Diferencia entre revisiones de «Caramurú»

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Semejante rasgo de audacia dejó a todos inmóviles y petrificados, y cuando los soldados, a la voz del jefe, volvían a cargar sus tercerolas, ya él salvaba la margen del río y galopaba hacia la selva, de donde salían a galope sus audaces montoneros, alarmados por las descargas y pensando que por alguna fatal casualidad se había empezado la lucha antes de la hora convenida.
 
 
 
== Capítulo XIV ==
 
La montonera
 
 
La pequeña hueste de Amaro reunida ya a su jefe, equipada y provista de armas en aquellos días, avanzaba lentamente en orden de batalla, silenciosa, imponente, resuelta como los trescientos compañeros de Leónidas, a morir peleando. El sol, próximo a hundirse en el ocaso, hacía brillar la desnuda hoja de sus corvos sables y la fulmínea punta de sus lanzas con siniestros resplandores.
 
La confianza y decisión con que marchaban a una muerte, al parecer inevitable, despertaba en sus enemigos un sentimiento muy parecido al miedo, hijo tal vez de la admiración que les infundía a su pesar, aquel arrojo sobrehumano.
 
El nombre de Caramurú, sin embargo, bastaba para esparcir el terror en sus filas, como el caballo del Cid para poner en vergonzosa fuga a los infieles.
 
La multitud, previendo lo que iba a suceder, se había dispersado más rápida que una bandada de palomas, a la aproximación de un milano.
 
Entre los fugitivos iban D. Carlos y D. Nereo: el conde, arrastrado al principio por las oleadas de los que huían, valiente, y pundonoroso militar, apenas se vio libre volvió al campo, sin querer oír los ruegos de su hermano y de su futuro suegro, que le suplicaban se viniese con ellos a la ciudad, puesto que estaba desarmado; y no tenía responsabilidad ni mando en las tropas reunidas allí, las que, por otra parte, siendo muy superiores en número, y la mayor parte veteranas, no podrían menos de arrollar a los insurgentes.
 
-Os engañáis, respondió él meneando la cabeza, Caramurú está a su frente; ese bandido, ese demonio acostumbrado a batir mil soldados nuestros con cien montoneros suyos. Y además, ¿creéis que solo con ellos tendremos que pelear?... ¡Mirad! por la parte opuesta, detenidos en el confín de la llanura, cerca de mil rebeldes se disponen a secundarlos. La cosa es más seria, de lo que pensáis, amigos míos. Mi deber me llama allí; adiós.
 
Y espoleó y soltó la brida, a su caballo, perdiéndose muy pronto de vista.
 
Sobrábale razón a D. Álvaro: ochocientos gauchos, peones y esclavos divididos en cuatro grupos, aguardaban la señal de acometer. Unos sacaban los trabucos y sables que llevaban ocultos, los primeros bajo el poncho, y los segundos bajo las caronas, otros esgrimían sus largos facones, y el mayor número blandía sus formidables bolas y doblaba el lazo, haciendo silbar por encima de su cabeza la pesada argolla de hierro que sirve de contrapeso para lanzarle hasta a cincuenta varas de distancia. Todo anunciaba que la lucha iba a ser encarnizada, y que los brasileros, en caso de vencer, comprarían muy cara su victoria.
 
El comandante general, confiado en sus mil soldados y en la ventaja de su artillería e infantería, resolvió esperarlos a pie firme, y dispuso que se replegasen sus batallones y dejasen aproximarse a los rebeldes a tiro de cañón. El apóstata oriental, el traidor D. Ricardo Floridan ignoraba con quien se las había, y juzgaba tan seguro el triunfo, que solo temía que sus contrarios no se atreviesen a atacarle. Quería que no se le escapase ni uno solo.
 
-¡Viva la patria! gritó Amaro volviéndose a los suyos: -¡Viva la patria! gritaron estos; -¡Patria y libertad! contestaron a su frente sus amigos, y en el mismo instante, los montoneros y sus aliados, se lanzaron a toda brida sobre las huestes brasileras.
 
Una detonación espantosa ensordeció la llanura: cuatro cañones preñados de metralla y quinientos fusiles estallaron a la vez, esparciendo la muerte y la desolación entre las filas de los patriotas.
 
Terrible fue aquel momento; una tercera parte de los valientes mordió el polvo: una nube de negro humo los envolvió, como un ancho sudario el inmenso cadáver de un gigante, y un coro desgarrador de ayes, lamentos o imprecaciones resonó tristemente como el himno fúnebre que anunciara su derrota.
 
¡Viva la patria! tornó Amaro a repetir sin detenerse con voz tremenda, que dominaba el fragor de los cañones y los lamentos de los moribundos: -¡Viva la patria! contestaron sus esforzados compañeros, siguiendo sus huellas: ¡Patria y libertad! volvieron a gritar sus aliados, ya encima de los invasores; y unos y otros cayeron simultáneamente sobre los cuadros enemigos, rompiendo la triple muralla de bayonetas que les cerraba el paso.
 
Entonces se trabó un desesperado combate a arma blanca, en el que cada patriota tenía que pelear contra diez realistas, y en el que, a pesar de su valentía, era de temer que al fin cediesen agobiados por el número.
 
Los portugueses huían, es verdad; pero a su retaguardia otros batallones venían en su apoyo, y mientras los rebeldes se volvían y los desbarataban, los fugitivos se rehacían y los esperaban de nuevo con las armas preparadas. La única ventaja que llevaban los orientales era que la caballería enemiga, como de costumbre, había huido cobardemente a los primeros choques, y abandonada la infantería, rota y dispersa varias veces, vagaba aquí y allí, sin poder reunirse en una sola columna, como sus jefes anhelaban. La rapidez y arrojo de los montoneros, el espanto que infundía Amaro apenas se aproximaba, hacía abortar sus mejores maniobras e inutilizaban toda su estrategia y sus esfuerzos.
 
Cabalgaba el intrépido gaucho sobre un arrogante potro, negro como las negras sombras que envolvían el caos antes que Dios separase la luz de las tinieblas, veloz como el pampero cuando el invierno desata sus alas, y blandía en su mano una poderosa lanza, cabo de ébano, que remataba en dos medias lunas. Se había sacado el poncho, empapado en agua al precipitarse en el río: tenía descubierta la cabeza; el sombrero flotaba sobre sus robustas espaldas, sujeto a la garganta por el barbijo; descendía, hasta besar los hombros, su cabellera húmeda, destrenzada en lacias guedejas; el entusiasmo bélico, la sed de venganza, el estridor de los sables, la vista de la sangre, el ambiente de la pólvora contraían sus labios, coloreaban sus mejillas, crispaban sus músculos, erizaban sus bigotes, y comunicaban a sus negras pupilas no sé qué eléctricas vibraciones, qué efluvios de luz, que producían en la muchedumbre el efecto de los magnetizadores en las personas sujetas a su influencia. Parecían dos soles rojizos, que giraban como estrellas artificiales, despidiendo un millar de chispas centelleantes.
 
Así, ceñido de una aureola de fuego, más terrible que el apóstol Santiago combatiendo contra los musulmanes, revolvíase sobre el caballo, llevando la muerte donde fijaba sus ojos; la muerte, sí, porque el rayo de su mirada no era más ligero que la punta de su lanza. El pensamiento y la acción se sucedían en él con tal velocidad, que era imposible distinguir si el primero engendraba a la segunda, o si este era engendrado por aquella.
 
Empero ya el sol había desaparecido, y muy pronto el crepúsculo iba a extender su gasa de sombras por el Occidente. Era preciso, pues, antes que llegase la noche arrollar a todo trance a los que se conservaban en el campo para que se declarase una derrota general en el pequeño ejército enemigo, Amaro había jurado clavar esa noche el estandarte azul y blanco en las trincheras de Paysandú, y cubierto de gloria devolver a Lia a su padre, o perecer en la demanda. Su suerte estaba echada, vencer o morir.
 
Detuvo su corcel un momento; paseó la vista por la llanura para cerciorarse del estado en que se encontraban tanto los suyos como los enemigos, indagó si les venían refuerzos de alguna parte, y cuando ya se preparaba a volver sobre ellos, notó por casualidad en el horizonte lejano, encima de una montaña, un bulto blanco, la forma vaga y misteriosa de una mujer, mirola, sintiendo acrecer su esfuerzo al contemplarla, su anhelo de triunfar o sucumbir.
 
¡Ah! la voz secreta de su corazón, que nunca le engañaba, le decía que aquella mujer era Lia; Lia, que había salido del bosque contraviniendo sus órdenes, y después de haber rogado a sus guardianes que le acompañasen hasta la cumbre del monte, tales cosas les dijo que les obligó a avergonzarse de su inacción y a volar en apoyo de sus compañeros, exponiéndose al enojo y acaso a la venganza de su jefe.
 
-Su amante la había dejado custodiada por diez hombres, los cuales debían, si la suerte le era adversa, acompañarle al otro día hasta cerca de Paysandú, y entregarla al vaqueano para que la pusiese en manos de su padre; pero ella, a las primeras descargas, con un valor admirable en sus pocos años y en su sexo, mandó a los gauchos que la llevasen a alguna de las montañas inmediatas, que dominaban la llanura, y estos, que solo tenían orden de no separarse de ella, pero no de oponerse a su voluntad, obedecieron.
 
Llegaron a la cumbre en los momentos en que, rechazados los auxiliares de Amaro, huían en desorden ante un batallón realista capitaneado por el conde, los únicos que sostenían dignamente el honor de las armas brasileras.
 
-¡Ay! Huyen los nuestros, dijo Lia acongojada, alzando las manos al cielo: ¡todo se ha perdido!
 
-Todavía no; ¡ya se reharán! Contestó uno de los que la acompañaban con la sombría calma peculiar de los gauchos cuando están muy afectados, y, además, mirad a la izquierda... allí... cerca de la artillería... ved como corren los intrusos...
 
-Sí; ¡aquel es Amaro! gritó la joven, trémula de gozo y de temor; ya rompe el segundo cuadro, y llega al pie de los cañones enemigos... ¡Dios mío!... ¡Protégele!... Ya no lo veo... ha caído del caballo, ¡ay!...
 
-Señorita, no os asustéis: no ha nacido todavía el hombre que ha de matar a Caramurú.
 
-Al mismo tiempo que le apuntaban, le he visto caer; contestó ella sollozando.
 
