España sin Rey : 26

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-¿Qué razones tiene mi buen don Wifredo para creerlo así? Eso ya no es poseer verdades, sino meterse a profetizar.

-Pues profetizo. En mi caletre han venido a guarecerse las verdades futuras. Don Carlos no calentará el trono, porque todas las señoras elegantes quieren al niño Don Alfonso... Así lo cuenta Luis Trapinedo, que conoce bien la sociedad... Y Luis y yo sabemos, porque lo hemos visto de cerca, que también aman al niño de Isabel II los enriquecidos, antaño salchicheros, chocolateros, contratistas de tabaco, prestamistas, logreros, y ogaño chapados de aristócratas, algo marqueses ya, o con ganas de serlo... Como estos ricachones y las damas bonitas vestidas a la última moda de París son la fuerza social efectiva, no cuajará ningún Rey que no venga empollado por las faldas y talegas... No digo que no haya Rey al fin, ya lo saquen de un pozo, ya escojan algún sobrero de ganaderías extranjeras... Lo que digo es que no cuajará...

-Pues yo, don Wifredo de mi alma -declaró Fernanda, humorística-, creo que el único monarca que conviene a los españoles es aquel de palo que Júpiter dio a las ranas cuando estas le dijeron que no podían vivir sin Rey.

-Quizás esté usted en lo cierto, pues ahora todo es figuración, y el mejor Rey será el que sirva de imagen para llevado en andas en la procesión política. Con más fervor lo adorará nuestro pueblo viéndolo de palo que viéndolo de carne y hueso. El pueblo gusta de venerar los sujetos cuando se les presentan en traza de objetos barnizados e inmóviles, con ojos de vidrio... Y los que medran al amparo de esta superstición, no quieren Rey vivo, sino un lindo juguete monárquico que lo más, lo más, diga papá y mamá, y eche firmitas.

-Vaya, don Wifredo -dijo Fernanda con risueño entusiasmo-, que está usted hecho un sabio, y bien puede bendecir su cataclismo.

-Basta de verdades por esta noche -declaró el Bailío-. Ya mi señora doña Gracia da la señal de retirada... Mañana seguiremos, amiga del alma, que aún hay aquí verdades como puños, y entre ellas algunas que interesan a usted particularmente...

Empezó el desfile, y nada más hablaron aquella noche, con gran desconsuelo de Fernanda, a quien no se le caía el pan hasta saber qué verdades eran aquellas de su particular interés. La impaciencia y curiosidad tuviéronla desvelada, y no se durmió sin tornear en su mente atrevidos cálculos y conjeturas sobre aquel ignorado tema. A la siguiente noche debían reunirse todos los amigos y parientes en el palacio de Gauna, donde había familiar fiesta, por ser la de San Luis Rey de Francia, y celebrar sus días el futuro Marqués de Gauna y su hija Luisita.

Esta y su hermana, con Fernanda, Demetrio y los chicos hortelanos, tuvieron la feliz idea de adornar la frondosa huerta del palaciote como para verbena, y toda la tarde emplearon en colgar de los árboles farolillos y banderolas de papel; antes dispusieron un barrido general de paseos, y se armó un tabladillo para colocar dos violines, dulzaina y tamboril. Todo resultó muy bien apañado, como improvisación de muchachas traviesas. Llegada la hora del juvenil regocijo, después de la cena, daba gusto ver las arboledas, aquí umbrosas, allí iluminadas de fantásticos colorines, y oír el rumorcillo de risas y coloquios por alegres bocas de ambos sexos, y ver los grupos que entre cerezos, manzanos, morales y albérchigos bulliciosamente discurrían. La musiquilla cumplió hasta media noche, sin dar tregua ni paz a sus estridores rítmicos; bailó la juventud honestamente, y la cháchara interrumpió con crueles latiguillos galantes el tranquilo sueño de los pájaros, que tenían por suya la callada fronda.

