Diferencia entre revisiones de «Conferencia en el Ateneo de Lima (ortografía RAE)»

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Prescindiendo aquí de las ideas trasnochadas y recalcitrantes, sería injusto negar a Selgas un ingenio móvil, sutil y penetrante: acaso no hay hombre más paradojal en España. No obstante, afanándose en rayar por agudo, peca más de una vez por incomprensible. Como abusa de la antífrasis, no sabemos si habla con seriedad o se burla de nosotros.
 
En él no haihay sucesión lójica de juicios, sino agrupamiento de ideas por lo jeneral inconexas. Puede tijeretearse por acápites cualquier escrito de Selgas, introducirse los retazos en una bola de lotería, sacarles y leerles, con probabilidad de obtener un nuevo artículo. No posee la concentración, el mucho en poco, y lejos de arrojar centigramos de oro en polvo, descarga lluvias de arena. Selgas parece un Castelar desmenuzado y teñido de carlista.
 
En el estilo, asmático entre los asmáticos, fatiga con los retruécanos, aburre con las antítesis, desconcierta con el rebuscamiento. Según la espresión de Voltaire, "pesa huevos de hormiga en balanzas de telaraña". No se le debe llamar domador de frases, sino martirizador de vocablos. Juega con palabras, como los prestidijitadores japoneses con puñales; y estrae del tintero líneas y más líneas de frases cortas y abigarradas, como los embaucadores de ferias se sacan del estómago varas y más varas de cintas angostas y multicoloras.
No le creamos cuando nos diga que "sólo amó verdaderamente a muertos y estatuas"; por el contrario, pensemos que debió repetirnos como el antiguo ''minnesänger'': "Yo me alimenté del amor, esa médula del alma". Nació con asombrosa precocidad de sentimientos. Niño, recitaba en la fiesta de un liceo el Buzo de Schiller; mas de pronto enmudece y queda como petrificado: sus ojos se habían fijado en los ojos azules de una hermosa joven. Amó con delirio a su prima Molly Heine y conservó siempre un cariño entrañable a su madre. Verdad que una y otra no escapan a los dardos de su ironía, como no se libraba ni él mismo, porque era propio de Heine velar con un chiste sus pasiones, disimular con una risotada sus dolores; como la heroína del cuento, baila con un puñal en las entrañas; como Voltaire, está con una pierna en la tumba y hace piruetas con la otra.
 
Odió con toda su alma. Casi moribundo, teniendo que levantarse los párpados para ver, escribe sus memorias y esclama en un arranque de regocijo febril: "Los he cojido. Muertos o vivos no se m'escaparán ya. ¡AiAy del que lea estas líneas, si osó atacarme! Heine no muere como un cualquiera, y las garras del tigre sobrevivirán al tigre mismo".
 
L'La audacia de Heine parecerá increíble a quien no esté familiarizado con la llaneza infantil de los autores alemanes; pocos habrán escrito rasgos más atrevidos ni valientes. A nadie respeta: zahiere a Schlegel, Hegel y Boerne, arremete contra Goethe, no perdona poeta de Suevia, se ríe socarronamente de Madame Stäel, moteja a Ballanche, llama a Villemain "un dómine ignorante@", a Chateaubriand "un loco lúgubre", a Víctor Hugo "un hombre jorobado moralmente".
 