-¡Ja! Ja! ¡Ja!... ¿Caer él? Habrá dado alguna vuelta por debajo del vientre del caballo; y si no, miradlo...
 
En efecto, Amaro disipada la nube de humo y fuego que le envolvió algunos segundos, lanceaba en aquel instante a los artilleros al pie de los cañones, y se iba apoderando de ellos con la mayor facilidad.
 
¡Oh! ¡El cielo le protege! replicó Lia trocando sus lágrimas de pesar en otras de gozo. ¡Dios da fortaleza a su brazo, y corona con el triunfo su heroico esfuerzo!
 
Súbita idea, hija del entusiasmo que le inspiraba su amante, coloreó su frente de marfil; un rayo de amor patrio levantó su nevado seno, y condensándose en sus negras pupilas, se escapó de sus labios virginales llevando la convicción de su deber y el ansia de la gloria al corazón de los que la rodeaban.
 
-Amigos míos, les dijo, para nada os necesito; dejadme sola, id allí, allí donde caen vuestros hermanos despedazados por la metralla.
 
Los ganchos se miraron unos a otros manifestando involuntariamente su pesar de verse detenidos allí. Lia continuó:
 
-¡No os avergonzáis de presenciar el combate en vez de participar de él! ¡Ah! ¡Si yo fuese hombre!...
 
-¡Por la virgen del Pilar, señorita! exclamó el que hacía de jefe; tenemos orden expresa de no abandonaros. Nos va en ello la vida... más que la vida... el aprecio de Caramurú...
 
-Os juro que nada sabrá, y si lo sabe, ¿crees que me negaría vuestro perdón pidiéndoselo yo?
 
Los gauchos volvieron a mirarse unos a otros vacilando.
 
-No hay que perder tiempo, replicó Lia tomando un aire de reina ofendida que la sentaba perfectamente; ¡ea, marchad; yo os lo mando!
 
-No puede ser, señorita, contestó el sargento imperturbable.
 
-¡Eh! añadió la joven con escarnio, sabiendo que este era el único medio de hacer que saltasen por todas las consideraciones, y se fuesen al enemigo como fieras; ¡sois unos cobardes, tenéis miedo, y andáis buscando pretextos para disculpar vuestra flojedad! ¡Miserables! ¡No tenéis una gota de sangre oriental en las venas!...
 
-Eso no, ¡voto al diablo! gritó el sargento dirigiéndose a sus nueve compañeros; ¿quién quiere seguirme? ¿Quién quiere venirse conmigo a hacerse matar de puro gusto, para que esta niña se retracte de sus crueles palabras?...
 
-¡Yo, yo! respondieron a una voz todos los gauchos.
 
-Es preciso que alguien se quede.
 
-No necesito a nadie, repitió Lia dándoles las gracias y animándolos con una mirada capaz de levantar de su tumba a un cadáver; id, amigos míos, y cubríos de gloria con vuestros hermanos, o caed a su lado. Vencidos o vencedores, aquí me encontraréis rogando por vosotros.
 
Y no bien se perdieron en el declive de la montaña, la encantadora virgen cayó de hinojos y levantó las manos al cielo orando por la salvación de su patria. Viva imagen de su quebranto y de sus esperanzas, idealización sublime del sangriento drama que a sus pies se representaba, ella simbolizaba el lóbrego presente y el espléndido porvenir de América, triste e incierto ahora, pero en el futuro rico de ventura como una promesa de Dios.
 
¡Y qué bella, qué hechicera, qué divina estaba sobre la alta cumbre, vestida de blanco, elevando de rodillas sus plegarias al Todopoderoso, entre las dudosas sombras del crepúsculo y la múltiple cuanto pavorosa armonía que se remontaba de la llanura cargada con las almas de los muertos! ¡Cuánto recogimiento en su semblante! ¡Cuánta ternura en su mirada! ¡Cuánta expresión en su actitud seráfica!... Era imposible, sí, era imposible que Dios desoyese su ruego. El ángel de la victoria, compadecido de su dolor, debía posarse sobre las banderas que ella siguiese con la vista...
 
Amaro penetró serpeando como una centella por enmedio de los batallones enemigos; la consternación y el espanto se apoderaron de los brasileros; ya no le esperaban; huían desde lejos al verle venir, y no los ojos, los gemidos de los que caían derribados por su temible lanza, les indicaban su dirección,
 
En breve la derrota se hizo general: la carnicería fue espantosa: no se dio cuartel por espacio de tres horas.
 
D. Ricardo Floridan, el marido de doña Eugenia y el conde, cayeron prisioneros, y debieron el no ser muertos a la aparición de Amaro, que llegó cuando los tendían en el suelo para degollarlos.
 
El primer rayo de la luna que brilló en el cielo a media noche, encontró clavada en las trincheras de Paisandú la bandera blanca con el sol de oro y las siete fajas azules, y a dos leguas de allí trescientos cadáveres tendidos en la llanura. ¡Magnífico festín para los buitres y caranchos que en muchos días cruzaron en numerosas bandadas desde una a otra ribera del Uruguay, anunciando la catástrofe a los que todavía la ignoraban!
 
 
 
== Capítulo XV ==
 
¡Todo por ella!
 
 
Mientras los realistas huían dispersos, acuchillados por los patriotas, Lia bajó de la montaña acompañada solamente de cuatro de sus guardianes; los demás, fieles a su palabra, habían muerto heroicamente con el sargento a su cabeza.
 
Cerca de las puertas de Paysandú encontraron al vaqueano, y se dirigieron juntos, según las instrucciones de Amaro, a la comandancia general.
 
Casi al mismo tiempo entraba aquel por la parte opuesta con el conde y Floridan, que desarmados y silenciosos marchaban a retaguardia, seguidos de otros jefes y oficiales prisioneros.
 
Tanto el conde como su amigo estaban persuadidos que el gaucho, al salvarlos de los puñales de sus montoneros, había querido únicamente dilatar su muerte para gozarse luego en su suplicio, y dar a sus plebeyos secuaces el dulce espectáculo de ver morir en el cadalso a la primera autoridad de la provincia y a uno de los primeros títulos del imperio.
 
Delirio era imaginar que les perdonase, atendida su índole feroz y el espíritu sanguinario de que hacía alarde, según la voz general y los hechos que se le atribuían con razón o sin ella.
 
Sin embargo, existía un eslabón misterioso entre el caudillo patriota y el aristócrata realista, un secreto, secreto terrible, ignorado de Amaro, que, descubierto por el conde, desarmaría su brazo, a menos de ser un monstruo o una fiera.
 
Empero mediaban tales circunstancias, era tan vergonzosa la revelación para el segundo, que sin duda preferiría la muerte a desplegar los labios. Su orgullo y su aleve conducta con el gaucho, aunque desconocida de este, le prohibían hablar. Estaba resuelto a morir con la arrogancia y serenidad propias de un hombre de su ilustre linaje: lo contrario le parecía rebajarse demasiado, descender acaso inútilmente hasta el último escalón del envilecimiento.
 
En cuanto a Floridan, su situación era aun peor; por ningún concepto podía esperar piedad de Amaro: su calidad de apóstata le ponía fuera de la ley. El montonero era inflexible con los que, traicionando a su patria, en vez de romper las cadenas que la oprimían, ayudaban a sus opresores a forjarlas. No había ejemplo de que hubiese perdonado a un solo traidor. Los odiaba más que a los brasileros, si cabe.
 
¡Oh! Si el desgraciado comandante hubiese sabido que su sobrina era amada con delirio por aquel hombre terrible, cuya voluntad de bronce se quebrantaba ente una mirada suya, cuyos deseos eran leyes para él antes que los expresase, la esperanza habría vertido sobre un corazón despedazado, sobre su frente devorada por la fiebre, el bálsamo adormeciente de sus ilusiones; un rayo de salvación hubiera disipado la negra noche que le circundaba, y su alma, sacudiendo su mortal congoja, habría confiado en la bondad divina.
 
Amaro entró en Paysandú a las once de la noche, en medio de los vivas y aclamaciones de toda la población, que se regocijaba, como era natural, por el triunfo de sus compatriotas. Los brasileros trataban al país como país conquistado, y eran odiados en todas partes.
 
El vencedor se encaminó a la casa donde le esperaba Lia; mandó llamar a su padre, y al propio tiempo dio orden para que trajesen a su presencia al comandante general y al conde.
 
Cuando estos llegaron, Lia se retiró a una pieza inmediata, no sin exigir antes a Amaro que los perdonaría.
 
El gaucho nada respondió: había resuelto ser implacable.
 
Los dos prisioneros se presentaron: Floridan, abatido y trémulo como un reo en la presencia de su juez; el conde, con aire arrogante, erguida la cabeza, despreciativo y hasta insolente.
 
-Señores, les dijo Amaro: si tenéis algo que encomendarme para vuestras familias, podéis hacerlo, porque, mañana a las doce vais a ser fusilados con todos los individuos del ejército Brasilero, de teniente para arriba, que hayan caído prisioneros.
 
Floridan se estremeció, quiso hablar, y no pudo; la voz se le anudó en la garganta, y pálido, azorado, con el frío del miedo, tiritando, fijó sus espantados ojos en su inexorable enemigo, demandándole piedad.
 
El conde, por el contrario, se sonrió con desdén, y lanzó al gaucho una mirada que acabó de exasperarle.
 
-Sí; es preciso hacer un escarmiento, continuó Amaro: vosotros nos habéis puesto fuera de la ley; fusiláis hasta a los soldados: yo, más noble, más generoso, me contento con la cabeza de los jefes. Vamos, ¿no tenéis nada que decirme?
 
-Nada, contestó D. Álvaro con arrogancia; nada, sino que eres un asesino infame, un cobarde, que libras a tus enemigos de morir en el campo de batalla para gozarte luego en su agonía.
 
-¡Miserable! gritó el gaucho temblando de cólera, tú no sabes el sacrificio que hago al entregarte a la muerte tanto a ti como a ese apóstata, a ese vil renegado, baldón del suelo que le vio nacer. Había pensado perdonarte para tener el gusto de arrancarte yo mismo la vida peleando frente a frente; motivos muy poderosos me obligaban a ello; ¡tu hermano, a quien debo algunos favores; el Sr. de Niser, a quien estimo como a su padre; una mujer por cuyos caprichos más insignificantes sacrificaría mi existencia, mi reputación, mi gloria!... ¡Todos me pedirán de rodillas que te perdone, y no te perdonaré, no! ¡Porque si te perdono a ti, tendré que perdonar a ese traidor, y con ese a los demás, y yo antes que todo soy justo; la voz de mi conciencia, el inquebrantable juramento que he hecho de vengar a mis compañeros de Tacuarembó inmolados atrozmente por vosotros, me obligan a arrastraros al cadalso contra mi voluntad, a labrar con vuestra muerte mi eterna desgracia!
 
