Entre naranjos : 2-06

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–Dice usted bien, Andrés. Rafael no es mi hijo; me lo han cambiado. Esa perdida ha hecho de él otro hombre. Peor, mil veces peor que su padre. Loco por esa mujer; capaz de pasar por encima de mí si le separa de ella. Usted se queja de su falta de respeto; pero ¿y yo?... Se hubiera avergonzado usted viéndole. La otra mañana, al entrar en casa, me trató igual que a usted. Pocas palabras, pro buenas. Él hará lo que quiera, o lo que es lo mismo, seguirá con esa mujer hasta que se canse o reviente de una indigestión de pecados, como su padre... ¡Dios mío! ¿Y para esto he sufrido yo? ¿Para esto me he sacrificado años y más años, queriendo hacer de él un gran hombre?

La austera doña Bernarda, vencida en su autoridad por la rebeldía tenaz del hijo, lloraba hablando con su íntimo confidente. En sus lágrimas de dolor maternal había también algo de despecho de mujer autoritaria al ver en la propia casa una voluntad que se rebelaba colocándose por encima de la suya.

Relataba a don Andrés entre suspiros la vida de su hijo en aquellos días, desde que había adquirido su independencia. Ya no se recataba para pasar la noche fuera de casa. Volvía después de amanecer, y por la tarde, con el bocado en la boca, como ella decía, emprendía de nuevo el camino de la casa azul apresuradamente, como si le faltase el tiempo para ver a aquella condenada.

La misma fiebre de su padre, el mismo ardor loco, que consumiría rápidamente su cuerpo. No había más que verlo, descolorido, con una palidez amarillenta, tirante la piel de la cara, como si fuese a marcar con fidelidad enfermiza los relieves del hueso; sin más animación que aquel fuego que brillaba en sus ojos como una chispa de loca alegría. ¡Oh familia desgraciada! ¡Todos iguales!...

La madre hacía esfuerzos para ocultar la verdad a remedios. ¡Pobre muchacha! ¡Triste, cabizbaja, sin poder explicarse el repentino alejamiento de Rafael.

Convenía ocultar el suceso, y esto es lo que limitaba la cólera de doña bernarda en sus rápidas entrevistas con el hijo.

Tal vez podría sobrevenir un arreglo, algo inesperado que deshiciese aquella maléfica influencia sobre Rafael; y con esta esperanza hacía esfuerzos para que Remedios y su padre no se dieran cuenta de lo que ocurría; fingía contento en presencia de ellos, inventaba mil pretextos de estudios, preocupaciones y hasta enfermedades para justificar la conducta de su hijo.

Pero la desconsolada señora temía a la gente que le rodeaba; aquella curiosidad de ciudad pequeña, aburrida en su monotonía, siempre alerta, a la caza de un nuevo suceso que comentar para gozar el placer de la murmuración.

Se esparcía rápidamente la noticia de aquellos amores; circulaba de boca en boca, considerablemente aumentado, el relato de la expedición por el río; los paseos por entre los naranjos; las noches que pasaba Rafael en la casa de doña Pepita, entrando a oscuras y descalzo como un ladrón; las siluetas de los amantes destacándose en la ventana del dormitorio, abrazadas por el talle, contemplando la noche; todo visto por gentes dedicadas por voluntad al espionaje, para poder decir "yo lo he presenciado", y que pasaban la noche ocultas en un ribazo, emboscadas tras una cerca, para sorprender al diputado a la ida o a la vuelta de sus citas de amor.

Los hombres, en los cafés o en el Casino, envidiaban a Rafael, comentando con ojos brillantes su buena suerte. Aquel chico había nacido de pie. Pero luego, en sus casas, unían su voz severa al coro de mujeres indignadas. ¡Qué escándalo! ¡Un diputado, un personaje que debía dar ejemplo! ¡Aquello era burlarse de la ciudad! Y cuando el general rumor de protesta llegaba hasta doña Bernarda, ésta elevaba las manos de desesperación... ¿Adónde irían a parar? Su hijo quería perderse.

