Diferencia entre revisiones de «Conferencia en el Ateneo de Lima (ortografía RAE)»

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Severo Catalina poseía sensibilidad exquisita, claro talento y vasta erudición. Hebraizante, con fe ciega en los dogmas del Catolicismo, salió a refutar la ''Vida de Jesús'', cuando se había hecho moda romper lanzas con Renán. Pasada la moda, se hundieron en el olvido refutaciones con refutadores, y Catalina sobrenada hoy, no por la ''Contestación'' a Renán, sino por el libro ''La Mujer'', que muy joven dio a luz con un prólogo de Campoamor.
 
En ''La Mujer'', Catalina descubre miras opuestas a Balzac; pero no encierra el meollo de Aimé-Martin ni el generoso espíritu de Michelet. El libro ensalza tanto al bello sexo y despide un olor tan pronunciado a misticismo, que parece escrito con polvos de rosa disueltos en agua bendita. Obras con semejante índole entretienen a los dieciocho añoaños, hacen sonreír a los veinticinco e infunden sueño a los treinta. No deben tomarse a lo serio, sino como el ditirambo de un seminarista que no ha perdido la gracia virginal.
 
Ahí, la frase asmática de Saavedra Fajardo alterna con el período hético del mal Quevedo, del que maneja la pluma en horas menguadas. De cuando en cuanto relampaguea el espíritu de un Lamennais corregido y expurgado por la Congregación del Índice.
Prescindiendo aquí de las ideas trasnochadas y recalcitrantes, sería injusto negar a Selgas un ingenio móvil, sutil y penetrante: acaso no hay hombre más paradojal en España. No obstante, afanándose en rayar por agudo, peca más de una vez por incomprensible. Como abusa de la antífrasis, no sabemos si habla con seriedad o se burla de nosotros.
 
En él no hay sucesión lójicalógica de juicios, sino agrupamiento de ideas por lo jeneralgeneral inconexas. Puede tijeretearse por acápites cualquier escrito de Selgas, introducirse los retazos en una bola de lotería, sacarles y leerles, con probabilidad de obtener un nuevo artículo. No posee la concentración, el mucho en poco, y lejos de arrojar centigramos de oro en polvo, descarga lluvias de arena. Selgas parece un Castelar desmenuzado y teñido de carlista.
 
En el estilo, asmático entre los asmáticos, fatiga con los retruécanos, aburre con las antítesis, desconcierta con el rebuscamiento. Según la espresión de Voltaire, "pesa huevos de hormiga en balanzas de telaraña". No se le debe llamar domador de frases, sino martirizador de vocablos. Juega con palabras, como los prestidijitadoresprestidigitadores japoneses con puñales; y estrae del tintero líneas y más líneas de frases cortas y abigarradas, como los embaucadores de ferias se sacan del estómago varas y más varas de cintas angostas y multicoloras.
 
A más de ambiguo, flaquea por amanerado, descubriendo en cada jirogiro al escritor ganoso de producir efecto. Quiere manifestar injenioingenio hasta en la colocación de signos ortográficos. Imposible leerle de seguido: la lectura de Selgas parece ascensión fatigosa por interminable y oscura escalera salomónica: esperamos ráfagas de luz, momentos de tomar descanso; pero descanso y luz no llegan.
 
Nunca va en línea recta hacia el asunto, sino trazando curvas o ángulos, y retorciéndose y ovillándose; de modo que cuando nos le figuramos muy lejos de nosotros, se divierte en hacer cabriolas a nuestras espaldas. Como personaje de comedia májicamágica, se oculta en las nubes, y de repente asoma por un escotillón. Selgas, en fin, sube a la cuerda floja, da saltos mortales, realiza prodijiosprodigios y ajilidadagilidad, hasta que pierde el equilibrio, suelta la vara y cae sobre los espectadores.
 
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Tales son en bosquejo Catalina y Selgas, prosadores sin lejítimalegítima orijinalidadoriginalidad, pues se derivan de los gacetilleros parisienses. Viértanse al francés los artículos de Catalina y Selgas (si Selgas puede traducirse), publíquense las versiones en cualquier diario del Sena, y pasarán confundidas entre las mil y mil producciones de los innumerables escritores franceses.
 
