergüenza de su torpeza; si hubiese visto a Leonora en medio del camino, habría retrocedido con infantil terror; pero la seguridad de que a aquella hora no podría encontrarla le daba fuerzas para seguir adelante. A sus espaldas, sobre los tejados de la ciudad, habían sonado las doce. Llegaría hasta las tapias de su huerto, entraría en él, si le era posible, y permanecería algunos minutos recogido y silencioso al pie de la casa, adorando las ventanas tras las cuales dormía la artista.

Era su despedida. Un capricho de romántico sentimentalismo, que se le había ocurrido al salir de la ciudad y ver los primeros naranjos cubiertos de aquella flor cuyo perfume había retenido en paciente espera a la artista durante muchos meses. Leonora no sabría que había estado cerca de ella, en el huerto silencioso inundado de luna, adorándola por última vez, despidiéndose con el dolor mudo con que se dice adiós a la ilusión que se pierde en el horizonte.

Vio ante él la verja de verdes barrotes, aquella que se había cerrado a sus espaldas con el estrépito de una injuriosa despedida. Buscó en la cerca de espinos una brecha que conocía de la época en que rondaba la casa. La pasó, y sus pies se hundieron en la tierra fina y arenisca de las calles de naranjos. Sobre las copas de éstos aparecía la casa blanquecina bajo la luna, brillando como plata las canales del tejado y los antepechos de las ventanas. Todas estaban cerradas; la casa dormía.

Al ir a avanzar, saltó de entre los naranjos un bulto negro, cayendo junto a él con sordo mugido. Era el perro de la alquería, un animal feo y torvo que mordía antes de ladrar.

Rafael dio un paso atrás, sintiendo el vaho de aquella boca anhelante y rabiosa que buscaba hacer presa en sus piernas; pero se tranquilizó al ver que el perro, tras una corta indecisión, movía bondadosamente la cola y se limitaba a husmear los pantalones para convencerse de la identidad de la persona. Le había conocido; agradecía sus caricias, recordaba la mano pasada automáticamente por el lomo mientras conversaba con Leonora en el banco de la plazoleta.

Le pareció un buen presagio aquel encuentro, y siguió adelante, mientras el perro volvía a agazaparse en la sombra.

Avanzaba tímidamente al amparo de la ancha faja de oscuridad que proyectaban los naranjos, casi arrastrándose, como un ladrón que teme caer en una emboscada.

Salió a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entró en ella experimentó una impresión de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al mismo tiempo que cerca de él sonaba un grito.

Se volvió, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que, al incorporarse, quedó con el rostro en plena luz: Leonora.

El joven hubiera deseado desaparecer, que se lo tragara la tierra.

–¡Rafael! ¿Usted aquí?...

Y los dos quedaron silenciosos frente a frente: él, avergonzado, mirando al suelo; ella, contemplándole con cierta indecisión.

–Me ha dado usted un susto que no se lo perdono –dijo al fin–. ¿A qué viene usted aquí?

Rafael no sabía que contestar. Balbucía con una timidez que impresionó a Leonora; pero, a pesar de su turbación, notó un brillo extraño en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz, que la transfiguraba.

–Vamos –dijo Leonora bondadosamente–, no busqué usted esas excusas tan raras... ¿Qué venía usted a despedirse sin querer verme? ¿Qué galimatías es ése? Diga usted sencillamente que es una víctima de esta noche peligrosa; yo también lo soy.

Y abarcaba con sus ojos, de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por la luna, los nevados naranjos y los rosales y palmeras, que parecían negros destacándose sobre el espacio azul, en el que vibraban los astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tenía una opacidad suave, acariciaba como terciopelo.

Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdón; habló de la locura que le había expulsado de allí; pero la artista le atajó:

–No hablemos de aquella infamia: me hace daño recordarla. Queda usted perdonado, y ya que cae aquí como llovido del cielo, quédese un momento. Pero... nada de audacias. Ya me conoce usted.