-Pues entonces, ¿por qué, por qué no dejasteis que nos degollasen? replicó, el conde.
 
-¿Qué sé yo? Cedí a un impulso involuntario, a un sentimiento de hidalguía del que muchas veces he tenido que arrepentirme.
 
D. Álvaro tornó a sonreírse con menosprecio, mirándole de arriba abajo y volviéndose de espaldas desdeñosamente, como si tuviese a menos seguir la conversación con él.
 
El gaucho, lastimado en su amor propio, herido en lo más vivo por el desprecio de aquel hombre, a quién abominaba desde que sabía que era el esposo futuro, de Lia, levantó la mano para lavar su agravio con una bofetada; pero volviéndose de pronto D. Álvaro, esquivó el golpe, le cogió la muñeca, le devolvió en el rostro el golpe que le asestaba, y le rechazó con violencia.
 
Amaro perdió la cabeza, desnudó el puñal, y le hubiera muerto allí sin remedio, a no haberse abierto una de las puertas que comunicaba a las habitaciones interiores, y presentádose Lia, acompañada de su padre y de D. Nereo.
 
Los tres se interpusieron entre ellos.
 
Amaro, al verlos, pasando por una brusca transición de la más grande ira a una afectada tranquilidad, se contuvo: cualquiera diría que se avergonzaba de su arrebato con un hombre desarmado: dirigiose lentamente a la mesa, tomó una campanilla de plata, y la sacudió con mano convulsa e insegura.
 
No reflexionaba; estaba loco; la ira embargaba sus potencias. Era la primera vez que un hombre se atrevía a ponerle las manos en la cara. ¡A él! ¡A Caramurú!... ¡Al valiente ante quien temblaban los más valientes!
 
Al áspero son que despedía la campanilla, agitada con frenesí, un capitán y varios soldados que habían traído a los prisioneros acudieron presurosos.
 
-¡Llevad a esos dos hombres, y fusiladlos en el acto! gritó Amaro, lívido de coraje, y dando diente con diente.
 
D. Nereo se precipitó para implorar el perdón de su hermano descubriendo su secreto; pero éste, que adivinó su intención, le cogió por el cuello, le atrajo a sí, y le dijo al oído:
 
-Te ahogo entre mis manos si le revelas lo que debe siempre ignorar.
 
Tan acostumbrado estaba el comerciante a las menores insinuaciones de D. Álvaro, que se resignó llorando a verle morir, cuando estaba convencido que le bastaría pronunciar una palabra para salvarle. Con todo, prometiéndole no tocar aquel punto, procuró recibir el mismo resultado por otros medios.
 
Lia y D. Carlos se habían arrojado a los pies del ofendido, que los rechazaba sin querer oírlos. Don Nereo cayó también de rodillas, y uniendo sus súplicas a las de aquellos, añadió:
 
-¡Te daré un millón, dos, mi fortuna entera, si le perdonas!...
 
-Todo el oro del mundo no sería bastante para lavar la afrenta que me ha hecho, contestó Amaro, volviendo la cabeza, ya medio enternecido por los ruegos y las lágrimas de Lia.
 
-Perdónale, decía ella abrazando sus rodillas; perdónale en nombre de nuestro amor.
 
-¡Dios del cielo! exclamó D. Álvaro al escuchar las últimas palabras de la joven, y al notar el efecto que producían en el implacable y feroz gaucho; ¡conque ese miserable es tu amante! ¡Conque ese villano ha sido el que te ha robado de la Estancia!...
 
-¡Llevadlos! gritó Amaro segunda vez, enconada la herida de su ultraje por el rudo apóstrofe del despechado amante.
 
-¡Sí, menguado! Ahora, comprendo tu conducta, dijo el conde encaminándose a la puerta; en vez de buscarme lealmente como un hombre de honor, prefieres deshacerte de mí, confiando a tus viles sayones la venganza que debieras tomar por tu mano. ¡Ah, cobarde; te conozco! Me temes, y por eso me asesinas... Ahora siento morir, porque al odio que te profeso hace mucho tiempo se une la desesperación de saber que eres mi rival... ¡Ah! ¡El infierno te ha puesto en mi camino!...
 
-¿Lo oyes, Lia? exclamó el gaucho entre irresoluto y furioso, ¡y tú quieres que perdone a ese hombre! ¡No, jamás! Llevadlos, repito.
 
-¿Y dónde se ha de hacer la ejecución?... preguntó el oficial.
 
-Fuera del pueblo, a espaldas del cementerio.
 
Entonces Floridan, que hasta aquel momento había permanecido apoyado contra la pared aterrado e inmóvil, al sentir que le empujaban para llevarle al suplicio, volvió de su enajenación, y con un grito desgarrador tendió los brazos a Lia, diciéndole:
 
-¡Al menos pídele por mí, que soy tu tío nada le he hecho!...
 
Los soldados le arrastraron junto con D. Álvaro, a pesar de sus esfuerzos, y D. Nereo salió también acompañando a su hermano. Lia se desmayó en brazos de su padre, que lloraba como una criatura.
 
Al contemplar tan doloroso cuadro, el gaucho cruzó los brazos, y dejó caer la cabeza sobre el pecho como un hombre desesperado: un pensamiento magnánimo, digno de él, reluchaba con sus agravios, y el deseo de obedecer a los nobles impulsos de su alma, hidalga y generosa. Tres veces se encaminó a la puerta, y tres veces retrocedió... por último, quedose clavado en el umbral, y después de algunos instantes de indecisión -y angustia, se dijo: ¡Todo por ella! y corrió en busca de los prisioneros.
 
Alcanzolos fuera ya de la ciudad: llamó aparte al conde, habló con él dos palabras, dio sus instrucciones al oficial que mandaba el piquete, y se volvió a la comandancia general.
 
Lia había vuelto de su desmayo, y lloraba amargamente: nunca se imaginó que su amante fuera tan cruel.
 
Por eso al verte entrar, pálido y demudado, impreso todavía en sus facciones el sello de la terrible lucha que acababa de sostener consigo mismo, apartó la vista de él con horror, y suplicó a D. Carlos que se la llevase de allí.
 
El buen anciano, sin poder dominar su profunda pena, le echó en cara su barbarie.
 
-¡Insensato! le dijo; has abierto un abismo insuperable entre ti y ella. Nunca consentiré que dé su mano al verdugo de su familia. D. Ricardo es su tío, y vínculos muy estrechos de parentesco nos unen con el conde.
 
Amaro le escuchaba resignado sin mover los labios. Diríase que reconociendo la gravedad de su culpa y arrepentido de ella, imploraba misericordia.
 
Y así se pasó media hora; Lia, y su padre Lamentándose y abrumándole con sus justas quejas, y él inmóvil parado delante de ellos, oyendo cuanto le decían, sin responder a nada.
 
Lejana descarga retumbó a lo lejos... la frente de Amaro se dilató con melancólica alegría cual si se viese libre del grave peso que le prensaba el corazón.
 
-¡Ay! exclamó Lia, arrojándose a los brazos de su padre bañada en llanto; ¡ya han muerto!
 
-¡Ya han muerto! repitió dolorosamente el anciano: gózate en tu obra, Amaro.
 
-¡Se han salvado! contestó pausadamente el gaucho.
 
-¿De veras? preguntaron a la vez el padre y la hija dominados por el tono solemne con que él se expresaba.
 
-Sí, continuó el generoso caudillo animándose por grados, y considera, Lia, cuánto te amo, cuánta es la ceguedad de mi pasión, cuando por ti quebranto mi juramento de ser inexorable con los traidores; me expongo a perder el prestigio que gozo entre mis parciales, perdono a ese hombre, que me ha inferido, no ya como enemigo, sino como rival, el ultraje más grande que se puede hacer a otro hombre; y por último, mañana dejaré ir en libertad a todos los prisioneros que estaban condenados a morir... ¿Estás contenta?...
 
Era imposible dudar de lo que Amaro decía; sus miradas, su ademán, su acento, llevaban la convicción al ánimo más incrédulo. Lia, en un arranque de ciego entusiasmo, le abrió sus brazos y le estrechó contra su pecho. Ella conocía a su amante, y valoraba el esfuerzo sobrehumano que debió haber hecho para sobreponerse a las sugestiones de su amor propio; tan cruelmente pisoteado.
 
-Pero esos tiros... dijo D. Carlos, ¿qué significan?
 
-Significan que Floridan y D. Álvaro, disfrazados de chasques, que llevan la noticia del gran triunfo obtenido por nuestras armas, han pasado ya por en medio de mis soldados que rodean el pueblo, y se encuentran libres y montados en dos de mis mejores caballos, galopando con dirección a Montevideo.
 
El anciano abrazó a su futuro yerno pidiéndole perdón por sus inmerecidas recriminaciones, y D. Nereo, que entró poco después, y se arrojó igualmente en sus brazos, prodigándole las más vivas expresiones de gratitud, les contó detenidamente el hecho, con otros pormenores que la rapidez de nuestra narración no nos permite explanar aquí. Séanos, pues, lícito aplazar los que lo merezcan para el siguiente capítulo, en el que explicaremos varias cosas que en este apenas hemos enunciado, en gracia del buen efecto.
 
 
 
== Capítulo XVI ==
 
Venganza de un gaucho
 
 
Amaro había resuelto, según se expresaba, hacer un escarmiento con los jefes prisioneros: su amor, más enérgico que su voluntad, sofocó la explosión de su venganza. A todos los perdonó sinceramente, menos a D. Álvaro, porque era imposible, aunque lo desease. Hombres de su temple no reciben una bofetada y se quedan con ella. Hay agravios que solo con sangre se lavan.
 
En medio del rencor y justa indignación que le ocasionara el ultraje del conde, no podía menos de conocer que era un valiente; y esto, junto con sus sarcasmos y la mortificación de que creyesen los demás que le mataba porque le tenía miedo, contribuyó no poco a que cediese al fin a los nobles impulsos de su corazón y a los fervorosos ruegos de las personas que más amaba en el mundo: Lía y su padre.
 