==III==
 
¿Quién es Heine, quién el hombre que funda l'la escuela en Alemania, se populariza en Francia, penetra en Inglaterra, invade Rusia, se hace traducir en el Japón y viene a ejercer irresistible propaganda en América y España? Nadie caracteriza con más precisión a Enrique Heine que él mismo cuando se llama "un ruiseñor alemán anidado en la peluca de Voltaire" pues amalgama el sentimiento jermánicogermánico de un Schiller con la chispa francesa de un Rabelais.
 
Aunque artista consumado, no produce con serenidad y pulso firme de pintor que ilumina cuadros, sino con dolores de mujer que alumbra un niño. Su poesía, vaso de hiel con bordes azucarados, como lo declara en ''Atta Troll'', "frenesí encaminado por la cordura, prudencia que desvaría, quejidos de moribundo que repentinamente se- trasforman en carcajadas".
 
Como piensa con el cerebro de Mefistófeles y siente con el corazón de Fausto, su ironía se acerca a lo satánico y su sensibilidad se roza con lo paradisíaco. La mujer le infunde ternuras de madre y lascivias de sátiro, su amor no se parece al lago azul en que se refleja el cielo, sino al torrente que huye hacia el mar, recojiendorecogiendo el arroyuelo de las montañas y el albañal de las ciudades.
 
No le creamos cuando nos diga que "sólo amó verdaderamente a muertos y estatuas"; por el contrario, pensemos que debió repetirnos como el antiguo ''minnesänger'': "Yo me alimenté del amor, esa médula del alma". Nació con asombrosa precocidad de sentimientos. Niño, recitaba en la fiesta de un liceo el Buzo de Schiller; mas de pronto enmudece y queda como petrificado: sus ojos se habían fijado en los ojos azules de una hermosa joven. Amó con delirio a su prima Molly Heine y conservó siempre un cariño entrañable a su madre. Verdad que una y otra no escapan a los dardos de su ironía, como no se libraba ni él mismo, porque era propio de Heine velar con un chiste sus pasiones, disimular con una risotada sus dolores; como la heroína del cuento, baila con un puñal en las entrañas; como Voltaire, está con una pierna en la tumba y hace piruetas con la otra.
 
Odió con toda su alma. Casi moribundo, teniendo que levantarse los párpados para ver, escribe sus memorias y esclama en un arranque de regocijo febril: "Los he cojidocogido. Muertos o vivos no se m'me escaparán ya. ¡Ay del que lea estas líneas, si osó atacarme! Heine no muere como un cualquiera, y las garras del tigre sobrevivirán al tigre mismo".
 
La audacia de Heine parecerá increíble a quien no esté familiarizado con la llaneza infantil de los autores alemanes; pocos habrán escrito rasgos más atrevidos ni valientes. A nadie respeta: zahiere a Schlegel, Hegel y Boerne, arremete contra Goethe, no perdona poeta de Suevia, se ríe socarronamente de Madame Stäel, moteja a Ballanche, llama a Villemain "un dómine ignorante", a Chateaubriand "un loco lúgubre", a Víctor Hugo "un hombre jorobado moralmente".
 
Prusiano, escarnece a Prusia y se mofa de la vieja Alemania y del antiguo y buen derecho glorificado por Uhland. Poco después que Arndt había cantado la formación de la patria jermánicagermánica, tibias aún las cenizas de Koerner, Heine lleva el descaro hasta celebrar en ''los Dos Granaderos'' l'la apoteosis de Napoleón Bonaparte, el hombre de Jena y Tilsitt. Nunca hizo gala de patriota, y un solo país amó invariablemente, Francia, donde vivió gran parte de su vida, donde contrajo matrimonio, donde exhaló el último suspiro. En una carta dirijidadirigida a su amigo Christian Sethe por los años de 1822, escribía ya: "Todo lo alemán m'me es antipático, y tú eres alemán por desgracia. Todo lo alemán me produce efecto vomitivo. El idioma alemán me destroza las orejas". En nada cree, salvo perfidia y belleza de la mujer amada. "Yo no creo en Diablo, infierno ni penas infernales; sólo creo en tus ojos y en tu corazón diabólico". Llama a los dioses del Cristianismo "zorros con piel de cordero", al Catolicismo el "período mórbido de la Humanidad". Para todas las relijionesreligiones tuvo siempre la carcajada de Voltaire, y aunque judío de nacimiento y luterano de conveniencia o capricho, sólo rindió culto literario a las divinidades griegas. Enfermo, acometido ya de la parálisis, recorre las galerías del Louvre y no vuelve los ojos a las madonas de los pintores italianos, sino que vertiendo lágrimas como un pagano del siglo IV, cae de rodillas ante la Venus de Milo.
 
