Fábulas en verso:44

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Fábulas en verso castellano
XLIV - La tierra de los cojos

de Juan Eugenio Hartzenbusch



No lejos del Estrecho
que hoy es de Gibraltar apellidado,
hubo antes un país, ya sepultado
por la furia del mar. Allí no había
ni un hombre que al andar fuese derecho:
ley natural, que de sorpresa embarga
por única en el mundo todavía,
nacer a los indígenas hacía
con una pierna corta y otra larga.
Salta pues, a los ojos
que a tal disposición de piernas, era
consiguiente y precisa la cojera;
pues aunque hay muchos cojos
por otras causas que decir no importa,
cojo es el que se ve por su desdicha
con una pierna larga y otra corta,
o, términos usando generales,
el que tiene las piernas desiguales.
Aparte de la gracia susodicha,
cual si tuvieran en la lengua nudos
mujeres y varones,
hablaban además a trompicones:
cojos eran en fin y tartamudos.
Arribó a este país un europeo,
y al notar circunstancia tan chocante,
dijo muy arrogante:
Rey voy a ser aquí, pues no cojeo.
El hombre se llevó terrible chasco.
No bien de una ciudad las calles pisa,
cuando viéndole andar los moradores,
quién de lástima exclama, quién de risa:
fruncen el gesto, y aparentan asco
señoritas, señoras y señores:
haciendo muecas y soltando pullas,
sigue la multitud al forastero,
«que anda como los pavos y las grullas»;
y hasta un despilfarrado zapatero,
asiéndole del brazo,
en tomarle medida se empeñaba
para hacerle una bota, que supliera
con lo alto del tacón el gran pedazo
que, según él juzgaba,
en una pierna al otro le faltaba.
Burlado el infeliz de tal manera,
ya no pudo callar. -Pueblo sin juicio
(grita con voz robusta y altanera),
ir derecho no es vicio;
lo vicioso y lo feo
es el vaivén, el torpe bamboleo
que sin cesar vais dando
por no poder andar: yo soy el que ando;
y atónitos de ver mi gallardía,
cada cual imitarme debería,
si esto le fuese dable
a una turba de cojos miserable.
Todas estas injurias imprudentes
no las oyeron bien aquellas gentes;
pues como al son de la primera frase
del colérico huésped, observaron
que no era tartamudo, no esperaron
a que él sus invectivas acabase,
para aturdirle a voces y silbidos.
Cosa fue de taparse los oídos.
-¡Qué-qué-qué-qué (decían) lengua-guaje!
De-de lo que habla el mu-mu-muy salvaje,
la-la mi-mi-mitad se-se co-come.
Que un ma-maestro se-se le-le lleve,
y a fu-fu-fuerza de-de zu-zurridos,
que-que la-la costu-tu-tumbre tome
de-de hablar y an-andar co-como debe.
Si en escapar de allí se tarda un poco,
me le enjaulan por loco.


Tal suele acontecer al desdichado,
que a combatir se atreve
un error por el tiempo consagrado.



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