Diferencia entre revisiones de «Crimen y castigo: Tercera Parte: Capítulo III»

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‑El fenómeno es conocido ‑observó Zosimof‑. El acto se cumple a veces con una destreza y una habilidad extraordinarias, pero el principio que lo motiva adolece de cierta alteración y depende de diversas impresiones morbosas. Es algo así como un sueño.
 
«Al fin y al cabo, debo felicitarme de que me tomen por loco», pensó Raskolnikof.
 
‑Pero las personas perfectamente sanas están en el mismo caso ‑observó Dunetchka, mirando a Zosimof con inquietud.
‑Tengo algo que decirte, Dunia ‑manifestó secamente y con grave semblante‑. Te ruego que me excuses por la escena de ayer, pero considero un deber recordarte que mantengo los términos de mi dilema: Lujine o yo. Yo puedo ser un infame, pero no quiero que tú lo seas. Con un miserable hay suficiente. De modo que si te casas con Lujine, dejaré de considerarte hermana mía.
 
‑¡Pero Rodia! ¿Otra vez. Laslas ideas de anoche? ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. ¿Por qué lo crees infame? No puedo soportarlo. Lo mismo dijiste ayer.
 
‑Óyeme, Rodia ‑repuso Dunetchka firmemente y en un tono tan seco como el de su hermano‑, la discrepancia que nos separa procede de un error tuyo. He reflexionado sobre ello esta noche y he descubierto ese error. La causa de todo es que tú supones que yo me sacrifico por alguien. Ésa es tu equivocación. Yo me caso por mí, porque la vida me parece demasiado difícil. Desde luego, seré muy feliz si puedo ser útil a los míos, pero no es éste el motivo principal de mi determinación.
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