Diferencia entre revisiones de «Conferencia en el Ateneo de Lima (ortografía RAE)»

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Lejos de aquí los teóricos i soñadores que trazan demarcaciones entre ciudadanos i poeta. ¡Cómodo recurso par'almacenar fuerza i ahorrar vida mientras los buenos i sencillos se afanan, luchan i mueren por nosotros! Contra un Arquíloco i un Horacio, que arrojan el escudo i huyen del combate, protestan un Garcilaso en Frejus, i un Cervantes en Lepanto. Jenio de poeta, jenio de acción. Ercilla escribe en la noche lo que pelea en el día, Byron envidia las victorias de Bonaparte i corre a morir en Mesolonghi. Espronceda sube a las barricadas de París. Cuando Ugo Fóscolo nos habla del "espíritu guerrero que ruje en sus entrañas", descubre al hombre inspirado i no se confunde con el simple aglomerador de consonantes. El poeta lejítirno se parece al árbol nacido en la cumbre de un monte: por las ramas, que forman la imajinación, pertenece a las nubes; por las raíces, que constituyen los afectos, se liga con el suelo.
 
Si los hombres de ayer trabajaron por nosotros, los de hoy estamos obligados a trabajar por los de mañana. Contamos con un acreedor, el porvenir. ¡Que nuestros poetas, en vez de pasar como interminable procesión de resucitadas plañideras que se dirigen a la danza macabra, desfilen como lejioneslegiones de hombres que llevan en su corazón el fuego de las pasiones fecundas; en sus labios, el presajiopresagio de la victoria; en sus mejillas, el color de la sangre, es decir, el tinte de la juventud, del amor iy de las rosas! ¡Que nuestros Prosadores, en lugar de afeminarse o enervarse con prosa cortesana iy enfermiza, usen la prosa leal iy sana, prefiriendo al crepúsculo de las sectas, el día sin nubes de la Razón, viendo más allá del círculo estrecho de familia iy patria el horizonte de la Humanidad!
 
No aguardemos la paz octaviana. Esperar un Siglo de oro contará por muchos años como utopía en América iy señaladamente en el Perú. Quizá nosotros muramos en el desierto, sin divisar la tierra prometida. De todas las jeneracionesgeneraciones nacidas en el país somos la jeneracióngeneración más triste, más combatida, más probada. El terremoto derriba nuestras ciudades, el mar arrasa nuestros puertos, la helada iy las criptógamas destruyen nuestras cosechas, la fiebre amarilla diezma nuestras poblaciones, la invasión estranjeraextranjera tala, incendia iy mata, iy la guerra civil termina lo que la invasión empieza. A nuestros pies se abre un abismo, a nuestros costados se levantan dos muros de bronce; pero (¡no desmayemos! Imitemos al Gunnar de las leyendas escandinavas, al héroe, que entona un himno valeroso, mientras en su cuerpo s'se enroscan serpientes iy se apacientan víboras.
 
Si hay placer en conquistar con la espada, no falta dulzura en iluminar con l'la antorcha. Gloria por gloria, vale más dejar chispas de luz que regueros de sangre. Alejandro en el Indus, César en el Capitolio, Napoleón en Austerlitz, no eclipsan a Homero vagando por las ciudades griegas para entonar las rapsodias de la Iliada, a Bernardo de Palissy quemando sus muebles par'para atizar un horno de porcelanas, a Galileo encerrado en una prisión iy meditando en el movimiento de la Tierra. Si merece páginas de oro el guerrero que lleva la justicia encarnada en el hierro ¡cuán envidiable el escritor que huye de sectas o banderías, sigue las causas nobles, iy al fin de la vida se acusa como Béranger de una sola frajilidadfragilidad: "Haber sido el adulador de la desgracia"!
 
En ninguna parte conviene más que en las naciones sudamericanas enaltecer el brillo de artes iy ciencias sobre el deslumbramiento de victorias militares. Los americanos vivimos entre la época secundaria iy la época terciaria, en el reinado de reptiles jigantescosgigantescos iy mamíferos colosales. Que palabra iy pluma sirvan para lo que deben servir: lejos adulación iy mentira. La intelijenciainteligencia no tiene por qué abdicar ante la fuerza; por el contrario, la voz del hombre razonable iy culto debe ser un correctivo a la obra perniciosa de cerebros rudimentarios.
 
La patria, que nos da el agua de sus ríos iy los frutos de sus campos, tiene derecho a saber el empleo de nuestros brazos iy la consagración de nuestra intelijenciainteligencia. Ahora bien ¿qué responde ríamosresponderíamos si hubiera llegado la hora de la cuenta? Eliminemos el diario, que periodista no quiere decir literato, iy concretémonos a la verdadera literatura. En el artículo insustancial, plagado de antítesis, equívocos iy chilindrinas; en la rima de dos cuartetas asonantadas, sin novedad, inspiración ni acentos rítmicos ¿se resume todo el alimento que reservamos al pueblo herido iy mutilado por el enemigo estranjeroextranjero? Semejante literatura no viene como lluvia de luciérnagas en noche tenebrosa, sino como danza de fuegos fatuos entre losas de cementerio.
 
Insistamos sobre la necesidad de trabajo iy estudio. Novelas, poemas iy dramas no emerjenemergen del cerebro como islas en erupciones volcánicas. Las obras nacen de un modo fragmentario, con eyaculaciones sucesivas. Somos como ciertas fuentes que manan con intermitencias o a borbotones; el buen o mal gusto consiste en dirijirdirigir el agua Por acueductos de mármol o cauces de tierra.
 
Diderot practica cien oficios por más de veinte años y va de taller en taller acoplando materiales para la ''Enciclopedia'', Rousseau medita seis o siete horas buscando la palabra más precisa, Goethe se confunde con los estudiantes alemanes para escuchar las lecciones del anatomista Wilhelm Loder, Wilhelm Schlegel emprende a los cincuenta años el estudio del sánscrito, Balzac sucumbe estenuadoextenuado por la fatiga, Bello aprende griego en la vejez iy copia sus manuscritos hasta ocho veces. Pero haihay un ejemplo más digno de recordarse: el hombre que llamó al jeniogenio "una larga paciencia", Buffon, escribe a los setenta años las ''Épocas de la Naturaleza'' iy con su propia mano la trascribe dieciocho veces.
 
Baudelaire afirma que "generalmente los criollos carecen de originalídadoriginalidad en los trabajos literarios y de fuerza en la concepción o la expresión, como almas femeninas creadas únicamente para contemplar y gozar". Sin embargo, en América, en el Perú mismo, algunos hombres revelaron singulares aptitudes para las ciencias, las artes y la literatura; muchos, dejando la contemplación y el goce, perseveraron en labores fecundas y serias.
 
Digan lo que digan las mediocridades importantes y descontentadizas, nuestro público leyó todo lo digno de leerse, y los Gobiernos costearon o colmaron de beneficios a los autores. Con pocas y voluntarias esclusiones, ¿qué peruano de clara inteligencia no fue profesor de universidad, diputado, ministro, vocal de una corte, agente financiero en Europa, cónsul o plenipotenciario? Quizá sufrimos dos calamidades: la protección oficial y desproporcionada al libro fósil o hueco, y el acaparamiento de los cargos públicos por las medianías literarias.
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