España trágica : 26

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En las primeras referencias que del lance llegaron a la casa de Halconero, se dijo que Ducazcal había muerto. Pero en la noche del mismo día (10 de Diciembre) rectificó Bravo la triste noticia, por testimonio del propio Menéndez Escolar. Cuando los padrinos llevaron a su casa en el coche de Palacio al jefe de la Porra, creyeron que se les quedaba en el camino. Pero no fue así. Vivía, y podría salvarse si se lograba extraer la bala. Los comentarios de desafío y de la relación del mismo con la cosa pública, no tenían fin en la tertulia de Halconero. Allí se leía El Combate, que en su número del 12 traía estas convulsiones epilépticas: «La traición revolucionaria está probada; el volcán de las iras populares está próximo a estallar... se aguarda un momento terrible; se aproxima una tempestad siniestra; óyense los primeros rugidos del aquilón revolucionario; se necesita una víctima para reivindicar nuestros derechos... Esta víctima la traéis vosotros al sacrificio... ¡Sobre vosotros caerá su sangre, y la sangre generosa del pueblo que por vuestra culpa se derrame!».

En otro número echaba estas flores a don Nicolás María Rivero: «Un Ministro de la Gobernación, tan tirano como cobarde, que no tiene el valor del progreso ni de la reacción; apóstata y traidor por temperamento, que vendió la República española por un cuartillo de vino; ese gitano y regateador político, que adopta el procedimiento del hurto y de la estafa, detiene en las calles y en las estaciones inmediatas a Madrid los ejemplares de El Combate...».

Leídas estas ignominias, Bravo se afirmaba en sus nuevas aficiones monárquicas. Pero si el espíritu del ex-federal se avenía bien con el cambio, no se conformaba con la tardanza en recibir el premio de su resello. El ofrecido turrón no parecía. Cansado de esperar, puso toda su confianza en los buenos oficios de Vicente. Este habló del caso con su presunto suegro don Fernando, el cual era grande amigo de Moret, Ministro de Ultramar, y quedó concertado que en la primera combinación iría Bravito a Cuba, con un buen momio en la Aduana, o en otro benéfico ramo...

En su convalecencia, Halconero fue visitado por amigos de diferentes castas, entre ellos Romualdo Cantera y el Carbonerín. Ambos milicianos se mantuvieron en el altar de sus sacros ideales. No transigirían con el nuevo Rey, no formarían en los actos solemnes de la entrada de Amadeo; protestaban de que Prim quisiera desarmarles, para refundir la Milicia en el molde monárquico... Pero esto no significaba que simpatizaran con las desvergüenzas y locuras de Paúl, ni a tan desaforado capitán prestarían vasallaje. No reconocían otros ídolos que los antiguos: Figueras, Pi, Orense, Estévanez... Con estos irían hasta el fin del mundo, guiados por la santa doctrina, no por el pregón de la violencia y el asesinato. Indicaron además que el don José no tardaría en quedarse solo con su cuadrilla de valentones. Muchos que seguían al jerezano en sus andanzas callejeras, como Matacristos, Torralba y el mismo Tachuela, se iban apartando de él, a instancias de Figueras o de Pi.

En estos aislados hechos, y en otros que los graves individuos de su nueva familia le mostraban, vio Halconero un instintivo retroceso de la sociedad española, la querencia del Orden, como si todo el país sintiese la necesidad de buscar el abrigo de las ideas conservadoras. No en vano él, desde que intimó con los Iberos y Calpenas, se sentía retrógrado y, como si dijéramos, un poquito neo. ¿A dónde iba a parar la sociedad si no seguía la despejada senda que el genio sagaz y enérgico de Prim le marcaba? Y como la soledad en que vivía (fuera de las visitas de su futura y sus amigos) convidábale al examen interior y al análisis de sus propios sentimientos, dedicaba al monólogo la parte de ociosidad sobrante de sus lecturas. El siguiente soliloquio merece ser conocido.

«La exaltación de dignidad y el acto de arrojo temerario que me llevaron al percance de los Mostenses, han determinado en mí esta dirección conservadora que quiero tomar. Mi alma no estaba fortalecida para ninguna clase de acción. Me faltaban los bríos, el arranque, el desprecio de la vida. Ese valor y ese desprecio tuve, y aunque el Destino impidió que yo apurase aquel estado anímico, por circunstancias de tiempo y lugar, por el rendimiento de mi enemigo, etcétera, conservo las virtudes conquistadas en ocasión tan crítica. ¿Y a qué fines debo aplicar las nuevas virtudes y las que ya poseía, inculcadas por mi querida madre en los días placenteros, llanos, sin ningún saliente ni alteración de la superficie vital? ¿Debo aplicarlas a los ideales atrevidos del pueblo? No, porque este tiene ya sus directores bien calificados, y porque yo, aunque plebeyo, o aristócrata villano más bien, no siento en mí entusiasmo por reivindicaciones que apenas se marcan vagamente en la media luz de los siglos futuros. ¿Me aplicaré a los ideales e intereses de las clases superiores, nobleza de abolengo, y sus similares, ejército, religión? Tampoco. Esos cultos tienen ya sacerdotes del mismo pelambre, de la propia hilaza linajuda...».