La originalidad de Heine estriba en el modo cómico-serio de sentir, en la independencia de pensar y en la franqueza de espresarseexpresarse; su forma no revela nada superior a Goethe ni a Schiller, aunque se manifiesta más armonioso que Tieck, más conciso que Rückert, más plástico que Uhland. ElÉl mismo confesó que en su ''Intermezzo lírico'' había imitado la cadencia de los ''lieder'' compuestos por Wilhelm Müller, que antes de aprender en las obras de Wilhelm Schlegel los secretos de la métrica había cedido al influjo del canto popular jermánico.germánico, y tuvo razón: anteriormente a Wilhelm Müller, anteriormente a Goethe, el ''lied'' existía con toda su frescura, con toda su sencillez, con toda su flexibilidad. Remontándose hasta la ''Antología Griega'', se ve que muchos epigramas helénicos tienen todos los caracteres del ''lied'' germánico. Algunas composiciones del ''Intermezzo lírico'', del ''Regreso'' y de la ''Nueva Primavera'', figurarían sin desdoro junto a los epigramas de Meleagro, Rufino y Pablo el Silentario.
 
Mas, nada tan inexacto como calificar a Heine de griego; no pasa de un greco-alejandrino que viajó por Asia, leyó a Luciano y hojeó la ''Antología'' de Meleagro. El buen gusto helénico no abunda en Alemania; si las obras de los griegos parecen un ordenado parque inglés, las obras de los alemanes semejan un bosque virjenvirgen de América, donde no se penetra sin brújula ni machete. Heine, dotado de inspiración nómada y cosmopolita, cojecoge sus argumentos donde los encuentra; pasa de la Biblia al Shah-nameh, del Shah-nameh al Ramayana, del Ramayana al Edda escandinavo y del Edda escandinavo a los romanos castellanos, alasa las baladas escocesas o a los ''flabiaux'' franceses.
 
Poeta y alemán, cede a la atracción de Goethe, así como ningún filósofo jermánicogermánico resiste a la influencia de Kant. Heine sigue al cantor de ''Fausto'' como Schopenhauer al filósofo de la ''Crítica de la Razón pura''. Cuando los hombres como Kant y Goethe golpean la Tierra con sus plantas, el suelo retiembla por tan largo tiempo que generaciones enteras ceden al movimiento de trepidación.
 
Sin embargo, entre la nube de poetas que desde principios del siglo surjieronsurgieron en Alemania, Enrique Heine se dibuja como una personalidad; se distingue de todos, no se confunde con ninguno. La acritud de su carácter, la hiel de sus versos, deben atribuírse, más que a nativa malignidad, a las contrariedades de su vida, a su amor desgraciado, a sus continuas enfermedades, a la parálisis que años enteros le clavó en el lecho hasta victimarle en 1856. Célebre por sus cantos, es más célebre por sus dolores.
 
Pasar de Heine a Bécquer vale ir de maestro a discípulo que funda escuela. El pintor y poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer murió en la plenitud de la vida, sin haber podido encerrar en la tela ni el libro todas las creaciones fantásticas que revoloteaban en su cerebro.
 
De justa popularidad disfruta hoy en España y América, y su influencia literaria s'se estiende con la rapidez de una corriente eléctrica. Mientras muchos no salen de la oscuridad aunque publiquen largos poemas y voluminosas novelas, él, con unos cuantos versos y unas cuantas leyendas, se coloca en primera línea, se granjea reputación universal.
 
Bécquer va jermanizandogermanizando la poesía castellana, como Meléndez Valdés, Cienfuegos, y Quintana l'la afrancesaron, como Boscán y Garcilaso la italianizaron. Con sus ideas sencillas, con sus sentimientos sinceros y particularmente con su espresión parca y hasta económica, se levanta como un revolucionario para reaccionar contra la intemperancia verbosa de los poetas españoles.
 
