Esbozos: Las bellas teorías

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¡Dichosa edad, dichoso siglo XIX! ¡Tú, con, tu ciencia, arrancaste a los pueblos de la barbarie de sus antecesores; tú, con la razón por bandera, redimiste a la humanidad del pecado de la estúpida ignorancia de nuestros abuelos! Ya no hay privilegios, ya no hay distancias, ya no hay razas, ya no hay fuertes ni débiles, víctimas ni verdugos. Las diversas naciones del mundo culto forman un solo pueblo; los hombres una sola familia; todos somos hermanos con una sola religión, la ciencia; con un solo gobierno, la virtud; con una misma riqueza, el trabajo. La antorcha de la razón, disipando las densas tinieblas de las viejas preocupaciones, ha transformado la naturaleza pensante. La razón es la luz, la razón es el pan, la razón es la Providencia, la razón es la famosa palanca que soñó el sabio. Yo digo que blanco, mi vecino que negro: he aquí la palanca. Demuestro yo mi teoría, sostiene el otro la suya: he aquí el punto de apoyo. Se la combate, me la protesta, se formaliza el debate, la discusión, que llamamos; he aquí que el mundo se tambalea y que al fin acaba por dar la voltereta.

Resumen: El talento es el árbitro soberano de la tierra.

Corolario: Sólo los necios tendrán hambre, sed y frío.

Vamos a verlo.

Juan era todo un mozo modelado a la última (no quiero decirlo en francés). Admiraba la ciencia, adoraba la idea y respetaba el talento. Tenía fe ciega en el progreso moderno, soñaba con la perfectibilidad hasta el extremo de vislumbrar lo perfecto; creía en todo, de tejas abajo, porque todo cabía dentro de la razón; dudaba de todo cuanto debía dudar un hombre que creía como él creía, cuanto debía dudar un verdadero espíritu fuerte; dudaba, en fin, de tejas arriba, de todo.

Juan había mamado en sus libros favoritos la esencia pura de la flamante filosofía; y no llegó a ser un sabio completo, porque a la mitad del camino se halló huérfano y sin recursos.

Juan, en una palabra, era ilustrado y pobre, y tenía talento.

Cuando se vio solo en el mundo y abandonado a sus propias fuerzas, después de llorar las prendas queridas de su corazón, tuvo miedo a lo porvenir y decayó su ánimo; mas luego apeló a su razón, descubrió su ciencia, abrazóse a ella, y con el mayor entusiasmo exclamó: «El dolor me hizo ingrato contigo, mi noble compañera; juzgábame solo, y te encuentro a mi lado cicatrizando la herida que han hecho en mi corazón los santos afectos de la naturaleza. Bajo tu amparo no temo lo porvenir; tú me haces necesario. La sociedad es una cadena cuyos eslabones somos los hombres útiles y virtuosos. Para nosotros no hay favores; la sociedad nos debe su protección, porque la sociedad somos nosotros: la justicia es su ley, y la justicia ha destronado a la fortuna que era, en épocas ominosas, el amparo de los necios, de los atrevidos y de los tiranos».

Pasáronse algunos días tras este arranque de entusiasmo. Juan consumió durante ellos los poquísimos restos de su miserable herencia, y la equitativa sociedad no se presentó a sus puertas pidiéndole ciencia a cambio de protección. Siguió el tiempo pasando; y como aquella señora no iba a buscarle aún, se resolvió Juan a salir a buscarla a ella. Indagó, encontróla al fin y se metió entre sus laberintos, pliegues y sinuosidades. Hízose el interesante, miró de frente, de reojo, al sol, al polvo, atrás, adelante... y nada; ni una sonrisa para él, ni una palabra cariñosa, ni una mano que estrechara la suya.

-¡Es natural! -pensó el iluso-: no me ha visto: no es hora aún. Esperemos.

Entre tanto, como su estómago no se nutría, como su razón, de teorías, sino de pan, y el pan costaba dinero, y él no lo tenía, sintió los amagos del hambres y trató de conjurarla.

-Mientras esto cambia -se dijo-, busquemos algún recurso.

Y salió a pedírsele a la patria, creyendo de buena fe que esta señora los tenía de sobra siempre para sus hijos virtuosos, inteligentes y necesitados, como la razón aconsejaba.