Don Matías, el rústico millonario, callaba, y en presencia de doña Bernarda fingía ignorarlo todo. Su interés por emparentar con la familia Brull le hacía ser prudente. Él también esperaba que pasaría aquello: una ceguera de joven; y creyéndose investido de la autoridad de padre, intentó dar algunos consejos a Rafael al encontrarlo en la calle. Pero tuvo que desistir a las pocas palabras, intimidado por la mirada altiva del joven. Creyó por un momento que aún era el pobre cultivador de naranjas de otro tiempo y que se hallaba en presencia de aquel don Ramón majestuoso como un gran señor.

Rafael se defendía con el silencio y la altivez. No necesitaba consejos; pero, ¡ay!, cuando llegaba por la noche a la casa de su amada, cuando se veía en aquel dormitorio que parecía exhalar el mismo perfume de Leonora, como si hubieran absorbido sus muebles y cortinas la esencia de su cuerpo, sentía los efectos de aquella murmuración encarnizada, de la curiosidad de toda una población fija en ellos.

Eran solos los dos contra mucha gente; se abandonaban con el plácido impudor de los antiguos idilios en medio de la monotonía de una vida estrecha, en la que la murmuración era el más apreciado de los talentos.

Leonora estaba triste. Sonreía como siempre, le halagaba con la misma adoración que si fuese un ídolo, se mostraba juguetona y alegre; pero en los momentos de calma, cuando creía no ser observada, sorprendía Rafael en su boca una contracción de amargura, veía pasar por sus ojos oscuros relámpagos, como reflejos de penosos pensamientos.

Una noche le habló con regocijo de lo que la gente decía de ellos. Todo se sabía en aquella ciudad. Hasta la casa azul llegaba el eco de las murmuraciones. La hortelana le había recomendado bondadosamente que no pasease mucho por el río, podía pillar unas tercianas. En el mercado sólo se hablaba de aquel paseo nocturno por el Júcar; el diputado, sudoroso, encorvado sobre los remos, y ella despertando con sus canciones extrañas a la gente de las alquerías. ¡Lo que decían aquellos maldicientes!... Y ella reía, pero con risa ruidosa, agitada por estremecimientos nerviosos; con una risa que sonaba a falsa, sin una palabra de queja.

Rafael sufría recordando que ya había adivinado ella esta situación cuando se resistía a su amor. Admiraba su resignación, viendo que no profería una palabra de queja, que fingía regocijo, ocultando lo que la gente decía. ¡Ah los miserables! ¿Qué mal les había hecho aquella mujer? Amarle, entregarse a él, haciéndole la regia limosna de su cuerpo. Y el diputado comenzaba a odiar su ciudad, viendo que devolvía con infames insultos el bien y la felicidad que él gozaba.

Otra noche, Leonora le recibió con una sonrisa que daba miedo. Se esforzaba por parecer alegre, intentaba aturdirse, abrumando a su amante con una charla graciosa y ligera; pero de repente se abandonó, no pudo más, y en mitad de una caricia rompió a llorar, cayó en un diván agitada por los sollozos.

–¿Qué tienes? ¿Qué ocurre?...

Pero ella no podía contestar, sofocada por el llanto, hasta que por fin, con las palabras sacudidas por un hipo doloroso, comenzó a hablar, abatida, inerte, ocultando en un hombro de su amante su rostro bañado en lágrimas.

No podía más; el martirio resultaba abrumador, le era imposible fingir por más tiempo. Conocía como él lo que hablaban en la ciudad de aquellas entrevistas. Los espiaban tal vez a todas horas; en los caminos inmediatos al huerto había gente emboscada con la esperanza de ver algo nuevo. Su amor, tan dulce, tan joven, era motivo de risa, tema de diversión para las malas lenguas, que la escarnecían como a una mujerzuela de la acera porque había sido buena con él, porque le había faltado crueldad para presenciar impasible las torturas de una juventud apasionada... Pero con ser tan molesto este odio de la gran masa escandalizada, ella no sentía miedo ni indignación: lo despreciaba. ¡Ay!, pero quedaban los otros, los íntimos de Rafael, sus amigos, su familia..., su madre.