Imita sin perder la individualidad; su obra no consiste en traducir con infiel maestría versos de poetas jermánicosgermánicos, sino en dar al estilo la simpleza, la injenuidadingenuidad, la trasparencia, la delicada ironía, en una palabra, todo el sabor del ''lied'' alemán. No tiene composiciones que recuerden ''La Romería de Kevlaar, La Maldición del Poeta'' o ''La novia de Corinto''; pero Heine, Uhland y Goethe no escribieron un lied semejante a la última rima:
 
:''En la imponente nave''
:''Luz que temblaba en los pintados vidrios.''
 
En algunas ideas, parece alemán lejítimolegítimo, se penetra del espíritu germánico, ve a la mujer como la ven los alemanes, y si por rezagos místicos se aparta de Heine, por el idealismo se roza con los poetas de Suevia.
 
Cuando escribe:
Gracias, tal vez, al buen gusto de su editor y biógrafo, Bécquer se presenta con leve pero rico bagaje literario y logra escapar al defecto que Heine reconoció en sus propias obras, la monotonía. Cansa leer de seguido el ''Intermezzo'', el ''Regreso'' y la ''Nueva Primavera'', por la repetición de lo mismo con diferentes palabras, mientras se lee y se relee con incesante deleite la diminuta colección de ''Rimas''. ¿Qué poeta o aficionado no las sabe de memoria?
 
Menos irónico y amargo que Heine, tan melancólico y apasionado, el poeta español se distingue del alemán por un tinte de resignación y bondad. Bécquer, herido en el corazón por mano de una mujer, desea curarse con algún bálsamo, se cubre de vendas y aguarda en la misericordia de algo superior al hombre; todo lo contrario de Heine que rasga las ligaduras de su herida, vierte agua corrosiva en la carne irritada, y levanta los puños amenazando a Tierra y Firmamento. Las composiciones de ambos tienen "un dejo de lágrimas y de amor"; pero en las ''Rimas'' no hay ese abuso de caídas epigramáticas ni esas continuas carcajadas sardónicas que en el autor del ''Intermezzo'' dejenerandegeneran en una especie de ''tic'' nervioso. Atenuada, pues, algo tibia iy, por decirlo así, más resistible a los ojos españoles, viene la inspiración de Heine después de incidir en el cerebro de Bécquer.
 
La estudiada neglijencianegligencia en el lenguaje, la rima jeneralmentegeneralmente asonantada, el ritmo suave aunque un tanto descuidado, hacen de Bécquer un versificador ''sui generis''. No presenta novedades en la estrofa ni en el verso, como las presentan Iriarte, Espronceda, Zorrilla, l'Avellaneda y Sinibaldo de Mas; pero en lo antiguo ha marcado el sello de su individual. L'La asonantada estrofa de cuatro versos, el heptasílabo y el endecasílabo dirán: por aquí pasó Bécquer.
 
Tiene a veces la ternura de Lamartine y recuerda la forma escultural y pictórica de, Théophile Gautier. Algunas de sus composiciones esencialmente gráficas, parecen bultos de mármol o te lastelas de colores., y hace mucho con poco trabajo, bastándole unos cuantos malletazos o pinceladas para que la estatua surja del bloque o la figura se destaque del lienzo.
 
En prosa imita los ''Reisebilder'' o ''Cuadros de Viaje'' del mismo Heine, y aunque en algunas ocasiones nos abruma con arquitectura, como Víctor Hugo en ''Nuestra Señora de París'', sujieresugiere la idea de un Juan Pablo sin nebulosidades de Selva negra o de un Hoffmann sin humo de pipa ni espuma de cerveza. Sus leyendas resisten el paralelo con ''Trilby'' de Nodier.
 
Tanto en verso como en prosa, oculta su arte con maestría sin poner en contradicción al hombre con el escritor; en sus obras palpamos la vida, sentimos los estremecimientos de los músculos y las vibraciones de los nervios. Posee, como ninguno, el don raro y envidiable de hacerse amar por sus lectores.
 
Heine y Bécquer aparecen, pues, como maestro y vulgarizador del jermanismogermanismo en España. Vulgarizador, no iniciador, debe llamarse al poeta de las ''Rimas'', porque antes délde él se presentan con tendencias a la imitación alemana, Barrantes en las ''Baladas Españolas'' (1853), Augusto Ferrán en la ''Soledad'' (1860) y Ventura Ruiz Aguilera en el ''Dolor de los Dolores'' (1812). Pero estos jermanistasgermanistas vinieron temprano, mientras Bécquer asomó en el instante propicio, cuando todos volvían los ojos a Prusia rodeada con el prestijioprestigio de sus victorias, cuando el Imperio Alemán acababa de ser proclamado en el castillo de Versailles.
 