Ya mediada la verbena, Fernanda y el Bailío reanudaron en tan apacible lugar sus coloquios. Apartados del tumulto, dejáronse ir quedamente a un paseo lateral, a donde llegaba medio muerto el resplandor de los farolillos, y hecho polvo de sonidos el parloteo de galancetes y damiselas... «Esta soledad -dijo don Wifredo saboreando el misterio nocturno- es la más adecuada escena para que ciertas verdades pasen de mi boca a los oídos de usted...».

-Pero lo hará sin asustarme -murmuró Fernanda, traspasada por fugaz calofrío-. Esto está muy obscuro, don Wifredo... Vamos por aquel paseíto... Estamos junto a la noria, que es lugar triste. Fue noria... ya no es por dentro más que una ruina, por fuera un armatoste abandonado... con mortaja de hiedras.

-Sí, ya veo... es la noria... que veinte años ha sacaba de la tierra un hermoso raudal de agua fresca y cristalina... Me agrada verme junto al pasado glorioso... Detengámonos aquí un instante, que mis verdades pronto se dicen. Es cuestión de segundos... Fernanda, no tiemble, no se asuste. Don Juan... ¡Eh!, ¿qué hace usted? ¿Por qué chilla?... Venga aquí.

-No quiero que me hablen de ese hombre -gimió Fernanda temblorosa, alejándose del Bailío.

-Si no me ha dejado concluir. Digo que don Juan ha de volver a usted... sé que ha de volver, Fernanda; lo sé...

Aterrada, la hija de Ibero no se movía. El sanjuanista fue hacia ella, y alzando los brazos iracundos, y agitándolos sobre su cabeza, soltó estas palabras de fuego: «Volverá... volverá... lo digo yo... Y digo también, delante de Dios y delante de usted, que si no vuelve, le mato... le mato Fernanda».

-Silencio: cállese, don Wifredo... No diga esos horrores. Pueden oírle.

Y él, disparándose más en la exaltación, lanzó su clamor a las estrellas: «Por la presencia de Cristo vivo en la Hostia, juro que mato a ese hombre si no vuelve a usted... Pero volverá: yo lo sé, yo lo aseguro».

Tuvo Fernanda que decir también volverá, volverá, para que el caballero se calmase... Y gracias a esta hipócrita conformidad, logró sacarle de aquel sitio sin que alborotara con sus destemplados juramentos y amenazas... Poco después, don Wifredo recobraba su tranquilidad entre los demás asistentes a la verbena, y habló a Fernanda en el tono de su habitual mansedumbre. Al salir para su casa, algunos que iban tras él notaron que gesticulaba moviendo el bastón de un modo harto fantástico, y le oyeron mascullar y escupir frases incoherentes.

Fernanda tardó aquella noche más de lo regular en traer a su mente fatigada las dulzuras del sueño, pues aun dichas por un pobre vesánico, las palabras don Juan volverá, le mato si no vuelve, tenían bastante poder magnético para turbar su reposo... Y al siguiente día vio la noble Vitoria interrumpida la normalidad de su existencia, por la falta de un hecho que diariamente ocurría con cierta puntualidad astronómica: el Bailío no se dejó ver en sus paseos matinal y vespertino, y los vitorianos comentaron con asombro el eclipse. Amigos y parientes llegáronse a la casa, y por Filiberta, la criada del sanjuanista, supieron que había pasado toda la mañana encerrado en su sala biblioteca, entre legajos, armas sacadas de los viejos arcones, y libros que parecían misales, con sus hojas rebarbeadas por los ratones; añejas crónicas, tal vez, de la Orden de San Juan en los gloriosos días de Tolemaida y Rodas.