Leonora calló un momento, como esperando el efecto de sus últimas palabras, intimidada un poco al hablar a Rafael de su familia, mezclándola en sus lamentaciones. El joven temblaba, presintiendo algo terrible. Doña Bernarda no era capaz de permanecer inactiva y resignada ante la rebeldía de su hijo.

–Sí: mi madre –dijo sordamente–. Adivino que algo habrá hecho contra nosotros... Habla, no temas. Tú estás para mí, por encima de todo lo del mundo.

Leonora habló de su tía, aquella pobre señora resignada y casi imbécil, que, al ver a Rafael en su casa con tanta asiduidad, creía en el probable casamiento de su sobrina. Por la tarde, una escena dolorosa entre Leonora y ella. Doña Pepa había ido a la ciudad por sus devociones, y a la salida de la iglesia encontró a doña Bernarda. ¡Pobre vieja! Sus ojos aterrados, su cabeza temblorosa, delataban la intensa emoción que en su alma simple había sabido despertar la madre de Rafael, a quien ella respetaba mucho. Su sobrina, su ídolo, yacía por el suelo, despojada de aquella fe entusiástica y cariñosa que hasta entonces le había inspirado. Todas las historias pasadas, los ecos de su vida de aventuras, llegados hasta ella débilmente y que jamás quiso creer, considerándolos obra de la envidia, se los repitió doña Bernarda con su autoridad de señora formal y buena cristiana, incapaz de mentir. Y a continuación, el escándalo con que conmovía a toda la ciudad su sobrina y su hijo; las entrevistas nocturnas, los paseos a través de los campos, con una audacia del demonio, haciendo gala de su pecado: todos los atrevimientos y locuras, que convertían su santa casa, la casa de doña Pepa, en un antro de vicios, en una mancebía del diablo.

Y la pobre vieja lloraba como una niña en presencia de su sobrina; se esforzaba en convencerla para que «abandonase la mala senda del pecado»; estremecíase de horror pensando en su inmensa responsabilidad ante Dios. Toda una vida de devoción para tener limpia el alma, creerse casi en estado de gracia, y despertar de repente en pleno pecado, «sin comerlo ni beberlo», por causa de su sobrina, que convertía su santa casa en una sucursal del infierno, haciéndola vivir rodeada del pecado. Y el miedo de la pobre señora, el escrúpulo y el terror de aquella alma sencilla, era lo que más profundamente hería a Leonora.

–Me han robado mi única familia –murmuraba con desaliento–. Me han quitado el carió del único ser que me quedaba. Ya no soy para ella la niña de antes; no hay más que ver cómo me mira, cómo se aparta, temiendo mi contacto... Y todo por ti, por amarte, por no haber sido cruel... ¡Ay, aquella noche! ¡Cómo la he de llorar! ¡Cómo presentía yo estas tristezas!...

Rafael estaba aterrado. Sentía vergüenza y remordimiento viendo lo que sufría aquella mujer por haberse entregado a él. ¿Cómo remediarlo? Se sentía humillado; quería ser el hombre fuerte, la mano enérgica que protege en el peligro a la mujer amada. Pero ¿sobre quién había de caer para defenderla?

Leonora abandonó el hombro de su amante, se desasió de sus brazos; limpiaba sus lágrimas y se erguía con la firmeza del que ha adoptado una resolución irrevocable.

