Diferencia entre revisiones de «Las mil y una noches:0921»

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Un día, estaba sentado en el patio del walí, con la espalda apoyada contra el muro, y pensaba en mi grandeza y en mi importancia, cuando de pronto vi caer del cielo en mi regazo algo tan pesado como la sentencia del juicio final. Y era un bolsa llena y precintada. Y la tomé en mis manos y la abrí y vertí el contenido en los pliegues de mi ropa. Y conté hasta cien dracmas, ni uno más, ni uno menos. Y por más que miré a todos lados, encima de mi cabeza y a mí alrededor, no puede descubrir a la persona que la había dejado caer. Y dije: "¡Loores al Señor, Rey de los reinos de lo Visible y de lo Invisible!" E hice desaparecer a la hija en el seno de su padre. ¡Y he ahí lo referente a ella!
 
Al día siguiente, me reclamaba mi servicio en el mismo sitio que la víspera; y llevaba allí un momento, y he aquí que me cayó pesadamente un objeto en la cabeza y me puso de muy malhumor. Y miré con ademán furioso, y vi ¡por Alah! que era un bolsa llena, de todo punto hermana de la querida de su padre a quien hube de conceder el derecho de asilo junto a mi corazón. Y la envié a recalentarse en el mismo sitio para que hiciera compañía a su hermana mayor y protegiera su pudor contra los deseos indiscretos. Y lo mismo que la víspera, levanté la cabeza y la bajé, y volví el cuello y lo revolví, y giré sobre mí mismo y me inmovilicé, y miré a mi derecha y a mi izquierda, pero sin conseguir hallar ni rastro del expedidor de aquella encantadora bien venida. Y me pregunté: "¿Duermes o no duermes?" Y contesté: "No duermo. No, ¡por Alah! no está conmigo el sueño". Y como si nada hubiese pasado, me recogí la orla del traje, y salí del palacio con aire indiferente, escupiendo en el suelo a cada paso.
 
Pero a la tercera vez tomé mis precauciones. En efecto, no bien llegué al muro consabido, contra el cual de ordinario me pavoneaba admirándome, me tendí en tierra, y simulando dormir, me puse a roncar con tanto ruido como el de una manada de camellos escapados. Y de repente, ¡oh mi señor sultán! sentí en mi ombligo una mano que buscaba no sé qué. Y como no tenía nada que perder con aquella intervención, dejé que la mano consabida hurgara en la mercancía de arriba a abajo; y cuando me pareció que se aventuraba por el camino más angosto del distrito, la cogí bruscamente, diciendo: "¿Por dónde te metes, ¡oh hermana mía!?" Y me incorporé, abriendo los ojos, y vi que la propietaria de la gentil mano, adornada de sortijas de diamantes, que había huroneado en aquel camino de perdición, era una joven feérica, ¡oh mi señor sultán! que me miraba riendo. Y era como el jazmín. Y le dije: "Confianza y amistad, ¡oh mi señora! El mercader y su mercancía son de tu propiedad. Pero dime de qué parterre eres la rosa, de qué ramillete eres el jacinto, de qué jardín eres el ruiseñor, ¡oh la más deseable de las jóvenes!". Y mientras hablaba así, tuve mucho cuidado de no soltarla.
 
Entonces, sin el menor azoramiento en el gesto ni en la voz, la joven me hizo seña de que me levantara, y me dijo: "¡Ya Si-Moin! levántate y sígueme, si deseas saber quien soy y cual es mi nombre". Y yo, sin vacilar ni un instante, como si la conociese desde hacía mucho tiempo, o como si fuera yo su hermano de leche, me levanté, y después de sacudirme el traje y ajustarme el turbante, eché a andar a diez pasos de ella para no llamar la atención, pero sin perderla de vista ni un momento. Y de tal suerte llegamos al fondo de un retirado callejón sin salida, en donde me hizo señas de que podía acercarme sin temor. Y la abordé sonriendo, y sin tardanza quise hacer respirar a su lado el aire al niño de su padre. Y para no quedar por tonto ni por idiota, hice salir al niño consabido, y le dije: "Aquí le tienes, ¡oh mi señora!". Pero ella me miró con aire despreciativo, y me dijo: "Guárdale, ¡oh capitán Moin! porque se va a resfriar". Y contesté con el oído y la obediencia, y añadí: "No hay inconveniente, que tú eres quien manda, y yo soy el colmado por tus favores. Pero ¡oh hija legítima! ya que lo que te tienta no es este grueso nervio de confitura, ni este zib con sus anejos, ¿por qué me has gratificado con dos bolsas llenas y me has hecho cosquillas en el ombligo, y me has traído hasta aquí, a este oscuro callejón propicio a los saltos y a los asaltos?". Y ella me contestó: "¡Oh capitán Moin! eres el hombre de esta ciudad en quien tengo más confianza, y por eso me he dirigido a ti con preferencia a ningún otro. ¡Pero es por otro motivo del que tetu crees!". Y yo dije: "¡Oh mi señora! cualquiera que sea el motivo, lo agradezco. ¡Habla! ¿Qué servicio exiges del esclavo a quien has comprado por dos bolsas de cien dracmas?".
 
Y ella sonrió y me dijo:
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