Prusiano, escarnece a Prusia y se mofa de la vieja Alemania y del antiguo y buen derecho glorificado por Uhland. Poco después que Arndt había cantado la formación de la patria jermánica, tibias aún las cenizas de Koerner, Heine lleva el descaro hasta celebrar en ''los Dos Granaderos'' l'apoteosis de Napoleón Bonaparte, el hombre de Jena y Tilsitt. Nunca hizo gala de patriota, y un solo país amó invariablemente, Francia, donde vivió gran parte de su vida, donde contrajo matrimonio, donde exhaló el último suspiro. En una carta dirijida a su amigo Christian Sethe por los años de 1822, escribía ya: "Todo lo alemán m'es antipático, y tú eres alemán por desgracia. Todo lo alemán me produce efecto vomitivo. El idioma alemán me destroza las orejas".En nada cree, salvo perfidia y belleza de la mujer amada. "Yo no creo en Diablo, infierno ni penas infernales; sólo creo en tus ojos y en tu corazón diabólico". Llama a los dioses del Cristianismo "zorros con piel de cordero", al Catolicismo el "período mórbido de la Humanidad". Para todas las relijiones tuvo siempre la carcajada de Voltaire, y aunque judío de nacimiento y luterano de conveniencia o capricho, sólo rindió culto literario a las divinidades griegas. Enfermo, acometido ya de la parálisis, recorre las galerías del Louvre y no vuelve los ojos a las madonas de los pintores italianos, sino que vertiendo lágrimas como un pagano del siglo IV, cae de rodillas ante la Venus de Milo.
 
La orijinalidadoriginalidad de Heine estriba en el modo cómico-serio de sentir, en la independencia de pensar y en la franqueza de espresarse; su forma no revela nada superior a Goethe ni a Schiller, aunque se manifiesta más armonioso que Tieck, más conciso que Rückert, más plástico que Uhland. El mismo confesó que en su ''Intermezzo lírico'' había imitado la cadencia de los ''lieder'' compuestos por Wilhelm Müller, que antes de aprender en las obras de Wilhelm Schlegel los secretos de la métrica había cedido al influjo del canto popular jermánico. y tuvo razón: anteriormente a Wilhelm Müller, anteriormente a Goethe, el ''lied'' existía con toda su frescura, con toda su sencillez, con toda su flexibilidad. Remontándose hasta la ''l'Antología Griega'', se ve que muchos epigramas helénicos tienen todos los caracteres del ''lied'' jermánicogermánico. Algunas composiciones del ''Intermezzo lírico'', del ''Regreso'' y de la ''Nueva Primavera'', figurarían sin desdoro junto a los epigramas de Meleagro, Rufino y Pablo el Silentario.
 
Mas, nada tan inexacto como calificar a Heine de griego; no pasa de un greco-alejandrino que viajó por Asia, leyó a Luciano y hojeó la ''Antología'' de Meleagro. El buen gusto helénico no abunda en Alemania; si las obras de los griegos parecen un ordenado parque inglés, las obras de los alemanes semejan un bosque virjen de América, donde no se penetra sin brújula ni machete. Heine, dotado de inspiración nómada y cosmopolita, coje sus argumentos donde los encuentra; pasa de la Biblia al Shah-nameh, del Shah-nameh al Ramayana, del Ramayana al Edda escandinavo y del Edda escandinavo a los romanos castellanos, alas baladas escocesas o a los ''flabiaux'' franceses.
 
Poeta y alemán, cede a l'la atracción de Goethe, así como ningún filósofo jermánico resiste a la influencia de Kant. Heine sigue al cantor de ''Fausto'' como Schopenhauer al filósofo de la ''Crítica de la Razón pura''. Cuando los hombres como Kant y Goethe golpean la Tierra con sus plantas, el suelo retiembla por tan largo tiempo que jerneracionesgeneraciones enteras ceden al movimiento de trepidación.
 
Sin embargo, entre la nube de poetas que desde principios del siglo surjieron en Alemania, Enrique Heine se dibuja como una personalidad; se distingue de todos, no se confunde con ninguno. L'La acritud de su carácter, la hiel de sus versos, deben atribuírse, más que a nativa malignidad, a las contrariedades de su vida, a su amor desgraciado, a sus continuas enfermedades, a la parálisis que años enteros le clavó en el lecho hasta victimarle en 1856. Célebre por sus cantos, es más célebre por sus dolores.
 
Pasar de Heine a Bécquer vale ir de maestro a discípulo que funda escuela. El pintor y poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer murió en la plenitud de la vida, sin haber podido encerrar en la tela ni el libro todas las creaciones fantásticas que revoloteaban en su cerebro.
:''Luz que temblaba en los pintados vidrios.''
 
En algunas ideas, parece alemán lejítimo, se penetra del espíritu jermánicogermánico, ve a la mujer como la ven los alemanes, y si por rezagos místicos se aparta de Heine, por el idealismo se roza con los poetas de Suevia.
 