D. Álvaro había dicho que se deshacía vilmente de él, porque era un cobarde, incapaz de exigirle por sí mismo la satisfacción que estaba pronto a darle; y Amaro, vuelto de su momentánea alucinación, comprendió que para vengar su ofensa cual caballero, aquel era el camino y no otro: un duelo a muerte.
 
Tan pronto como esta idea surgió en su cabeza, salió, montó a caballo, y voló en busca de ellos.
 
Ya hemos indicado que afortunadamente logró alcanzarlos fuera del pueblo, a pocos pasos del lugar donde debía verificarse la ejecución.
 
-¡Deteneos! Les gritó desde lejos, no bien los divisó, ¡deteneos!
 
Soldados y prisioneros volvieron el rostro con igual sorpresa: habían conocido la terrible voz de Caramurú.
 
Aproximose este a galope, bajó de su alazán, y tomando al conde de un brazo, se alejó con él a bastante distancia para que no le oyesen los demás,
 
-¿Sois hombre de honor?...
 
-Dudo que me lo preguntéis, contestó D. Álvaro con altanería, pruebas tenéis de que nadie, ni aun prisionero, me insulta impunemente.
 
-¿Aceptaréis un duelo a muerte?
 
-¡Con el mayor placer!
 
-En ese caso... os dejaré ir en libertad.
 
-Pensé que nos batiríamos ahora mismo, repuso el conde.
 
-Ahora no puede ser, conviene que el más impenetrable secreto envuelva nuestro desafío.
 
-Entonces... murmuró el Sr. de Itapeby perplejo.
 
-Os iréis a Montevideo... dentro de seis meses, el 3 del próximo octubre a la tarde saldréis como de paseo, y os dirigiréis solo al Pantanoso: yo allí os espero... en los médanos.
 
-¿Las armas?
 
-Escogedlas vos.
 
-Me es indiferente; pero para un duelo a muerte estoy por las pistolas.
 
-Sean las pistolas, respondió el gaucho lentamente, mas como son armas traidoras, y yo apenas las sé manejar, tiraremos lo más cerca posible.
 
A todo estoy dispuesto, replicó D. Álvaro afectando la más completa indiferencia para ocultar mejor el disgusto que te ocasionaba aquella proposición; ¡a todo! siempre, cuándo y del modo que gustéis.
 
-Excuso advertiros, continuó Amaro, que esto debe quedar entre nosotros dos, y que no se necesitan padrinos, médicos, ni...
 
-¡Oh, descuidad!... comprendo: sé de lo que se trata y también tengo yo mis motivos para ocultar este lance; por otra parte...
 
-Hemos concluido, exclamó el gaucho, sin dejarle terminar la frase; id con Dios, señor conde; disfrazaos de chasque con vuestro amigo, y estos mismos soldados os acompañarán hasta que salgáis del radio que vigilan mis montoneros.
 
-Una palabra, una sola palabra, exclamó D. Álvaro deteniéndole por el halda del poncho; decidme: ¿Lia está inocente?
 
-¿Y lo dudáis, por ventura? ¿Lo dudáis? repitió indignado su rival, a quién aquella pregunta extemporánea le producía el efecto de un dardo envenenado.
 
-Creía... pues... juzgaba...
 
-¡Eh! continuó Amaro en el mismo tono; yo no podía deshonrar a la que va a ser mi esposa.
 
-¿Tu esposa?...
 
-¡Sí, mi esposa!...
 
-Hace mucho tiempo que su madre tiene el enlace entre su hija y yo.
 
-¡No importa!
 
-Su padre me ha empeñado solemnemente su palabra de honor.
 
-¡No importa!
 
-Ella misma, sin que nadie la obligase, me ha dicho que me amaba y accedido muy gustosa a aceptar mi mano y mi nombre.
 
-¡Mientes! replicó el gaucho ya exasperado.
 
-Un miserable como tú no puede ser esposo de Lia Niser, contestó el conde, vertiendo por sus encendidos ojos la hiel de la envidia y de los celos que le abras iban el alma.
 
-Yo romperé el odioso compromiso que la liga a ti, arrancándote la vida, añadió Amaro con voz seca y breve.
 
-¡Eso lo veremos! gritó D. Álvaro.
 
-¡Silencio, imbécil! murmuró aquel poniéndole la mano en la boca; no es preciso que otros se enteren de lo que tratamos...
 
El conde ahogó en su garganta el torrente de insultos que brotaban de su corazón, despedazado por todas las furias del infierno.
 
Amaro dio las órdenes oportunas a su gente, y sus instrucciones se ejecutaron al pie de la letra: Floridan y el conde llegaron a Montevideo sanos y salvos, sin que nadie les molestase en el camino.
 
Cuatro días después, D. Nereo, so pretexto de arreglar algunos asuntos de grande importancia con un banquero que acababa de quebrar, partió a la capital en compañía de doña Petra.
 
Había presenciado la escena entre los dos amantes, y adivinado por las últimas palabras de su hermano las condiciones bajo las cuales su rival le concedía la libertad. Deber suyo era impedir aquel duelo sacrílego, si no abiertamente, valiéndose de otros medios ocultos que surtiesen el mismo efecto.
 
Antes de partir entregó los cien mil patacones de la apuesta a Amaro, que mandó distribuirlos entre su gente, sin reservar ni un peso para él. Desinteresado y generoso proceder que aumentó su popularidad y disipó el general disgusto y descontento de sus feroces montoneros, a consecuencia del perdón, otorgado a los oficiales Brasileros, y sobre todo al comandante D. Ricardo Floridan y al conde de Itapeby.
 
D. Carlos y su hija, por razones de conveniencia, se retiraron a una Estancia que poseía el primero en los confines de la República, cerca de Ituzaingó, paraje célebre por la gran batalla que se dio en él, el 20 de febrero de 1827.
 
Con las prósperas noticias que corrían, el anciano esperaba que de un momento a otro se viesen los invasores obligados a abandonar el país; y halagado por esta esperanza, deseoso de dar tiempo a la maledicencia y a la calumnia para que se cansasen de despedazar la reputación de Lia, y también a fin de no verse en el duro caso, muy amargo para él, que era en extremo pacífico y prudente, de tener una explicación con el conde, exponiéndose a su venganza si le desairaba, D. Carlos resolvió encerrarse en su Estancia y aguardar en ella el desenlace de los sucesos.
 
Amaro iba a verlos frecuentemente, y se pasaba las horas muertas al lado de su adorada y del viejo jurisconsulto, forjando castillos en el aire para cuando llegase el suspirado día de su felicidad. Y si su volcánica pasión hubiera sido susceptible de aumento, sin duda creciera con las continuas pruebas de amor que se prodigaban ambos.
 
Todos los domingos en la tarde Lia salía a recibirle al camino con un ramo de flores silvestres, que había cogido en el campo para él, y él le daba en cambio alguna preciosa avecilla, prisionera con no pocos afanes por sus montoneros en el fondo de los bosques: inclinábase sobre el cuello del caballo, y al ponerla en sus manos estampaba un púdico beso en la casta frente de la hermosa. D. Carlos se sonreía; invitábale a dar un paseo por los alrededores, y él, que no deseaba otra cosa, descendía de su cabalgadura, y ofreciendo el brazo a Lia, se encaminaban juntos por la margen del cercano río. Contábanse lo que habían hecho en toda la semana, y sin dejar meter baza al pobre viejo, hablaban y hablaban sobre el mismo tema, sobre lo que hablan siempre los enamorados, desde que se reunían hasta que se separaban, prometiendo verse el domingo siguiente.
 
Amaro galopaba treinta o cuarenta leguas sin descansar, exponiéndose a caer prisionero o a ser muerto, solo por tener el placer de pasar dos horas a su lado, y aunque aseguraba siempre que estaba acampado por allí cerca, Lia, mejor informada, le reconvenía amistosamente, y le rogaba que no se expusiese tan a menudo ni fuese tan imprudente y temerario: exigíale formal promesa de no volver en algún tiempo; él le prometía cuanto deseaba, y al cabo de siete u ocho días se presentaba como de costumbre.
 
Así se pasaron seis meses, seis meses de envidiable ventura, dos meses de un sueño divino, en que su alma, desprendida de los lazos terrenales por la violencia de su pasión, se nutría tan solo con la pura llama de su amor, e inundando sus corazones de esa misteriosa voluptuosidad, de esa secreta expansión de esos transportes ideales que no necesitan de los sentidos para producirse, les revelaba la felicidad perfecta, eterna, sin noches, sin límites ni horizontes, que Dios guarda a sus escogidos en el paraíso, y gustaban de antemano sus inefables delicias...
 
Alguna vez, sin embargo, el recuerdo del conde venía a anublar el plácido cielo de sus esperanzas. Lia temblaba por su padre, y Amaro se acordaba con recelo que podía matarle en el duelo a muerte que tenía tratado. Probablemente aquella era la primer ocasión que se le había ocurrido tal idea; porque él, acaso mejor que D. Juan Tenorio, estaba habilitado para decir:
 
<poem>
«A quien quise provoqué,
con quien quise me batí,
y nunca me imaginé
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté»
</poem>
 
Pero la felicidad enerva hasta los corazones más intrépidos. Se teme perder el bien que nos ha costado mucho trabajo alcanzar. ¿Cómo no amar la vida?... ¡Era tan dichoso al presente y esperaba tanto del porvenir! ¿Cómo no desconfiar de la negra estrella que le perseguía desde la cuna?... ¡Ay! ¡Tal vez en el momento que llevase a los labios la copa de su ventura; tal vez el plomo de su rival la despedazaría entre sus manos cortando el hilo de su existencia!
 
Este doloroso pensamiento no dejaba de preocuparle a medida que se acercaba el plazo fatal: mas no por eso tembló, ni dudó de su valor, ni pensó jamás en rehuir el combate o dilatarlo.
 
Resuelto a matar al conde o a ser muerto por él, presentose en los médanos del Pantanoso en el día y hora convenidos; un hombre le aguardaba desde por la mañana con una carta de D. Álvaro.
 
Grande fue la sorpresa del gaucho cuando leyó la siguiente misiva, fechada en Río de Janeiro.
 
