Extremadura 1

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EXTREMADURA
de Luis Chamizo


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  • Viene de Extremadura (primera parte)



SEGUNDA PARTE



VII
EL PRIMER BESO

corren tiempos felices. La vida es fácil;
l'ambición es paciente; la lucha, mansa.
El amor y el trebajo cierran el broche
d'un collar desperanzas.
Puños de jierro labran la tierra;
manos de raso cuidan la casa
Bastián, tras de su yunta, canta bravio,
La Mari-Rosa quedito canta,
Tan sólo el manijero cuenta, recuenta,
calcula y calla,
y silencioso rumia la dicha
con el mismo sosiego que la desgracia.



Es víspera del Corpus,
En amor y compaña
Bastián y Mari-Rosa caminan juntos,
tras de sus borriquillos, por espadañas,
juncias y madreselvas,
para el altar qu'han puesto frente a su casa.
Es una tarde tibia de sol radiante.
Por el chalabarquino rezonga el agua.
Los titilillos y los jilgueros
revolotean entre las zarzas.



Al fondo de la vasta llanura fértil
se yergue, majestuosa, la sierra brava,
ceñía por la comba de los regachos,
que penden, caprichosos, de sus gargantas
como regios cintillos de cuentas verdes
con engarces de plata.
Y a la vera del lombo, breves alcores,
extensos altozanos, mesetas amplias,
que como desperezos de la llanura
sirven de contrafuertes a la montaña,
y en donde seculares encinas vírgenes
muestran la reciedumbre de su pujanza,
serenas, graves, nobles, como si fueran
el troquel de la raza.



Por entre las encinas van los muchachos
devanando el ovillo de su caraba.



Al abrigo del cerro de las coscojas,
que reta con sus canchos a la montaña,
torvo y enfurruñao,
hay un roíllo de tierra llana
qu'alfombran gamonitas y jaramagos,
cardinchas, gallicrestas y ceborranchas,
en donde muy surito vierte su córrigo
de limpias aguas
el fragüín que, saltando de risco en risco,
desciende de las morras de la Morgaña,
y en el lecho del llano, sobre la yerba,
trinsao de fatiga se destiraja,
diciendo, cantarino, cuentos de lobos
al doblón, los tamujos y las retamas.

Porqueros y pastores pueblan el valle,
Sus chozas de jelechos y de montana
cercan las parieras y los atajos
qu'el arroyo deslinda con sus vardascas.
Adoban el resensio la tierra húmeda,
el perejil silvestre, la yerba cáustica,
romeros y tomillos,
almoradú, jarancios, brezos y jaras.

Lavando sus almillas de colorines,
unas zagalas
entonan al acorde lindos cantares.
Guarrapean las ranas.
Llora el rabel gangoso; silban sus notas
los canutos de caña;
tiemblan miles de esquilas;
regruñen los lechones, los borros balan...
y en las cuencas de fresno repiquetean
los machotes el himno de la trincaya,

Bastián y Mari-Rosa suben al cerro,
desde donde atalayan
el recocaje de los pastores
que, discreto y humilde, yace a sus plantas.
El aroma del viento, jugoso y acre,
la paz de los albergues, la vida mansa,
los bejorriles de penachos azules,
las notas vagas
de leves tintineos, las tonaíllas
amorosas y plácidas
y el balar cadencioso, y el dulce arrullo
del rabel y las flautas,
prenden fuego de amores en los muchachos
y conmueven sus almas.

Vibra su carne virgen, vela sus ojos
el fulgor de unas lágrimas;
y horizontes purísimos azul y rosa
d'una aurora diáfana
nimban el cuerpecino d'un chiriveje
que les tiende los brazos en lontananza...

Y palpita la roca de los canchales,
y cloquea fecunda la sierra brava,
y reviven las flores de los aromos,
y revientan las yemas, corre la savia…
Y sobre las coscojas, sobre los riscos,
sobre los chozos y las cabañas
el querubín hermoso del primer beso
bate sus alas.



VIII
LA SIESTA

A las caldas ardientes d'un sol de lumbre,
la tarde bochornosa duerme la siesta.