Deteníase en un punto de confusión; mas luego hallaba fácil salida: «Mi novia, la que será mi mujer dentro de algunos días, es mi Ariadna; ella me conduce al través del laberinto. Yo cojo de sus lindas manos el hilo salvador. Cuando me veo junto a ella, pienso que nuestra clase, la suya y la mía, estas familias medianamente ilustres, medianamente ricas, medianamente aderezadas de cultura y de educación, serán las directoras de la Humanidad en los años que siguen. Este último tercio del siglo XIX es el tiempo de esta clase nuestra, balancín entre la democracia y el antiguo régimen, eslabón que encadena pobres con ricos, nobles con villanos, y creyentes con incrédulos...».

Tras otro momento de confusión, proseguía: «Bien clara veo mi esfera de actividad. Casado a mi gusto, resueltos definitivamente los problemas del corazón, viviré sin ningún estímulo de nuevos amores. Estaré como el santo patrono en su altar, entre dos imágenes guardianas, que serán mi madre y mi mujer; y no teniendo que pensar tampoco en mis intereses, porque ellos están bien asegurados, me consagraré al bien público... ¡Qué hermosura poder consagrarse al provecho de todos, sin ninguna mira personal!... De este modo, la política es el arte social por excelencia... De seguro que mi madre y mi mujer me estimularán a entrar por ese camino del sublime arte... En ambas he creído notar cierta noble ambición... Tienen de mí la idea, un poco extraviada, de que por haber leído tanto, tanto, estoy habilitado para dirigir a los pueblos. ¡Qué desvarío! Bueno es enriquecer noblemente nuestro espíritu con las ideas de todos los sabios antiguos y modernos; pero eso no será eficaz sin la acción. Mi madre y mi mujer me estiman en mucho por el adorno de mis lecturas; yo me estimo en algo por la acción que adquirí en aquellas dos noches, gracias a la violenta sacudida del sentimiento humano... Y a propósito de esto: a las conquistas de la voluntad deben acompañar nuevos conocimientos. Prepárate, Vicente... Da de mano a los poemas y a la historia vieja, y busca en la moderna y en los estudios económicos el secreto del arte político... Miren por dónde, habiéndome reído de mi buen padrastro don Ángel, tengo ahora que acudir a su árida biblioteca... Ya, ya... Capital y trabajo, Tratados de comercio... Cooperativas... Crédito agrícola...».

Enumerando los elementos de su erudición futura, se adormeció el chico de Halconero... Porque estos monólogos se producían en la nocturnidad blanda y tibia del lecho, como una decantación de las ideas de cada día. Y en la última vuelta que dio buscando el profundo sueño, decía Vicentillo: «Siglo XX, ¿qué seré yo si a ti llego?... ¿Y tú qué serás?...».

Las visitas menudeaban día y noche. Fueron a verle Clavería y Ricardo Muñiz, amigos de la casa y muy allegados al General Prim. Habláronle de la próxima venida del de Aosta. El triunfo de Prim era el mayor éxito del siglo. Tendríamos un Rey democrático, que imposibilitaría de un modo absoluto la vuelta de los Borbones... La Comisión del Congreso, que había regresado de Florencia, venía encantada de la cortesía del Rey Galantuomo y de la llaneza hidalga de su hijo, ya Rey de España por los cuatro costados... Prim sería Ministro del nuevo Soberano por largo tiempo, para que pudiese implantar sólidamente, al abrigo de la majestad saboyana, los principios democráticos... Las Cortes funcionaban de nuevo, pues entre otras menudencias habían de resolver y votar la dotación del Rey, que no era grano de anís: treinta millones de reales. La energía y la paciencia del General, que habían triunfado de lo más, triunfarían de lo menos, y no quedaría el rabo por desollar, habiendo desollado con tanta fortuna el cuerpo del inmenso problema político.