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Los que interpretan majistralmentemagistralmente a los alemanes imprimen el cuño español en el oro del Rhin; pero los que traducen al Heine de las traducciones francesas, los que imitan o calcan a Bécquer ¿se penetran del espíritu jermánicogermánico? Caminan a tientas, imitan y calcan por imitar y calcar; no merecen el calificativo de germanistas o germanizantes, sino de teutomaníacos. Sustituyen mal con mal: cambian el intimismo lacrimoso, degeneración de Espronceda y Zorrilla, con el individualismo nebuloso, degeneración de Schiller y Heine.
 
A más de la poesía subjetiva del ''Intermezzo lírico'', abunda en Alemania la poesía objetiva de las baladas. ¿Por qué los jermanistasgermanistas castellanos no aclimatan en su idioma el objetivismo alemán? ¿Por qué no toman el elemento dramático que predomina en las baladas de Bürger, Schiller, Uhland y muchas del mismo Heine? Ya que nuestra carece de perspectiva, relieve, claroscuro y ritmo ¿por qué los poetas no estudian la forma arquitectónica, escultural, pictórica y musical de Goethe? Sí, Goethe, a pesar de su frialdad marmórea (frialdad esplicableexplicable por el dominio del ingenio sobre la inspiración), tiene la avasalladora fuerza del ritmo, y en sus versos parece realizar imposibles, como ununa arquitectura en movimiento, como una música petrificada, como una pintura con palabras.
 
Hay que repetirlo, se imita sin saber cómo ni para qué. De la propensión estravaganteextravagante a remedar inconsiderablemente, brotan innumerables composiciones híbridas. Al chubasco de las doloras, a la inundación de los sonetos, sigue hoy la garúa de las poesías homeopáticas y liliputienses. ¿Qué periódico literario de América o España no encierra dos cuartetas asonantadas, con el indispensable título de ''rima, imitación de un lied'' o ''becquerismo''? ¡Qué disgusto y hastío no prueba uno al encontrarse con esos abortos embrionarios o monstruos bicéfalos, después de saborear el desbordamiento lírico de un Lamartine o la exuberancia épica de un Víctor Hugo! Si la poesía castellana tiene que reducirse a inepcias y vaciedades propinadas en dosis infinitesimal, renunciemos de una vez a poetas y versos.
 
Si refranes y cantos populares revelan el nacimiento de las literaturas, las composiciones alambicadas y pequeñas dan indicios de agotamiento y caducidad. El hombre anda con pasos cortos en la infancia y en la vejez. La decadencia se denuncia en el gusto por las bagatelas, no en el naturalismo de un prosador como Zola, ni el ateísmo de un poeta como Richepin.
 
Hay escritos en que el período breve o sentencioso cuadra bien, y nadie se disgusta con las ''Máximas'' de un Vauvenargues ni con los ''Pensamientos'' de un Joubert. ¿A quién no agradan el bíblico y el paralelismo hebreo de un Lamennais? Las pasiones violentas, los pensamientos delicados, las descripciones a vuelo de pájaro, exigen una poesía de corta dimensión; de ahí que en Grecia todos los escritores proporcionen materiales a la ''Antología'', desde Homero hasta Platón. Los sonetos entran por miles en Lope de Vega, un madrigal redime del olvido a Gutierre de Cetina y los epigramas de ocho versos popularizan el nombre de Iglesias. Pero las composiciones fujitivasfugitivas de los verdaderos poetas son chispas de brillantes o frisos de mármol pentélico, mientras las cuartetas asonantadas de los becqueristas son fragmento de sustancias opacas y amorfas. Las ''rimas'' distan un paso de los acrósticos, charadas, enigmas, logogrifos, laberintos y demás productos de las intelijenciasinteligencias que tienen por única actividad el bostezo.
 
En el orden físico, lo muy pequeño escapa de los cataclismos merced a su organización tenaz y relativamente perfecta, y en literatura, lo muy corto y muy bueno vive mucho. Donde perecen la historia y el poema, se salvan el cuento y la oda. Las producciones diminutas exigen un pensamiento orijinal y un estilo en armonía con el asunto: la forma da el mérito; n'olvidemos que sólo por la forma, el carbono se llama unas veces carbón y otras veces diamante.
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