Cuando escribe:
descubre al discípulo de Heine, al amante del ''Intermezzo lírico''; cuando esclama:
 
:''IY entonces comprendí por qué se llora!''
 
:''IY entonces comprendí por qué se mata!''
 
deja traslucir al español de buena raza, al hombre que lleva en sus venas sangre de ''García del Castañar'' y del ''Alcalde de Zalamea''. De su viaje ideal por la tierra de Hermann y Thusnelda regresa con la melancolía, esa flor nacida en las nieves del Norte y forma la fusión agradable y estraña de andaluz con alemán.
Gracias, tal vez, al buen gusto de su editor y biógrafo, Bécquer se presenta con leve pero rico bagaje literario y logra escapar al defecto que Heine reconoció en sus propias obras, la monotonía. Cansa leer de seguido el ''Intermezzo'', el ''Regreso'' y la ''Nueva Primavera'', por la repetición de lo mismo con diferentes palabras, mientras se lee y se relee con incesante deleite la diminuta colección de ''Rimas''. ¿Qué poeta o aficionado no las sabe de memoria?
 
Menos irónico y amargo que Heine, tan melancólico y apasionado, el poeta español se distingue del alemán por un tinte de resignación y bondad. Bécquer, herido en el corazón por mano de una mujer, desea curarse con algún bálsamo, se cubre de vendas y aguarda en la misericordia de algo superior al hombre; todo lo contrario de Heine que rasga las ligaduras de su herida, vierte agua corrosiva en la carne irritada, y levanta los puños amenazando a Tierra y Firmamento. Las composiciones de ambos tienen "un dejo de lágrimas y de amor"; pero en las ''Rimas'' no haihay ese abuso de caídas epigramáticas ni esas continuas carcajadas sardónicas que en el autor del ''Intermezzo'' dejeneran en una especie de ''tic'' nervioso. Atenuada, pues, algo tibia i, por decirlo así, más resistible a los ojos españoles, viene la inspiración de Heine después de incidir en el cerebro de Bécquer.
 
La estudiada neglijencia en el lenguaje, la rima jeneralmente asonantada, el ritmo suave aunque un tanto descuidado, hacen de Bécquer un versificador ''sui generis''. No presenta novedades en la estrofa ni en el verso, como las presentan Iriarte, Espronceda, Zorrilla, l'Avellaneda y Sinibaldo de Mas; pero en lo antiguo ha marcado el sello de su individual. L'asonantada estrofa de cuatro versos, el heptasílabo y el endecasílabo dirán: por aquí pasó Bécquer.
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Los que interpretan majistralmente a los alemanes imprimen el cuño español en el oro del Rhin; pero los que traducen al Heine de las traducciones francesas, los que imitan o calcan a Bécquer ¿se penetran del espíritu jermánico? Caminan a tientas, imitan y calcan por imitar y calcar; no merecen el calificativo de jermanistasgermanistas o jermanizantesgermanizantes, sino de teutomaníacos. Sustituyen mal con mal: cambian el intimismo lacrimoso, degeneración de Espronceda y Zorrilla, con el individualismo nebuloso, dejeneracióndegeneración de Schiller y Heine.
 
A más de la poesía subjetiva del ''Intermezzo lírico'', abunda en Alemania la poesía objetiva de las baladas. ¿Por qué los jermanistas castellanos no aclimatan en su idioma el objetivismo alemán? ¿Por qué no toman el elemento dramático que predomina en las baladas de Bürger, Schiller, Uhland y muchas del mismo Heine? Ya que nuestra carece de perspectiva, relieve, claroscuro y ritmo ¿por qué los poetas no estudian la forma arquitectónica, escultural, pictórica y musical de Goethe? Sí, Goethe, a pesar de su frialdad marmórea (frialdad esplicable por el dominio del injenioingenio sobre la inspiración), tiene l'la avasalladora fuerza del ritmo, y en sus versos parece realizar imposibles, como un' arquitectura en movimiento, como una música petrificada, como una pintura con palabras.
 
