Esbozos: Fisiología del baile

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Esbozos y rasguños:
Fisiología del baile
 de José María de Pereda



«El baile es un círculo cuyo centro es el diablo».

Esto lo dijo un teólogo que no era rana.

Mas para los moralistas de ogaño esta definición no es admisible, porque, prescindiendo de que el tiempo de los sábados y de las metamorfosis ha pasado, el círculo no es la figura simbólica de nuestros bailes. Demasiado saben ustedes que cada pareja se va por donde se le antoja, pierde el compás cuando le acomoda y vuelve cuando le da la gana; luego si no hay círculo, no hay centro; ergo si no hay centro, mal puede el diablo hallarse en él.

Sin embargo, la opinión del teólogo tiene su fundamento. «Las mujeres son el mismo diablo», se dice vulgarmente; y admitiendo la denominación de círculo que suele darse a las reuniones danzantes, y teniendo en cuenta que «el bello sexo» es el núcleo o centro de estas reuniones, «el baile es un círculo cuyo centro es la mujer».

Sustituyendo ahora en lugar de este término su equivalente «el mismo diablo», viene a quedar probada la exactitud de la máxima del teólogo.

Pero de este modo se infiere un gravísimo cargo a las mujeres; pues no es lo mismo decir que «son el diablo», que «el diablo es la mujer»; y apelo en testimonio a la gramática.

Buscando un término medio a estas combinaciones diabólicas, he llegado yo a creer que el teólogo citó al diablo por dar alguna forma decente a las tentaciones.

Por lo que hace a éstas, los mismos que no creen en brujas y se ríen del diablo, no se atreverán a negar que tienen en el baile la mejor parte. Yo las he visto, y no soy escrupuloso ni aprensivo.

Pero sean las tentaciones o el diablo el centro abominable del baile, según el consabido teólogo, conste que he querido comprobar su máxima para que no se me diga que la acepto por sistema; porque yo la acepto... Ergo, detesto el baile.

Y ya que la solté, voy a justificar a mis propios ojos esta opinión, que a los de la flamante filosofía no pasa de ser una ridícula debilidad.

-«La mujer baila como toca el piano, hace puntillas o va de tiendas».

Tal es la opinión general, aun entre los padres más celosos y los maridos más avisados.

Yo opinaría como ellos, si la mujer bailase sola, o con otra mujer y ante un círculo de mujeres; entonces, a todo tirar, podría el más malicioso atribuirle un poquillo de afán por lucir su garbo, su ligereza o sus formas; pero la mujer no baila sola ni con otra mujer, sino con un hombre y ante un concurso de hombres.

Si la mujer bailase sólo por el gusto de dar brincos, no sería el baile su placer favorito; tendría igual afición que a él, a jugar al marro, o a la pelota, o a saltar la cuerda; placeres que, en cuanto a ejercicio muscular, nada tienen que pedir a ningún otro; y no sucede así.

La historia de la mujer civilizada dice bien claro que sólo se descompone en público, sólo marchita sin duelo sus adornos, y sólo es insensible a la acción de la intemperie y de los pisotones y porrazos, en el baile... pero en brazos de un hombre (conditio sine qua non).

De lo cual deducirá cualquiera que una mujer, en teniendo un hombre con quién bailar, ha colmado sus ambiciones en el baile; es decir, que sólo se ocupa entonces, en espíritu y materia, en dar vueltas por el salón.

Pues no, señor; si así fuera, las simpatías de una mujer en un baile estarían en favor del hombre más ligero y mejor bailarín; pero allí, como siempre y en todas partes, le es más simpático el que es más hermoso y más travieso.

Reparad cada vez que calla la orquesta y las mujeres se retiran a las orillas del salón en torpe desorden, como la espuma a la playa cuando va cesando la tormenta. Oíd lo que dicen a sus amigas cuando se han sentado a su lado; y desafío al más sagaz a que me cite una muchacha que, al sentarse a descansar, se dé por satisfecha si sale de los brazos de un hombre vulgar y adocenado, por más que en el baile sea una peonza, y la prudencia misma en su comportamiento.

De lo que se deduce que la mujer, para bailar, no solamente necesita un hombre que la estreche, quiero decir, que la acompañe; sino también que este hombre sea intencionado, travieso y de estampa más que regular, importando muy poco que baile como una avutarda.