-¿Quién es usted? -le preguntó la patria por boca de uno de sus representantes (ministro, director, o lo que ustedes quieran).

-Juan Portal -respondió tímidamente el interpelado.

-Y ¿qué es lo que usted quiere?

-Pan -(léase destino).

-Y ¿quién le recomienda a usted?

-Mi necesidad, mi honradez y mi aptitud.

-Y ¿nadie más?

-Nadie más.

-¿Y tiene usted descaro para acercarse a mí de esa manera?

-Me parece que un hombre honrado, con amor al trabajo...

-Le digo a usted que todo eso es hojarasca, música celestial.

-No comprendo...

-¿Ve usted esa montaña de papel que está sobre la mesa? Pues son recomendaciones de hombres influyentes en pro de necesitados como usted.

-Luego quiere decir que...

-Que está usted aquí de más.

-Tiene razón -dijo Juan para sí, retirándose-: las necesidades de esos hombres serán más antiguas y más grandes tal vez que la mía. ¡Cuando los recomiendan las personas influyentes!...

Acosado más de cerca por el hambre, buscó en más bajas regiones lo que en las altas se le negaba.

-¿Para qué sirve usted? -le preguntó un banquero.

-Para todo -contestó Juan.

-¿Conoce usted alguno de los misterios de la maquina bursátil?

-No, señor; pero lo aprenderé.

-¡Bah! Yo necesito una persona que los conozca hoy, ahora mismo. No me conviene usted.

Y Juan siguió buscando.

-¿Sabría usted administrar mi hacienda? -le dijo un propietario.

-Sin duda alguna.

-Y ¿quién le garantiza a usted?

-Mi honradez, mi aptitud...

-Y ¿cómo me las acredita usted?

-Con mis obras.

-Pero ¿quien me responde hoy?...

-Mi palabra.

-¿Nadie más?

-¿Duda usted de ella?

-Como no le conozco a usted...

-Me llamo Juan Portal.

-Muy señor mío... pero nunca he oído ese nombre. Si usted me diera el de alguna persona de arraigo, yo me informaría.

-Soy muy joven aún, y esta es la primera vez que busco el amparo de un extraño... Sin embargo, en la universidad...

-No trato a esa señora.

-Allí soy bien conocido.

-¿Como estudiante?

-Como buen estudiante.

-Pero como lo que yo necesito es un buen administrador... Beso a usted la mano.

Juan sufrió con resignación este nuevo desengaño, y siguió recorriendo, con el heroísmo del que no tiene que comer, todas las categorías del comercio y de la industria, buscando un pedazo de pan al precio de su trabajo. ¡Inútiles pesquisas! Cuando Juan no conocía el ramo a que se le destinaba, se le desechaba por inútil; cuando le conocía, no se le aceptaba por falta de responsabilidad; y ¡cosa rara!, por todo se le preguntaba menos por aquello que constituía su orgullo: su talento.

Entre tanto, el hambre avanzaba a pasos de gigante; y el pobre teorista se vio tan apurado, que se decidió a pedir un puesto detrás del roñoso mostrador de un aceitero.

-Aquí -se dijo-, no se escrupulizará tanto en la cuestión de garantías; tampoco me rechazarán por incompetente; y pues sólo se trata de paciencia y humillaciones, yo procuraré ser un héroe de este género. De paso estaré más a la vista de la sociedad, que, al cabo, tomará en cuenta tan grande sacrificio.

Y salió resuelto a ejecutar su plan.

-¡Qué casta de hombre es usted -le dijo, al oírle, el grosero mercader, mirándole receloso-, que con ese traje y esa elocuencia se atreve a servir en mi casa?

-Un hombre acosado por la necesidad -respondió Juan-, que busca trabajo y no le encuentra; que tiene hambre y no quiere robar para comer; que tiene títulos universitarios y los vende por un pedazo de pan.

-Pues, amigo, usted sabe demasiado para vender jabón y aceite. Para luchar con mi parroquia necesito hombres de grasa, no de ciencia... Lo siento, pero no me conviene usted.

Este último golpe anonadó a Juan. Encerróse en su oscura buhardilla, renegó de la fatal casualidad que le había conducido ante los poquísimos ejemplares del grosero positivismo que aún quedaba en medio de la llama civilizadora de la época; y así por entretener el hambre como para consolarse algún tanto de los reveses sufridos, se puso a escribir sobre el tema que le ofrecía su propia situación. Y con tanta fe escribió, con tanto ahínco, que en poco tiempo se halló con un volumen considerable.