En una de las visitas de Romualdo Cantera, dijo este a Vicente que Segismundo había ido con él hasta el portal, no atreviéndose a subir porque no quería dejarse ver con la desastrada ropa que cubría sus pobres carnes. Volvió más de una vez el tal a la portería, sin otro objeto que preguntar por la salud de su amigo, y en una de estas fue sorprendido y capturado por criados de Halconero con esta consigna, enteramente arbitraria y despótica: «Manda el señorito don Vicente que le prendamos a usted, y de grado o por fuerza le llevemos arriba, donde tiene dispuesta ropa interior y exterior para que se vista de caballero decente y alterne con sus iguales...».

La primera persona que ante sí vio Segismundo al entrar en la casa fue Lucila. Llevándole a un cuarto próximo a la puerta, la señora le dijo en tono de guardia civil: «Ahí tiene usted cuanto necesita para mudarse de pies a cabeza; quítese toda esa basura que lleva encima, y la mandaremos quemar... Luego que usted se vista de limpio, almorzará con Vicente y con Enrique».

¿Qué remedio tenía el pícaro más que aceptar? La gratitud se disfrazó de obediencia, y el hombre salió del cuarto como nuevo, sin ocultar el gozo que su transformación le producía. Vicente y Bravo le abrazaron. El charlar alegre, chispeante y caudaloso no cesó durante el buen almuerzo, servido para ellos solos en el gabinete del señorito... De su vida y milagros (que milagrosa parecía su existencia) refirió Segismundo varios ejemplos y casos, conforme a lo que le preguntaban sus amigos... Seguía componiendo sermones para el cura don Trinidad, pagador escrupuloso a diez reales pieza. De añadidura, le había salido trabajo de otra clase, aunque no tan productivo. Escribía discursos terroríficos para el tribuno de la plebe apodado Cheparunda. Era el tal un jorobeta que poseía las dotes mímicas y fonéticas del orador. Faltábanle las ideas y el arte retórico. Pues esto se lo suplía Segismundo redactándole las peroratas. Chepa se las aprendía de memoria y arrebataba al auditorio de la calle de la Yedra. En todos los discursos se enaltecían rabiosamente los derechos del pueblo, pisoteados y escupidos por Prim y sus acólitos. El estipendio de estos trabajos era mezquino y en especie, con el agravante de la impuntualidad. Era toque indispensable en la conclusión de las arengas pedir la cabeza de don Amadeo, y para el caso de que ello fuese materialmente imposible, pegar fuego a Madrid, convirtiendo a nuestra villa en antorcha funeraria.

Uno y otro amigo desaprobaron la industria oratoria con fines criminales. Arguyó Segismundo que los demagogos para quienes él componía tales soflamas, eran absolutamente inofensivos. «Cheparunda es un ángel afligido de una gran corcova, y sus oyentes, revolucionarios de boquilla... El mal y el peligro vienen de otro lado... Los que ahora callan son los que darán que hablar, según yo entiendo».

Siguió soltando retazos de su historia picaresca: «Ya no vivo en la barbería de Cantera, ni como en la taberna de Balbona. El dejar a Romualdo no ha sido por desavenencia con este gran patriota, sino porque la Señángela me ha dado mejor acomodo en casa de una hermana suya, calle de la Lechuga, primer piso bajando del Cielo. Es comercianta en pitos, pelotas, triquitraques y otras cosucas, que varían según las estaciones. Tiene su puesto en la calle de Toledo... Algunos días como con ella, y otros en la taberna de Casimiro, calle de Botoneras... establecimiento sosegado y limpio, a donde va gente muy callada... Y algunas noches voy a cenar a la tienda de vinos de Tachuela, con quien conservo las mejores amistades. Por cierto que si él me dio de comer de gorra por largo tiempo, yo le he pagado con creces. ¿Cómo, con qué moneda? Pues con el oro de un sano consejo que le di y él tomó y ha seguido, quedándome muy agradecido. «Joaquín -le dije-, no andes con Paúl, que la compañía de ese hombre te perderá». ¿Por qué di este consejo a Balbona? Todo no puedo decíroslo de una vez... Ni estaría, hoy por hoy, bien seguro de lo que dijera... En fin, amigos míos, si no puedo sostener que estoy otra vez en Atenas, sí afirmo que me voy acercando a ella. Un... no sé cómo decíroslo... un vago magnetismo histórico me atrae hacia el centro... No vi yo bien claro, querido Vicente, cuando te dije que la Historia elegiría para su teatro épico la vertiente del Sur donde yo habitaba.

HALCONERO.- ¿Y en qué vertiente o colina de las setecientas de Madrid pondrá su tinglado la Historia? ¿Puedes decirlo?

SEGISMUNDO.- No. Yo veo que Palatino y Capitolio se disputan el ser teatro de lo que ha de venir. Aventino está descartado.