–Estoy decidida a todo. Me hace muchísimo daño lo que voy a decirte, pero no retrocederé: será inútil que protestes. Ya no puedo estar bajo este techo; comprendo que he acabado para mi tía. ¡Pobre vieja! Mi ilusión era verla morir entre mis brazos como una lucecita que se apaga; ser para ella lo que no fui para mi padre... Pero la venda ha caído de sus ojos; yo no soy más que una pecadora que con mi presencia turbo su vida... Me voy, pues. Ya he dicho a Beppa que mañana arregle los equipajes... Rafael, dueño mío, ésta es la última noche... Pasado mañana ya no me verás.

El joven retrocedió asombrado, como si repentinamente acabasen de herirle en medio del pecho.

–¿Irte? ¿Y lo dices con esa frialdad?... ¡Irte tú, así, así en plena dicha?...

Se tranquilizaba a los pocos momentos. Aquélla no era más que la resolución momentánea en un arranque de indignación. No se iría, ¿verdad? Debía reflexionar, ver con claridad las cosas. ¡Qué disparate! ¡Partir, abandonando a su Rafael! Nunca: era imposible.

Leonora sonreía con tristeza. Aguardaba aquellas protestas. También ella había sufrido mucho antes de decidirse a adoptar tal resolución.

Sentía frío hasta en la raíz de los cabellos al pensar que antes de dos días se vería sola, vagabunda por Europa, cayendo de nuevo en aquella vida agitada y loca a través del arte y del amor. Después de haber gozado la dulzura de la pasión más fuerte de su existencia, lo que ella creía su primer amor, resultaba cruel lanzarse de nuevo en una navegación sin rumbo, a través de las tempestades. Le quería más que nunca; le adoraba con nuevo ardor, ahora que iba a perderlo.

–Entonces, ¿por qué te vas? –preguntó el joven–. Si me amas, ¿por qué me dejas?

–Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.

Quedarse allí era perderlo. Para defenderla a ella, para seguir a su lado, tendría que luchar con su madre, que era el más encarnizado enemigo, perder su cariño, atropellarla tal vez. ¿Oh, no! ¡Qué horror! Ya había bastante con aquella crueldad filial que entenebrecía su pasado. ¿Era ella acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre lo más santo, lo más puro?

–No; resígnate, corazón mío. Es preciso que parta, es imposible que sigamos amándonos aquí. Yo te escribiré, te daré cuenta exacta de mi vida..., todos los días sabrás de mí, aunque esté en el Polo; pero quédate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias, que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... ¿Crees que yo no sufro al dejarte? ¿Te imaginas que es poco huir, dejando aquí la mayor felicidad de mi existencia?...

Y, para dar más fuerza a sus ruegos, abrazaba a Rafael, acariciaba su cabeza caída y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas ideas, removiendo profundamente su voluntad.

Instintivamente, las manos del joven recorrían la desnudez de su amante, marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; sentía el suave calor, la palpitación misteriosa de aquella carne que había infiltrado en su cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasión, en el dulce arrobamiento de la comunión amorosa. ¿Y los lazos que él creía eternos iban a romperse? ¿Tan fácilmente podía perder aquel cuerpo admirado por el mundo, y cuya posesión le hacía considerarse el primero de los hombres. Ella le hablaba del amor a la distancia, persistente a través de los viajes y los azares de una existencia errante; le prometía escribirle todos los días... ¡Escribirle... tal vez al mismo tiempo que su cuerpo divino sentía el contacto de otra mano que no fuese la suya!... No, él no perdía aquello; estaba resuelto.

–No te irás, Leonora –afirmaba con energía–. Un amor como el nuestro no puede terminar de este modo. Tu fuga sería una ofensa para mí, huir, como afrentada por la tristeza de haberme amado.

Sentía en su ánimo un afán de protesta caballeresco; se avergonzaba d pensar que ella huyese por haberle querido, y que él quedase allí, triste e inerte como una doncella a la que abandona su amante, convencido de que con su amor le causa grave daño. ¿Ira de Dios! Él era un hombre, y no podía tolerar que aquella mujer lo abandonase, en un arranque de abnegación, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huían muchas veces las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentían dominadas por el amor, y él, un hombre, un personaje, ¿había de quedarse allí, viendo cómo se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese él el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba y el afecto de una madre que jamás había sabido bajar hasta su corazón con una sonrisa de cariño? Además, ¿qué amor era el suyo que retrocedía ante una resolución enérgica, siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una mujer por la cual se habían muerto o arruinado hombres más ricos, más poderosos, ligados a la vida por atracciones que él jamás había gozado en su monótona existencia?...