«Amaro: A los pocos días de estar en Montevideo el gobernador me envió aquí con pliegos para S. M. Creí evacuar mi cometido y volver antes de los seis meses; pero el emperador, sordo a mis ruegos, me ha prohibido expresamente que salga de Río de Janeiro, donde me detiene para confiarme, según dice, el mando de algunas de las fuerzas que se están organizando en Río Grande y que deben en la próxima primavera reforzar a las tropas que tenemos en esa provincia, pues, como no ignoráis, vamos a declarar la guerra a Buenos Aires antes que ella nos la declare.
 
»Yo espero de vuestra lealtad que no atribuiréis a ningún motivo innoble mi involuntaria falta; y también espero que en cualquier tiempo y ocasión, donde quiera que nos encontremos, aunque hayan trascurrido cincuenta años, realizaremos nuestro desafío como conviene a gentes de honor; es decir, en la forma y modo que teníamos concertado.
 
»No hay remedio: es preciso que uno de los dos baje a la tumba: los dos amamos a Lia, y uno solo ha de poseerla.»
 
«El conde de Itapeby»
 
Amaro se atusó el bigote, guardó la carta, volvió grupas a su caballo, y se alejó tranquilamente, sin querer interrogar al emisario: pensaba escribir al conde.
 
Creemos excusado advertir que todo había sido una intriga de D. Nereo, quien, valido de la amistad que le unía al conde de la Laguna, gobernador de Montevideo, consiguió que enviase a su hermano a la corte, a pesar de sus protestas, y hasta de la resistencia que él opuso, y allí, por medio de su influencia y relaciones con los ministros de D. Pedro, y especialmente con Francisco Gómez da Silva, alias Chalaza, favorito del monarca a la sazón, logró que aquel le detuviese con el pretexto que hemos dicho. D. Álvaro estaba desesperado.
 
Siempre con la esperanza de obtener de un día para otro el consentimiento del emperador, se trascurrieron tres años, en los cuales el Brasil en mal hora declaró la guerra a Buenos Aires.
 
En mar y tierra las armas imperiales se vieron humilladas, tan humilladas, que hoy todavía tiembla el imperio delante de Rosas, sin atreverse a recoger el guante que le ha arrojado mil veces a la cara, recordando aquella época desastrosa.
 
Don Pedro de Braganza, no obstante, hombre de corazón y de mente elevada, antes de abandonar la joya más hermosa de su corona, la disputada provincia cisplatina, reclamada por Buenos Aires como parte integrante del antiguo virreinato, y por él como su frontera natural en el Plata, hizo un postrer esfuerzo, formó un numeroso ejército en la frontera, y no pudiendo marchar él mismo a su frente, como anhelaba, confió el mando al marqués de Barbacena, uno de sus cortesanos en quien más confianza tenía. El conde obtuvo por fin permiso de incorporarse al ejército.
 
El general argentino D. Carlos María de Alvear mandaba las fuerzas patriotas, y Amaro, con sus montoneros, un escuadrón de lanceros alemanes y dos batallones de infantería formaba en el ala izquierda.
 
Los dos ejércitos se avistaron en la misma provincia de Río Grande, y después de muchas marchas y contramarchas por parte del general enemigo, cuyo objeto aun se ignora, se detuvo una noche en los campos de Ituzaingó, en una situación bastante ventajosa, con ánimo de presentar al día siguiente la batalla, y Alvear, que adivinó su intención, aceptó el reto.
 
Colocados casi a tiro de cañón, patriotas y realistas se veían desde sus campamentos al fuego cercano de sus respectivos vivaques, y unos y otros aguardaban con impaciencia los primeros vislumbres de la alborada para caer sobre sus contrarios y anonadarlos o ser anonadados por ellos. El entusiasmo y el deseo de combatir era igual en ambos; pero en cuanto a táctica y disciplina, las tropas brasileñas, veteranas en gran parte, eran muy superiores a las nuestras.
 
Esa misma noche, cerca de la diez, recibió Amaro por medio de un desertor del campo enemigo un billete del conde, que no contenía más que estas breves palabras:
 
«Dentro de una hora os espero a la entrada del bosque que se extiende a espaldas de vuestra línea: iré solo, y sin más compañeros que mis pistolas».
 
El gaucho requirió al punto las suyas, montó a caballo seguido de unos cuarenta jinetes, dio un largo rodeo como si anduviese recorriendo el campo, y por último, ordenando a los suyos que continuasen patrullando y se retirasen cuando oyesen dos o más tiros, se internó solo en el bosque.
 
Al propio tiempo llegaba el conde por la parte opuesta, disfrazado de gaucho.
 
Era una clara noche de primavera; la luna de febrero vertía su luz diáfana y trasparente sobre el estrecho recinto donde se habían detenido D. Álvaro y su rival, y su amarillo fulgor reflejábase de lleno en el rostro de ambos combatientes. El hacha de los leñadores había derribado los árboles que crecían alrededor, formando un anfiteatro de veinte varas de largo y pocas menos de ancho.
 
Los dos se saludaron con frialdad inclinando levemente la cabeza.
 
-Nos colocaremos a veinte pasos y tiraremos avanzando, dijo el conde amartillando sus pistolas.
 
-A veinte pasos es mucha distancia, contestó Amaro preparando las suyas.
 
-A diez.
 
-No: ha de ser cogidos de la mano.
 
-¡Eso es un asesinato estúpido! exclamó D. Álvaro con viveza.
 
-Caballero, respondió el gaucho contemplándole fijamente y con reconcentrada ferocidad, como si quisiera leer en su interior; caballero: ¿tenéis miedo de morir?
 
¡Miedo no! pero me parece una locura y una necedad suicidarnos de ese modo: con uno de los dos que deje de existir, sobra.
 
-¡En buen hora! echemos suertes, y al que le toque tirará primero, a quemarropa, se entiende.
 
D. Álvaro se pasó la mano por la frente, y clavó la vista en el suelo, dudando si admitiría; mas esta indecisión no duró dos minutos; avergonzado de su debilidad, levantó con arrogancia la cabeza, y exclamó precipitadamente:
 
-¡Acepto!
 
-En ese caso hacedme el gusto de retiraros a alguna distancia; yo me volveré de espaldas para no veros: sacad una moneda o un objeto cualquiera; escondedlo en una mano, y dadme a escoger. Si acierto, tiraré yo; si no, os tocará a vos matarme.
 
-¡Sea! murmuró el conde con voz agitada.
 
-¿Está ya?... preguntó el gaucho con su impasibilidad habitual, viendo que tardaba en realizar la operación mencionada más de lo que parecía regular.
 
-Escoged, replicó D. Álvaro, presentándole las dos manos cerradas.
 
Amaro golpeó la izquierda con el cañón de su pistola.
 
Exhaló el conde un grito de feroz alegría, y abriendo ambas palmas le mostró una pieza de plata en la derecha.
 
-¡Encomiéndate a Dios, desgraciado! añadió sin poder ocultar su gozo. ¡Vas a espiar tus crímenes; llegó tu última llora!
 
-Dadme la mano, Sr. D. Álvaro, y ved bien cómo me despacháis, porque todavía no estoy muerto, contestó el gaucho con una sonrisa infernal, sacándose el poncho y desabrochándose la chaqueta, el chaleco y hasta la camisa, para que viese que no llevaba ningún resguardo debajo de ella.
 
En seguida tendiole la siniestra mano, que apretó por un movimiento nervioso la de su rival, e invocó en su mente el nombre de Lia.
 
El conde apoyó la boca de su arma sobre la piel, encima del corazón del gaucho, y gozándose de antemano en su triunfo, con el pretexto de informarse caritativamente si tenía algo que encomendar a su cuidado, se detuvo para examinar el efecto que le ocasionaba la idea de su próximo fin.
 
Pero aunque Amaró debía sufrir horriblemente, su fisonomía era una máscara de bronce que nada dejaba entrever. Latía su corazón con fuerza; pero no temblaba su mano: contraíanse los músculos de su frente; pero no vacilaban sus piernas: le zumbaban los oídos; pero sus ojos de águila, clavados en los del conde, fijos y sin pestañear, lejos de traducir el miedo, revelaban la ira del valiente a quien llevan a la muerte maniatado...
 
D. Álvaro no pudo menos de admirarse de su sangre fría y serenidad. El verdugo, favorecido por la fortuna, estaba más conmovido que su víctima.
 
-¿Tiráis o no? le preguntó Amaro ya impaciente.
 
El conde apretó el gatillo, crujió la llave sobre la cazoleta, se incendió la pólvora, mas... ¡no salió el tiro!
 
-¡Ahora a mí! gritó el gaucho apretándole la mano que tenía cogida con la suya.
 
El noble conde, acometido de súbito espanto, inclinó el cuerpo hacia atrás, y procuró desasirse de aquella férrea y vigorosa mano que le tenía enclavado allí como la potente garra de un espíritu maléfico.
 
Aquel vértigo, aquel estupor, aquella impresión de terror involuntario, pasó como un meteoro; apenas vuelto en sí, D. Álvaro se quedó inmóvil, inclinó la frente, y dijo con voz vibrante de indignación y despecho:
 
-¡¡¡Matadme!!!...
 
Amaro a su vez apoyó el cañón de su pistola en el pecho de su adversario.
 
El conde, por más esfuerzos que hacía para disimular su angustia, temblaba de los pies a los cabellos: anchas gotas de sudor le bañaban las fases; los ojos querían escapársele de las órbitas; se comprimían sus dedos; le flaqueaban las rodillas, y su respiración desigual y convulsiva traicionaba el espanto escondido en su pecho.
 
El gaucho levantó poco a poco el arma homicida, moviendo la cabeza con una amarga sonrisa de desprecio, descargó su pistola en el tronco de una palmera inmediata.
 
-Podéis marcharos, Sr. de Itapeby, le dijo, señalándole el camino del campamento, a menos que queráis recomenzar el combate, añadió con ironía.
 
D. Álvaro procuraba en vano reanimarse: había confiado más en su valor: él no era ciertamente cobarde; lo había demostrado en cien campos de batalla y en otros lances de honor; pero en aquella ocasión perdió toda su energía. La noche, la soledad, las extrañas condiciones impuestas por Amaro, y las circunstancias que mediaban en aquel duelo singular, le intimidaron desde un principio. Protegido y engallado por la suerte, no estaba preparado para morir cuando sus armas le traicionaron. Con todo, en medio de su turbación, todavía tuvo bastante pundonor para exigir a su enemigo que le tirase.
 
