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Fábulas de Esopo, filósofo moral, y de otros famosos autores/La prueba de la amistad

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Fábulas de Esopo, filósofo moral, y de otros famosos autores: arregladas a la última ortografía de la academia, mejoradas y añadidas en esta nueva edición (1845)
de Esopo
La prueba de la amistad

La prueba de la Amistad.

Lucano, sabio de la Arabia, despues de haber dado saludables consejos y doctrinas á su hijo, le preguntó: hijo mio, dime: ¿cuántos amigos tienes? Respondió el hijo: segun yo pienso, tengo mas de cien amigos. Díjole el padre: hijo mio, no puedes decir que uno es amigo tuyo, hasta que lo hayas probado. Yo tengo mas años que tú, y hasta ahora no he hallado sino un medio amigo y tú sin haberlos probado dices que tienes cien? Pruébalos primero antes de creer que son amigos. Respondió el hijo: padre, ¿cómo los tengo de probar? Dijo el padre: prevente de esta manera. Mata un becerro, mételo en un saco, y ház que el saco quede un poco ensangrentado de a fuera. Llévalo á alguno de estos amigos que tienes, y díle que es un hombre que has muerto; y que le ruegas como amigo, que te ayude á ocultar tu delito y á enterrar al muerto, porque la justicia no te castigue. Así los irás probando á todos, y entre tanto verás si encuentras á uno, que te sea amigo.

El hijo hizo cuanto el padre le aconsejó, y el primer amigo á quien fué á encontrar, respondió así: amigo, véte allá con tu muerto, no entres con él en casa; si cometiste este delito, prepárate para el castigo. Yendo despues de un amigo á otro amigo, requiriéndolos con las mismas palabras que le dijo el padre, todos le respondieron casi del mismo modo: amigo, el caso es grave, y tal, que no conviene que entres en nuestras casas; allá te las hayas; pues si tú cometiste este crímen, no nos metas á nosotros en peligro.

Se volvió el hijo al padre, y refirióle todo lo que le habia pasado. El cual dijo entónces á su hijo: hasta aquí has esperimentado lo que dice el filósofo que muchos se llaman amigos; pero son pocos ó ninguno en la realidad. Ahora véte á encontrar á aquel medio amigo mio, y ház con él la misma prueba, y veas lo que te dirá. El hijo se fué á encontrarle, y le dijo lo mismo que habia dicho á sus fingidos amigos, diciendo que era un hombre que habia muerto, &c. El cual le dijo entra, muchacho, porque no conviene manifestar este secreto á los vecinos; y despues hizo que saliese de casa su muger y la familia, y quedando solos, empezó á cavar para enterrar el saco con el muerto sin que nadie lo sapiese; pero no fué menester, porque el hijo descubrió todo el hecho á aquel hombre, y dándole las debidas gracias se volvió á su padre, y le refirió lo que le habia pasado. Entónces dijo el padre: de semejantes amigos habla el filósofo, cuando dice: aquel es buen amigo, que te ayuda en la necesidad.

Viendo el hijo que un medio amigo hacia esto, preguntó al padre: ¿viste jamas á algun amigo entero? Respondio el padre: no lo he visto jamas; pero lo he oido contar una vez. Pidióle el hijo entonces que se lo refiriese. Dijo el padre: lo que oí contar fué de dos mercaderes, de los cuales el uno vivia en Egipto y el otro en Beldach, y solo se conocian de oidas, y por cartas que se enviaban uno á otro por razon de comercio. Pasado algun tiempo el mercader de Beldach se fué á Egipto, salio su amigo á recibirle, y se lo llevo á su casa, sirviéndole y tratándole con la mayor amistad. Estando allí muy regalado el mercader de Beldach, cayó gravemente enfermo. Su amigo llamó á los médicos de aquella ciudad, los cuales vinieron y tomáronle el pulso, dijeron que su enfermedad no era del cuerpo, sino del ánimo, ó bien que estaba enamorado, ó que tenia mucha codicia. Oida la relacion de los médicos el mercader de Egipto se fué al de Beldach, y le dijo: si habia en casa alguna muger, de la cual estuviese él enamorado, y fuese causa de su enfermedad. Respondió el enfermo: muéstrame todas las mugeres de la casa que te diré la verdad. El mercader de Egipto hizo poner delante de él todas las mugeres de su casa. Entre ellas habia una muchacha muy hermosa, á la cual amaba mucho el mercader de Egipto, y la tenia para casarse con ella. Viéndola el de Beldach, dijo: amigo, de esta depende mi vida ó mi muerte. Oidas estas palabras, y sin dilacion luego le entregó aquella muchacha por muger, y casándose con ella, cobró al instante la salud y se volvió á su tierra.