Y recordando su viril apostura de amazona, segura de sí misma, volvió al banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.

–¡Qué noche!... Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me emborrachan con su aliento. Hace una hora sentía que mi habitación daba vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me parecía un barco en plena tempestad. He bajado, como otras veces, y aquí me tiene usted hasta que el sueño pueda más que la hermosura de la noche.

Hablaba con languidez, abandonándose, con temblorosa voz y estremecimiento del pecho, como se la angustiase aquel perfume, comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la veía a corta distancia, blanca, escultural, envuelta en el jaique con que se cubría al pasar de la cama al baño; lo primero que había encontrado a mano al bajar al huerto.

Y bajo la fina lana delatábanse las tibias redondeces con un perfume de carne sana, fuerte y limpia, que, atravesando la tela, se confundía con la virginal respiración del azahar.

–He tenido miedo al verle –continuó con voz lenta y apagada–; un poco de miedo nada más, la natural sorpresa, y, sin embargo, estaba pensando en usted en aquel momento. Se lo confieso, sí. Me decía: «¿Qué hará aquel loco a estas horas?»; y repentinamente se presenta usted aquí como un aparecido. No podría usted dormir, excitado por este ambiente, y ha venido a tentar de nuevo la suerte con la misma esperanza que le guiaba otras veces.

Hablaba si su ironía habitual, quedamente, como si conversase con ella misma. Descansaba con abandono su busto en el respaldo del banco, con un brazo cruzado tras la cabeza.

Rafael quiso hablar otra vez de su arrepentimiento, de aquel deseo de arrodillarse ante la casa para pedir mudamente perdón a la que dormía arriba, pero Leonora le atajó de nuevo.

–Cállese usted: habla muy fuerte y podrían oírlo. Mi tía duerme al otro lado de la casa, tiene el sueño ligero... Además, no quiero oír nada de remordimientos y perdón. Eso me trae a la memoria la vergüenza de aquella mañana. ¿No le dice a usted bastante que yo le permita estar aquí? De nada quiero acordarme... ¡A callar, Rafael! En silencio se paladea mejor la belleza de la noche; parece que el campo habla con la luna, y el eco de sus palabras son estas olas de perfume que nos envuelven.

Y quedó inmóvil y silenciosa, con los ojos en alto, reflejándose en sus córneas la luz de la luna con una humedad lacrimosa. Rafael veía de cuando en cuando agitarse su cuerpo con misteriosos estremecimientos, extenderse sus brazos, cruzándose tras la dorada cabellera con desperezos que hacían crujir la blanca envoltura, poniendo en voluptuosa tensión todos sus miembros. Parecía trastornada, enferma; su respiración anhelante tomaba a veces el estertor del sollozo; inclinaba la cabeza sobre un hombro y desahogaba su pecho con suspiros interminables.

El joven callaba obediente, temiendo que el recuerdo de su torpe audacia surgiera de nuevo en la conversación, sin ánimo para acortar la distancia que los separaba en el banco. Ella, como si adivinase el pensamiento de Rafael, hablaba con lentitud del estado anormal en que se hallaba.

–No sé qué tengo esta noche. Quiero llorar sin saber por qué; siento en mí una inexplicable felicidad, y, sin embargo, prorrumpiría en sollozos. Es la primavera, ese maldito perfume que es un latigazo para mis nervios. Creo que estoy loca... ¡La primavera! ¡Mi mejor amiga, y no le debo más que rencores! Si alguna locura he hecho en mi vida, ella ha sido la consejera. Es la juventud que renace en nosotros; la locura que nos hace la visita anual... ¡Y yo, fiel siempre a ella, adorándola; aguardando su llegada cerca de un año en este rincón para verla aparecer con su mejor traje, coronada de azahar como una virgen, una virgen malvada que paga mi carió con golpes!... Mire usted cómo me ha puesto. Estoy enferma no sé de qué; enferma de exceso de vida; me empuja no sé adónde; seguramente a donde no debo ir... Si no fuese por mi fuerza de voluntad, caería tendida en este banco. Estoy como los ebrios que hacen esfuerzos por mantenerse sobre las piernas y marchar rectos.