Explanemos una idea que apunté más atrás.

La mujer, ordinariamente, es meticulosa y pulcra; la vista de una araña la hace temblar; al contacto de un hombre en un paseo se ruboriza; la menor humedad la obliga a caminar de puntillas; el humo de un cigarro la hace estornudar, y en un carruaje público se marea.

Puesta esta misma mujer en un baile campestre, aguanta el relente de la noche sin constiparse; gira como una peonza en brazos de un hombre horas enteras, y no se marea; sufre un pisotón que le aplasta un par de dedos, y no se queja; encuéntrase en su rápida marcha con una docena de parejas, crujen hasta sus pulmones con la violencia del choque, y no se da por entendida del suceso; rozan su terso cutis las patillas de su adjunto, y no se ruboriza; respira casi en la boca de éste su aliento tabacoso, y no estornuda; rómpese el leve zapato entre los chinarros del salón, y su pie delicado no da señales de sentir la aspereza del suelo; cae, en fin, un chaparrón de agosto, y si no le dicen «párate», sigue bailando con el agua a las rodillas.

¿Qué significa todo esto? ¿Que tiene la mujer dos naturalezas, una débil para la vida ordinaria, y otra insensible e impermeable para los salones de baile? Esto es imposible. ¿Que son estudiados artificios siempre en ella el rubor y la sensibilidad? No quiero creerle, aunque atrevidos autores lo aseguren. ¿Que hay en el baile alguna cosa que la preocupa tanto que la hace superior a sus propias debilidades? No hay más remedio que creerlo.

Y ¿cuál es esta cosa? Hac est quaestio.

¿Qué pensamiento será capaz de dominar a una mujer hasta el extremo de que no se duela al contemplar desgarrado su vestido, desgreñada su cabellera, sudosa su piel, desencajadas sus facciones, ni se caiga desmayada viéndose abrazar y resobar por un hombre, ante un público numerosísimo, bullanguero y bromista?

Respóndame el Adán más bonachón. Por mi parte, aseguro que el tal pensamiento no es sólo el de dar brincos. Esta sola causa haría muy poco honor al chirumen de la mujer civilizada, que será... lo que ustedes quieran, pero no tonta.

¡Qué diablo!, entremos en un baile, en el de más campanillas, y echemos un vistazo en derredor; y aun cuando uno quiera figurarse a la mujer desprovista de toda tentación, ella nos demuestra lo contrario.

Como el estilo es el hombre, el baile es la mujer.

Reparad en esa esbelta morena, con la frente inclinada sobre el hombro de su pareja: mirad sus ojos de fuego velados por sus lánguidos párpados, sus labios entreabiertos, encendidas sus mejillas, palpitante el seno, flexible como un junco la cintura, y pisando el suelo apenas con las puntas de sus menudos pies.

La otra, rubia, de mirada tierna y hechicera boca, que se repliega nerviosa y con picante sonrisa cada vez que otra pareja la toca al pasar y la oprime contra su caballero.

Esa pálida de yerta fisonomía, que cierra los ojos en éxtasis siempre que la precipitan en el torrente impetuoso de algunos compases de wals.

Aquella pequeñita y ligera de chispeante mirada, que busca a hurtadillas la de su acompañante cuando la mece, casi sobre su rodilla, en los bamboleos de una schotisch... y tantos, y tantísimos otros ejemplares que pasan ante vuestros ojos entre las confusas turbas de un salón de baile, ¿no os dicen en sus especiales actitudes que en todo piensan entonces menos en que van saltando?

Si no me llamaran cruel, haría una pregunta al marido tolerante.

¿No has notado alguna vez, al retirarte de un baile, que tu hermosa costilla está taciturna, áspera y desabrida contigo?

Como me vas a contestar que sí, me tomo la libertad de explicarte ese fenómeno, aunque me llames entremetido. Todo ese despego significa que has perdido mucho en la comparación que de ti ha hecho con los que en el baile la han acompañado; significa que le pareces feo, tonto y ridículo, aunque seas bello, discreto y elegante; porque... está probado que en las comparaciones que hacen las mujeres salen perdiendo siempre los maridos, y en el baile se compara como en ninguna otra parte.

