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Filoctetes (Velasco y García tr.)

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

V

FILOCTETES

Odiseo.
Neoptolemo.
El coro.

Filoctetes.
Un espía.
Heracles.

He aquí la ribera de la tierra de Lemnos rodeada por las olas, no hollada ni habitada por los hombres, donde hace tiempo, ¡oh vástago del más valiente de los helenos! dejé abandonado, por orden de los reyes, al malio, hijo de Peano, cuyo pie destilaba una sangre corrompida. No podíamos hacer tranquilamente ni libaciones ni sacrificios, porque llenaba todo el campamento con quejas y horribles imprecaciones, gritando y lamentándose. Pero ¿de qué sirve decir esto? No es este el momento de largos discursos. Que sepa que estoy aquí, y será inútil toda la astucia con ayuda de la cual espero apoderarme bien pronto de él. A ti toca hacer lo demás y descubrir dónde está la roca que se abre por dos salidas, que es caldeada por Helios á uno y otro lado en invierno, y donde, en verano, circula el viento y convida al sueño. Es posible que veas, algo más abajo, á la izquierda, un agua de fuente, si todavía existe. Acércate en silencio y dime si esas cosas están aún en aquel lugar, para que oigas lo que me queda por decirte y lo hagamos entre los dos.

Rey Odiseo, he aquí eso de que hablas. Me parece ver el antro tal como tú lo has descrito.

¿Abajo ó arriba? Porque nada distingo.

Allá arriba. No oigo rumor alguno de pasos.

Observa si se ha echado á dormir en su albergue.

Veo que este refugio está vacío y sin habitantes.

¿No se encuentra ahí alguna cosa de uso doméstico?

Un montón de hojas holladas, como si se acostase allí alguno.

¿El resto está vacío? ¿No hay nada más?

Una copa de madera, groseramente fabricada, obra de inhábil obrero; además, con qué hacer fuego.

Lo que ves es toda su riqueza.

¡Ah! ¡ah! Veo, además, algunos harapos que están puestos á secar, llenos de sangre corrompida.

Ciertamente, el hombre habita ahí, y no está lejos. ¿Cómo, en efecto, ha de ir lejos aquel cuyo pie sufre un mal antiguo? Habrá ido, como de costumbre, á buscar alimento, ó alguna planta, si la conoce, que calme sus dolores. Envía á este hombre, de descubierta, para que Filoctetes no caiga repentinamente sobre mí, porque, de todos los argivos, yo soy de quien preferiría apoderarse.

Ya ha partido y seguirá las huellas. En cuanto á ti, si quieres otra cosa, habla de nuevo.

¿Qué ordenas, pues?

Hijo de Aquileo, para cumplir la tarea que nos trae aquí, es preciso no sólo ser valiente y fuerte; es necesario también, siquiera me oigas decir lo que antes no me has oído, obrar como yo, puesto que estás aquí para ayudarme.


Es preciso que engañes el ánimo de Filoctetes con palabras dispuestas para seducirle. Cuando te pregunte quién eres y de dónde vienes, dile que eres hijo de Aquileo. No hay para qué ocultar esto; que navegas hacia tu patria, habiendo abandonado la flota de los aqueos, á quienes aborreces violentamente, los cuales, habiéndote hecho dejar tu morada con sus súplicas para sitiar á Ilión, no han querido, á tu llegada, entregarte las armas de Aquileo, que pedías con justo título, y las han entregado á Odiseo. Dices esto abrumándome de tantas palabras ultrajantes como quieras.

No me ofenderé en nada por ello. Pero, si no lo haces, causarás desgracias á todos los argivos. Porque, si el arco y las flechas de Filoctetes no son tomadas, jamás podrás destruir la ciudad de Dárdano. Sabe por qué tú puedes hablar á ese hombre con confianza y seguridad, y por qué ello no me es á mí posible. Tú has navegado, en efecto, no estando ligado por juramento alguno, ni por fuerza, y no eras de la primera expedición. En cuanto á mí, no puedo negar ninguna de esas cosas. Por eso, si tiene su arco y me reconoce, soy muerto, y te perderé conmigo. Te es preciso, pues, emplear con él la astucia, á fin de arrebatarle á hurtadillas sus armas invencibles. Ya sé, hijo, que no está en tu carácter hablar ni obrar mal; pero obtener la victoria es cosa dulce.

Ahora, por una pequeña parte de este día, abandónate á mí sin reserva, y después serás llamado, en todo el tiempo por venir, el más piadoso de los hombres.

En cuanto á mí, Laertiada, aborrezco hacer lo que estoy indignado de oir. No he nacido para servirme de astucias, ni yo, ni, á lo que se dice, el que me engendró. Estoy pronto á llevar á ese hombre por la fuerza, no por la astucia. No teniendo mas que un pie, no triunfará de nosotros que somos tantos. Enviado aquí para ayudarte, temo ser llamado traidor. Prefiero, ¡oh Rey! ser vencido procediendo honradamente, á vencer por medio de una acción ver—gonzosa.

Hijo de un noble padre, yo también, cuando era joven, hace tiempo, tenía la lengua perezosa y la mano pronta; pero, ahora, considerado é intentado todo, veo que la palabra, y no la acción, lo conduce todo entre los mortales.

¿Qué me ordenas, pues, si no es mentir?

Digo que debes apoderarte de Filoctetes por la astucia.

¿Por qué engañarle más bien que persuadirle?

No se le ha de persuadir, y no podrás apoderarte de él por la fuerza.

¿Tan orgullosamente seguro está de sus fuerzas?

Sus flechas causan inevitablemente la muerte.

¿No basta, pues, ser un hombre valiente para acercársele?

Nunca te apoderarás de él sino por la astucia, como yo te digo.

¿Pero no crees, pues, que es vergonzoso decir falsedades?

No, si la mentira trae la salvación.

¿Con qué impudencia se puede hablar así?

Cuando se obra por un provecho, no se debe vacilar.

¿Qué provecho tengo en que vaya á Troya?

Sólo sus flechas tomarán Troya.

¿No soy yo, pues, como se ha dicho, quien la tomará?

Ni tú sin ellas, ni ellas sin ti.

Si ello es así, es preciso apoderarnos de ellas.

Si lo haces, hallarás en ello una doble ventaja.

¿Cuál? Dila, y me negaré á obrar.

Serás tenido á la vez por hábil y valiente.

¡Vamos! Obraré y prescindiré de toda vergüenza.

¿Tienes bien en la mente todo lo que te he aconsejado?

No dudes de ello, puesto que he consentido.