-Yo no mato a un hombre que está medio muerto, fue la respuesta del valiente guerrillero; además, detesto esas armas de que os valéis vosotros los de la ciudad. No puedo, no, asesinar a nadie a sangre fría. Para que yo mate a un hombre necesito luchar con él cuerpo a cuerpo, enardecerme con los golpes que dé y con los que reciba, perder la cabeza, en una palabra, y no reflexionar. En uno de esos instantes mataría a mi propio hermano o a mi padre, si los tuviera; pero me desdeño, me avergonzaría de ensañarme con el que inerme me entrega su vida, aunque fuese mi mayor y más odiado enemigo, como lo sois vos, señor conde...
 
Aquí se detuvo Amaro, esperando que le respondiese, pronto a ofrecer otro duelo a arma blanca a su rival si veía en él indicios de prestarse dignamente a sus deseos; pero se equivocó: en todo pensaba D. Álvaro menos en volver a batirse.
 
-¡Oíd! continuó el jefe de los montoneros, después de una pausa no muy corta; puesto que ahora no os place cumplirme vuestra palabra, mañana o pasado se dará una batalla, batalla campal que debe decidir los destinos de este país: pues bien; si queréis lavar la mancha que ha caído hoy sobre vuestro honor, buscadme en medio de la pelea, que yo también os buscaré para pediros cuenta otra vez del agravio que me hicisteis en Paysandú. Adiós Sr. de Itapeby; hasta mañana.
 
Anonadado el conde por tanta generosidad, no supo qué responder. Su odio y admiración eran iguales: tentado estuvo de llamar al noble gaucho, estrecharlo en sus brazos y descubrirle su secreto; pero entonces, entonces sería preciso renunciar a Lia, y este sacrificio era superior a sus fuerzas. ¡También él la amaba con delirio!
 
-¿Qué hacer?... Nada: ¡que me mate o matarle!... exclamó pasado su primer impulso; me avergüenzo de deberle dos veces la vida. Dios ha colocado entre nosotros un abismo con el amor de esa mujer, abismo que no puede llenarse sino con la sangre de uno de los dos. Él ha podido deshacerse de mí en dos ocasiones distintas, y no lo ha hecho... ¿Será la voz de la naturaleza quién le habla?... ¡No! le ciega su vanidad... ¡Insensato! Mañana se arrepentirá de su necia hidalguía...
 
Y costeando el bosque, se encaminó paso a paso al campamento, devorando a solas su vergüenza y desesperación. Por fortuna nadie presenció aquel nuevo oprobio grabado en su corazón con letras de fuego. Él, tan orgulloso y audaz, había temblado delante de Caramurú, que le perdonó por no degradarse matando a un hombre medio muerto, según se explicaba en su rudo lenguaje. Solo el conde comprendía todo el sarcasmo, toda la ignominia envuelta en estas palabras. La venganza magnánima del gaucho sobrepujaba al ultraje que él le había inferido.
 
 
== Capítulo XVII ==
 
La batalla de Ituzaingó
 
 
Al expirar el año de 1825, el Brasil se había visto obligado a declarar la guerra a Buenos Aires, que si no protegía abiertamente a los rebeldes, permitía que se equipasen de armas y se organizasen en sus fronteras y hasta en la misma capital. Las justas quejas y reclamaciones del gabinete imperial eran desatendidas; las notas se cruzaban sin resultado alguno; y después de la batalla de Sarandí, ganada por los patriotas a las órdenes de los generales Rivera y Lavalleja, D. Pedro emperador constitucional y defensor perpetuo del Brasil, resolvió confiar a la suerte de las armas lo que no podía alcanzar por las negociaciones diplomáticas.
 
La lucha intestina que entonces devoraba a las provincias de la Confederación, no permitió a Buenos Aires prestar a los orientales todo el apoyo que era necesario para inclinar la balanza a su favor, y la lucha continuó con fortuna varia hasta principios de 1827.
 
En esa época, como acabamos de indicar en el anterior capítulo, D. Pedro, cansado de una guerra que parecía interminable, que diezmaba al Brasil y empobrecía su erario, determinó trasladarse en persona al teatro de los sucesos y ponerse él mismo al frente del numeroso ejército que se estaba organizando en la provincia de Río Grande.
 
Serias complicaciones en Río de Janeiro le obligaron a volver a la corte y a confiar el mando de sus tropas al marqués de Barbacena, sujeto que gozaba de una alta reputación de consumado militar, sin haberla conquistado en ningún campo de batalla.
 
La noticia de la llegada de D. Pedro a la frontera, produjo en Buenos Aires la más viva sensación; el presidente de la República dirigió una proclama a todos sus habitantes invitándoles a unirse contra el usurpador; incorporándose al ejército que pasó en seguida a la Banda Oriental; el marqués por su parte, al tomar el mando de las tropas imperiales, expidió otra proclama asaz jactanciosa, prometiéndoles que en breves días la bandera del imperio tremolaría victoriosa en la capital de la Confederación Argentina.
 
Confiaba tanto el marqués en la victoria, que no quiso aguardar un refuerzo de dos mil hombres que venían en su apoyo a las órdenes de Bentos Manoel, caudillo que después se ha hecho célebre, proclamando la República en Río Grande y sosteniendo él solo la guerra por catorce años con dos o tres mil insurgentes, contra todas las fuerzas reunidas de las demás provincias del imperio, que a veces ascendieron hasta veinte mil hombres.
 
Preciso es confesar, no obstante, que sus tropas eran excelentes, y que tal vez habrían justificado su orgullosa predicción dirigidas por otros jefes y combatiendo con otros hombres que no estuviesen animados del santo amor de la independencia.
 
Al día siguiente del que tuvo lugar el desafío entre el conde y Amaro, se libró la batalla. En la situación en que estaban colocados ambos ejércitos, queriendo uno de ellos, era casi imposible esquivarla. El retirarse equivalía a una derrota.
 
En el primer ímpetu, los realistas arrollaron a los patriotas; y aunque se ha dicho que Alvear retrocedió cautelosamente para desalojarlos de las ventajosas posiciones que ocupaban, lo cierto es que rompieron su línea, envolvieron a los nuestros, y los persiguieron largo espacio, ocasionándoles pérdidas muy considerables.
 
Por fortuna la caballería pudo rehacerse al pie de una colina, y los atacó por el frente y por los flancos; desbandáronse los primeros escuadrones enemigos, remolinearon, volvieron grupas, y fueron a caer sobre su propia infantería. Replegose la nuestra merced a este movimiento, y después de un desesperado combate, que duró seis horas, la victoria se declaró a favor de los patriotas.
 
Entre tanto Amaro y el conde se buscaban con igual impaciencia y deseo de lavar su común afrenta. Sobre todo el segundo, que anhelaba borrar la nota de cobarde que había caído sobre su honor.
 
La casualidad, el destino, o más bien la mano oculta de la Providencia, los separaba. Por dos ocasiones se divisaron desde lejos, y llamándose por sus nombres, cerraron espuelas a sus corceles, blandiendo el uno su formidable lanza, cabo de ébano, y el otro su bien templada hoja de Toledo: un tropel de fugitivos se interpuso entre ellos, y la lanza del gaucho, creyendo herir a su rival, se clavó en el pecho de un teniente lusitano, y la espada del conde cayó sobre un morrión de uno de sus propios soldados, partiéndole el cráneo. Luego el tumulto y la confusión, el polvo que levantaban los caballos, la negra atmósfera, producida por la pólvora incendiada, extendían en rededor un azulado velo que se desvanecía y condensaba en lívidas y sangrientas ráfagas al estallar de nuevo los cañones y fusiles. Los combatientes no se veían a cuatro pasos de distancia.
 
-¡D. Álvaro! gritaba Amaro con tronador acento, abriéndose camino por entre la apretada muchedumbre con la punta de su lanza, que destilaba sangre hasta la cuja.
 
-¡Caramurú! repetía el conde sin oírte, empinándose furioso sobre el arzón de la silla, atropellando y acuchillando cuanto intentaba detenerle...
 
¡Empeño inútil!... Su voz se perdía en medio del bramido del cañón, el choque de los sables, el estrépito de las balas, y de los gritos; imprecaciones y lamentos que víctimas y verdugos arrojaban en la palestra, y cuando se disipaba por un instante la espesa humareda que los envolvía, ya no se encontraban.
 
El arrojo y valentía del conde en la ocasión presente contrastaban con su anterior debilidad. Nadie al verle impávido y audaz precipitarse ciegamente en lo más recio de la batalla, y desafiar una y mil veces la muerte, allí donde el peligro era más inminente, nadie hubiera creído que aquel mismo hombre la noche antes había temblado como un niño al sentir sobre su pecho el cañón de una pistola. Pero tal es la condición humana y tan efímeros la mayor parte de las veces los fundamentos del valor. ¡Cuántos que pasan por valientes se baten y sucumben como unos héroes cegados por las impresiones del momento, tiemblan y retroceden ante una muerte tranquila, segura, inevitable! Lo que más afligía a D. Álvaro era que su rival le creyese capaz de esquivar el duelo y huir de él; capaz de temerle allí como le había temido en el bosque. A esta idea bramaba de coraje, y hubiera dado con gusto su alma a Satanás a trueque de encontrarle.
 
Por satisfacer este deseo que le resecaba las entrañas, desde los primeros choques se había separado del batallón que mandaba, roto deshecho largo tiempo hacía. Y era tal su ceguedad, estaba tan dispuesto a cumplir su palabra, que cuando presenció la completa derrota de los suyos, en vez de ponerse en salvo, se bajó tranquilamente del caballo, cogió el sombrero y el poncho de un patriota muerto, se los puso, y fue a colocarse en la senda del camino por donde necesariamente tenía que pasar Amaro persiguiendo a los fugitivos.
 
Sus cálculos le salieron exactos; a poco apareció el intrépido gaucho, seguido a bastante distancia de algunos montoneros; al parecer, galopaba tras un jefe realista, a quien sin duda equivocaba con él.
 
Apenas se convenció el conde que el que avanzaba era Amaro y no otro, lanzó su caballo a escape, y le llamó por su nombre, gritándole:
 
-¡Caramurú, aquí estoy!...
 