Despues de algun tiempo sucedió que aquel mercader de Egipto perdió todos sus bienes, y se vió reducido á la mayor miseria. Deliberó entónces ir á ampararse de aquel amigo que tenia en Beldach. Llegó allí una noche may triste, y desconsolado se fué al templo. Cuando salió, vió que dos hombres reñian, y que el uno mató al otro, y se escapó: quedándose él allí aturdido. Los vecinos que oyeren el ruido, salieron á ver qué cosa era, y hallaron un hombre muerto. Buscaron luego quien habia sido el agresor, y hallando solo el mercader de Egipto, le prendieron, y preguntaron, si él habia muerto aquel hombre. El mercader, que cansado de su desgracia deseaba morir, dijo: sí, yo le maté. Oido esto le llevaron á los jueces, los cuales le condenaron á la horca. Acudió mucho gentío á ver la sentencia, segun costumbre, y entre otros fué tambien su amigo, á quien habia hospedado en su casa, y viendo que el que llevaban á la horca era su amigo de Egipto, acordándose de los muchos beneficios que habia recibido de él, deliberó y determinó padecer la muerte por él, y dijo en voz alta: ¡ó jueces! ¿por qué condenasteis y quereis matar á quien no tiene culpa? Este que llevais al suplicio no merece la muerte; yo soy el que la merezco, pues yo fuí el que mató al hombre. Los jueces oyendo esto le prendieron, y condenaron á muerte, y dieron libertad al de Egipto. Pero el hombre que verdaderamente habia hecho la muerte, estuvo presente á todas estas cosas, y viendo la fidelidad grande de dichos dos amigos, y que el uno queria morir por el otro, no pudo disimular mas; é instigado de su propia conciencia, se fué á los jueces, y dijo: oid, señores. La justicia divina me castigaria gravemente, si yo no confesaba mi delito. Yo fuí quien mató aquel hombre, que hallasteis en la calle, no lo dudeis, esto es cierto, y no puedo sufrir que muera este inocente. Yo soy el culpado, condenadme á mí, que estoy pronto á padecer la pena. Los jueces, viendo un caso tan estraño, condujeron á los tres en presencia del rey, refiriéndole de qué manera y forma todo habia pasado. El rey, oyendo que el culpado habia confesado la culpa tan ingenuamente, solo con el fin de librar á un inocente, le perdonó la vida. El mercader de Beldach llevó á su casa al de Egipto, y consolándole en sus desgracias, le dijo: si quieres vivir en mi compañia todo cuanto yo tengo será tuyo; pero si quieres volverte á tu tierra partamos todo cuanto yo tengo en partes iguales, y toma una parte, y yo me quedaré con la otra. Lo hicieron así el mercader de Egipto tomó la mitad de los bienes que le dió su amigo, y se volvió á su tierra.

Acabada esta historia, dijo el hijo á su padre; un amigo como este jamas pienso, ni espero encontrarle.

Las desdichas de tu amigo, si fueres amigo fiel, las has de sentir como él.

Probarás a tus amigos; sabe lo que tienes en ellos, que no es malo conocerlos.