Quédate, pues, aquí y espérale. Yo me voy, para no ser visto aquí, y enviaré el espía á la nave. Si me parece que perdéis tiempo, volveré á enviar aquí á ese mismo hombre, vestido de marinero, para que sea tomado por un desconocido. Si habla artificiosamente, tú, hijo, toma de sus palabras lo que pueda servirte. Yo me voy á la nave. ¡Que Hermes, que urde astucias y que nos ha conducido aquí, nos guíe, y la victoriosa Atena Poliada que me protege siempre!

Estrofa 1

Señor, extranjero en esta tierra extraña, ¿qué diré á ese hombre desconfiado? Enséñamelo. En efecto, la ciencia de quien tiene el cetro divino de Zeus es superior á la ciencia de todos los demás, y el mando supremo, ¡oh hijo! te ha sido legado desde las antiguas edades. Por eso, dime cómo puedo servirte.

Si deseas ver el interior del lugar en que él se guarece, mira ahora con toda confianza; pero, en cuanto venga ese hombre terrible, sal del antro, y, siempre al alcance de mi mano, ven en mi ayuda en el momento oportuno.

Antistrofa I

Me ordenas, ¡oh Rey! aquello de que ya me preocupo hace mucho tiempo, y tengo sobre todo el ojo atento á lo que te interesa. Dime ahora qué retiro habita, dónde está. Conviene, en efecto, que esté yo instruído de ello, para que no aparezca sin esperarle. ¿Cuál es el lugar, cuál es la morada?

¿Qué camino sigue? ¿Está dentro ó fuera?

Mira su morada, esa roca con dos aberturas.

¿Adónde ha ido el desgraciado?

Sin duda habrá ido á buscar alimento, siguiendo es sendero que está cerca de aquí. Se dice, en efecto, que tal es su vida ordinaria, atravesando miserablemente, el desgraciado, á las bestias salvajes con sus aladas flechas, y no pudiendo hallar remedio á sus males.

SÓFOCLES

Estrofa II

Verdaderamente tengo piedad de él, porque á nadie preocupa, y el infeliz no se ve consolado por la presencia de ningún mortal; sino que, siempre solo, sufre un mal horrible, y anda errante, presa del deseo nunca satisfecho de todo lo necesario. ¿Cómo resiste el desdichado? ¡Oh industria vanamente hábil de los mortales! ¡Oh miserables generaciones de hombres para quienes lo amargo de la existencia excede de toda medida!

Antistrofa II

Este que, quizá, no está por debajo de ninguna de las familias antiguas, privado de las cosas de la vida, carece de todo, alejado de los demás hombres, lanzado en medio de las bestias salvajes manchadas ó velludas, devorado por un hambre terrible y por dolores, y presa de inquietudes intolerables; y el eco de sus gritos espantosos y repetidos resuena á lo lejos.

No hay nada en eso de que yo esté sorprendido. Si no me engaño, sus males le vienen de los Dioses, de la cruel Crise. Si ahora sufre ese mal, sin estar cuidado por nadie, es que la voluntad de los Dioses no es que lance sus flechas divinas é invencibles contra Troya, antes que haya llegado el tiempo en que han decidido que sea destruída.

Estrofa III

Cállate, hijo.

¿Qué ocurre?

He oído un rumor, parecido al de un hombre que sufre.

¿Es aquí ó allá? Es el rumor de alguien que camina con trabajo. La voz lamentable venida de lejos no me ha engañado y perturba á los que la oyen. He aquí que se perciben distintamente sus lamentos.

Pero piensa, hijo...

¿En qué?

Antistrofa III

en nuevas inquietudes. No está lejos; hele aquí. No es un pastor que toca la flauta, sino un hombre que grita horriblemente, sea que su pie haya tropezado, sea que haya visto la nave en la inhospitalaria costa, porque grita espantosamente.

¡Ah, extranjeros! ¿Quiénes sois vosotros, que habéis abordado con ayuda del marino remo á esta tierra sin puerto y deshabitada? ¿Diré con verdad de qué patria y de qué raza sois? He aquí, en efecto, el traje heleno que me es tan querido. Pero quiero oir vuestra voz. No retrocedáis espantados de mi feroz aspecto, sino tened piedad de un desgraciado hombre solo, abandonado, sin amigos. Hablad á un hombre abrumado de males, si como amigos venís. Responded, porque no está bien que no me habléis ni que no os responda.

Sabe, pues, por de pronto, extranjero, que somos helenos, puesto que quieres saberlo.

¡Oh amadísimo lenguaje! ¡Ah! ¡cuánto me place oir hablar á un hombre tal después de tan largo tiempo! ¿Quién te ha mandado aquí? ¿Qué necesidad te ha traído? ¿Qué propósito? ¿Qué viento, el más querido de todos los vientos? Revélame todo esto, para que sepa quién eres.

Nací en Esciros, rodeada por las olas, y navego hacia mi patria. Me llaman Neoptolemo, hijo de Aquileo. Ya lo sabes todo.

¡Oh hijo de un padre tan querido, y nacido en un país amado! ¡Oh tú, criado por el viejo Licomedes! ¿Cómo te has visto arrastrado aquí? ¿Desde dónde vienes navegando?

Ahora, vengo de Ilión.

¿Qué dices? Tú no entraste con nosotros en las naves, cuando primeramente partimos para Ilión.

Y tú, ¿tomaste parte en esa calamidad?

¡Oh hijo! ¿no conoces al que estás mirando?

¿Cómo he de conocer á quien jamás he visto?

¿Nunca has oído mi nombre, .ni rumor alguno de los males por los que perezco miserablemente?

Sabe que no sé nada de eso que dices.

¡Oh misérrimo y odiado por los Dioses, puesto que el rumor de mi suerte no ha llegado á mi patria, ni á la Hélada, sino que los que me han rechazado impíamente se callan y se burlan de mí, mientras mi mal aumenta y cada día lo hace más amargo! ¡Oh hijo, oh vástago de Aquileo, yo soy aquel (tal vez lo habrás oído) que posee las flechas de Heracles, Filoctetes, hijo de Peano, á quien los dos jefes de guerra y el rey de los cefalenios arrojaron vergonzosamente, solo, á esta tierra desierta, atormentado por un mal cruel y herido por la mordedura terrible de una víbora homicida.

