Epístola moral a Fabio

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Andrés Fernández de Andrada


Epístola moral a Fabio


Fabio, las esperanzas cortesanas

prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más activo nacen canas;


el que no las limare o las rompiere

ni el nombre de varón ha merecido,

ni subir al honor que pretendiere.


El ánimo plebeyo y abatido

elija en sus intentos temeroso

primero estar suspenso que caído;


que el corazón entero y generoso

al caso adverso inclinará la frente

antes que la rodilla al poderoso.


Más triunfos, más coronas dio al prudente

que supo retirarse, la fortuna,

que al que esperó obstinada y locamente.


Esta invasión terrible e importuna

de contrarios sucesos nos espera

desde el primer sollozo de la cuna.


Dejémosla pasar como a la fiera

corriente del gran Betis, cuando airado

dilata hasta los montes su ribera.


Aquel entre los héroes es contado

que el premio mereció, no quien la alcanza

por vanas consecuencias del estado.


Peculio propio es ya de la privanza

cuanto de Astrea fue, cuanto regía

con su temida espada y su balanza.


El oro, la maldad, la tiranía

del inicuo, precede y pasa al bueno,

¿qué espera la virtud o en qué confía?


Vente, y reposa en el materno seno

de la antigua Romúlea, cuyo clima

te será más humano y más sereno.


Adonde, por lo menos, cuando oprima

nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:

"Blanda le sea", al derramarla encima;


donde no dejará la mesa ayuno

cuando en ella te falte el pece raro

o cuando su pavón nos niegue Juno.


Busca, pues, el sosiego dulce y caro,

como en la oscura noche del Egeo

busca el piloto el eminente faro;


que si acortas y ciñes tu deseo

dirás: "Lo que desprecio he conseguido;

que la opinión vulgar es devaneo."


Más quiere el ruiseñor su pobre nido

de pluma y leves pajas, más sus quejas

en el bosque repuesto y escondido,


que agradar lisonjero las orejas

de algún príncipe insigne, aprisionado

en el metal de las doradas rejas.


Triste de aquel que vive destinado

a esa antigua colonia de los vicios,

augur de los semblantes del privado.


Cese el ansia y la sed de los oficios;

que acepta el don y burla del intento

el ídolo a quien haces sacrificios.


Iguala con la vida el pensamiento,

y no le pasarás de hoy a mañana,

ni aun quizá de uno a otro momento.


Casi no tienes ni una sombra vana

de nuestra grande Itálica, y, ¿esperas?

¡Oh terror perpetuo de la vida humana!


Las enseñas grecianas, las banderas

del senado y romana monarquía

murieron, y pasaron sus carreras.


¿Qué es nuestra vida más que un breve día,

do apenas sale el sol, cuando se pierde

en las tinieblas de la noche fría?


¿Qué más que el heno, a la mañana verde,

seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!

¿Será que de este sueño me despierte?


¿Será que pueda ver que me desvío

de la vida viviendo, y que está unida

la cauta muerte al simple vivir mío?


Como los ríos, que en veloz corrida

se llevan a la mar, tal soy llevado

al último suspiro de mi vida.


De la pasada edad, ¿qué me ha quedado?,

o, ¿qué tengo yo a dicha, en la que espero,

sino alguna noticia de mi hado?


¡Oh si acabase, viendo cómo muero,

de aprender a morir, antes que llegue

aquel forzoso término postrero;


antes que aquesta mies inútil siegue

de la severa muerte dura mano,

y a la común materia se la entregue!


Pasáronse las flores del verano,

el otoño pasó con sus racimos,

pasó el invierno con sus nieves cano;


las hojas que en las altas selvas vimos

cayeron, ¡y nosotros a porfía

en nuestro engaño inmóviles vivimos!


Temamos al Señor que nos envía

las espigas del año y la hartura,

y la temprana lluvia y la tardía.


No imitemos la tierra siempre dura

a las aguas del cielo y al arado,

ni la vid cuyo fruto no madura.


