Fábulas en verso:04

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Fábulas en verso castellano
IV - Los premios de la emperatriz​
 de Juan Eugenio Hartzenbusch


La emperatriz Sofía
cuatro veces al año repartía
en pública sesión dos medallones,
cada cual de valor de cien doblones,
premio del colegial y colegiala,
que eran en los exámenes juzgados
en grado superior aventajados.
Vestiditos de gala,
y de curiosa multitud cercados,
entraban juntos en la rica sala,
donde, al son de trompetas y atabales,
a veces con la joya recibían
otros diversos dones
de las pródigas manos imperiales;
al paso que en algunas ocasiones
corridos niño y niña se veían
al recibir, delante
de aquel numerosísimo concurso,
dádiva tan chocante,
que la plebe y la corte, sin recurso,
burlábanse con dura pertinacia
de los dos angelitos: verbi gracia.
Benito y Valentina,
chicos de doce abriles,
él docto en la gramática latina,
y hábil ella en labores femeniles,
fueron los dos electos
por la junta de escuelas competente
como pareja igual, sobresaliente,
como alumnos perfectos
de latín y costura. Lindamente.
Pero es el caso que en palacio había
un pajarito azul, que los defectos
de los niños de escuela descubría;
y el pájaro maldito
contó a la Emperatriz... -¡Qué picardía!
Yo, vamos, el pescuezo le torciera.
Contó de Valentina y de Benito
la corta friolera
de que él era un llorón, y ella una fiera.
Ya llegó el día de función prescrito.
La señorita, pues, y el señorito
prepáranse de prisa y van despacio
(porque mejor los miren) a palacio.
Su Majestad al cuello
les pone, al son del atabal sonoro,
los codiciados medallones de oro;
y después (aquí es ello)
dice a Benito así: Cierta avecilla
que os atisba las faltas y las pilla,
te acusa de marica y apocado;
por lo cual, que te compren he mandado
ese cumplido chal y esa mantilla:
póntelos de contado.
Y usted (dijo a la niña) que es persona
del sexo débil y de clase fina;
pero que audaz y díscola y gritona,
en vez de Valentina,
merece se la llame Valentona,
sepa que por sus rústicas hombradas,
le va a plantar aquí mi camarera
un par de charreteras encarnadas
y una gorra de pelo granadera.

Pues o renuncian a su ser y nombre,
o han de tener por cualidad primera
dulzura la mujer, valor el hombre.


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