En tal estado, hijo, me abandonaron y se fueron, habiendo abordado aquí en las naves, de vuelta de Crisa, rodeada por las olas. Alegres, en cuanto me vieron, después de una violenta postración, durmiendo bajo una roca hueca de la costa, se marcharon, dejándome, como á un mendigo, unos harapos y algo de alimento. ¡Ojalá sufran ellos otro tanto! Figúrate, ¡oh hijo! lo que yo experimenté al despertarme, después que hubieron partido, cuántas lágrimas derramé, con qué lamentos sobre mis males, cuando vi que habían desaparecido todas las naves con las que yo navegaba, y que no había aquí ningún hombre que me socorriese y pudiera aliviar mi mal. Y mirando por todo mi alrededor, no vi nada sino mis miserias; y de éstas, ¡oh hijo! tenía gran abundancia. Y el tiempo hacía suceder á un día otro día, y me era preciso, solo, bajo este miserable abrigo, pensar en algún alimento. Este arco me procuraba las cosas necesarias, atravesando las aladas palomas; y entonces, en busca de la que la flecha partida de la cuerda había alcanzado, me deslizaba, arrastrando mi pie miserable. Y cuando era precişo beber ó cortar algunas ramas, si la escarcha se había extendido sobre la tierra, como suele suceder en invierno, caminaba, arrastrándome angustiosamente. Y no tenía fuego; pero, golpeando una piedra con otra piedra, hice brotar con gran trabajo un poco de la escondida llama, y esa llama me ha salvado siempre; porque, con el fuego, tengo todo lo que es preciso en esta morada, menos el fin de mi mal. Ahora, ¡oh hijo! sabe qué isla es ésta. Ningún marino aborda por su gusto. No se halla, en efecto, puerto alguno, ni ningún lugar donde el que navega obtenga ganancia ó sea recibido por un huésped. No se dirige aquí ninguna navegación de hombres prudentes. Alguna vez llegan contra su voluntad, porque esas cosas suceden con frecuencia en una larga vida humana. Los que vienen aquí, ¡oh hijo! me hablan con piedad, lamentan mi destino y me dan además algunos alimentos y algunos vestidos; pero, en cuanto hablo de ello, todos se niegan á conducirme seguramente á mi patria; y, mísero, me veo roído por el hambre y los dolores, este es ya el décimo año, y alimentando una llaga voraz. He aquí lo que me han hecho, ¡oh hijo! los Atreidas y Odiseo. ¡Que los Dioses les inflijan á su vez males semejantes á los que yo he sufrido!

Yo también, no menos que los extranjeros que ya han venido aquí, no puedo sino tener piedad de ti, hijo de Peano.

Y yo sé que tus palabras son veraces, y puedo atestiguarlo, habiendo sufrido á causa de esos hombres malvados, los Atreidas y Odiseo.

¿También tú has recibido alguna injuria de los malditos Atreidas, que así estás irritado?

¡Plegue á los Dioses que, con mi mano, sacie un día mi cólera y que Micenas y Esparta aprendan que también Esciros produce hombres valientes!

¡Bien, oh hijo! Pero ¿de qué procede esa gran cólera que hace que estés aquí?

¡Oh hijo de Peano! Diré, aunque con disgusto, los ultrajes que recibí de ellos cuando llegué. En cuanto la Moira hubo cortado el destino de Aquileo...

¡Oh Dioses! No digas más, antes de que sepa ante todo si, en verdad, ha muerto el hijo de Peleo.

Ha muerto, no por la mano de ningún hombre, sino por la de un dios. Ha sido abatido por el arco de Febo.

Vencedor y vencido, son ambos de buen linaje. Vacilo, no sabiendo, ¡oh hijo! si te interrogaré primero sobre lo que has sufrido, ó si lloraré á Aquileo.

Creo que tienes bastante con tus desdichas sin llorar además las de otro.

Bien has hablado; así, pues, refiéreme desde el principio lo que te concierne y el ultraje que se te ha hecho.

El divino Odiseo y el protector de mi padre vinieron á buscarme en una pintada nave, diciendo, con verdad ó con mentira, no sé, que á ningún otro estaba concedido, después que mi padre había muerto, destruir á Pérgamo. Como hablaban así, no tuvieron que apremiarme mucho tiempo, extranjero, á partir prontamente en la nave. Deseaba en gran manera ver á mi padre muerto y no sepultado todavía, porque nunca le había visto antes. Ciertamente, otro glorioso deseo me impulsaba también, cual era abatir la ciudadela de Troya. Después de dos días de navegación favorable, abordé al áspero promontorio Sigeo. Y tan pronto como salí de la nave, todo el ejército, rodeándome, me saludó. Y juraban que veían de nuevo, vivo, á Aquileo, que ya no existía. Y éste yacía, dispuesto para ser sepultado.

En cuanto á mí, desdichado, después de llorarle, me dirigí á los Atreidas, que debían ser mis amigos como era justo, y reclamé las armas y los demás bienes de mi padre. Pero ¡ay! diéronme esta impudentísima respuesta: «¡Oh hijo de Aquileo! Puedes tomar todos los demás bienes de tu padre; pero otro hombre, el hijo de Laertes, posee sus armas.»» Entonces, con lágrimas, me levanté lleno de cólera é indignaTOMO II ción: «¿De modo, ¡oh miserables! que os habéis atrevido á entregar mis armas sin que yo haya consentido en ello?» Y Odiseo, que estaba allí, me dijo: «Sí, joven, me las han dado con muy buen derecho, porque las salvé salvando el cuerpo de tu padre.» Y yo, en mi cólera, le ultrajé con toda clase de injurias, no perdonando nada, si quería arrebatarme mis armas. Llevado á ese punto, y ofendido, por más que sea pacífico, respondió á lo que había oído: «Tú no estabas donde nosotros estábamos, sino que estabas donde no era preciso que estuvieses. Puesto que hablas tan insolentemente, no has de llevar jamás esas armas á Esciros.» Habiendo recibido este ultraje, vuelvo á mi patria, despojado por el execrable Odiseo nacido de execrables padres; pero no le censuro tanto como á los que tienen el mando. En efecto, toda una ciudad, todo un ejército, pertenecen á quienes los mandan, y los hombres se hacen malos y obran mal, á ejemplo de sus jefes. Ya lo he dicho todo. ¡Que el que aborrezca á los Atreidas sea mi amigo y el de los Dioses!

Estrofa

Tú, que te adornas de montañas, Gea, Nodriza universal, Madre del mismo Zeus, que posees el gran Pactolo lleno de oro, yo te imploré, ¡oh Madre venerable! ¡oh Bienaventurada conducida por los leones matadores de toros! cuando los Atreidas ultrajaron violentamente á éste, y entregaron, honor supremo, las armas paternas al hijo de Laertes.

Traéis una señal manifiesta de dolor, y os quejáis lo mismo que yo. Reconozco las malvadas acciones de los Atreidas y de Odiseo. Sé que éste no niega á su lengua ninguna palabra pérfida ni maldad alguna, y que no hay iniquidades que no pueda cometer. Nada de esto me asombra; pero estoy sorprendido de que el gran Ayax, viendo esas cosas, las haya tolerado.

No estaba ya entre los vivos, ¡oh extranjero! Jamás, en efecto, viviendo él, hubiera sido yo despojado de esas armas..

