Diferencia entre revisiones de «Crimen y castigo: Tercera Parte: Capítulo III»

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Si hubiese sido más perspicaz, habría advertido que su amigo no estaba sentimental, sino todo lo contrario. Avdotia Romanovna, en cambio, se dio perfecta cuenta de ello. La joven observaba a su hermano con ávida atención.
 
‑De ti, mamá, no quiero ni siquiera hablar ‑continuó Raskolnikof en el tono del que recita una lección aprendida aquella mañana‑. Hoy puedo darme cuenta de lo que debiste sufrir ayer durante tu espera en esta habitación.
 
Raskolnikof en el tono del que recita una lección aprendida aquella mañana‑. Hoy puedo darme cuenta de lo que debiste sufrir ayer durante tu espera en esta habitación.
 
Dicho esto, sonrió y tendió repentinamente la mano a su hermana, sin desplegar los labios. Esta vez su sonrisa expresaba un sentimiento profundo y sincero.
‑¿Es posible que no lo sepas? Marfa Petrovna Svidrigailova. ¡Tanto como te he hablado de ella en mis cartas!
 
¡Ah, sí! Ahora me acuerdo ‑dijo como si despertara de un sueño‑. ¿De modo que ha muerto? ¿Cómo?
 
Esta muestra de curiosidad alentó a Pulqueria Alejandrovna, que respondió vivamente:
«No es un regalo de su prometido», pensó Rasumikhine, alborozado.
 
‑Yo creía que era un regalo de Lujine ‑dijo Raskolnikof. ‑No, Lujine todavía no le ha regalado nada.
 
‑No, Lujine todavía no le ha regalado nada.
 
‑¡Ah!, ¿no...? ¿Te acuerdas, mamá, de que estuve enamorado y quería casarme? ‑preguntó de pronto, mirando a su madre, que se quedó asombrada ante el giro imprevisto que Rodia había dado a la conversación, y también ante el tono que había empleado.
Parecía hablar consigo mismo, pero había levantado la voz y miraba a su hermana con un gesto de preocupación. Al fin, y sin que su semblante perdiera su expresión de estupor, desplegó la carta y la leyó dos veces atentamente. Pulqueria Alejandrovna estaba profundamente inquieta y todos esperaban algo parecido a una explosión.
 
‑No comprendo absolutamente nada ‑dijo Rodia, pensativo, devolviendo la carta a su madre y sin dirigirse a nadie en particular‑. Sabe pleitear, como es propio de un abogado, y cuando habla telo hace bastante bien. Pero escribiendo es un iletrado, un ignorante.
 
Sus palabras causaron general estupefacción. No era éste, ni mucho menos, el comentario que se esperaba.
‑¿A qué te refieres?
 
‑Ya has visto que Piotr Petrovitch dice que no quiere verte en nuestra casa esta noche, y que se marchará si... si lote encuentra allí. ¿Qué harás, Rodia: vendrás o no?
 
‑Eso no soy yo el que tiene que decirlo, sino vosotras. Lo primero que debéis hacer es preguntaros si esa exigencia de Piotr Petrovitch no os parece insultante. Sobre todo, es Dunia la que habrá de decidir si se siente o no ofendida. Yo ‑terminó secamente‑ haré lo que vosotras me digáis.
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