¿Piensas acaso tú que fue criado

el varón para el rayo de la guerra,

para surcar el piélago salado,


para medir el orbe de la tierra

y el cerco por do el sol siempre camina?

¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!


Esta nuestra porción alta y divina,

a mayores acciones es llamada

y en más nobles objetos se termina.


Así aquella, que al hombre sólo es dada,

sacra razón y pura, me despierta,

de esplendor y de rayos coronada,


y en la fría región, dura y desierta,

de aqueste pecho enciende nueva llama,

y la luz vuelve a arder que estaba muerta.


Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,

y callado pasar entre la gente

que no afecto a los nombres ni a la fama.


El soberbio tirano del Oriente,

que maciza las torres de cien codos

del cándido metal puro y luciente,


apenas puede ya comprar los modos

del pecar; la virtud es más barata,

ella consigo misma ruega a todos.


¡Mísero aquel que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!


Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.


Esto tan solamente es cuanto debe

naturaleza al parco y al discreto,

y algún manjar común, honesto y leve.


No, porque así te escribo, hagas conceto

que pongo la virtud en ejercicio:

que aun esto fue difícil a Epiteto.


Basta, al que empieza, aborrecer el vicio,

y el ánimo enseñar a ser modesto;

después le será el cielo más propicio.


Despreciar el deleite no es supuesto

de sólida virtud; que aun el vicioso

en sí proprio le nota de molesto.


Mas no podrás negarme cuán forzoso

este camino sea al alto asiento,

morada de la paz y del reposo.


No sazona la fruta en un momento

aquella inteligencia que mensura

la duración de todo a su talento.


Flor la vimos ayer hermosa y pura,

luego materia acerba y desabrida,

y sabrosa después, dulce y madura.


Tal la humana prudencia es bien que mida

y compase y dispense las acciones

que han de ser compañeras de la vida.


No quiera Dios que siga los varones

que moran nuestras plazas macilentos,

de la verdad infames histrïones;


estos inmundos, trágicos, atentos

al aplauso común, cuyas entrañas

son oscuros e infaustos monumentos.


¡Cuán callada que pasa las montañas

el aura, respirando mansamente!

¡Qué gárrula y sonora por las cañas!


¡Qué muda la virtud por el prudente!

¡Qué redundante y llena de ruido

por el vano, ambicioso y aparente!


Quiero imitar al pueblo en el vestido,

en las costumbres sólo a los mejores,

sin presumir de roto y mal ceñido.


No resplandezca el oro y las colores

en nuestro traje, ni tampoco sea

igual al de los dóricos cantores.


Una mediana vida yo posea,

un estilo común y moderado,

que no le note nadie que le vea.


En el plebeyo barro mal tostado

hubo ya quien bebió tan ambicioso

como en el vaso Múrino preciado;


y alguno tan ilustre y generoso

que usó, como si fuera vil gaveta,

del cristal transparente y luminoso.


Sin la templanza, ¿viste tú perfeta

alguna cosa? ¡Oh muerte! Ven callada,

como sueles venir en la saeta;


no en la tonante máquina preñada

de fuego y de rumor; que no es mi puerta

de doblados metales fabricada.


Así, Fabio, me enseña descubierta

su esencia la verdad, y mi albedrío

con ella se compone y se concierta.


No te burles de ver cuánto confío,

ni al arte de decir, vana y pomposa,

el ardor atribuyas de este brío.


¿Es, por ventura, menos poderosa

que el vicio la verdad? ¿O menos fuerte?

No la arguyas de flaca y temerosa.


La codicia en las manos de la suerte

se arroja al mar, la ira a las espadas,

y la ambición se ríe de la muerte.


Y ¿no serán siquiera tan osadas

las opuestas acciones, si las miro

de más nobles objetos ayudadas?


Ya, dulce amigo, huyo y me retiro

de cuanto simple amé: rompí los lazos;

ven y sabrás al alto fin que aspiro

antes que el tiempo muera en nuestros brazos.