¿Qué dices? ¿Ha muerto, pues?

Sabe que no disfruta ya de la luz.

¡Desgraciado de mí! ¡Y el hijo de Tideo y esa raza de Sísifo comprada por Laertes, no hay que temer que hayan muerto! Ellos eran quienes no debían vivir.

Ciertamente, no han muerto, sábelo. Florecen ahora en el ejército de los argivos.

¿Y aquel anciano que era valiente, amigo mío, Néstor el de Pilos, vive? Solía refrenar los malvados designios de aquéllos con sus prudentes consejos.

Ahora es muy desgraciado desde la muerte de su hijo Antíloco, que estaba con él.

¡Ay! Tristes cosas me dices de los dos hombres cuya muerte hubiera menos querido saber. ¡Ay! ¡ay! ¿qué se debe esperar, cuando éstos perecen y cuando Odiseo sobrevive y no está donde era menester que estuviese, en lugar de los que han muerto?

Ese es un luchador astuto; pero ¡oh Filoctetes! los propósitos de la astucia se ven con frecuencia burlados.

Pero, te suplico, ¿dónde estaba entonces Patroclo, que era tan querido de tu padre?

También él había muerto. Te explicaré esto en pocas palabras: la guerra no mata con gusto ningún hombre malvado, sino que mata siempre los mejores.

Lo atestiguo juntamente contigo. Así, pues, te preguntaré por ese hombre despreciable, pronto de lengua y astuto. ¿Qué hace ahora?

¿Por quién me preguntas, si no es por Odiseo?

No hablo de él. Pero había un tal Tersites que rehusaba no repetir lo que no agradaba á nadie. ¿Sabes si vive todavía?

No le he visto. He oído decir que vivía.

Ciertamente, así tenía que ser. Ningún malvado muere, en efecto. Los Genios les rodean de cuidados. Los que son astutos y acostumbrados á hacer mal, les llaman de buen grado del Hades; los que son justos é irreprochables, suelen enviarles á él. ¿Qué pensar de estas cosas? ¿Por quién serán alabadas? ¡Quisiera alabar las acciones de los Dioses, y encuentro á los Dioses mismos inicuos!

En cuanto á mí, en verdad, ¡oh hijo de un padre etaense!

en adelante miraré de lejos á Ilión y á los Atreidas, y me guardaré de ellos. Puesto que, allí donde están, el peor ¡Oh hijo! ¿ya partís?

prevalece sobre el bueno, la virtud perece y el cobarde es poderoso, jamás amaré á tales hombres. La rocosa Esciros me bastará de hoy más, y me regocijaré en mi morada.

Ahora me voy á mi nave. En cuanto á ti, hijo de Peano, sé feliz. Que los Dioses te libren de tu mal, como deseas.

Nosotros, ¡vamos! para partir en cuanto un dios nos con'ceda navegar felizmente.

Nos es preciso esperar más bien de cerca que de lejos el instante de la navegación.

¡Por tu padre, por tu madre, ¡oh hijo! por todo lo que te es caro en tu morada, te suplico y te imploro, para que no me dejes solo, abandonado á estos males de que me ves agobiado ó que has sabido! Antes bien, tómame como un aumento de carga. Bien sé la pesadez de esta carga; sin embargo, llévala. Lo que es vergonzoso inspira horror á los espíritus dotados de generosidad, y ellos se glorian de lo que es honrado. Si esto me es negado por ti, tu oprobio será horrible. Si me salvas, ¡oh hijo! y vuelvo vivo á la tierra etaense, serás con mucha gloria alabado. ¡Vamos! No durará ese trabajo todo un día. Decídete, y, al llevarme, échame donde quieras, en la sentina, á proa, á popa, allí donde menos carga sea para los tuyos. ¡Consiente! Conjúrote por Zeus vengador de los que suplican, no seas inexorable, ¡oh hijo! A tus plantas me postro, aunque baldado y cojo.

No me dejes, te conjuro, abandonado aquí, lejos de toda humana huella; antes bien, llévame, sea á tu patria, sea á Eubea de Calcodón. Desde allí, no será larga la navegación hasta el Eta, la altura traquinense y el Esperquio de hermoso curso. Vuélveme á mi padre, que me es tan querido.

Temo hace mucho tiempo que haya muerto. Frecuentemente, en efecto, con los que han llegado aquí, le he enviado mis súplicas para que me llevase él mismo en una nave á su patria; pero, ó ha sido víctima del destino, ó los que he enviado, poco cuidadosos de mis intereses, como es costumbre, se han apresurado hacia sus moradas. Ahora, acudo á ti para que seas mi conductor y mi mensajero. Sálvame, ten compasión, pensando cuán llenas de terrores y peligros están todas las cosas, prósperas ó no, para los mortales. Es necesario que el que no es presa de los males piense en preverlos. ¡Si alguno vive dichoso, entonces que vigile cuidadosamente, para evitar perecer por su imprudencia!

Antistrofa

Ten piedad, ¡oh Rey! Ha referido las miserias sin número é intolerables de que está abrumado. ¡Que ninguno de los que me son queridos sufra otro tanto! Si aborreces, ¡oh Rey!

á los funestos Atreidas, ciertamente, yo tornaré en provecho de éste el ultraje que aquéllos te hicieron á ti y á él, y huyendo la venganza de los Dioses, le transportaré á su patria, como ardientemente desea, en la rápida y bien provista nave.

Mira si, ahora, no eres demasiado complaciente, y tienes cuidado de no hablar así cuando te halles bajo el enojo de su presencia y de su mal.

No, no. Jamás me reprocharás eso con justicia.

Sería vergonzoso que yo anduviera más lento que tú para venir en ayuda de este extranjero, como es ya tiempo.

Si, pues, te parece así, hagámonos á la mar. ¡Que venga al punto! La nave le conducirá, y no obtendrá una negativa.

Solamente, ¡que los Dioses nos lleven sanos y salvos desde esta tierra al lugar adonde dirigimos nuestro rumbo!

¡Oh día felicísimo! ¡Oh el más benigno de los hombres!

¡Oh remeros queridos! ¡Que pueda yo probaros cuánto os estoy reconocido, yo á quien habéis dado socorro! Vamos, hijo. después de haber saludado á esta morada que no se puede habitar, para que sepas de qué manera he soportado la vida y cuán animoso he sido. Creo, en efecto, que nadie mas que yo hubiera podido solamente mirar lo que he sufrido, pero he aprendido de la necesidad á someterme á mis males con resignación.

¡Teneos! Escuchemos. Dos hombres vienen aquí; el uno es un marinero de la nave y el otro es extranjero. Cuando les hayáis escuchado, entraréis.