No chilrían los mirlos entre las mimbres,
ni s'arrullan las tórtolas en las charnecas,
ni los cucos burlones ni las bubillas,
entre las espadañas jacen la ruea:
qu'al fuego derretío d'un sol de plomo
callan los musiqueros de las riberas.

Tan sólo las chicharras, entre los pámpanos
de las viñas montúas de las arenas,
con las alas en pompa, dan rechiníos
rizando las ternillas de la caeza.
Y es su canción un blando suspiro jondo
de calor y cansera:
la canción que suspira
la llanura sedienta.

De repente la copla de las chicharras
se pone retemblona, se tambalea.
Un árbol que plantaron en una linde
desparce por el suelo las. hojas secas,
y el polvillo mullío de los rastrojos
se levanta jormando la polvareda.

Es que corre la racha d'aire solano.
La tarde da vajíos, y cuando alienta,
los remolinos barren las hojarascas,
que se buscan, respingan, corren y juegan,
vienen de los plantíos a los barbechos,
tornan de los barbechos a la arbolea,
saltan y brincan,
s'encaracolan, revolotean
y suben como cohetes altas, mu altas,
jaciendo remetías y garambetas…

Pasan los remolinos, y luego caen,
como pájaros muertos, sobre la tierra.

Y después las chicharras, y el sol de plomo
chamuscando la parda llanura seca.



IX
LA INSOLACIÓN

Bastián, el mozo juerte de los castúos,
en mangas de camisa labra la tierra
que Miguelón, su padre, cansino y viejo,
mercó pal estribillo de su probeza
tras un vivir oscuro, noble y jonrao,
riñendo cuerpo a cuerpo con la miseria.

Los burros de su yunta dan resoplíos
con las bocas abiertas.
A los cuchinfarrones de las cuchillas,
cruje la tierra.

Ronca la canga
con los vaivenes de la mancera.
Rechinan los chinatos mientras se junden
bajo las jerraúras y las tachuelas,
y al restallar los jitos,
los jierros tiemblan.

¡Oh, la canción monótona de notas leves,
de tonos graves, d'extraña orquesta
que resopla y que cruje, ronca y rechina,
restalla y tiembla
bajo los relumbríos d'un sol de llamas,
sobre la tierra
que, compasando el paso, labra la yunta,
que lleva la batuta con las orejas!
Tan sólo los labriegos saben su ritmo,
qu'el arao tan sólo mueve sus cuerdas.



—¡Qué alegría más grande;
cómo crecen las juerzas,
y el corazón se jincha
de cosas güeñas,
y llegan a lo vivo de los reaños
sanas querencias,
siendo d'uno la suerte,
siendo d'uno las bestias
y siendo también d'uno los goterones
del süor que chorrea!...
—dice Bastián, jundiendo con paso firme
los surcos removíos, que se derrengan
y marcan de sus botos claveteaos
profundas juéyegas.

Bastián rumia la historia d'aquella suerte,
que medirá tan sólo veinte fanegas,
y, rumiando, rumiando y abriendo surcos
bajo el sol derretío que le caldea,
pasa y repasa el mozo sus alegrías
y sus tristezas.

Pero los rayos del sol de lumbre
le taladran la nuca como barrenas,
y Bastián siente vértigos.
Su frente abrasa, sus labios queman.
Una manga de chispas punza sus ojos,
Un enjambre le bulle por la caeza...
Y sus puños aflojan entumecíos;
y las rodillas se le derrengan;
y su cuerpo de bronce, firme y tallúo,
de fibras recias,
se despluma de bruces, asollamao,
sobre la muletilla de la mancera.

Ni un cristiano discurre por los carriles,
La tarde bochornosa duerme la siesta.



Anochecío,
cuando el sol, agarbao tras de la sierra,
tiñe y bruñe la franja de los baraños
de luz sangrienta,
y abre la clara luna su puerta de oro,
y anuncian los luceros a las estrellas,
asoma traspón vienen canturreando
las tonás de la tierra
muchachas que trajinan d'espulgaoras
y de cesteras,
bajo sus tenderetes de lonas blancas,
en las villas montúas de las arenas.