Renunciamos a pintar el transporte de salvaje alegría que barrió el semblante del vengativo gaucho: la pantera que herida de muerte por el cazador consigue abrazarle, hundirle sus garras en el pecho, y ensañarse en su cadáver antes de expirar, no ruge con tanto gozo como Amaro al divisar al conde.
 
Recogida al punto debajo del brazo, doblose silbando la poderosa lanza en su robusta mano, y enhiesto el cuello, apretados los dientes, entreabiertos los labios, fija y centelleante la mirada, apresurando la rápida carrera de su bridón cual si temiera que se le escapara de nuevo su adversario, fuese derecho a él, cual imantada saeta despedida con violencia y atraída al mismo tiempo por un blanco de acero.
 
Con idéntico brío, con igual ímpetu y satisfacción arrancó el conde hacia su odiado rival.
 
No era mucha la distancia que los dividía, y sus caballos volaban; pero en su anhelo por llegar a las manos, se figuraban que había una legua de por medio, y que sus alazanes, rendidos de fatiga, no acertaban ya a galopar.
 
Por último se encontraron: Amaro revolvió el brazo atrás, y su lanza, describiendo un doble círculo, corrió certera entre sus dedos, recta al corazón de su enemigo.
 
El conde, que era un excelente tirador de toda clase de armas, la rechazó con su espada, y casi casi se la arranca de las manos. Vuelve Amaro a acometerle otra vez, y vuelve él a desviar los golpes que le dirige. Ataca D. Álvaro, y con tal velocidad y destreza, que apenas puede aquel defenderse con la lanza: arrójala enfurecido, y empuña el sable.
 
Chócanse, rebotan, martillean y crujen los aceros en sus potentes diestras: los dos combaten con encarnizamiento ciegos de ira, sedientos de venganza, mas no consiguen herirse.
 
De repente da el conde un grito, inclina lentamente la cabeza sobre el cuello del caballo, extiende el brazo, suelta la espada, vacila, pierde los estribos, y cae al suelo.
 
Ancho raudal de sangre se escapa de su pecho; una traidora lanza lo ha traspasado por detrás de parte a parte.
 
Amaro indaga con la vista quién ha sido el aleve que se ha atrevido a herirle cuando combatía cuerpo a cuerpo con él; el hierro ensangrentado de uno de sus montoneros le revela al culpable; vase a él, y le tiende a sus pies de una cuchillada,
 
El desgraciado creyó hacer un servicio importante a su jefe librándole de un enemigo que tan bien se defendía y atacaba.
 
En seguida se desmonta, examina la herida y mueve la cabeza dolorosamente. ¡La lanza que le ha traspasado estaba envenenada!
 
El conde no ha perdido el conocimiento, y Amaro trata de disculparse de aquel accidente imprevisto.
 
-No es necesario que os justifiquéis, le contesta: todo lo comprendo...
 
Acuden algunos soldados; el caudillo patriota les confía al conde, y corre a buscar a uno de los cirujanos del ejército: vuelve con él, y hecha la primera cura, ordena que lleven al herido a la casa más próxima que se encuentre.
 
D. Álvaro le da las gracias con una melancólica sonrisa, que equivale a decir: ¡ya es inútil! le tiende la mano, pronuncia el nombre de D. Carlos Niser, y ruega con voz apagada que le conduzcan a su estancia, que dista muy poco del lugar de la batalla. D. Carlos es su pariente inmediato, y antes de morir quiere arreglar sus asuntos, y nombrarle albacea de sus cuantiosos bienes.
 
Amaro vacila, porque teme que se le atribuya aquella muerte, y se disculpa con pretextos triviales.
 
El conde adivina su pensamiento, y haciendo un grande esfuerzo para hablar, le tranquiliza diciéndole:
 
-Os he visto castigar a mi matador; y os conozco bastante para no atribuiros semejante vileza... Es la mano de Dios quien me hiere: nada sabrá Lia.
 
El generoso gaucho, al ver aquel cambio inesperado, y no sabiendo a qué atribuirlo, se siente también enternecido, y olvida sus agravios. No es ya su antiguo rival; es solo un moribundo quien le implora. Sería una crueldad y una infamia oponerse a sus últimos deseos. En consecuencia, manda colocar al herido en una camilla, y le acompaña en persona hasta cerca de la Estancia; vuélvese al campamento y cumpliendo sus postreras instrucciones, expide un chasque a D. Nereo para que en el acto se ponga en marcha, por si aun llega a tiempo de recoger el último suspiro de su infeliz hermano...
 
La necesidad de enumerar, aunque sea incidentalmente, los acontecimientos políticos de alguna importancia, eslabonados con los personajes de nuestra historia, acontecimientos que pueden considerarse como el fondo del cuadro que bosquejamos, como la peana donde descansan sus principales figuras, nos obligan a consignar aquí, en pocas palabras, los resultados de esa gran batalla que decidió una lucha de doce años, y abrió una nueva era para la joven República Oriental.
 
A consecuencia de ella, D. Pedro desesperado de triunfar, y cediendo después de una porfiada resistencia a las bases presentadas por lord Ponsomby, ministro plenipotenciario de S. M. B., consintió que sus ministros, en unión con los de Buenos Aires, firmasen en Río de Janeiro el 27 de agosto de 1822, bajo la mediación de la Gran Bretaña, la célebre convención preliminar de paz, que hoy Rosas hace valer como uno de sus títulos para intervenir en nuestros asuntos domésticos.
 
Ahora solo cumple a nuestro objeto decir que por los artículos primero, segundo y tercero, tanto el Brasil como Buenos Aires, renunciaron solemnemente a todas sus pretensiones de dominio y soberanía sobre el país disputado, «a fin de que se constituyera en estado libre e independiente de toda y cualquiera nación, bajo la forma de gobierno que juzgase más conveniente a sus intereses, necesidades y recursos, obligándose ambas altas partes contratantes a defender su independencia e integridad, por el tiempo y en el modo que se ajustase en el tratado definitivo de paz.»
 
Así recompensó Dios la fe, la constancia y heroicidad de sus dignos hijos. El 4 de octubre del mismo año fueron canjeadas en Montevideo las ratificaciones de ese pacto de honor y justicia, que habían alcanzado nuestros padres, merced a su indomable arrojo. ¡En aquel día de imperecedera gloria, la más hermosa estrella de las muchas que ostentaba el estandarte imperial, pálida y sin brillo entre ellas, arrancada por la punta de sus lanzas, inundó el horizonte con sus rayos, y las eclipsó a todas, convertida en sol esplendoroso!
 
 
 
== Capítulo XVIII ==
 
Revelaciones
 
 
Han pasado ocho días desde que expiró en los campos de Ituzaingó el poder brasileño en la ribera izquierda del Plata.
 
En una espaciosa alcoba alumbrada por la tenue luz de una lámpara cubierta con una pantalla verde, sobre un lecho de agonía, yace un hombre como de cuarenta años, luchando con los últimos parasismos de la muerte.
 
Una fiebre devorante hace latir las arterias de sus sienes y comunica un movimiento convulsivo a todos sus miembros; su respiración a intervalos es penosa y apagada; a intervalos estertórea y ronca; su pecho se levanta apresurado; el aire que penetra en él sale convertido en fuego de sus pulmones abrasados; sus ojos brillantes se dilatan o comprimen según la intensidad del dolor; ha perdido el habla, pero a veces la recobra, y entonces pronuncia, o mejor dicho, articula palabras vagas, oscuras, incoherentes, sin sentido alguno.
 
Acaso una chispa de inteligencia, por instantes, viene como un relámpago a arrojar un destello de luz sobre el caos de sus ideas. ¡En vano!... apenas intenta coordinarlas, el delirio con más fuerza se apodera de su desmayado pensamiento.
 
No es por terror de su próximo fin lo que le abruma, no: son los fantasmas de su imaginación que no le dejan un momento de reposo; y solo cuando la enervación física o moral llega a su colmo, un letargo momentáneo, efecto de los dos principios de vida y muerte que se disputan su persona, paralizando todas sus facultades sensitivas e intelectuales, da treguas a sus crueles padecimientos.
 
¡Triste resultado de una vida criminal!
 
Cerca de la cama, cruzados los brazos, fijos los ojos en el enfermo, con aire meditabundo y preocupado, dos médicos le observan. En su mirada impasible, en sus cejas levemente arqueadas, en la expresión desdeñosa de sus labios, se puede leer sin mucho trabajo la ninguna esperanza que tienen de salvarle.
 
Al borde del lecho, mirando alternativamente a los médicos, y al moribundo, se ven dos jóvenes que de muy distinto modo manifiestan el dolor que les causa su pérdida.
 
El primero, dotado de una fisonomía afable, delicada y melancólica, ha tomado una de sus manos, y la besa delirante arrasados los ojos de lágrimas.
 
Este es D. Nero Abreu de Itapeby, su hermano legítimo.
 
El segundo, de aspecto varonil y severo, en sus facciones pronunciadas, largos cabellos, luenga barba y formas atléticas, revela al indómito habitante de los campos, al intrépido gaucho criado en medio de los peligros y de los combates, al caudillo de los bosques, acostumbrado a dominar y a vencer en todas partes. Negra nube de tristeza empaña ahora su altivo semblante, y vuelve a menudo la cabeza, como si no quisiera dejar traslucir la compasión que lo inspira su enemigo.
 
Este es Amaro, el aventurero cuya familia y apellido se ignoran y a quien los intrusos llamaban Caramurú, es decir, Satanás.
 
A poca distancia, sentada sobre un sofá, aquella angelical mujer, bella como la esperanza, graciosa como la primera imagen de amor que cruza por la frente de un adolescente, a quien vimos en el capítulo primero tímida y ruborosa asomar su infantil cabeza al través de los barrotes de su ventana, llorando cubre ahora su rostro con un pañuelo.
 
Esta es Lia, la prometida esposa de D. Álvaro.
 
Detrás de los médicos, en actitud anhelosa, con manifiestas señales de dolor profundo, un venerable anciano contempla al enfermo. Ardientes lágrimas ruedan hilo a hilo por sus pálidas mejillas.
 
Este es D. Carlos Niser, pariente inmediato del moribundo.
 
Durante algunos minutos todos permanecieron en silencio. Ninguno tenía fuerzas para hablar: al fin uno de los doctores, después de haber pulsado al enfermo, murmurando entre dientes algunas palabras, que equivalían a un no hay esperanza, se dirigió a la pieza inmediata.
 