–No te irás –repetía con sorda firmeza–. Yo no pierdo mi felicidad tan fácilmente... Y si te empeñas en irte, partiremos juntos.

Leonora se irguió, estremecida. Esperaba aquello, se lo decía el corazón. ¿Escapar juntos los dos? ¿Aparecer ella como una aventurera que se llevaba tras sí a Rafael, después de enloquecerle de amor, arrancándolo de los brazos de su madre? ¡Oh, no! Muchas gracias. Ella tenía conciencia; no quería cargar su vida con la execración de todo un pueblo. Le suplicaba a Rafael que reflexionase con calma; le rogaba que arrostrase valientemente la desgracia. Debía partir sola; después, más adelante, ya vería; buscarían ocasión de verse; tal vez podría ser en Madrid, cuando, abiertas las Cortes, estuviera allá solo; ella cantaría en el Real gratuitamente, si era preciso.

Pero Rafael se revolvía furioso contra su resistencia. ¡No verla! ¿Transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir su cuerpo confundido con el suyo, sería la desesperación. Acabaría por entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegaría un tiro, como el poeta italiano.

Y lo decía con convicción, mirando al suelo con ojos extraviados, como si se viera ya sobre el pavimento, inerte, ensangrentado, con el revólver en la crispada mano.

–¡Oh, no! ¡Qué horror! ¡Rafael, Rafael mío! –gemía Leonora, abrazándose a su cuello, colgándose de él, estremecida por la sangrienta visión.

El amante seguía protestando. Era libre. Si fuese casado, si dejara tras su fuga una mujer que llorase su traición, hijos que le llamasen en vano, aún comprendería aquella resistencia, la repugnancia de un corazón bueno que no quiere que su amor deje tras sí la maldición de una familia dispersa. Pero ¿a quién abandonaba en su fuga? A su madre nada más, que se consolaría al poco tiempo sabiendo que estaba sano y era feliz. A su madre, que se oponía con ese ciego cariño maternal que no quiere encontrar rivalidades en el amor al hijo y por celos estorba muchas veces su felicidad. El mal que causase siguiéndola a ella no sería irreparable. Huirían juntos; pasearían su amor por el mundo.

Y Leonora, cabizbaja, repetía débilmente:

–No; estoy resuelta. Partiré sola. No tengo fuerzas para arrostrar el odio de una madre.

Rafael se indignaba.

–Entonces di que no me amas. Te has cansado de mí. Quieres levantar las alas; te impulsa la locura de otros tiempos; deseas volar de nuevo locamente por el mundo.

La artista fijaba en él sus grandes ojos, empañados por las lágrimas. Su mirada era de ternura y de lástima.

–¡Cansarme de ti..., cuando jamás me he sentido tan triste como esta noche!... Crees que ansío mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismo que si entrase en un lugar de tormento... ¡Ay dueño mío, mi alma!... Tú no comprenderás nunca hasta dónde he llegado en mi amor.

–Pues ¿entonces...?

Y en su afán irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato de ninguno de los peligros que sobrevendrían tras la separación, Rafael habló de su madre, de lo que ocurriría al quedar solo con ella, sumido en la monotonía de la ciudad. ¿Creía ella que todo era cariño en la indignada oposición de su madre? Le quería, sí; era su hijo único; pero en sus cálculos entraba por mucho la ambición, aquel afán por el engrandecimiento de la casa que había ocupado toda su existencia. Le tenía destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehén en la alianza que meditaba con una gran fortuna. Quería casarle; y si ella partía, si se veía solo, abandonado, la tristeza y el tiempo, que todo lo pueden, morderían su voluntad, hasta hacerle caer inerte, entregándose como una víctima que en su aturdimiento no abarca la importancia del sacrificio.