-He aquí las ventajas de la ciencia -exclamó Juan con entusiasmo, después de leer y corregir su manuscrito-. Yo demuestro con argumentos irrebatibles que el hombre civilizado no debe, no puede tener hambre viviendo en sociedad, conocidas las bases sobre que ésta descansa hoy, bases que expongo con toda minuciosidad, y cuya exactitud nadie podrá negarme en el terreno de la razón... ¡Si yo publicara este libro! Y ¿por qué no? El buen éxito es seguro: mi teoría está en la mente del público; y si parezco algo atrevido, el triunfo será mayor: me argüirán, haré ruido, se hablará de mí... Me alegro ya de mis recientes contrariedades; sin ellas no hubiera emprendido esta obra, que tal vez está llamada a ser mi providencia. ¡Bendita sea la chispa civilizadora que inflamó la mente del hombre, pata que brotara de ella el genio de nuestro siglo! Yo iba a ceder al peso de una aparente adversidad, y quizá seré mañana el ejemplo vivo de que el espíritu moderno se nutre de fuerza hasta en el egoísmo, en la ignorancia que aún viven entre nosotros; de que el fuego de la civilización purifica, como el de la naturaleza al oro, al hombre de las malas pasiones que le rodean y le manchan con su contacto.

Y ocultando cariñosamente el manuscrito en el seno, salió, radiante de entusiasmo, en busca de un editor, tributando de paso fervientes alabanzas a estos modernos industriales literarios, con cuyo auxilio popularizan sus creaciones los ingenios desheredados de la fortuna.

-Quisiera publicar un libro -dijo al primer editor que halló al paso, después de saludarle afectuosísimo.

-No habrá inconveniente en ello -respondió el industrial-, si nos ponemos de acuerdo en los términos del negocio.

-Así lo espero.

-Veamos.¿Quiere usted imprimir la obra por su cuenta?

-Carezco de recursos para ello. Desearía que usted me la comprase.

-Corriente. Y ¿cuál es el nombre?...

-Conquistas y derechos de la razón.

-No me ha dejado usted concluir. Preguntaba por el nombre de usted.

-¡Ah!, por el mío... Me llamo Juan Portal.

-¡Juan Portal! Juan Portal... Portal... Portal. No quiero publicar su libro de usted.

-No comprendo.

-Es harto claro. Juan Portal es un nombre desconocido en el comercio de libros.

-Y eso ¿qué?

-Que no le conoce a usted el público.

-Pero vea usted el libro y juzgue. Si es bueno, ¿qué le importará al público el nombre de su autor?

-Es que no le verá aunque inundemos el mundo de ejemplares.

-¿Por qué no?

-Porque no le conoce a usted.

-¡Dale! ¿Qué tiene que ver la obra con mi apellido?

-¡Friolera!... ¿Usted ignora que el público de España no compra un libro cuyo autor no sea conocido... o extranjero?

-Ese es un cargo gravísimo que ofende al buen criterio de la sociedad moderna.

-Será lo que usted guste, pero es la verdad.

-El entusiasmo de la juventud...

-No hay tal entusiasmo; no hay más que curiosidad, y ésta sólo la despierta un nombre popular.

-¿Y cómo se populariza un nombre?

-Zarandeándole unos cuantos años en la prensa periódica de la corte. Pero ¿de dónde viene usted, santo varón? ¿No sabe usted que hay una sociedad de elogios mutuos entre los literatos, que se encarga de labrar reputaciones?

-¿Cómo ha de ser eso posible?

