Diferencia entre revisiones de «La historia de Valdemar Daae y de sus hijas»

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{{encabezado2|La historia de Valdemar Daae y de sus hijas|Hans Christian Andersen}}
<center>{{c|<big>'''I'''</big></center>}}
Cuando acaricia el viento las altas yerbas, ondulan como las aguas de un lago; cuando se desliza sobre las mieses, se doblan y se levantan como las olas del mar. El viento canta y cuenta. ¡Plena y sonora es su voz! Y ¡cómo sabe variar el tono, ora pasando por la copa de los árboles, ora por las ventanas de un campanario, ora por las troneras de una muralla! ¿Le ves, allá arriba, impulsando las nubes que huyen como un rebaño de ovejas perseguidas por un animal carnicero? ¿No se diría el aullido del lobo? Óyelo silbar ahora por entre las rendijas de la puerta; ¿no se diría el sonido de la bocina? Helo ahora en la chimenea; ¡cuán extraña melodía la suya! Escucha con atención. Relata un triste romance. Y no te sorprenda, sabe miles y miles de historias. Oigamos su narración: ¡Hu-u-hud! ¡Paso y vuelo! Tal es el estribillo de su romance.
 
 
<center>{{c|<big>'''II'''</big></center>}}
A orillas del gran Belt -dice el viento- se levanta un antiguo castillo señorial, con macizas murallas de greda encarnada. Conozco todas las piedras que lo componen: las vi ya cuando sirvieron para edificar el castillo de Marsk-Stig; cuando lo derribaron, fueron llevadas más allá y con ellas se construyó el castillo de Borreby de que os hablo y que aún podéis ver de pie.
 
 
 
<center>{{c|<big>'''III'''</big></center>}}
Relinchaban en la cuadra los fogosos corceles de negro y reluciente pelo. Dignos eran de ser admirados. Cuando no emprendía yo mi paso rápido, podían luchar conmigo en ligereza. Y así es que llegaban a verlos de muy lejos. El almirante que vino, enviado por el rey, para examinar la nueva nave y comprarla si era de su gusto, habló con elogiosos términos de los soberbios caballos. Lo oía yo todo; mientras paseaban por la playa hablando del navío, amontonaba delante de Valdemar Daae pajitas de color de oro, pero el oro verdadero que codiciaba, se le escapó. El almirante deseaba los fogosos corceles, por esto los encomiaba tanto; no lo comprendieron y no se vendió el buque. Como solo podía convenir al rey, permaneció encallado en la arena, cubierto de tablones, como una nueva arca de Noé; nunca vinieron las olas que levantarlo debían.
 
 
 
<center>{{c|<big>'''IV'''</big></center>}}
Era la mañana del día de Pascua, y las campanas de la iglesia repicaban, como alegres y calentadas por el hermoso sol que lucía en el zenit. Todo tenía un aspecto de fiesta. Pero Valdemar Daae se consumía con la fiebre de la angustia; había velado toda la noche, fundido y enfriado la fundición; había mezclado, destilado y vuelto a mezclar. Le oía dar suspiros de desesperación, blasfemar y rezar a un tiempo; luego permanecía inmóvil, conteniendo la respiración, contemplando la fusión de los metales en el alambique.
 
 
 
<center>{{c|<big>'''V'''</big></center>}}
Volví a estos lugares al entrar el otoño, con muy alegre humor; arremoliné las nubes y limpié el cielo; luego, rompí las ramas secas de los árboles, trabajo penoso, que fuerza era cumplir como todos los años.
 
 
 
<center>{{c|<big>'''VI'''</big></center>}}
¿Qué fue de Valdemar Daae y de sus hijas?
 
 
 
<center>{{c|<big>'''VII'''</big></center>}}
En una mañana de Pascua, parecida a aquella en que Valdemar Daae creyó haber descubierto el secreto de hacer oro, oí cantar un cántico, bajo el nido de la cigüeña, en la choza derruida. ¡Qué dulce y conmovedor acento! Habríase dicho el sonido armonioso de los cañaverales cuando yo lo acaricio. Era el último canto de Ana Dorotea. Miraba los brezos por la apertura que de ventana servía a la choza. El sol resplandeciente apareció a sus ojos como un globo de oro. Lanzó un postrimer suspiro y su corazón se rompió y para siempre se cerraron sus ojos. Yo solo canté en su entierro, dijo el viento. Sé do está su tumba y la de su padre que nadie conoce.
 
 
 
<center>{{c|[[Imagen:Fin02.jpg]]</center>}}
[[Categoría:ES-L]]
[[Categoría:P1859]]
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