Lia, Amaro, D. Nereo, Niser, se echaron una mirada imposible de pintar...
 
El médico volvió con una redomita de cristal, donde había un licor negro, y derramando algunas gotas en una cuchara de plata, con gran dificultad consiguió introducirlas en la boca del paciente.
 
A poco rato pareció este reanimarse, e hizo algunos movimientos.
 
De repente su rostro se animó con un vivo encarnado, abrió los ojos, y con voz lánguida y apagada murmuró:
 
-¡Nereo, Amaro!
 
-¡Hermano mío! ¡Señor!... contestaron ellos acercándose más a la cabecera del lecho.
 
-Silencio, dijeron los médicos; silencio: cualquiera emoción demasiado fuerte lo matará.
 
Los jóvenes enmudecieron; pero el enfermo, presa de su delirio, animado de súbita energía, incorporose velozmente en el lecho, y gritó abriéndole sus brazos al gaucho:
 
-Amaro, perdóname; ¡tú eres mi hermano!
 
Volviéronse todos atónitos cual si dudasen de lo que oían, interrogando a D. Nereo con la vista, y su sorpresa se aumentó al notar que este afirmaba con la cabeza lo que decía el moribundo.
 
-Mi padre, continuó D. Álvaro, en un viaje que hizo a este país en 1798, ya casado, sedujo a una joven de una de las familias más distinguidas de Paysandú, a una hermana del que era no ha mucho comandante general de aquel departamento...
 
-¡Luisa Floridan! exclamó D Carlos, ¡infeliz! He ahí la causa de su misteriosa desaparición.
 
-Su orgulloso hermano la confinó a la misma Estancia de donde fue robada Lia; allí dio a luz un niño y murió de dolor y vergüenza a los pocos días, dejando escrita una carta para mi padre.
 
Dos lágrimas de fuego surcaron lentamente el rostro del gaucho. Nunca había conocido a su infortunada madre.
 
D. Álvaro se detuvo un momento como para coordinar sus ideas, suplicáronle los médicos que aplazase sus revelaciones para otra ocasión; pero él se sonrió con amargura, y los rechazó, diciéndoles:
 
-Dejadme en paz, ¡imbéciles! conozco que mi última hora se acerca, y antes de morir quiero espiar el mal que he hecho. Cogió una mano al gaucho que le escuchaba atónito, y continuó de esta manera:
 
-En aquella Estancia viviste, Amaro, confundido con los hijos de los peones, hasta que un antiguo y fiel criado de mi padre te robó de ella y te llevó a una de nuestras posesiones, sita en la provincia de Río Grande: entonces tenías tú seis años, y pudo conocerte por una cruz que te había hecho tu madre en el brazo izquierdo, con el zumo indeleble de esas raíces con que los indios se tiñen el cuerpo.
 
-Sí, aquí está, repitió Amaro volviendo la manga de su vesta, y mostrando a los circunstantes sorprendidos aquella señal misteriosa; sí, miradla: aquí está.
 
-Diez años después, mi padre cayó gravemente enfermo, hizo su testamento, y en sus últimos instantes nos llamó a Nereo y a mí, y nos dijo:
 
-«Vosotros dos sois únicamente mis hijos legítimos; pero tengo otro, a quien no he querido ver nunca. Engañé a su madre como un vil con palabra de casamiento, y he sido causa de su muerte. En estas largas noches de angustia y agonía, los remordimientos se han despertado en mi alma punzantes y devoradores, y no he podido menos de reconocerle como hijo, y dejarle toda la parte de fortuna de que las leyes me permiten disponer. Juradme que acataréis mi última voluntad, y os conduciréis con él como verdaderos hermanos...»
 
Aquí D. Álvaro inclinó la frente agobiado por el peso de sus propios remordimientos; su situación era idéntica a la del autor de sus días.
 
-Nosotros, añadió con voz lenta y agitada, nosotros se lo prometimos solemnemente; pero ¡ay! apenas cerró sus ojos a la luz, la vil codicia se apoderó de mi alma; arrojé el testamento al fuego, y amenacé a mi hermano, tímido y débil, y acostumbrado desde su niñez a plegarse a todos mis caprichos, que le mataría en el momento que llegase a descubrir nuestro secreto...
 
¡Por piedad, calla, calla! exclamó D. Nereo, poniéndole la mano sobre los labios.
 
-No es esto todo, repuso el conde exaltándose a medida que hablaba, y dejando traslucir el desquicio completo de su razón; cuatro asesinos partieron a Río Grande para matarte, Amaro; junto con el antiguo y fiel servidor de mi padre. Por fortuna no estabas allí, y solo este sucumbió.
 
Un grito de horror se escapó de la boca de todos los circunstantes. El conde mismo, horrorizado de su crimen, escondió la cabeza entre las manos.
 
-Perdónale, Amaro, dijo D. Nereo echándose a sus pies; ¡perdónale!... Si él te ha robado nombre y fortuna, si ha atentado contra tu vida; si te ha perseguido luego, yo he velado por ti secretamente, hasta que te perdí de vista hace algunos años.
 
-¡Dios mío! ¡Dios mío! murmuró el conde, estirándose y revolviéndose en el mullido lecho; ¡me abrasa las entrañas el veneno del hierro que me ha herido! ¡Dadme agua, agua que me muero de sed!...
 
Y era espantosa su agonía.
 
El recuerdo de su vida pasada, la idea tremenda de la eternidad, la memoria de su padre moribundo y de su fiel servidor cayendo acribillado a balazos, sin querer descubrir el paradero de Amaro, le hacían entrever mil espectros y visiones horrorosas, que le amenazaban con látigos de fuego.
 
-¡Salvadme!... ¡Salvadme!... decía: ahí están... ahí... junto a mí... ¿no los veis?... ¡Ah!
 
Y con el cabello erizado, la frente cubierta de un sudor frío, los ojos desencajados, entreabierta la boca y agitando las manos alrededor de su cabeza, como para alejar los fantasmas que lo perseguían, exhalaba aullidos de desesperación, imprecaciones y blasfemias que hacían estremecer de horror a la cándida cuanto afligida Lia que se acercaba maquinalmente a su padre, y le arrastraba del brazo para que se la llevase fuera.
 
Es preciso haber visto morir a un hombre desesperado para formarse idea de esta escena horrorosa...
 
De pronto quedose inmóvil; un ¡ay! estertóreo se escapó de su pecho; sus dientes rechinaron como si una lima pasara por entre ellos; su mirada fija, fulgurante, se clavó en la pobre niña que lo contemplaba aterrada orando en voz baja por su salvación: al encontrarse sus miradas, el conde cerró los ojos, y dando un fuerte sacudimiento, sus miembros se dilataron extraordinariamente.
 
Todos creyeron que había muerto; pero no había muerto, no; era que Dios se compadecía del desgraciado, y el ángel de su guarda cernía su vuelo sobre él, atraído por las plegarias de la virgen pura e inocente.
 
El sincero arrepentimiento del conde colmó la medida de la eterna justicia; disipáronse poco a poco sus atroces dolores; y la razón volvió a su mente extraviada. Así la bondad inmensa del Señor de cielos y tierra castiga en un minuto siglos de extravíos.
 
Dulcísimas preces, pronunciadas más que con los labios con el alma, sucediéronse a sus desesperados tormentos: inefable quietud inundó todo su ser, y la luz de la esperanza, la radiación del espíritu divino que descendía sobre su frente, rodearon al moribundo con una aureola de celeste beatitud...
 
Incorporose por vez última en su lecho: llamó a Lia y a Amaro, y uniendo sus diestras, les dijo con ese acento solemne, lleno de unción y majestad, eco del alma que solo vibra en los que ya no pertenecen al mundo:
 
-Sed felices, y Dios bendiga vuestra unión, Amaro, hazla muy dichosa: Lia, quiérele mucho... Toda mi fortuna es vuestra... Así lo dispongo en mi testamento... Hermano mío, Lia, ¿me perdonáis ahora?...
 
-¡Sí, contestó Amaro sin permitirle terminar la frase y estrechándole con trasporte entre sus brazos; sí, hermano mío; sí, y vive para coronar nuestra felicidad!...
 
Hubiérase dicho que solo aguardaba este perdón el moribundo para romper el débil lazo que le ligaba a la tierra; tendió a Lia la siniestra mano; estrechó con la diestra la de Amaro, inclinó el cuello sobre su hombro, y en el mismo momento en que el sol tocaba en su ocaso, la tarde del 28 de febrero de 1827 volaba ante el tribunal de Dios el alma del que fue en el mundo D. Álvaro María de Abreu, noveno conde de Itapeby.
 
 
 
== Capítulo XIX ==
 
Epílogo
 
 
Amaro, reconocido como hijo del conde de Itapeby y nombrado por el gobierno provisorio general efectivo en recompensa de sus eminentes servicios, pasó a la capital, y se unió a Lia seis meses después...
 
No intentaremos profanar su ventura queriendo describirla. Dichosos cuanto es posible serlo en este miserable globo sublunar, diremos únicamente que si la felicidad existe, ellos la encontraron en la tierra sin duda.
 
Rodeado del prestigio y consideración que da la gloria legítimamente conquistada; respetado, querido y admirado de sus conciudadanos, amado de una mujer joven, bella, de talento, y dueño de una fortuna pingüe, ¿qué más podía pedirle a Dios?... Sí en eso no consiste la felicidad, es sin disputa a todo lo que nos es dado aspirar razonablemente.
 
Por nuestra parte, deseamos a nuestras lectoras un marido tan apasionado, tan noble y tan digno de ser querido como Amaro, y a nuestros lectores una compañera tan bella, tan pura como Lia, y no añadimos tan rica, porque eso se sobreentiende, viviendo, en un siglo tan Prosaico y calculador como el nuestro.
 
En cambio de estos buenos deseos, al deciros adiós, caros leyentes, solo nos atrevemos a pediros una buena dosis de indulgencia para todo lo que no os haya agradado en el curso de nuestra historia. Si en esta ocasión no hemos acertado a complaceros dignamente, tal vez en otra lo alcanzaremos. Por eso el autor confía en vuestra benevolencia.
 
 
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NOTA.-La calificación de histórica dada en el título a esta novela, es puramente nuestra; pues no se encuentra en el ejemplar que nos ha servido para la reimpresión. A pedido del autor, hacemos esta advertencia.
 
Teodomiro Real y Prado.
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