Traen al cuello collares de verdes pámpanos,
y esquinitas de uvas en las orejas,
que alegres, las indinas, con jugueteo,
por el camino las comisquean.

Con la pandilla viene la Mari-Rosa.
El espolique brujo de la querencia
pone en su cuerpo fino garbo de corza
y espabila sus piernas
cuando a los lubricanos,
labrando su besana, Bastián la espera.
Pero al subir alegre por un cabezo
desde donde divisa su cacho e tierra,
repara, lanza un grito, tiende los brazos
y parte como loca campotraviesa.
Y las muchachas de la pandilla
corren tras ella.




—¡El sol de los membrillos, el sol de llamas,
le jirió con sus rayos en la caeza!

—¡Bastián, Bastián, chachino; no me responde!
Restregarle las sienes con agua fresca.
Pronto, ¿No tenéis agua?
¿No topásteis un pozo por la verea?...
—¡Santo Dios, que no hay agua, que me se muere;
que la frente le arde, qu'el pecho tiembla,
que sus ojos se ponen ya vidriaos
y l'estrangula la garraspera!

—¡Vigen de Guadalupe, Vigen quería;
tunde la nube fosca de la tormenta!

Y Mari-Rosa calla. Sus ojos jienden
la llanura sedienta,
y los baraños tintos en sangre,
y los luceros que candilean,
y el foco de la luna de luz de fragua,
roja y siniestra.
Llora la Mari-Rosa. La tierra abrasa;
se mastica el borchorno; el aire quema.
D'allá lejos s'escuchan los rechiníos
d'una carreta,
y una voz cachazúa que va cantando
una canción monótona y plañidera.

—¡Agua: no tener agua!...
¡Y por un buche d'agua que me se muera!...

—¡Ah: las uvas, las uvas!
Estrujar los racimos a la carrera
sobre mis manos, pa que con mosto
le remoje la lengua.

Los pámpanos son frescos;
ponerle muchos pámpanos en la cabeza.




Cierra la noche.
Los mozos prenden fuego las rastrojeras,
y en la llanura surgen lagos de llamas
que fingen oleaje con sus lengüetas.

La procesión es triste. Cuadro tan triste
jamás se viera.
Traen a Bastián las mozas en tenguerengue
sobre una bestia,
con la camisa llena de mosto,
y un vendaje de pámpanos en la caeza.

Los mozos que retornan de sus trajines
y los que prenden fuego las rastrojeras,
ante cosa tan rara se desconfían
y titubean;
y al fin sus risoteos llenan el aire,
pensando que las mozas vienen de fiesta.
—Dejárnosle a nusotros espulgaoras;
veréis si le quitamos la borrachera.

Pesa el aire caliente como una losa
de plomo derretío. La luna llena,
rechoncha y mofletúa, roja de risa,
no repara en los guiños de la estrellas.

Veniros con nusotros, espulgaoras;
que ya vos quitaremos la borrachera.

—Bastián: ¡alante, alante!
—dice la Mari-Rosa—;
¡valor, pacencia!
¡Valor!
¡Pacencia!



X
LA CURANDERA DE MEDELLIN

Mira la curandera de reojo
pal chinero que guarda sus bártulos,
y jaciendo caroñas y guiños
se santigua con un garabato.

Coge luego un tostillo de jíerro;
da tres golpes, consulta el oráculo,
y endispués de lanzar un quejío
s'engurruña y entona el ensalmo.

—¡Ay del mozo valiente y fornío
que al labrar en la siesta su campo
cae de bruces al filo del surco
por la lumbre del sol chamuscao!
¡Ay del güen mozo,
si no tiene agua fresca en el jato!

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!
¡Corre y brinca detrás de la Maya,
Samparipayo!


¡Ay del recio gañán que s'abrasa
sin tener más consuelo ni amparo
que terrones de tierra encendía
y montones de polvo escaldao!
¡Ay del gañán;
qué amargosa es la jiel del trebajo!


¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!
¡Corre y brinca detrás de la Maya,
Samparipayo!

Mete la curandera su soplillo
por la boca d'un cántaro;
sopla fuerte y el agua rebulle
d'alegría, riyendo y cantando.