HaiHay que repetirlo, se imita sin saber cómo ni para qué. De la propensión estravagante a remedar inconsiderablemente, brotan innumerables composiciones híbridas. Al chubasco de las doloras, a la inundación de los sonetos, sigue hoy la garúa de las poesías homeopáticas y liliputienses. ¿Qué periódico literario de América o España no encierra dos cuartetas asonantadas, con el indispensable título de ''rima, imitación de un lied'' o ''becquerismo''? ¡Qué disgusto y hastío no prueba uno al encontrarse con esos abortos embrionarios o monstruos bicéfalos, después de saborear el desbordamiento lírico de un Lamartine o la exuberancia épica de un Víctor Hugo! Si la poesía castellana tiene que reducirse a inepcias y vaciedades propinadas en dosis infinitesimal, renunciemos de una vez a poetas y versos.
 
Si refranes y cantos populares revelan el nacimiento de las literaturas, las composiciones alambicadas y pequeñas dan indicios de agotamiento y caducidad. El hombre anda con pasos cortos en la infancia y en la vejez. La decadencia se denuncia en el gusto por las bagatelas, no en el naturalismo de un prosador como Zola, ni el ateísmo de un poeta como Richepin.
 
HaiHay escritos en que el período breve o sentencioso cuadra bien, y nadie se disgusta con las ''Máximas'' de un Vauvenargues ni con los ''Pensamientos'' de un Joubert. ¿A quién no agradan el bíblico y el paralelismo hebreo de un Lamennais? Las pasiones violentas, los pensamientos delicados, las descripciones a vuelo de pájaro, exigen una poesía de corta dimensión; de ahí que en Grecia todos los escritores proporcionen materiales a la ''AntolojíaAntología'', desde Homero hasta Platón. Los sonetos entran por miles en Lope de Vega, un madrigal redime del olvido a Gutierre de Cetina y los epigramas de ocho versos popularizan el nombre de Iglesias. Pero las composiciones fujitivas de los verdaderos poetas son chispas de brillantes o frisos de mármol pentélico, mientras las cuartetas asonantadas de los becqueristas son fragmento de sustancias opacas y amorfas. Las ''rimas'' distan un paso de los acrósticos, charadas, enigmas, logogrifos, laberintos y demás productos de las intelijencias que tienen por única actividad el bostezo.
 
En el orden físico, lo muy pequeño escapa de los cataclismos merced a su organización tenaz y relativamente perfecta, y en literatura, lo muy corto y muy bueno vive mucho. Donde perecen la historia y el poema, se salvan el cuento y la oda. Las producciones diminutas exigen un pensamiento orijinal y un estilo en armonía con el asunto: la forma da el mérito; n'olvidemos que sólo por la forma, el carbono se llama unas veces carbón y otras veces diamante.
 
Si el pensamiento rasa con lo vulgar, si el estilo carece de plasticidad ¿qué nos ofrecen los escritores galojermánicosgalogermánicos en su prosa asmática y en su verso microscópico? La exigüidad en la producción ¿denota economía de fuerzas o impotencia? Las rocas producen liquen porque no tienen sustancia para nutrir al cedro. Los que gozamos con la prosa y el verso de los maestros podemos alimentarnos con médula de leones ¿por qué someternos al réjimen de los dispépticos, a dieta medida? Si las naciones de Europa figuran como los grandes paquidermos del reino intelectual, no representemos en el Perú a los microbios de la literatura.
 
La improvisación pertenece a tribuna y diario. A oradores y periodistas se les tolera el atropellamiento en ideas, la escabrosidad en estilo y hasta la indisciplina gramatical. Verdad que en lo improvisado se cristaliza muchas veces lo mejor y más orijinal de nuestro injenio, algo como la secreción espontánea de la goma en el árbol; pero, acostumbrándonos al trabajo incorrecto y precipitado, nos volvemos incapaces de componer obras destinadas a vivir. Lo que poco cuesta, poco dura. Los libros que admiran y deleitan a la Humanidad, fueron pensados y escritos en largas horas de soledad y recojimientorecogimiento, costaron a sus autores el hierro de la sangre y el fósforo del cerebro.
 