-Muy sencillamente. Usted escribe en el periódico A., y publica un trabajo literario, supongamos que con pretensiones de jocoso. Yo escribo en el periódico B., y le reproduzco en él con el siguiente preámbulo: «Tomamos del periódico A. la siguiente bellísima producción que nos ha hecho tendernos de risa, etc., etc., debida a la pluma del festivo e ilustrado escritor Fulano de Tal». Mañana, vice-versa, escribo yo en el periódico B. unas malas seguidillas con dejos sentimentales, y usted, reproduciéndolas en el A., asegura a sus lectores que le han hecho llorar, y que encierran más ternura que un puchero de lágrimas. Pasado mañana se pone usted a escribir del Chimborazo, y, pegue o no pegue, encaja de vez en cuando un «como dice muy oportunamente el sensible escritor Zutano de Cual», etc., etc. Hablo yo de las Batuecas otro día, y cito una frase de usted, o que la supongo de usted, anteponiéndola el adjetivo chispeante, feliz... Y de este modo una semana, y un mes, y un año, llega el público a hacerse tanto a nuestros nombres, que cuando le faltan en los periódicos, está inconsolable. Calcule usted qué hará este público el día en que aparece un libro nuestro, máxime después de haber dicho de él la prensa entera: «De un momento a otro debe ponerse a la venta la obra que acaba de imprimir el señor don Fulano de Tal. El nombre del autor es la mayor recomendación que podemos hacer del libro, a todas luces digno de tan privilegiado talento y de la protección del público, que tan familiarizado está con las producciones de la delicada pluma del señor Tal...».

-Pero, señor mío, si la obra es buena, no hallo del todo injustos esos elogios, ni los que usted ha dicho que se tributan mutuamente de periódico a periódico. Si la obra es mala, ¿no bastará ella a castigar la desvergüenza de su autor?

-No, señor, porque el público, en general, se paga mucho de lo que lee en la prensa periódica; y antes de asegurar que ésta no tiene razón, confiesa que él no lo entiende.

-Pero ¿dejará la verdad de brillar al fin y al cabo?

-Esa es otra cuestión. Por de pronto, antes de que llegue ese caso, el bombo ha hecho efecto, los libros malos se han despachado como pan bendito, y el escritor de pega es popular, es decir, una reputación.

-Cualquiera que le oiga a usted creerá que no hay en España verdaderas glorias literarias.

-¡Dios me libre de negarlas! Lo que sí le aseguro a usted es que estas reputaciones que han rechazado, al nacer, la Sociedad de elogios, han sudado el quilo para formarse, y sólo a fuerza de años y de méritos han conseguido la consideración en que se las tiene. Cierto es que sus nombres no morirán jamás, y que los de artificio acabarán muy jóvenes; pero esa no es cuenta para nosotros, los editores, que sacamos más jugo de las obras de relumbrón que de las de verdadero mérito. Por eso, al recibir un manuscrito, no leemos de él más que la portada.

-¿Luego usted está resuelto a no leer el mío?

-Resueltísimo.

-¿Y de qué medios me valdré para publicarle?

-Ingrese usted antes, si le admiten, en la Sociedad de elogios mutuos.

-¡Oh!, eso no lo haré jamás; y, por otra parte, yo necesito dinero hoy mismo para comer.

-¿De qué género es el libro de usted?

-Filosófico-social-económico...

-Basta, basta... No sirve.

-¿Qué pretendía usted?

-Si fuera una novela patibularia, incendiaria, foragida, parricida o adulterina, poniéndole algunas láminas al cromo y portadas alegóricas a diez tintas, tal pudiera haber en ella de horrores, que se la compraran a usted, a pesar de su poco nombre.

-¿Cómo?

-Porque este es el género que hoy priva, y tantos pedidos tengo de él, que acaso nos arreglásemos. ¿No podría usted dialogar su libro, introduciendo en él siquiera un par de frailes cínicos, una ramera virtuosa, un bandido filantrópico, un banquero ex-presidiario, una marquesa adúltera... cualquier cosa así? Porque con un título ad hoc, verbigracia: El cráneo del monje, La caverna del crimen, Cien generaciones de adúlteras, El puñal y el hisopo, le daríamos a luz con éxito seguro.

-Usted se está burlando de mi situación, e insultando de paso el buen sentido de ese público que le da de comer.

-Por eso le conozco tanto, y por eso le vuelvo a asegurar a usted que, de algún tiempo a esta parte, salvas honrosísimas pero cortas excepciones, repara, no sólo en el nombre de los autores, sino hasta en el color de las portadas.

-Usted le está injuriando.

-Es usted un inocente.

-Beso a usted la mano.

-Vaya usted con Dios.

Juan salió a la calle persuadido de que el editor se había querido burlar de él; mas cuando trató con otros inmediatamente y vio que todos ellos convenían en que el señor público se pagaba mucho del ruido, y que por esta razón no hallaba él quien publicase su libro ni de balde, el desdichado filósofo acabó por perder los estribos, confundido con tanto desengaño y, sobre todo, abrumado por el hambre que no podía acallar.