—Agua clara, de fuente perdía
entre riscos y peñas y canchos,
donde mojan sus picos las tórtolas
pa seguirse endispués arrullando.
¡Ay, agua clara:
bien podías jacer un milagro!

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!

Agua fresca, de copos de nieve,
serená por la noche del Santo,
y enramá con jazmines morunos,
asusón, toronjil y mastranzo.
¡Ay, agua fresca;
bien podías jacer un milagro!

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!
¡Corre y brinca detrás de la Maya,
Samparipayo!

Saca la curandera zarzamora
del chinero que guarda sus bártulos,
y jaciendo mimosos melindres
la coloca en un cuenco de barro.
Zarzamora, más dulce qu'almiba,
perfuma de romero y jarancio,
que nos curas los malos hechizos
del amor, que nos dan embrujao...
¡Ay, zarzamora;
bien podías jacer un milagro!

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!...

Zarzamora que curas cuartanas,
padrejón, patatús y trancazo,
y revuelta con flores de luna,
mal de ojo, tiricia y embargo.
¡Ay, zarzamora;
bien podías jacer un milagro!

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!
¡Corre y brinca detrás de la Maya,
Samparipayo!

Coge el cuenco la vieja; lo moja
con el agua bendita del cántaro,
y lo llena después de vinagre,
y consulta de nuevo el oráculo,
y lo pone en la frente del mozo
a la par que repite el ensalmo:

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!...

¡Jierve, jierve; la lumbre caldea!…
¡Ya se jizo, por fin, el milagro!

¡Muera la víbora!
¡Viva el lagarto!

Y riyendo con risa de bruja,
se santigua con un garabato.

XI
CARRERAS DE GALLOS
Tarde mansa de otoño.
Medellín arde en fiestas.
Recios gañanes lucen sus mulas labraoras
en un cabalgar lento, camino de l'alberca.
Dulces. Chiquillería
lampuza y bullanguera.
Pastores embutíos en trajes d'estezao.
Mozalbetes, comadres, mocinas peripuestas
puliendo una sonrisa.
Sonoras, castañuelas.
Cielo azul, tierra parda, sol radiante. Jolgorios,
amoríos, querencias…
Y una copla bravia desgranando requiebros
en el ambiente tibio de la tarde serena.

Es el doce de octubre.
Los valientes castúos de Medellín celebran
aquel primer abrazo
que España le dio a América,
derrochando, rajosos, valor y gallardía
en un viril alarde de pujanza y destreza.

Van a correr los gallos en el lejío. Cruzan
las calles polvorientas,
sobre potros d'empuje, cubiertos d'alamares,
bordando, fachendosos, lanzas y moringuetas.
Fajas rojas y azules al viento. Colorines
de ropas domingueras
salpicando de tonos calientes el lejío.
Redoblantes. Trompetas.
¡Silencio! Veinte gallos
—ice el pregón— recuelgan
a quince pies del suelo.
Y estribando la cencia
del festejo en cortarles
a tajos la caezas,
ca cual de los mozos ganará los que mate,
y al que más, nombraremos capitán de la fiesta.

Calla el pregón. Relucen
al sol las cachicuernas…
y palpitan, ansiosos, corazones cansinos
de viejos labrantines, embotaos por la briega,
mientras en los rollizos ijares de los potros
se junden las espuelas,
y restallan las furias del galope tendió
sobre la tierra parda, qu'orgullosa retiembla,
despertando al recuerdo de jazañas d'antaño
que regaron con sangre de infieles su corteza.

¡Alante, alante! —icen
tambores y trompetas.

Y en cata de los gallos rebrincan los jinetes
dando a la vuelta y torna chisfarratás certeras;
y a cada tajo en firme, rezumba el alboroto
del pueblo, enardecío, que grita y palmetea.

—Un trago por mi mozo, compadre —ice un viejo
levantando su bota de vino de Guareña.
—¡Bravo, Currillo, bravo! Recorta cuando brinques,
no t'escaches la jeta.
—Por las fajas azules apuesto dos lechones.
—¡No te caerá esa breva!
—Por mi nieto y los rojos, un chorizo del cabo
—va gritando la agüela...
Y entre dos zagalinas,
ya pronto casaderas,
queda un ramo d'albeaca
perfumando una apuesta.