Cierto que el mundo avanza y avanza: en la vorájine, de las sociedades modernas, nos sentimos empujados a vivir lijeramente, a pasar desflorando las cosas; n'obstante, disponemos de ocios para leer una novela de Pérez Galdós o presenciar un drama de García Gutiérrez. Felizmente, no ha sonado la hora de reducir el verso a seguidillas y la prosa a descosidos telegramas. Discernimos todavía que entre un centón de ''rimas'' seudo jermánicasgermánicas y una poesía de Quintana o Núñez de Arce, haihay la distancia del médano al bloque de mármol. Sabemos que entre la prosa cortada, intercadente y antifonal y la prosa de un verdadero escritor no cabe similitud, pues una sucesión de párrafos sin trabazón, desligados, incoherentes, no constituye discurso, así como no forman cadena las series de anillos desabracados y puestos en fila.
 
No imajinéis, señores, que se desea preconizar la prosa anémica, desmayada y heteróclita, que toma lo ficticio por natural, el énfasis por magnificencia, la obesidad por robustez; la prosa de inversiones violentas, de exhumaciones arcaicas y de purismos seniles; la prosa de relativos entre relativos, de accidentes que modifican accidentes y de períodos inconmensurables y sin unidad; la prosa inventada por académicos españoles que tienden a resucitar el volapuk de la época terciaria; la prosa imitada por ''correspondientes'' americanos que en Venezuela y Colombia están modificando la valerosa y progresiva lengua castellana.
 
Entre la lluvia de frases que se ajitan con vertijinoso revoloteo de murciélago y l'la aglomeración de períodos que se mueven con insoportable lentitud de serpiente amodorrada, existe la prosa natural, la prosa griega, la que brota espontáneamente cuando no seguimos las preocupaciones de escuela ni adoptamos una manera convencional. Sainte-Beuve aconseja que "se haga lo posible para escribir como se habla, y nadie s'espresa con períodos elefantinos o desmesurados. Recapacitándolo con madurez, la buena prosa se reduce a conversación de jentes cultas. En ella no haihay afeites, remilgamientos ni altisonancias: todo fluye y se desliza con llaneza, desenfado y soltura. Los arranques enérjicos sirven de modelo en materia de sencillez o naturalidad, tienen el aire de algo que se le ocurre a cualquiera con sólo coger la pluma.
 
La llamada vestidura majestuosa de la lengua castellana consiste muchas veces en perifollo de lugareña con ínfulas de señorona, en pura fraseología que pugna directamente con el carácter de la época. El público se inclina siempre al escrito que nutre, en vez de sólo hartar, y prefiere la concisión y lucidez de un Condillac a la difusión ¡oscuridad de un bizantino. Quien escribe hoy y desea vivir mañana, debe pertenecer al día, a la hora, al momento en que maneja la pluma. Si un autor sale de su tiempo, ha de ser par'adivinar las cosas futuras, no para desenterrar ideas y palabras muertas.
Las lenguas no se rejuvenecen con retrogradar a la forma primitiva, como el viejo no se quita las arrugas con envolverse en los pañales del niño ni con regresar al pecho de las nodrizas. Platón decía que "en materia de lenguaje el pueblo era un escelente maestro". Los idiomas se vigorizan y retemplan en la fuente popular, más que en las reglas muertas de los gramáticos y en las exhumaciones prehistóricas de los eruditos. De las canciones, refranes y dichos del vulgo brotan las palabras orijinales, las frases gráficas, las construcciones atrevidas. Las multitudes trasforman las lenguas, como los infusorios modifican los continentes.
 
El purismo no pasa de un'afectación, y como dice muy bien Balmes, Ala afectación es intolerable, y la peor es la afectación de la naturalidad". En el estilo de los puristas modernos nada se dobla con la suavidad de un'una articulación, todo rechina y tropieza como gozne desengrasado y oxidado. En el arte se descubre el artificio. Comúnmente se ve a escritores que en una cláusula emplean todo el corte gramatical del siglo XVII, y en otra varían de fraseo y cometen imperdonables galicismos de construcción: recuerdan a los pordioseros jóvenes que se disfrazan de viejos baldados, hasta que de repente arrojan las muletas y caminan con ajilidad y desembarazo.
 