BRAVO.- No nos hables en romano, ni vaticines tragedias.

HALCONERO.- Malos augurios no me traigas. De las heridas que recibí en los Mostenses he quedado muy débil. Mi cerebro y mi corazón rechazan las emociones fuertes, y mis ojos se cierran asustados ante todo espectáculo desagradable.

SEGISMUNDO.- Pues oye el consejo de un amigo que entrañablemente te quiere. Cásate pronto, que aun estando débil, el amor mismo te dará bríos para la iniciación matrimonial. Si tu familia y la de tu novia han señalado para la boda un día muy lejano, adelántalo tú: cásate, y sal pitando de aquí con tu mujer. Diviértete con ella en un país remoto, y no vuelvas hasta después que haya entrado don Amadeo, pues aunque muchos creen que entrará aquí como en su casa, a mí me da el corazón que antes o después de la entrada tendremos una bella catástrofe.

HALCONERO.- Me casaré; mi mujer y yo nos iremos, en luna de miel, a donde mi madre disponga. Temo estar aquí; me da miedo la Historia, que si trajese alguna desdicha, sacudiría terriblemente mis nervios. Hay momentos en que me causa terror el pensar en las felicidades de mi boda.

BRAVO.- ¡Ah, Vicente, si yo tuviera tu independencia, valiente cuidado me daría la Historia!... Yo me casaré con mi mala suerte, y huiré a la isla de Cuba si no me limpian el comedero a los dos días de llenármelo.

SEGISMUNDO.- Todo podría ser, querido Bravo. No te embarques, y espera».

Algo más y aun algos hablaron. La partida se disolvió sobre las tres, pues Halconero salía en coche todas las tardes para visitar a su novia. La inclemencia de la temperatura no le permitía echarse a las calles a pie. Invitado el pícaro a entrar en el coche para llevarle a donde quisiese, pidió a su amigo que le dejase en la Plaza Mayor.

Placenteras eran las horas de Halconero en la dulce compañía de Pilarita y de los padres y tíos de ella. A media tarde iba Lucila en coche; las señoras mayores tomaban chocolate, conforme al estilo y costumbre de los pueblos del Norte. Era la casa holgadísima. Tenía su ingreso por la Plaza del Rey, y en largo espacio se extendían las habitaciones hasta Levante, con vistas al Parque del Ministerio de la Guerra. Las señoras gustaban de charlar a solas, separadas de los chicos, tratando de algún asunto de sus inocentes ambiciones maternas. Demetria y Lucila sondeaban con mirada optimista el porvenir, que para ellas no era obscuro ni problemático, sino bien esclarecido de luminosas venturas.

«DEMETRIA.- Me ha dicho Fernando que en cuanto venga el Rey habrá nuevas elecciones. Las Constituyentes están ya deshechas. El distrito de La Guardia es nuestro; Vicente será diputado.

GRACIA.- Un chico como este, lector de cuanto se ha escrito, merece que se le lleve a la vida pública.

LUCILA.- Amigas del alma, Vicente lo agradecerá, y yo... ¡qué he de decirles! Soy tan madraza, que todos los honores me parecen pocos para mi amado hijo.

DEMETRIA.- Vicente tendrá pronto dos madres... estoy por decir tres, pues a mi hermana no le faltan motivos para quererle tanto como yo le quiero.

GRACIA.- Nuestro hijo será el gran hombre del porvenir.

DEMETRIA.- Vienen tiempos de regeneración, en que los intereses públicos estarán en manos de la juventud ilustrada, independiente, que sepa mantenerse bien derecha entre las exageraciones.

LUCILA.- Así sea».

En tanto, Santiago Ibero se corría de Poniente a Levante para remozarse con la alegría de los novios, instalados con Juanita en un risueño y luminoso aposento junto al comedor.

«JUANITA.- Oye, Vicente; oye, Pilar: si vosotros, desde vuestra casita frente al Retiro, oiréis el rugido del león, nosotros aquí oímos a otro león más fiero que el vuestro... En esas habitaciones de Buenavista que tenemos tan cerca, vive Prim.

IBERO.- Fijaos en el ángulo del edificio: dos ventanas que miran a la calle de Alcalá, otras dos que miran acá. Pues ahí duerme el General. En esa cueva, magnífica estancia tapizada de seda amarilla, se recoge de noche el león, como dice muy bien Juanita... Allí madura sus pensamientos y planes; allí afila el hierro de su voluntad; allí se reviste de la coraza de su paciencia... Pidamos a Dios que dé a nuestro león hispánico larga vida. Si le perdemos, ¿dónde encontraríamos otro?».



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