Ya tornan los jinetes, al paso castellano,
mostrando en sus arzones las piltrafas sangrientas.
Mercachifles rumbosos
les brindan chirrichoflas y dulzainas caseras.

Ansiedad, cuchicheos;
redoblantes, trompetas...
¡Silencio! El pregonero
va a fallar la contienda:

—Once, los coloraos; y nueve, los azules,
Pedro Cortés, el nieto d'Alfonsa la yegüera,
seis viajes, seis tajos;
seis tajos, seis caezas.
Pedro Cortés; en nombre del Concejo os nombramos
capitán de la fiesta.

Y el mozo sale al medio del lejío. Se cuadra,
se quita la montera
y marca, cimbreándose sobre su potro negro,
garbosas reverencias.

Y el pueblo s'alborota,
le saluda con vivas, le aplaude, le corteja...
Y a su paso enrojecen las mocinas tempranas,
le saludan los viejos y le palpan las viejas.

Y el castillo —glorioso relicario d'un pueblo
de valientes que supo dilatar sus fronteras
hasta imponer, al tajo de sus recias tizonas,
a la joven América
su cultura, sus leyes,
su Dios y su bandera—,

el castillo soberbio,
qu'hoy cubre con yerbajos las caries de sus piedras,
y que opuso a los siglos sus pardos torreones
que levantó la Gloria y respetó la Guerra,
pues se runde tan sólo
al peso formidable de su propia grandeza,
sonríe, con sonrisa de titán derrengao,
al cachorro bragao que ganó las carreras.

XII
LA SEMENTERA
antes que el sol ascienda majestuoso
coronando la paz de los oteros,
la forja del lugar anuncia el día
con sencillo y jovial chisporroteo.

Resopla el fuelle. La tenaza corva
junde la reja en el carbón de brezo
que enclueca el espetón. Las chispas bullen
como abejas de fuego;
y el yunque patriarcal, a las caricias
del alegre martillo bullanguero,
vibra sonoro, en el silencio grave,
despertando al trajín a los labriegos.

Después, el misterioso
breve murmullo de los desperezos;
la voz del gallo saludando al alba,
el nervioso vaivén del ajetreo,
y el toque d'oración, a cuyas notas
vaga el Ave María por el pueblo,
Y en un beso de luz del sol naciente,
la ofrenda del trebajo sube al cielo.



Al pie d'un azauche vejestorio,
que centra los lindazos del terrero,
Bastián y Mari-Rosa rezan juntos
la oración de la siembra. Los labriegos
que vienen por las trochas se descubren,
se santiguan y pasan en silencio.

«Cacho e tierra que tienes entrañas
que moldean la entraña del pueblo.
Cacho e tierra que ordeñas y endulzas
y cuajas el agrio süor del labriego:

Yo te traigo la güena simiente,
la flor del granero:
trigo rubio, más rubio que el oro
que d'América trajo el agüelo;
trigo rubio que en pan convirtiera
la Jambre, si Amor no anduviera por medio.

Ten allá. Y en la paz de tus surcos,
y al calor maternal de tus senos,
que brote, que brote. Que tallos lustrosos
saluden, airosos, al paso del viento,
mostrando gozosos hermosas espigas,
Y aluego
cuando al sol el jocino relumbre
terrible, siniestro,
que humildes agachen sus testas de oro
como sí el jocino les pidiera un beso.

Cacho e tierra que tienes entrañas
que moldean la entraña del pueblo:
Dios te salve de grama y cenizo,
Dios te salve de la ira del trueno,
Dios te salve del hombre sin nombre
que trunca, cobarde y brutal, tus empreños;
Dios te salve de hechizo de bruja,
Dios te salve del ala del cuervo,
que trueca en negrillo la espiga que toca
¡Dios te salve y te dé buen tempero!»



¡Qué bonita qu'está la Mari-Rosa!
se dicen los que cruzan el sendero,
camino de sus tierras, ¡Con qué garbo
ciñen la gracia del justillo nuevo
los ramales de crines, que sostienen
el zurrón de pellejo!
¡Paece la Vigen de la sementera
que bajara del Cielo!