Hijo de Aquileo, he pedido á este hombre, tu compañero, que, con otros dos, guardaba la nave, que me indicase el lugar en que estabas, puesto que, contra lo que esperaba, te he encontrado, habiendo sido conducido por casualidad hacia esta tierra. Navegaba, en efecto, como mercader, con unos pocos compañeros, de Ilión hacia mi país, Pepáreto rica en viñedos, cuando he oído decir que todos estos marineros habían navegado contigo. Me ha parecido que debía no callarme, y no hacerme á la vela antes de venir á ti y ser recompensado por mi noticia; porque es posible que no sepas nada de los nuevos propósitos de los argivos acerca de ti; y no son solamente propósitos, sino actos que no tardarán á realizarse.

Tu solicitud, extranjero, si no tengo el corazón ingrato, hará que te esté siempre reconocido. Explícame, pues, lo que has dicho, para que sepa lo que ha llegado á tu noticia de los nuevos designios de los argivos contra mí.

El viejo Fénix y los hijos de Teseo se han embarcado para perseguirte.

¿Es por la fuerza ó por la persuasión como quieren reducirme?

No lo sé; te digo lo que he oído.

¿Fénix y los que han entrado con él en la nave, vienen con ese ardor por agradar á los Atreidas?

Sabe que la cosa no está por hacer, sino que se hace.

¿Y Odiseo no se hallaba pronto á partir para llevar él mismo esa orden? ¿Es el miedo lo que le ha detenido?

Odiseo y el hijo de Tideo se disponían á ir á buscar á otro hombre cuando yo me hice á la vela.

¿Quién es ese en busca del que el mismo Odiseo navegaba?

Ciertamente, era... pero, ante todo, dime quién es este hombre, y lo que digas, no lo digas en alta voz.

Extranjero, es el ilustre Filoctetes.

No me preguntes más; antes bien, desamarra con gran prontitud tu nave y huye de este lugar.

¿Qué dice, oh hijo? ¿Por qué ese marinero quiere venderme dirigiéndote esas oscuras palabras?

No comprendo lo que quiere decir. Es preciso que hable en alta voz y claramente á mí, á ti y á éstos.

¡Oh hijo de Aquileo! No me hagas odioso al éjercito, haciéndome decir lo que no debería revelar. He recibido de ellos, en efecto, grandes recompensas por los servicios que les presto, tanto como puede hacerlo un hombre pobre.

Estoy irritado contra los Atreidas, y este hombre me es muy querido porque aborrece á los Atreidas. Te es preciso, pues, habiendo venido á mí con benevolencia, no ocultarme nada de lo que sabes de ellos.

Mira lo que haces, hijo.

¡Sea! Habla.

Hace mucho tiempo que lo he mirado.

Diré que sólo tú tienes la culpa.

Hablaré. Los dos hombres que he dicho, el hijo de Tideo y la experiencia de Odiseo, vienen en busca de éste, habiendo jurado que le persuadirían ó le llevarían consigo por la fuerza. Todos los aqueos han oído á Odiseo declararlo en alta voz, porque estaba más seguro que el otro de llevar a cabo esto.

¿Por qué causa, después de largos años, los Atreidas se preocupaban tanto de Filoctetes á quien expulsaron hace tanto tiempo? ¿Se veían impulsados á ello por un remordimiento, ó por la fuerza y la venganza de los Dioses que castigan las acciones criminales?

Te daré noticia de todo eso, porque, sin duda, no lo sabes. Había un adivino de buen linaje, hijo de Príamo, que se llamaba Heleno. El sutil Odiseo, cuyos oídos están acostumbrados á oir toda especie de ultrajes y de injurias, habiendo salido solo durante la noche, cogió á Heleno, y llevándole, atado, en medio de los aqueos, les mostró aquella hermosa presa. Este, entre otras profecías, les predijo que no destruirían jamás la ciudadela de Troya, á menos de llevar á Filoctetes, por la persuasión, fuera de esta isla que ahora habita. Apenas hubo oído al adivino el hijo de Laertes, cuando resolvió al momento volver á llevar á Filoctetes entre los aqueos. Pensaba apoderarse de él por su propio consentimiento, ó, al menos, por la fuerza; y daba su cabeza á cortar si no lo hacía. Ya lo sabes todo, hijo. Parte á toda prisa, tú y éste por quien te interesas.

¡Ay! ¡Desgraciado de mí! Ese hombre, esa peste, ha jurado que me llevará por la persuasión entre los aqueos. Me persuadirá tanto como, una vez muerto, á volver del Hades á la luz, cual hizo su padre.

No sé nada de eso, pero me voy á mi nave. ¡Que un dios sea en vuestra ayuda!

¿No es amargo, joh joven! que el hijo de Laertes espere llevarme consigo, después de persuadirme con dulces palabras, y mostrarme en medio de los aqueos? No, ciertamente. ¡De mejor gana escucharía á la execrable víbora que me dejó cojo! Pero no hay nada que él no diga ó no ose.

Ahora, bien lo sé, vendrá. ¡Oh hijo, partamos! ¡Que un ancho mar nos separe de la nave de Odiseo! ¡Vamos! Quien se apresura á tiempo, puede gozar del sueño y del reposo, habiendo acabado su trabajo.

Cuando cese el viento que sopla de proa, desamarraremos la nave. Ahora es contrario.

El viento es siempre favorable cuando se huye de la desgracia.

Ya lo sé, pero su soplo les es también contrario.

Ningún viento es contrario para los ladrones, si quieren robar y hacer violencia.

Ven, pues, si te place. Vamos, y toma en tu morada aquello de que te sirvas que más desees.

En efecto, hay allí cosas de que tengo necesidad, pero no tengo que escoger entre muchas riquezas.

¿Qué hay aquí que no esté en mi nave?

Tengo una planta con ayuda de la cual acostumbro á calmar mi mal y disminuir su dolor.

Llévala, pues. ¿Hay otra cosa que quieras coger?

Voy á ver si he olvidado alguna flecha de éstas, por miedo de dejarla coger por alguien.

¿No es éste ese famoso arco que posees?

El mismo que llevo en las manos. No tengo otro.

¿Puedo contemplarlo de cerca, tocarlo y besarlo como si fuese un dios?

¡Oh hijo mío! Sí puedes, esto y todo lo que quieras de lo que poseo.

Lo deseo en verdad, pero en tanto que mi deseo sea legítimo; si no, rehúsamelo.

Hablas con piedad, y te está permitido esto, ¡oh hijo! á ti que eres el único que me ha concedido ver el esplendor de Helios, y la tierra etaense, y á mi anciano padre, y á mis amigos, y me has sacado de mi postración bajo los pies de mis enemigos para elevarme por encima de ellos. TranquiEntra, pueslízate. Te será permitido tocar este arco, y lo devolverás á quien te lo ha confiado, y podrás gloriarte de que, por tu virtud, y el único entre todos los mortales, has podido tocarlo. Yo mismo, por un servicio prestado, fué por lo que lo adquirí.


