Episodios de Noche-Buena

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El Museo Universal (1858)
Episodios de Noche-Buena.
 de P. A. de Alarcón

Nota: se han modernizado los acentos.


EPISODIOS DE NOCHE-BUENA.

¡Oh vida segura, la mansa pobreza,
dádiva santa desagradecida!
(Juan de Mena).

I.

Tres años hace que cantamos La Noche-buena del poeta. Allí quedaron consignadas todas las melancolías del ausente, los dulces recuerdos de un hogar perdido, las inciertas esperanzas de otro hogar futuro, y la triste soledad del provinciano, que huérfano, desheredado y vagabundo, recorre durante esa noche solemne las calles y plazas de Madrid, (la comparación es dura, pero terminante,) como un perro sin amo. Allí describimos la casa y la familia de provincias, las santas memorias de la niñez, la esterilidad de los afectos de la corte, la árida existencia del ambicioso, la noche-buena, en fin, del desgraciado que camina hacia el porvenir por entre las ruinas de la antigua sociedad, desconfiando tal vez de tocar en las playas de otra sociedad nueva, como los marineros de Colón cuando creyeron que el Océano no tenía límites. Allá se estén por este año aquellas patéticas imaginaciones acerca de la vida y de la muerte! Allá se estén lágrimas y delirios, soledades y miserias.

Hoy pretendemos contaros, mas ligera y amigablemente, las puras alegrías que Dios ofrece en esta noche de amor y de misterio, al pobre sin ambición, al buen pueblo de Madrid, a los tristes de todo el año, a esos miles de familias resignadas con sus dolores, que dejan en este momento, y solo por algunas horas, la pesada cruz de sus trabajos y de sus penas, para celebrar el nacimiento de aquel que debía hacer suya la cruz de todos los desgraciados, de aquel que les comunicó el valor, la fe y la fuerza en el sufrimiento, de aquel que ha de otorgar un premio a su paciencia y humildad, de aquel en fin que redimió a los mansos, a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los que han hambre y sed de justicia, a los que padecen persecución por ella, a ¡los pacíficos, a los limpios de corazón, a los misericordiosos... esto es: a todos los tristes, a todos los modestos, a todos los afligidos, a todos los olvidados!

Sí... esas alegrías, esas felicidades, esas glorias que hoy celebran los primeros entre los últimos, los predilectos del Eterno padre, los escogidos del Señor, son las que vamos a referiros, son las más nobles y santas que conmueven al noble madrileño.

II

Empecemos por fijar nuestros ojos en los muchachos del barrio de Maravillas, que festejan a su manera el nacimiento de Jesús. Toda su inventiva se reduce por hoy a hacer ruido y a guerrear. Vedlos con sus tambores al cinto, llevando en la cabeza los más de ellos una gorra de cuartel (que a veces simboliza toda la historia contemporánea, pues que habrá sido escondida y vuelta a sacar varias veces como cambios políticos conocemos); vedlos dispuestos a rechazar cualquiera invasión de los barrios fronterizos, como si una voz secreta les avisara que lo que conviene en este día es cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Estas corazonadas de los niños, y su religión a todo lo tradicional, y su entusiasmo y regocijo para celebrar cuanto recuerda misterios de nuestra fe o glorias de nuestra patria, solaza dulcemente el corazón de los que no conciben la vida moderna, de los que no caben en el día de hoy, ni en nuestro planeta mezquino, de los que necesitan más tiempo y más espacio para su alma, así como mejores empresas que ese ingenioso aprovechamiento de la materia a que se reduce la presente civilización.

Pero dejemos a los hombres; y volviendo a los niños, repitamos aquellas dulces palabras del divino Maestro:

«En verdad os digo que si no os volviéreis, e hiciéreis como los niños, no entrareis en el reino de los cielos.

«Cualquiera, pues, que se humilla como este niño, este es el mayor en el reino de los cielos.

»Y el que recibiere a un niño tal en mi nombre, a mi recibe.

»Y el que escandalizare a uno de estos pequeñitos que en mí creen, mejor fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino de asno, y le anegasen en lo profundo de la mar....

»¡Ay del mundo por los escándalos!

«Mirad que no tengáis en poco a estos pequeñitos; porque os digo que sus ángeles en los cielos siempre ven la cara de mi padre, que está en los cielos.»


III.

Pepa.

     ¿Con que en efecto, Manolo,
te has encerrado en el tema
de que hemos de estar solitos a cenar?

Manolo.

     Es conveniencia
del bolsillo y la salud.
Mira; se pone la mesa
con lo poco o mucho que hay,
y arrimando dos silletas,
  yo enfrente de ti, y tú enfrente
de mí; a este lado la vela,
la servilla a este otro lado,
en el suelo las botellas,
y va trayendo la moza
las viandas; se conversa
un rato; se bebe siempre
que los gaznates se secan
o se atraviesa el bocado;
si empalagan las menestras,
a la izquierda está la fruta,
y el cascajo a la derecha;
se hace boca al hipocrás,
  y sin voces ni etiquetas,
cenamos como señores.

En estos versos de un sainete del ilustre poeta don Ramón de la Cruz, honor de nuestro teatro, están sumariados los proyectos que hacen entre sí los habitantes de Madrid al volver de la Plaza Mayor.