-¡Cerradas todas las puertas para mí!... -exclamaba el desdichado desde la lobreguez de su pobre buhardilla-. Unos porque me tienen en poco, otros porque me consideran demasiado, todos me rechazan. La sociedad, ese fantasma a quien dedico mis desvelos, a quien sacrifico mi reposo, a quien tengo siempre delante como el juez de mis debilidades, no acepta al pobre atribulado porque no le conoce... ¡Y, entre tanto, soy honrado, soy bueno en obsequio a esa misma sociedad que me perseguiría inexorable por la menor de las faltas!... Y ¿qué partido tomo a la altura en que me encuentro? Estoy asediado, aherrojado por la miseria. No puedo dedicarme ni aun a vender fósforos, porque para comprarlos antes se necesita dinero, y yo no tengo un maravedí ni quien me le preste. Pero ¿he de morirme de hambre?, ¿he de robar? ¡Oh, eso jamás!... Si mi delicadeza me permitiera aceptar un enlace ventajoso... porque esto es hoy lo más fácil del mundo. El hombre, sólo por ser honrado, representa en las actuales circunstancias un capital enorme; y cuando, además de honrado, sabe, la cifra a que asciende su valor es incalculable. En cuanto a las mujeres, están bien penetradas de esta verdad. Todas prefieren hoy el hombre que vale al hombre que tiene, porque la experiencia les ha enseñado que no se compra con todos los tesoros del segundo el menor de los santos goces que les proporciona la inteligencia del primero. Éste les da amor puro, sublime, gloria tal vez; acaso títulos y consideraciones: el otro, lujo y ostentación en el mundo, desvío, aridez, lágrimas en el hogar. Esto es un hecho. Pero ¿debo yo lanzarme a adoptar este partido? Teresa, mi tierna amiga en mis buenos tiempos de estudiante, es rica, y muchas veces me juró que me amaba con toda la sublimidad del alma juvenil de una doncella fuerte; su familia me acogía con cariño... Yo podría, pues, reanudar estas amistades interrumpidas por mis vicisitudes, y salir de apuros para siempre... Mas ¿qué diría de mí la sociedad? De fijo que me vendía por una posición; que era poco delicado... ¡Oh, no, no me caso! Pero, entre tanto, ¿qué debo yo a esa sociedad? ¿Por qué he de temerla? Además, ¿no está demostrado que represento por hombre, y por hombre ilustrado, un capital mucho mayor que el que pueda tener en dinero mi mujer, por grande que él sea? Luego si me caso con Teresa, no me vendo: será que yo la elijo, no que ella me compra... Me caso decididamente.

Y Juan, tras este razonamiento, se arregló la corbata, se cepilló las manchas de la levita, se afeitó, se acicaló, en fin, cuanto pudo; y sin reparar mucho en el chocante deterioro de su vestido, pues profesaba, como se deja comprender, el principio de que el hábito no hace al monje, salió de su buhardilla, bajó de cuatro en cuatro los escalones, y se dirigió rápidamente a casa de su antigua novia, negándose a escuchar sus propios recelos por si antes de llegar al término de su viaje se arrepentía de aquella debilidad a que las circunstancias le obligaban a ceder...

Lector: tú que, de fijo, serás menos filósofo que Juan, menos científico, más escarmentado, en una palabra, ¿necesitarás que yo te cuente el éxito que tuvo su postrera resolución? Seguramente que no. ¡Atreverse un hombre con la levita raída a ofrecer su mano a una mujer de posición! ¡Horror!

Juan no salió de cabeza por el balcón de Teresa, porque ésta, después de oír de pie las pretensiones de su antiguo novio, y de quien se hizo la desconocida al recibirle, tuvo la magnanimidad de no dar parte a su padre de tan inaudita desvergüenza.

Pero lo que en aquel caso hubieran hecho las losas de la calle, estuvo a pique, el desventurado optimista, de encomendárselo a los peldaños de la escalera de su adorada; pues tantos desengaños y tan juntos, y tanta miseria entre ellos, eran más que suficiente causa para que cualquier mortal de las creencias de Juan se rompiese el cráneo contra una esquina.