Yo te guiaré, pero la violencia de mi mal reclama tu ayuda.

Estrofa 1

He oído decir, porque no lo he visto, que el omnipotente hijo de Cronos había atado á Ixión á una rueda volteante, porque había deseado el tálamo de Zeus; pero jamás he oído decir, que me acuerde, y jamás he visto que ninguno de los mortales haya sufrido un destino más terrible que este que, no habiendo cometido una acción malvada ó violenta, perece de un modo tan indigno. Y estoy lleno de asombro de que, solo, y oyendo por todos lados el rugido de las olas que se rompen, haya podido arrostrar su vida lamentable.

Antistrofa 1

No tenía compañero alguno, ningún testigo de su miseria, cerca de quien y con el cual pudiese Ilorar por su Ilaga sangrienta y voraz, que calmase, con ayuda de suaves hierbas arrancadas á la tierra bienhechora, el ardiente flujo de la sangre que brotaba de la herida. Solía entonces, cuando el cruel ardor del mal se mitigaba, ir de aquí para allá, arrastrándose como un niño sin. nodriza, á buscar algún alivio á sus dolores.

Estrofa II

No hacía su alimento de los frutos de la tierra sagrada, ni de ninguna de las otras cosas con que se sustentan los hombres industriosos; sino que no se mantenía mas que con lo que cazaba con las flechas aladas de su arco. ¡Oh, el desgraciado, que no ha bebido vino durante diez años, y que se arrastraba siempre hacia el agua estancada cuando la veía!

SOFOCLES

Antistrofa II

Ahora, ha encontrado al hijo de hombres valerosos, y, libertado victoriosamente de sus males, será dichoso en adelante. La nave que corre sobre el mar le llevará, después de los meses sin número, hacia la morada de las Ninfas maliadas y las riberas del Esperquio, en donde el hombre, cubierto por un escudo de bronce, se reunió á los Dioses, enteramente abrasado por la llama sagrada, sobre las cimas del Eta.

Avanza, si quieres. ¿Por qué callas y te quedas como estupefacto?

¡Ay! ¡ay! ¡ay!

¿Qué es eso?


Nada, nada. Marcha, ¡oh hijo!

¿Es que te aqueja el dolor de tu mal?

No, por cierto. Creo que se ha calmado. ¡Oh Dioses!

¿Para qué invocas así á los Dioses lamentándote?

Para que vengan á nosotros propicios y tutelares. ¡Ay!

¡ay! ¡ay!

¿Qué te sucede? ¿No lo dirás? ¿Permanecerás mudo? Pareces estar atacado por algún mal.

Muero, ¡oh hijo! y no puedo ocultaros mi mal. ¡Ay! ¡ay!

¡ay! ¡ay de mí! ¡Me penetra, me penetra! ¡Desgraciado! ¡oh desgraciado! Muero, hijo, me devora. ¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay de mí! ¡Te conjuro por los Dioses, ¡oh hijo! si tienes una espada en las manos, corta el extremo de mi pie, corta al punto!

¡No economices mi vida, anda, te lo suplico, ¡oh hijo!

¿Qué te ha ocurrido de nuevo que te haga lanzar tales gritos y lamentos?

Tú lo sabes, ¡oh hijo!

¿Qué?

¿Qué? No sé nada.

Tú lo sabes, ¡oh hijo!


¿Cómo no lo sabes? ¡Ay! ¡ay! ¡ay!

¿Es el terrible dolor de tu mal?

Terrible, en efecto, é indescriptible. Pero ten piedad de mí.

¿Qué he de hacer, pues?

No me traiciones por temor á mi mal. Viene después de haber vagado largo tiempo y se ceba como tiene costumbre de cebarse.

¡Ay! ¡oh desgraciado! ¡ay, tú que estás miserablemente abrumado por tantos males! ¿quieres que te coja, que te dé la mano?

No, eso no; pero toma este arco, como me pedías hace poco; tómalo y guárdalo hasta que el dolor de mi mal se apacigüe. En efecto, el sueño se apodera de mí tan pronto como mi mal ha cesado, y no me veo antes libre de él. Pero es preciso que me dejes dormir tranquilo. Si, durante ese tiempo, llegan, ¡por los Dioses! te recomiendo que no les entregues esa armas, ni voluntariamente, ni por la fuerza, ni de modo alguno, so pena de que te mates al mismo tiempo que á mí que soy tu suplicante.

Eso toca á mi vigilancia. Tranquilízate: no estarán encomendadas mas que á ti y á mí. Dámelas, confiando en la fortuna.

Helas aquí, hijo, tómalas, y pide á la divina Envidia que no te ocurra una desgracia como á mí y al que las tuvo antes que yo.

¡Oh Dioses! ¡que esto nos sea concedido, así como una feliz y rápida navegación que nos lleve allí donde un dios estime justo que vayamos!

Temo, ¡oh hijo! que ese voto no se cumpla. He aquí de nuevo que una sangre negra fluye y brota del fondo de mi úlcera, y espero una nueva angustia. ¡Ay! ¡ay! ¡ay de mí! ¡Oh pie, con qué males me agobias! ¡El mal avanza, hele aquí! ¡Ay de mí! ¡Desgraciado! Todo lo sabéis ahora.

No huyáis, yo os conjuro. ¡Ay! ¡ay! ay! ¡Oh extranjero cefalenio, pluguiera á los Dioses que este dolor atacase á tu corazón! ¡Ay de mí! ¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay de mí otra vez! ¡ay!

¡Oh jefes del ejército, Agamenón, Menelao, ojalá vosotros á vuestra vez os veáis desgarrados por el mismo mal durante tan largo tiempo! ¡Ay de mí! ¡ay! ¡Oh muerte! Muerte á quien llamo cada día, ¿nunca puedes venir? ¡Oh hijo! ¡oh bien nacido, cógeme, quémame con el fuego célebre de Lemnos! Ciertamente, cambio de esas armas que tienes ahora, presté, en otro tiempo, el mismo servicio al hijo de Zeus. ¿Qué dices, hijo? ¿qué dices? ¿Por qué callas? ¿En qué piensas, oh hijo?

Hace tiempo que estoy afligido, lamentándome de tus males.

Ten valor, ¡oh hijo! porque si este mal llega con presteza, se va lo mismo. Pero, yo te conjuro, no me dejes solo.

Tranquilízate, nos quedaremos.

¿Te quedarás ciertamente?

Tenlo por seguro.