Añadid el dulcísimo encanto de los hijos, que van cargados también de viandas y que se proponen comer esta noche para todo el año, por lo cual empiezan a devorar desde la calle todo lo que se puede pasar sin aliño ni condimento y hasta lo que no se puede, que tales milagros hacen la voracidad y la prohibición reunidas; añadid los tremendos instrumentos de que se han provisto,—zambombas, rabeles y tambores,—con ayuda de los cuales se prometen romper la cabeza a su familia y a toda la vecindad; no olvidéis tampoco que en esta ocasión se trata de un honrado y económico gallego, de esos que suelen morir de nostalgia, y comprenderéis el santo regocijo de esa escena, cien mil veces repetida hoy en las avenidas de los mercados.

IV.

Es por la tarde. Hace un frío de diciembre y de Madrid. Tres ciegos, tres Homeros contemporáneos, tres valencianos o andaluces, adicionados de un diminuto lazarillo, han cantado bajo una ventana los sagrados himnos de esta noche de bendición, los villancicos que en todo el orbe cristiano saludan a esta hora la conmemoración del advenimiento del Mesías.

Nosotros daremos como muestra alguna estrofa del ciego que más de cerca tratamos, de un ciego que ve, de Anton el de los Cantares:

Gloriosa virgen María
madre y abogada nuestra,
¡qué alegre el pueblo cristiano,
tu alumbramiento celebra!
Ya la paz entre los hombres
de buena voluntad, reina,
que el fruto de tus entrañas
es el mensajero de ella.

Pero la ventana se ha abierto, a pesar del frio, y una mujer joven y hermosa aparece con un niño en los brazos.

El angelito arroja una moneda a aquel hermano suyo que tirita descalzo sobre las heladas piedras de la calíe, y todos sus compañeros del cielo entonan un salmo al Dios de la caridad.

Así este día no hay quien niegue una limosna a su prójimo. Por eso añade el ciego que ve:

Lo mismo en la humilde choza
que en la morada soberbia,
blancas espirales de humo
hacia los cielos se elevan.
Son el tributo de gracias
que dan a la Providencía
los animados hogares
en que la abundancia reina,
que el pobre tiene esta noche
Gracia de Dios en su mesa.

V.

El clásico pavo, la imprescindible sopa de almendra el besugo de rigor, son condimentados para la colación de esta noche y para el banquete pascual del siguiente día. Toda la familia que hemos visto volver de la plaza, lo mismo el severo amo, que la convidada vecina, que los alegres pequeñuelos, cooperan al solemne sacrificio.

¡Noche bendita! La paz reina en el hogar doméstico. El estudiante, el seminarista, la colegiala, el dependiente de comercio, la sirvienta, en fin, que en apartados lugares mojan el pan con el sudor de su frente, acuden esta noche al lado de sus padres. El soldado ha logrado una licencia. Los yernos olvidan las desavenencias de familia y llevan a sus esposas a la casa de donde las sacaron. Reconcilianse los hermanos, acércanse los esposos mal avenidos; estos dejan sus vicios; aquellos sus diversiones; unos sus tertulias; otros su amor y todos se reunen en el hogar paterno. Es una velada de santas memorias, en que se recuerda a los hijos que se llevó la muerte. Es una velada de esperanzas lisonjeras en que se forman proyectos acerca del porvenir de los niños. Remóntanse las edades; recuérdanse generaciones pasadas; hácese el relato de todas y cada una de las Noches-Buenas de la vida; quién refiere el peligro en que se encontró tal 24 de diciembre; quién la triste soledad en que pasó una vez aquellas horas entonces tan felices; cantan los niños sonadas y tiernas coplas; ríen los padres tristes y hablan los taciturnos; bendicen a Dios las mujeres abandonadas al ver una mirada de amor en los ojos del esposo; suspira la virgen, porque esta noche no pelará la pava, y trata de inclinar a la familia a que vaya a la misa del Gallo, donde la espera su novio; y en tanto, los viejos que ya no existen como actores de la vida sino como testigos de la vida de otros, medio se consuelan de haberlo perdido ya todo al verse reproducidos en sus hijos y en sus nietos. Y es que acaso conciben por un momento la idea de la solidaridad humana, de la mancomunidad de su destino, de la homogeneidad de su espíritu y del de su descendencia.... ¿ Quién sabe?

Con tan altas o patéticas ideas siéntanse hoy a un banquete de amor todas las familias dignas de este nombre. ¡Desgraciados los que no conocen estas santas alegrias! ¡más desgraciados los que reniegan de ellas!

VI.

He aquí el desenlace.

El reloj señala la una y veinte y tres. Es tarde para la misa del Gallo. Aunque no lo fuera, acontecería lo propio. Todo el mundo se ha dormido. Los abuelos, convidados a la cena, los padres y los hijos, todos sienten los efectos del pardillo y del moscatel. El gato manda en jefe sobre los restos del mazapán. Dios ha dado para todos. La paz ha nacido de la abundancia. El gato y el ratón han hecho treguas. Vese así a este último roer los huesos que hay en el suelo sin miedo a su implacable enemigo. ¡Esta noche es noche buena!

¡Ved las tres generaciones de siempre! Vedlas dormidas bajo la salvaguardía de su fe. El tiempo hace girar la aguja en el horario, descontando días al que llega al mundo, al que vive en él y al que ya va de retirada. No importa. El genio protector de la humanidad tiende sus alas sobre la familia. El recóndito misterio de nuestro destino se cumple en la mente del Eterno.—Vivamos... Soñemos... Dejémosles dormir.—La muerte, tan temida, será su glorioso despertar.—Allá seguirán su camino.— Entre tanto, en las tinieblas de la noche, en la soledad de los campos, en los desiertos caminos, pues a esta hora nadie que Dios bendiga los huella con su planta, cánticos de júbilo y alborozo estremecen los aires, y mil y mil voces repiten al son de acordadas liras.—¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra de buena voluntad!


P. A. de ALARCÓN.