Repitiose el eclipse un día, dos días más, que en esto no hay exacta medida histórica, y una prima noche hizo su reaparición en casa de Ibero, revestido de su pontifical elegancia nocturna, y luciendo además, o aparentando, su caballeresca y dulce amabilidad. Rodeáronle y con lindas palabras le entretuvieron las chicas de Prestamero y de Gauna. Fernanda se apartaba de él, como si le temiera. Pero en una favorable coyuntura, hallándose Romarate solo en el ángulo donde sentarse solía, suplicó a la señorita con amable seña que se acercase un momento, y con fugaz secreto le habló de este modo: «Fernandita, sepa usted que por aquí anda ese hombre... No quiere abandonar las tierras de Álava, donde por lo visto le va bien». Con temblor en su voz cristalina, la joven respondió: «Don Wifredo, le suplico otra vez que no me hable de... Ni nombrarle me gusta... Sea usted prudente, respete mi tristeza».

-Yo insisto en que volverá. Me lo dice el poder de adivinación que adquirí en mi terremoto cerebral. ¿Duda usted de este poder mío? Pues con ejemplos que fácilmente pueden comprobarse, lo demostraré. No hace muchos días, el caballero andaluz se corrió a San Sebastián, y de allí a Irún, donde se hizo el encontradizo con el general Prim, que pasó a Francia con varios amigos para tomar las aguas de Vichy... Don Juan quería informarse de los planes de Prim, referentes a candidatos al trono... Es un lío, un lío horroroso... Siéntese usted, ingratuela, y oiga los apuros y desengaños de los buscadores de Rey.

-Me sentaré, si usted se empeña en ello -dijo Fernanda-. Pero algo de eso sabemos ya. Nos lo contó anoche Luis Trapinedo, que está bien enterado.

-Pero Luis no sabe que si ningún príncipe extranjero quiere ser Rey de España, Montpensier no desiste de sus pretensiones, y que el de Urríes propone a Prim, en nombre del Duque, un millón de reales para cada diputado que le vote, diez millones para Prim y otros diez para Serrano.

-Yo no sé nada de eso, don Wifredo, ni me importa... Si no se enfada, le diré que habla usted en sueños.

-Pronto se convencerá usted de que hablo bien despierto. No tardará mi amiguita en apreciar por sí misma que don Juan ronda, que don Juan acecha; ha conocido su error y quiere repararlo... Y como no entre en razón, peor para él. Ya sabe usted la que le espera... Si él se planta en la sinrazón, yo me planto en la justicia.

En circunstancias comunes, estas arrogancias habrían hecho reír a la hija de Ibero; en la turbación de su espíritu, aún perseguido de sombras y no abandonado de las angustiosas dudas, el responder con bromas a las palabras del Bailío le repugnaba más que discutirlas y tratarlas con seriedad. El motivo de esto fue que dos horas antes había sabido por otro conducto algo que confirmaba las noticias del buen Romarate. Don Juan, no sólo rondaba la ciudad, sino que había estado y quizás estaba aún en ella. Le habían visto recorrer de abajo arriba el paseo central de la Florida, entrar por la calle del Prado. Pasó después por delante del Instituto y entró en la Capitanía General. Al anochecer del mismo día, se le vio en los Arquillos con un sujeto de baja estatura que tiene cara de vieja... bajaron por San Vicente, perdiéronse luego en la Plaza del Machete, donde los Iberos vivían... Estas noticias dio a Fernanda una buena mujer que fue su criada, y antes lo había sido de los Prestameros. Llamábase Marciana, y estaba casada con un guardia civil.

Dos noches después de la referida conversación con el Bailío, no esperó Fernanda a que este la llamase, sino que se fue a él, aprovechando una feliz ocasión de hallarle solo. No fue a él temerosa de noticias, sino más bien buscándolas.

«El pájaro ha levantado el vuelo, Fernandita -dijo don Wifredo-; pero... me consta que volverá».

-¿Ha hablado usted con él? -preguntó Fernanda entre seria y burlona.

-Yo no hablaré con ese caballero más que una vez, y será la definitiva... Aparte de esto, la sonrisita de usted me dice que sabe algo de lo que yo sé... no todo, porque sería imposible. Lo que ha llegado a su conocimiento lo debe a Marciana... ¿Ve usted cómo adivino donde menos se piensa?