¡Oh hijo! No quiero obligarte por juramento.

TOMO II

No me es permitido partir sin ti.

Dame la mano en prenda de tu fe.

Hela aquí, porque me quedaré.

Allí, ahora, allí...

¿Dónde dices?

SÓFOCLESarriba...

¡Déjame, déjame!


¿Deliras de nuevo? ¿Por qué miras la bóveda de lo alto?


Déjame de una vez.

¿Dónde he de dejarte?

No quiero alejarme de ti.

Me matarás si me tocas.

Te dejaré, si eres más prudente.

¡Oh tierra, recíbeme, debiendo morir, tal como estoy, porque este mal no me permite volver á levantarme!

Parece que dentro de pocos instantes va el sueño á apoderarse de él. Ved cómo se inclina su cabeza; el sudor inunda todo su cuerpo, y la vena que estalla al extremo de su pie hace brotar una sangre negra. Queridos, dejémosle gustar un sueño tranquilo.

Estrofa

¡Hipno! ¡el que no conoce ni el dolor, ni las miserias, ven á nosotros, oh Rey tranquilo, que apaciguas la vida! Haz durar la serenidad que está extendida ahora sobre sus ojos.

¡Ven, oh tú el que todo lo curas! En cuanto á ti, hijo, piensa si has de quedarte y qué me resta por hacer. Mírale. ¿Qué esperamos para obrar? La ocasión aconseja excelentemente en todas las cosas, y el que la aprovecha con prontitud obtiene una gran victoria.

Nada oye, sin duda, pero sé que en vano seremos los dueños de este arco, si partimos sin él. En efecto, el honor de la victoria le está reservado, y él es el que un dios ordena llevar. Es un vergonzoso oprobio envanecerse de una cosa imperfectamente llevada á cabo y que se debe á engaños.

Antistrofa

Hijo, un dios decidirá de eso. Lo que me respondas, dímelo en voz baja, ¡oh hijo! porque el sueño de los enfermos es ligero y fácilmente interrumpido. Medita, tanto como te sea posible, y á escondidas de éste, lo que has de hacer; porque, si piensas como él, y ya sabes de quién hablo, hay en ello dificultades inextricables para hombres prudentes.

Épodo

Sopla un viento propicio; este hombre no ve nada, está sin fuerzas, echado y sumido en las tinieblas. El sueño del mediodía es profundo. Este hombre no tiene ni manos, ni pies, ni nada, y está como si yaciese en el Hades. Mira lo que tienes que decir. A mi juicio, hijo, la mejor faena es la que se halla libre de todo temor.

Te ordeno callar y no hablar sin razón. Ese hombre remueve los ojos y levanta la cabeza.

¡Oh luz que vienes después del sueño! ¡Oh extranjeros que me habéis velado contra toda esperanza! Jamás, en efecto, ¡oh hijo! hubiera creído que habrías soportado mis males con tanta compasión y hubieses así venido en mi ayuda. Por cierto, los Atreidas, esos valientes jefes, no los aguantaron con tanta facilidad. Pero tú, ¡oh hijo! que eres de natural generoso y desciendes de hombres bien nacidos, todo lo has sufrido, aun atormentado por mis clamores y por el hedor de mi llaga. Y ahora que llega, á lo que parece, el olvido y el reposo de ese mal, levántame, tú mismo, ponme en pie, hijo, para que, cuando la debilidad me haya abandonado, vayamos á tu nave y partamos prontamente.

Me regocijo, contra esperanza, de verte curado de tu dolor, abiertos los ojos y respirando aún. Estabas agobiado por un acceso tal que parecías un hombre que no está ya entre los vivos. Ahora, levántate, ó, si lo prefieres, éstos te llevarán. No rehusarán ese trabajo, si tú y yo juzgamos que es preciso hacerlo.

Te lo agradezco, ¡oh hijo! Levántame, como has pensado.

Deja á éstos, para que no se vean afectados del horrible hedor antes de que sea necesario. Bastante cruel será para ellos habitar la misma nave que yo.

¡Sea! Levántate y apóyate.

Sosiégate. Yo me levantaré como acostumbro.

¡Ay! ¿Qué haré yo ahora?

¿Qué es eso, oh hijo? ¿Por qué esas palabras?

No sé qué giro dar á las difíciles cosas que tengo que decir.

¿Acerca de qué vacilas? No lo dices, ¡oh hijo!

No acierto á expresar lo que tengo que decir.

¿La molestia que te ha de causar mi mal te turba hasta el punto de que no quieras llevarme á tu nave?

Todas las cosas son difíciles cuando se renuncia al natural propio y se emprende lo que es indigno de uno.

Pero nada haces ni dices que sea indigno de tu padre haciendo un servicio á un hombre de bien.

Me veré manifiestamente cubierto de oprobio: esto me atormenta hace tiempo.

No, ciertamente, por lo que haces; pero por tus palabras, lo temo.

¡Oh Zeus! ¿qué hacer? ¿Seré doblemente malvado ocultando lo que es vergonzoso ocultar, ó diciendo ignominiosas mentiras?

Este hombre, si mi pensamiento no me engaña, parece querer traicionarme y partir dejándome aquí.

No te abandonaré; temo más bien que experimentes dolor con que te lleve. Ese temor me tortura hace tiempo.

¿Qué quieres decir, hijo, te suplico? No comprendo tus palabras.

No te ocultaré nada. Es preciso que navegues hacia Troya, los aqueos y la flota de los Atreidas.

¡Ay de mí! ¿qué has dicho?

No te lamentes antes de que lo hayas sabido todo.

¿Qué tengo que saber? ¿Qué piensas hacer de mí en definitiva?

Librarte en primer lugar de tus miserias, luego ir á devastar contigo las llanuras de Troya.

Seriamente piensas hacer eso?

Ello es necesario por encima de todo. No te irrites, por lo tanto, después de haberme oído.

¡Yo muero, desdichado! ¡Estoy traicionado! ¡Tú me has tendido este lazo! Devuélveme al punto el arco y las flechas.

No es posible eso. La justicia y el interés me obligan á obedecer á los jefes.

¡Oh fuego! ¡Oh verdadero horror! ¡Detestable obrero de las peores astucias! ¿Qué has hecho conmigo? ¿Con qué mentiras me has engañado? ¿No tienes vergüenza de mirarme, á mí que me he echado á tus pies, mí que te he suplicado, oh miserable? Arrancándome mi arco me has arrancado la vida. ¡Vuélvemelo, yo te conjuro, vuélvemelo, yo te lo suplico, ¡oh hijo! ¡Por los Dioses de la patria te conjuro, no me quites mi sustento! ¡Ay! ¡Desgraciado de mí! SÓFOCLKS No me habla, y, como si jamás hubiese de devolverme mis armas, vuelve la cara. ¡Oh puertos! ¡Oh promontorios! ¡Oh cavernas de las salvajes bestias de las montañas! ¡Oh rocas escarpadas! ¡A vosotras, que sois mis compañeras habituales, me quejo de los males que me ha hecho el hijo de Aquileo, no teniendo ningún otro á quien pueda hablar!