Ella le escuchaba estremecida, con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror. Acudían en tropel a su memoria palabras sueltas que en días anteriores habían llegado hasta ella y le demostraban ahora la certeza de lo que decía su amante... ¡Rafael destinado por su madre a otra mujer!...

¡Encadenándose para siempre si ella partía!...

–Y yo no quiero, ¿sabes Leonora? –continuó el amante con tranquila firmeza–. Yo sólo soy tuyo, sólo te amo a ti. Prefiero seguirte por el mundo, aunque no quiera; ser tu criado..., verte..., hablarte, mejor que enterrar aquí mi desesperación bajo millones.

–¡Ah niño, niño mío!... ¡Cómo me quieres! ¡Cómo te adoro!

Y cayó sobre él frenética de pasión, impetuosa, loca, apresándole entre sus brazos como una fiera. Rafael se sintió acariciado con un ardor que casi le dio miedo, envuelto en una espiral de placer que no tenía fin. Estremecióse, empujado, descoyuntado, arrollado por una ola tan voluptuosa, tan inmensa, que le hacía daño. Creyó morir desmenuzado, hecho polvo sobre aquel cuerpo que lo agarrotaba, absorbiéndole con la fiera voracidad de esas simas lóbregas donde desaparecen de un golpe los torrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Y, desfalleciendo sus sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos vio la habitación en la obscuridad, sintió en sus espaldas la blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mórbido que le sostenía cariñosamente. Leonora le hablaba al oído con la lentitud del cansancio.

Convenido. Huirían juntos: irían a continuar su dúo de amor donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulce existencia. Leonora conocía todos los rincones del mundo. Nada de Niza no de las otras ciudades de la Costa Azul , bonitas, coquetas, empolvadas y pintadas como una dama que sale del tocador. Encontrarían en ellas demasiada gente. Venecia les convenía más. Pasearían por los estrechos canales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de la góndola, acariciándose entre risas, compadeciendo a los que pasasen por los puentes sin adivinar que bajo sus pies se deslizaba el amor...

Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansa nunca. Mejor era Nápoles; sí, Nápoles. ¡Viva! Y Leonora agitaba las manos como queriendo aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad, amarse con el mismo impudor sublime de los lazzaroni que viven desnudos y se reproducen en la acera. Ella tenía allá, en el Pausilipo, una pequeña casa, un villino de color de rosa, una bicoca, con un jardín de higueras, nopales y pinos parasoles que bajaba en rápida pendiente desde el promontorio hasta el mar. Pescarían en el golfo terso y azul como un inmenso espejo, y a la caída de la tarde, mientras él moviese los remos, ella cantaría mirando el mar inflamado por el sol al hundirse en las aguas, el penacho del Vesubio, de tonos morados, la inmensa ciudad blanca, con sus infinitas vidrieras, como placas de oro reflejando el crepúsculo.

Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos de la ribera del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras, de las que salen romanzas apasionadas; pasar la noche al aire libre, abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la risa de las perlas de las mandolinas, como aquella noche escuchaban al ruiseñor... ¡Dios mío, qué hermoso!

Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglando todos los detalles de la fuga.

Ella partiría cuanto antes; él iría a su encuentro dos días después, cuando hubiese renacido la confianza y todos la creyesen lejos, muy lejos. ¿Dónde se encontrarían? Primero pensaron en Marsella; pero era demasiado lejos. Después en Barcelona. Regateaban las horas y los minutos. Les parecía intolerable pasar varios días sin verse. Cuanto antes se reuniesen, mejor; lo importante era salir de la ciudad. Y acabaron por decidir que se reunirían lo más cerca posible: en Valencia. El amor gusta de la audacia.




Entre naranjos de Vicente Blasco Ibáñez
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