-Como que el pajarito que le cuenta a usted todo será la propia Marciana... será Filiberta. Vamos, don Wifredo, dejémonos de jugar a los secreticos. Yo sé más que usted... Sé que ese caballero estuvo en la Capitanía General... cosa naturalísima... Es amigo del General Allende Salazar...

-El cual fue... lo sabe todo el mundo... ayudante de Espartero...

-Pero la amistad no viene por Espartero, sino por Zabala. Los Urríes son amigos y algo parientes del General Zabala.

-Está bien... Y después de visitar al Capitán General, fue don Juan a ver al Gobernador civil, señor Ezcarti, con quien tiene también amistad.

-De esa visita no sé nada. La amistad con Ezcarti debe de venir por Pavía, que es muy amigo de don Juan. Ya sabe usted que el Gobernador tiene dos hijas casadas, y que sus dos yernos son oficiales de Artillería: Baltasar Hidalgo y Manuel Pavía.

-Justamente. No niego que usted sabe algo de lo que yo sé... Pero usted no adivina, hermosa Fernanda... Dios no ha querido conceder a usted la facultad que yo disfruto por singular favor, quizás como compensación de mis desdichas... Conoce usted, pues, algo de lo externo, algo de la vestidura de los hechos; pero no sabe ni palabra de los hechos profundos, de las intenciones... Veo que usted se asombra; veo que sus bellos ojos lanzan al espacio sus miradas como aves de cetrería, en persecución de todo pensamiento volante y reptante... ¿Me explico? Es que si mi trastorno me ha hecho adivino, también me ha hecho poeta, más poeta que Cristóbal de Pipaón, el adoquinador de odas... En fin, amiga del alma, ¿de veras no ve usted el sentido íntimo de las visitas de don Juan al Capitán General don José Allende Salazar y al Gobernador señor Ezcarti?

-Yo no veo nada, don Wifredo -dijo Fernanda con pudoroso disimulo de sus vagas esperanzas-; sólo veo que usted es muy bueno, que se emborracha de caridad, de abnegación...

-Deje el incensario y respóndame a esta otra pregunta: ¿No estuvo ayer el Capitán General a visitar a su padre de usted? (Signo afirmativo de Fernanda.) ¿Hallose usted presente a la visita? (Nuevo signo afirmativo.) ¿Puede decirme lo que hablaron?

-Presente estuve un rato no más -dijo la señorita-. Luego mi madre y yo nos retiramos; quedaron solos mi padre y el General. Ya sabe usted que son muy amigos, desde los tiempos de Espartero y Zurbano. Delante de nosotros hablaron de política y de los aspirantes al trono... Allende Salazar, como mi padre, es partidario de Espartero... El odio a los carlistas enciende el genio del buen don José, que si siempre se parece a don Quijote por su alta estatura, flaqueza y sequedad del rostro, cuando habla contra esa gente es don Quijote mismo. Delante de mí, ayer, dijo que su mayor gusto sería fusilar al canónigo Manterola, que predica la guerra santa en el púlpito y en las conversaciones de los Arquillos... y que le pegaría los cuatro tiros en la misma tapia donde fue pasado por las armas, con menos motivo, el pobrecito Montesdeoca.

Risueño comentó el Bailío esta humorada del Capitán General, añadiendo que no merecía tan fiero castigo el buen Manterola, defensor de la fe católica y de la monarquía tradicional. «Mejor sería -dijo después- que fusilase a Cristóbal de Pipaón, no por carlista, sino por detestable poeta... Y no hablemos más esta noche, adorable Fernanda... Sólo diré a usted que don Juan, al partir hoy para Miranda, donde habrá cogido el tren del Ebro hasta Zaragoza, y de allí hasta Lérida, Reus y Tarragona, ha dicho: 'Volveré...' y yo lo repito... Con esta palabra me permito entrar en el amante corazón de usted, y como amigo y como poeta dejo en él una linda flor que se llama Esperanza...».



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