Por fortuna suya, la excitación que le dominaba era tan febril, que no dándole tiempo ni para detenerse a arrojarse de coronilla sobre la escalera, le hizo bajarla volando, y volando pasar la calle, y volando atravesar la población, y como un huracán recorrer la campiña, y volver de ella, y vagar por calles y plazas y paseos, hasta que el cansancio le detuvo y le obligó a caer rendido en una banqueta de un café.

Cuando pudo darse cuenta de su situación, uno de sus pocos amigos, pero tan desdichado como él, estaba a su lado.

Juan, al conocerle, le abrazó estrechamente y lloró de desesperación. Después le contó sus cuitas sin omitir un solo detalle, y acabó diciendo con desconsuelo: -He vivido engañado: nuestras teorías son una farsa; la sociedad no es lo que nosotros sonarnos; es tan egoísta, tan material como siempre, porque la humanidad, aunque se instruye, no varía. El hombre será siempre explotado por el hombre y jamás su hermano. No hay, pues, sociedad, no hay filantropía, no hay igualdad: no hay más que ricos y pobres, tiranos y víctimas, felices y desgraciados, cuerdas y pescuezos.

-El dolor te hace cruel -le replicó su amigo.

-¿Serás capaz de demostrarme que yo no tengo hambre, que no me he humillado hasta el polvo para ganar un poco de pan que se me ha negado?...

-No intentaré tamaño absurdo. Además, opino contigo en cuanto al desequilibrio social de que te lamentas. Lo que te niego es que nuestras teorías sean quiméricas. Di que, por hoy, son ineficaces, y estarás en lo justo; pero la razón triunfará al cabo.

-Y ¿por qué no triunfa ya?

-Porque está comprimida por los altos poderes que aún estriban en viejos, funestos privilegios. Mientras el actual orden de cosas no sufra una transformación radical en el sentido de nuestras ideas, la fuerza, el capricho, la inmoralidad, seguirán aniquilando a la patria.

-No veo bien clara la relación que pueda haber entre los altos poderes del Estado y el tabernero que me negó una plaza detrás de su mostrador.

-¡Oh ceguedad! ¿Olvidas que ese tabernero, porque es hombre de arraigo, tiene derechos civiles, aunque es un estúpido, que a ti se te niegan porque eres pobre? ¿Quiénes son los hombres que están hoy al frente de la cosa pública? ¿Merece alguno de ellos el puesto que ocupa, por sus virtudes cívicas o por su talento? No. ¿Cómo han llegado a tan alto? Por la fuerza de sus influencias, por el voto, tal vez subastado, de los hombres que tienen, nunca por el de los que saben; que a éstos les niega la ley el criterio que concede a los primeros. Supón, por un instante, en manos de hombres virtuosos e ilustrados los primeros cargos de la nación...

-Pero es una quimera suponer eso...

-Eso será una realidad el día en que prevalezcan entre nosotros el saber y el talento; el día en que se prescinda para siempre de ese fantasma de la tradición, y luzca clara y sin una sola nube el sol de la libertad.

-Me parece que no te falta en este momento en que te despachas tan a tu gusto.

-Me falta; porque se me prohibiría predicar en medio de la calle... a Mahoma, si se me antojaba; porque no puedo hacer públicos cargos a esos mismos poderes que en nombre de la patria la aniquilan; porque no se tolera que yo me reúna, donde y cuando me acomode, a mis amigos, para conspirar con ellos contra quien me dé la gana; porque no podemos acercarnos al calor, a la ebullición de la vida política donde los hombres de nuestro temple deben vivir, porque ellos son la luz, el sustento, la razón; porque sólo así no estaremos a merced de estúpidos aceiteros, como el tuyo, que nos tasen el pan...

¡Oh sublime poder de la razón! ¿Creerá el lector que Juan, con párrafos como el antecedente y otros, no menos peregrinos, que su amigo le fue enjaretando a continuación, olvidó al cabo hasta el hambre que le aniquilaba, y juró solemnemente asociarse a su consejero en la empresa de regeneración que éste le propuso como el único medio para que acabaran sus desgracias y se convirtiese la patria en una verdadera jauja?

Y con tanta fe se adhirió a la empresa, y con tanto ahínco trabajó por la destrucción de ciertos privilegios sagrados, que a los pocos días del encuentro con su amigo, estaban entrambos... errando de bosque en bosque, huyendo de las leyes de la patria que habían atropellado, aunque con la mejor intención.