Pero ¿a qué cansarnos en traducir el pensamiento de la mujer en el baile, con deducciones más o menos lógicas? ¿Ha más que consultarnos a nosotros mismos? La proximidad de hombre a la mujer, cuando con ella baila, hace casi idéntica las situaciones de entrambos: si el primero se quema, no debe estar muy lejos del fuego la segunda.

Pues bien; el hombre busca siempre, para su pareja, la mujer de mejores formas, más amable y menos escrupulosa.

Lo que esto quiere decir, me excusa de lo que callo por respeto a vosotras, que, dicho sea de paso, me arañaríais de buena gana si me tuvierais a mano.

Pero sospecho que, por lo crudo de esta aseveración, sois capaces de recusarme por apasionado. Lo cierto es que pocos se han atrevido a hablar tan claro en tan revuelto asunto. Veamos si hallo una razón que no tenga vuelta.

El baile es una sociedad como otra cualquiera, regida por leyes especiales y con sus costumbres propias.

Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado, de modo que de una sola mirada se aprecie el asunto en su verdadero valor; y con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que los concurrentes hacen, y escribamos el resumen de nuestras impresiones.

Hele aquí:

-«El baile es una república en que no tienen autoridad ni derechos los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Éstas pertenecen al público, que puede necesitarlas para bailar al tenor de los siguientes dos preceptos:

Deberes de la mujer: Ésta, sin faltar a la buena educación, no puede negarse al que primero la solicite.

Derechos del hombre: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le guste, y, ya en la arena, puede estrecharla entre sus brazos; poner en íntimo contacto con ella, por lo menos todo el costado derecho, desde la coronilla a los talones; pisarle los pies, romperle el vestido y limpiarle el sudor de la cara con las patillas, si no con el bigote, sin faltar a las leyes de la decencia; pues contando con la agitación y la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite a los puntos de contacto, ni amojonar el cuerpo para decir al hombre: «aquí no se toca».

Nota.-Las anteriores prescripciones se observan rigorosamente, desde el hombre más feo y antipático, hasta la mujer más linda y exigente».

Repárese que en la tal república, donde el hombre tiene derechos tan peregrinos, la mujer no tiene más que deberes.

Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile, completa sobradamente mi propósito.

Una observación en honor del hombre culto. No hay padre ni marido que repare en enviar sus hijas y su mujer al baile; pero la sociedad se escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola, de acera a acera, la calle en que vive.

Fundándome en mejor lógica, establecería yo la siguiente «Jurisprudencia: Los padres y los maridos que proveen los bailes con sus hijas y sus mujeres, no tendrán derecho a ampararse a las leyes de la justicia ni del honor, en los casos de agravio... de mayor cuantía; se les negará la sal y el fuego, y, con un cencerro al cuello, expiarán su estupidez... de baile en baile».

Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy por acabada mi corta tarea.

Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común, para condenar el baile bajo el aspecto puramente estético, y no hay necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.

Un hombre de frac y chistera, máxime si tiene canas, y una mujer bonita, muy prendida y remilgada, dando brincos como dos salvajes de Mozambique, sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio, solamente los puede uno soportar delante sin echarse a reír, cuando considera... que el fin justifica los medios.

Ahora bien; ¿por qué escribo yo esto? ¿Aspiro a la austeridad del anacoreta?

No tengo, desgraciadamente, tanta virtud: me gusta la carne más que las raíces.

Si en el baile encuentro un filón de verdaderas gangas, ¿por qué, en vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito?

Veamos si mis lectoras, cuyos pies beso a pesar de lo dicho, hallan la respuesta en la siguiente

Moral del cuento

Yo he bailado también; pero preguntándome con horror a cada vuelta:

¿Me casaré yo algún día?

Y si me caso, ¿habrá bailado mi mujer?

¿Llegaré a tener hijas?

Y si las tengo, ¿dejaré que me las bailen?

Temiendo ser tan padre y tan marido como todos los demás, he escrito estos renglones: quiero tenerlos delante de los ojos cada vez que mi ceguera de marido y de padre vaya a hacerme merecedor del castigo a que condeno a todos los mansos del gran rebaño de la sociedad danzante.


1863