Los puristas pecan también por oscuros; y donde no hay nitidez en la elocución, falta claridad en el concepto. Cuando los pensamientos andan confundidos en el cerebro, como serpientes enroscadas en el interior de un frasco, las palabras chocan con las palabras, como lima contra lima. En el prosador de largo aliento, las ideas desfilan bajo la bóveda del cráneo, como hilera de palomas blancas bajo la cúpula de un templo, y períodos fáciles suceden a períodos naturales, como vibraciones de lámina de bronce sacudida por manos de un coloso.
Basados, pues, en la tradición de independencia literaria, que puede remontarse hasta los poetas ibérico-latinos como Séneca y Lucano, dejemos las andaderas de la infancia y busquemos en otras literaturas nuevos elementos y nuevas impulsiones. Al espíritu de naciones ultramontanas y monárquicas prefiramos el espíritu libre y democrático del Siglo.
 
Volvamos los ojos a los autores castellanos, estudiemos sus obras maestras, enriquezcamos su armoniosa lengua; pero recordemos constantemente que la dependencia intelectual de España significaría para nosotros la indefinida prolongación de la niñez. Del español nos separan ya las influencias del clima, los cruzamientos etnográficos, el íntimo roce con los europeos, la educación afrancesada y 64 años de tempestuosa vida republicana. La inmigración de los estranjeros no viene al Perú como ráfaga momentánea, sino como atmósfera estable que desaloja a ;'la atmósfera española y penetra en nuestros pulmones modificándonos física y moralmente. Vamos perdiendo ya el desapego a la vida, desapego tan marcado en los antiguos españoles, y nos contajiamoscontagiamos con la tristeza jemebunda que distingue al indíjenaindígena peruano.
 
No hablamos hoy como hablaban los conquistadores: las lenguas americanas nos proveen de neolojismos que usamos con derecho, por no tener equivalentes en castellano, por espresar ideas esclusivamente nuestras, por nombrar cosas íntimamente relacionadas con nuestra vida. Hasta en la pronunciación ¡cuánto hemos cambiado! Tendemos a eludir la ''n'' en la partícula ''trans'', y a cambiar por ''s'' la ''x'' de la preposición latina ''ex'', antes de consonante, en principio de vocablo. Señores, el que habla en este momento ¿qué sería en alguna academia de Madrid? Casi un bárbaro, que pronuncia la ''ll'' como la ''y'', confunde la ''b'' con la ''v'' y no distingue la ''s'' de la ''z'' ni de la ''c'' en sus sonidos suaves.
Inútil resultaría la emancipación política, si en la forma nos limitáramos al exajerado purismo de Madrid, si en el fondo nos sometiéramos al ''Syllabus'' de Roma. Despojándonos de la tendencia que nos induce a preferir el follaje de las palabras al fruto de las ideas, y el repiqueteo del consonante a la música del ritmo, pensemos con la independencia jermánica y espresémonos en prosa como la prosa francesa o en verso como el verso inglés. A otros pueblos y otras épocas, otros gobiernos, otras relijiones, otras literaturas.
 
Acabemos ya el viaje milenario por rejiones de idealismo sin consistencia y regresemos al seno de la realidad, recordando que fuera de la Naturaleza no haihay más que simbolismos ilusorios fantasías mitolójicasmitológicas, desvanecimientos metafísicos. A fuerza de ascender a cumbres enrarecidas, nos estamos volviendo vaporosos, aeriformes: solidifiquémonos! Más vale ser hierro que nube.
 
Las Matemáticas, las Ciencias Naturales y la Industria nada envidian a los siglos pasados: sólo la Literatura y el Arte claman por que venga un soplo del antiguo mundo helénico a perfumar de ambrosía el Universo, a desvanecer las místicas alucinaciones del fanatismo católico y a rehabilitar la materia injustamente vilipendiada por las hipocresías del tartufo.
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