Una vez fuera del alcance de ellas, acogiéronse al amparo de un país regido por los mismos principios que ellos adoraban; Juan con algunos recelillos propios de sus desengaños, y su amigo con la fe de un mártir.

Pasó un día, y otro, y otro, y pasaron muchos más después, y Juan esperó en vano a que la libertad de aquel país le sentara a su mesa... Y llegó a tener hambre como en su patria; pues como el derecho que en ésta le negaban de conspirar y de predicar dónde y cómo se te antojase, le tenía allí cada ciudadano, y cada ciudadano pensaba de distinta manera, no bien abría la boca para decir blanco, cuando ya tenía un contrincante al lado que le sostenía que negro, no logrando jamás avenirse con nadie, pues que nadie se avenía con él. Oyó, lo mismo que en su tierra, lamentarse a todo el mundo de que el poder no era de los rectos, sino de los fuertes; que el talento estaba postergado, y que la idea se inmolaba en aras del interés privado; vio también ricos egoístas, y sobre todo, pobres mucho más ignorantes, mucho más soberbios y mucho más temibles que los de su patria; presenció un motín cada día, un cisma cada semana; y notó tal afán por santificar todo género de opiniones, que acabó por no creer en nada de tejas abajo, y por mirar lo de tejas arriba con más cuidado que en los albores de su sabiduría.

Con esto, con el hambre que no le abandonaba un solo instante, y con lo que en su cuerpo y en su espíritu habían labrado sus primeras tribulaciones, está, en mi concepto, sobradamente justificada la horrible hipocondría que al cabo postró a Juan en un mísero lecho de un hospital, que le acogió, no por caridad, sino por evitar a un pueblo culto el espectáculo de un cadáver en medio de la calle.

Momentos antes de espirar el infeliz, llamó a su amigo que le velaba fiel, y con la voz empañada por el frío de la muerte, le dijo estas palabras, reconcentrando en sus cristalizados ojos toda la intención de su alma:

-El mayor remordimiento de cuantos en este instante me martirizan, es el de morir de inocencia, después de haber vivido idólatra de la razón.

La razón es la mayor farsa de este siglo. Con ella se demuestran todas las teorías, y la verdad no parece nunca.

Hoy, lo mismo que ayer, el reino del mundo es de los fuertes, de los atrevidos y de los afortunados, a despecho de las decantadas conquistas de la humana inteligencia.

La sociedad es otra farsa: no hay más que hombres que por opuestos caminos van cada cual en pos de su particular interés.

El amor, la belleza y los honores, son del que más los paga.

Fuera de la familia no hay abnegación, no hay caridad; sólo hay negocios; pues, desde el polvo hasta la patria, todo se vende. Entre un ochavo y una fortuna está el precio de estas mercancías. El talento es de las pocas monedas que no pasan en este mercado. Por eso tantos hombres que le tienen se mueren de hambre. Si eres, pues, ambicioso, ya que eres honrado, deja el culto que das a la Razón y conviértele a la Fortuna, que de vez en cuando, incitada por la Divina Providencia, tiene la humorada de socorrer a los hombres de bien.

Si cuando sus dones te sonrían, deseas ser feliz, limítate al recinto de tu familia; enséñala a practicar la virtud; pero descuartízala antes que se haga idólatra de las bellas teorías. Semejante muerte será una caricia comparada con la que me está cerrando los ojos.

En fin, teme al hombre como a tu mayor enemigo; duda de todas sus lucubraciones; hazle todo el bien que puedas, y cree en Dios a puño cerrado, que Él es, al cabo, la única verdad que hay sobre la tierra...

Tras esta última palabra, volvió los ojos al cielo, estiró sus miembros yertos, y espiró.

Lo que de infalibles puedan tener las máximas postreras de Juan, no quiero yo decirlo; pero sí me atrevo a asegurar, en vista de que fueron dictadas por una triste experiencia, que por mucho que disten de la verdad, están más cerca de ella que los sueños que las engendraron. Y seamos francos:

¿Quién no ha conocido en el mundo algún Juan atribulado?

¿Quién está sin algún rasgo de semejanza con él?

¡Dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, aquél de mis lectores que no conozca al héroe de mi cuento!


1863