—¡Qué bonita que está la Mari-Rosa!
Se dice un zagalillo, que, a lo lejos,
de pie sobre un jalón, cual estatuilla
de barro qu'el sol bruñe, mira atento
cómo la moza tira la simiente
precisando el alcance del voleo.
¡Paece la Vigen de la Sementera
que bajara del Cielo!

—¡Qué bonita qu'está la Mari-Rosa!
Se dicen, a su vez, el sol, el viento,
la tierra labrantía,
el alcudón, la alondra y el triguero.
¡Qué bonita qu'está! Y el sol la besa,
y, juguetón, ciñe su talle el viento,
y cantan las alondras, y a su paso
se abre la tierra en surcos, sonriendo.
¡Paece la Vigen de la Sementera
que bajara del Cielo!

¡Qué bonita qu'está mi Mari-Rosa!
Se dice el mozo, que por un momento
para la yunta pa secar su frente
y aspirar el aroma del resensio.
¡Qué bonita qu'está! Y ha de ser mía,
mía pa siempre, ¡pa siempre! Y será luego
la madre de mis hijos: la maestra
que les enseñe dende nuevos
dónde está Dios y dónde está la tierra
de donde sale el pan que nos comemos.
¡Qué bonita qu'está qué repreciosa,
qué firme y qué garboso tiene el cuerpo!...
¡Quién fuera el airecino que revuela
los faralares de su zagalejo!

Y ella mira, comprende, s'arrebola,
sonríe coquetuela; tira luego
unos granos de trigo contra el mozo
mientras que, mimosina, va diciendo:
—Déjame que te siembre, pa que broten
en tu magín los güenos pensamientos—.
Y el gozo bailarín brinca y retoza
en sus ojillos claros entreabiertos...
¡Paece la Vigen de la Sementera
que bajara del Cielo!

Una vieja canción d'amores pasa
cuchicheando con el viento.
Tiemblan esquilas en los andurriales;
suenan lejanos los cencerros;
canta un zorzal; murmullos leves
siembran la paz en el resensio.

Turba de pronto la inefable calma
brusco tropel, vertiginoso estrépito
que de las altas cumbres de la jesa
se derrumba, roando por el brejo.
Son cazaores que corriendo potros
vienen de La Morgaña con sus perros.

Mari-Rosa y Bastián ven una liebre
que llega mu surita, de garbeo,
por la linde adelante, y s'acurruca
detrás d'unas matillas de jelecho.

Un perrillo nervioso corretea
por entre las magarzas del lindero,
meneando la cola. Cuatro galgos
se mantienen, astutos, al rececho.

El perro ve la liebre, tiende el rabo,
queda parao en seco,
y encandila los ojos, que semejan
dos carbuncos de fuego.
Y azuza el galopín; salta la liebre,
corren los potros, jipan los podencos,
se revuelven los galgos, vociferan
a la zaga, ya roncos, los perreros…,
y en confuso tropel van devastando
los surcos por Bastián recién abiertos.

La paz fecunda de los campos juye
por un rayo de sol, clamando al Cielo.

—Es Fermín, que divierte a los señores
cazando liebres a la vera el pueblo,
—dice Bastián— mirando sus amielgas
ya trastocás en un rejollaero.

—¡Alante, alante! —dice Mari-Rosa—;
sembraremos de nuevo.



Ya entre desluces, cuando las campanas
traen de la iglesia la señal del rezo,
al pie del azauche vejestorio
que centra los lindazos del terrero.
Bastián y Mari-Rosa rezan juntos
la oración de la siembra. Los labriegos
que vuelven por las trochas se descubren,
se santiguan y pasan en silencio.
Cacho e tierra que llenas el mundo
que tus hijos llevamos por drento.
Cacho e tierra que tienes entrañas
que moldean la entraña del pueblo:
Dios te salve de grama y cenizo,
Dios te salve de la ira del trueno,
Dios te salve del hombre sin nombre
que trunca, cobarde y brutal, tus empreños;
Dios te salve... ¡del hombre!
Dios te salve y te dé buen tempero.
¡Dios te salve
y te dé buen tempero!…





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