Era verdad: estaba enferma. Cada vez sus ojos aparecían más lacrimosos; su cuerpo, estremecido, parecía encogerse, desplomarse sobre sí mismo, como si la vida, cual un fluido dilatado, buscase escape por todos los poros.

Calló de nuevo por mucho rato, con la mirada vaga y perdida en el infinito, y de pronto murmuró, como contestando a sus recuerdos:

–Nadie como él conoció esto. Lo sabía todo, sentía como nadie el misterio de las ocultas fuerzas de la Naturaleza , y cantó la primavera como un dios. Hans me lo dijo muchas veces, y es verdad.

Y añadió, sin volver la cabeza, con la voz vaga de una sonámbula:

–Rafael, usted no conoce la Valquiria , ¿verdad? No ha oído el canto de la Primavera.

No; el diputado no sabía lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban, nacarados, fuertes y redondos, de las caídas mangas, hablaba lentamente, evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginación la escena de intensa poesía, la glorificación y el triunfo de la Naturaleza y el Amor.

La cabaña de Hunding, bárbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles, revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo, en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo, olvidado de su padre: Sigmundo, que a sí mismo se da por nombre Desesperación, errante años y años a través de las selvas, acosado por los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de pieles, descansa por fin al pie del gigantesco freno que sostiene la cabaña, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce Siglinda, conoce por primera vez la existencia del amor mirándose en sus cándidos ojos.

El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de él al terminar la rústica cena: «Tu padre era el Lobo, y yo soy de la raza de los cazadores. Hasta que apunte el día, mi casa te protege; eres mi huésped; pero así que el sol se remonte serás mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara la bebida de la noche y vámonos al lecho.»

Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa soledad. Ni hogar ni familia, ni la espada milagrosa que le prometió su padre el Lobo. Y cuando apunte el día, de la cabaña que le cobija saldrá el enemigo que ha darle muerte. El recuerdo de la mujer que apagó su sed, la chispa de aquellos ojos cándidos envolviéndole en una mirada de piedad y amor, es lo único que le sostiene... Ella llega, después de dejar dormido al feroz compañero. Le enseña en el fresno la empuñadura de la espada que hundió al dios Wotan; nadie puede arrancarla, sólo obedecerá a la mano de aquel para quien la ha estimado del dios.

Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como blanca aparición que le revela la existencia en el mundo de algo más que la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima; la abraza, la estrecha contra su pecho y la puerta se abre a impulsos de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmósfera de rumores y perfumes.

Siglinda se estremece. «¿Quién ha entrado?» Nadie, y, sin embargo, un nuevo ser acaba de penetrar en la cabaña, abatiendo la puerta con su invisible rodillazo, y Sigmundo, con la inspiración del amor, adivina quién es el recién llegado. «Es la primavera que ríe en el aire en torno de tus cabellos. Se acabaron las tempestades, terminó la oscura soledad. El luminoso mes de mayo, joven guerrero con armadura de flores, se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta, la Naturaleza , regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la Primavera y la Juventud.»

Y Leonora se estremecía escuchando internamente el murmullo de la orquesta al acompañar el canto de ternura inspirado por la primavera; la vibración de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno al recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada plazoleta creía contemplar a Sigmundo y Siglinda estrechándose en eterno abrazo, formando un solo cuerpo, como cuando los veía desde los bastidores vestida de valquiria, esperando la hora de despertar el entusiasmo del público con su alarido ¡hojotoho!

Sentía la misma tristeza de Sigmundo en la cabaña de Hunding. Sin familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que estrechar cariñosamente; y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella la que se aproximaba a Rafael, la que había puesto una mano entre las suyas.

