Diferencia entre revisiones de «Crimen y castigo: Cuarta Parte: Capítulo I»

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‑Pues yo he oído decir que usted tiene aquí muchos conocidos y que no es eso que llaman «un hombre sin relaciones». Si no persigue usted ningún fin, ¿a qué ha venido a mi casa?
 
‑Es cierto que tengo aquí conocidos ‑dijo el visitante, sin responder a la pregunta principal que se le acababa de dirigir‑. Ya me he cruzado con algunos, pues llevo tres días paseando. Yo los he reconocido y ellos me han reconocido a mí, creo yo. Es natural que sea un hombre bien relacionado. Voy bien vestido y se me considera como hombre acomodado, pues, a pesar de la abolición de la esclavitudservidumbre, nos quedan bosques y praderas fertilizados por nuestros ríos, que siguen proporcionándonos una renta. Pero no quiero reanudar mis antiguas relaciones; hace ya tiempo que estas amistades no me seducen. Ya hace tres días que voy vagando por aquí, y todavía no he visitado a nadie... Además, ¡esta ciudad...! ¿Ha observado usted cómo está edificada? Es una población de funcionarios y seminaristas. Verdaderamente, hay muchas cosas en que yo no me fijaba hace ocho años, cuando no hacía otra cosa que holgazanear e ir por esos círculos, por esos clubes, como el Dussaud. No volveré a visitar ninguno ‑continuó, fingiendo no darse cuenta de la muda interrogación del joven‑. ¿Qué placer se puede experimentar en hacer fullerías?
 
‑¡Ah!¿Hacía usted trampas en el juego?
‑¿Por qué tendría yo la sensación de que habían de ocurrirle estas cosas? ‑dijo de súbito Raskolnikof, asombrándose de sus palabras apenas las habia pronunciado. Estaba extraordinariamente emocionado.
 
‑¿De veras ha pensado usted eso? ‑exclamó Svidrigailof, sorprendido‑. ¿De veras? ¡Ah! Ya deladecía yo que entre nosotros existía cierta afinidad.
 
‑Usted no ha dicho eso ‑replicó ásperamente Raskolnikof.
»‑¿Es que te molesta hasta que venga a verte?
 
»‑Oye, Marfa Petrovna ‑le digo para mortificarla‑, voy , a volver a casarme.
 
»‑Eso es muy propio de ti ‑me responde‑. Pero no te hace ningún favor casarte cuando todavía está tan reciente la muerte de tu mujer. Aunque tu elección fuera acertada, sólo conseguirías atraerte las críticas de las personas respetables.
‑¿Y si no hubiera allí más que arañas y otras cosas parecidas? ‑preguntó de pronto.
 
«Está loco», pensó Raskolnikof.
 
‑Nos imaginamos la eternidad -continuó Svidrigailofcomo algo inmenso e inconcebible. Pero ¿por qué ha de ser así necesariamente? ¿Y si, en vez de esto, fuera un cuchitril, uno de esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos por el humo y con telas de araña en todos los rincones? Le confieso que así me la imagino yo a veces.
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