Estaba enferma. Sollozaba quedamente, con una timidez suplicante de niña, como si la intensa poesía de aquel recuerdo artístico hubiese quebrantado el débil resto de voluntad que la había mantenido dueña de sí..

–No sé que tengo. Me siento morir..., pero con una muerte tan dulce..., ¡tan dulce!... ¡Qué locura, Rafael!... ¡Qué imprudencia habernos visto esta noche!...

Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche majestuosa, en cuyo silencio parecía agitarse la vibración de una nueva vida. Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yacía inánime en el suelo, sin fuerzas para defenderse.

Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, una mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de resistencia, y, sin embargo, no sentía el ardor brutal de aquella mañana, no osaba moverse, por el temor de parecer audaz y bárbaro. Invadíale una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y horas en contacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisiera abrirse y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estuche guarda la joya.

Le hablaba misteriosamente al oído, sin saber casi lo que decía; murmuraba en su sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecía dichas por otro y le estremecían al decirlas con escalofríos de pasión.

Sí, era verdad; aquella noche era la soñada por el gran artista: la noche de bodas del arrogante Mayo con armadura de flores y la sonriente Juventud.

El campo se estremecía voluptuosamente bajo la luz de la luna; y ellos, jóvenes, sintiendo el revoloteo del amor en torno de sus cabellos estremecidos hasta la raíz, ¿que hacían allí, ciegos ante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba en torno de sus cabezas?

–¡Leonora! ¡Leonora! –gemía Rafael.

Se había deslizado del banco; estaba, casi sin saberlo, arrodillado ante ella, agarrado de sus manos, y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegar hasta su boca.

Y ella, echando atrás el busto con desmayo, murmuraba débilmente, con un quejido de niño:

–No, no; me haría daño... Me siento morir.

–Los dos en uno –continuaba el joven con sorda excitación–, unidos para siempre; mirándose en los ojos como en un espejo; repitiendo sus nombres con la emoción de una estrofa; morir así, si era preciso, para librarse de la murmuración de la gente. ¿Qué les importaba a ellos el mundo y sus opiniones?

Y Leonora, cada vez más débil, seguía negándose.

–No, no...; tengo vergüenza. Un sentimiento que no puedo definir.

Y así era. El dulce estertor de la Naturaleza bajo el peso primaveral, aquel intenso perfume de la flor emblema de la virginidad, la transfiguraban. La loca, la aventurera de accidentada historia, entrada en el placer por el empujón de la violencia, sentía por primera vez rubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgen al contacto del macho, la misma agitación que impulsa a la doncella a entregarse, entre estremecimientos de miedo, a lo desconocido. La Naturaleza , al embriagarla abatiendo su resistencia, parecía crear una virginidad extraña en aquel cuerpo fatigado por el placer.

–¡Dios mío!, ¿qué es esto?... ¿Qué me pasa? Debe de ser el amor; un amor nuevo que no conocía... ¡Rafael!... ¡Rafael mío!

Y llorando dulcemente, oprimía entre sus manos la cabeza del joven, apretaba su boca contra la suya; echándose después atrás con los ojos extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.

Estrechamente abrazados habían caído sobre el banco. El jardín rumoroso los servía de cámara nupcial; la luna los dejaba en la discreta sombra.

–¡Por fin –murmuró ella– lograste tu deseo! Tuya..., pero no para siempre. Te quería antes, pero ahora te adoro... Por primera vez lo digo con toda mi alma.

Rafael, impulsado por la dicha, tuvo un arranque de generosidad. Necesitaba darlo todo.

–Sí; mía para siempre. No temas entregarte, hacerme feliz... Me casaré contigo.

En medio de la embriaguez vio cómo la artista abría con extrañeza sus ojos, cómo pasaba por su boca una sonrisa triste.

–¡Casarnos! ¿Y para qué?... Eso es para otros. Quiéreme mucho, niño mío; ámame cuanto puedas... Yo sólo creo en el amor.



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