¡Habiéndome jurado que me llevaría á mi patria, quiere conducirme á Troya; y mi arco, que había recibido de mí empeñándome su fe, lo retiene, por más que sea el arma sagrada de Heracles, hijo de Zeus! ¡Y quiere mostrarlo á los argivos! Como si se hubiera apoderado de un hombre robusto, me arrastra por la fuerza, y no sabe que mata á un muerto, que coge la sombra de un vapor, una imagen vana.

No se hubiera apoderado de mí en todo mi vigor, puesto que no ha podido cogerme sino por la astucia, aun estando enfermo. ¡Desdichado! El fraude es quien me ha vencido.

¿Qué haré? ¡Pero entrégamelo! Vuelve al cabo en ti. ¿Qué dices? ¿Te callas? ¡Muerto soy, desgraciado! ¡Oh roca, que te abres por dos lados, te sufriré de nuevo, desarmado, faltándome el sustento! Y me consumiré, solo, en ese antro, no pudiendo ya atravesar con mis flechas ni al pájaro que vuela, ni á la bestia salvaje que habita esta montaña; antes bien, yo mismo, infeliz, seré muerto y devorado por aquellos de quienes me alimentaba, y me cazarán, mí que antes les cazaba. ¡Desgraciado! ¡yo expiaré su sangre con la mía, y eso por obra de este hombre que yo pensé que no conocía el mal! ¡No perezcas antes que yo sepa si has de cambiar de pensamiento; si no, perece miserablemente!

¿Qué haremos, oh Rey? A ti toca decir si debemos marchar ó ceder á las palabras de este hombre.

En verdad, siento por él una gran piedad, no recientemente, sino hace largo rato.

¡Ten piedad de mí, ¡oh hijo! te conjuro por los Dioses! No hagas, abandonándome cobardemente, que los hombres te cubran de oprobio.

¡Ay! ¿Qué haré? ¡Pluguiera á los Dioses que nunca hubiese dejado á Esciros; tanto esto me hace sufrir!

No eres un hombre malo, pero sin duda has sido instruído por los malos para hacer cosas vergonzosas. Ahora, cumple lo que has prometido á otros y hazte á la vela, habiéndome devuelto primero mis armas.

¿Qué haremos, oh amigos?

¡Oh el peor de los hombres! ¿qué haces? Déjame ese arco, y vete.

¡Oh Dioses! ¿Qué hombre es éste? ¿No oigo á Odiseo?

Ya lo sabes, yo soy, Odiseo es el que ves.

¡Ay de mí! ¡Traicionado estoy, yo muero! ¡El es, pues, quien me ha cogido y despojado de mis armas!

Yo mismo, sábelo, y no otro. Reconozco todo eso.

Devuélveme mi arco, ¡oh hijo! devuélvemelo.

Nunca lo hará, aunque quisiera; antes bien, te es preciso partir juntamente con esas armas, ó éstos te llevarán por la fuerza.

¿A mí? ¡Oh el peor y el más osado de los hombres! ¿Me llevarán por la fuerza?

A menos que no vayas de buen grado.

¡Oh tierra de Lemnos! ¡Oh llama brillante que dominas todo y que Hefesto enciende! ¿Soportaréis que me arrastre por la fuerza de vuestro lado?

Zeus, que impera aquí, es, para que lo sepas, quien lo ha decretado. Yo, cumplo sus órdenes.

¡Oh detestable! ¿Qué te has atrevido á decir? Tomas por pretexto á los Dioses, y les haces mentir.

No, les hago verídicos. Ahora, te es fuerza marchar.

No quiero.

Lo digo. Es preciso que obedezcas.

¡Desgraciado de mí! ¿No engendró, pues, mi padre un hombre libre, sino un esclavo?

No, antes bien el igual de los mejores, juntamente con los cuales tomarás á Troya y la destruirás.

Eso no será jamás, aunque tenga que sufrir toda clase de males, en tanto me quede la alta tierra de esta isla.

¿Qué te preparas á hacer?

Ensangrentaré mi cabeza destrozada al precipitarme desde lo alto de esa roca.

Sujetadle, para que no pueda hacerlo.

¡Oh manos, qué no sufrís, privadas del arco querido y atadas por este hombre! ¡Oh tú que jamás tuviste pensamientos rectos y generosos, cómo me has mentido y cercado, tomando, por escudo para tus astucias, á este joven que me era desconocido, más digno de mí que de ti sin embargo, y que nada sabía, si no es obedecer! Y ahora está manifiestamente afligido por su falta y por lo que yo he sufrido. Pero tu alma perversa, que mira siempre desde la sombra, le ha instruído en la astucia y el mal, á él que era sincero y lo rehusaba. ¡Y ahora, ¡oh malvado! teniéndome atado, quieres llevarme de esta orilla sobre la cual me arrojaste sin amigos, solitario, desterrado, muerto entre los vivos! ¡Ah! ¡Perezcas tú miserablemente! Con frecuencia te he lanzado esta imprecación, pero los Dioses no me otorgan nada favorable.

Y tú vives con alegría, y yo estoy desesperado viviendo en medio de males innumerables, burlado por ti y por los dos jefes Atreidas á quienes sirves en todo esto. Y, sin embargo, tú fuiste obligado por la astucia y por la fuerza á navegar con ellos; y mí, desdichado, que lancé de buen grado siete naves al mar, me arrojaron aquí sin honor, según tú afirmas, porque ellos dicen que eres tú quien lo hizo. ¿Adónde me llevas ahora? ¿Para qué me llevas? ¿Por qué razón? Yo no soy ya nada; estoy ya muerto para vosotros hace mucho tiempo. ¡Oh detestado por los Dioses! ¿ya no soy para ti cojo y fétido? ¿Podréis mejor, si me lleváis con vosotros, suplicar á los Dioses, quemar las piernas consagradas, y hacer libaciones? Porque tal fué tu pretexto para rechazarme. ¡Perezcáis miserablemente! Pereceréis, vosotros que me ultrajasteis, si los Dioses se cuidan de la justicia. Ciertamente, sé bien esto: jamás hubierais hecho este camino por un hombre tan desdichado como yo, si no hubieseis sido excitados divinamente por el aguijón de los remordimientos. ¡Oh tierra de la patria, oh Dioses que todo lo veis, vengadme de todos ellos, por lo menos algún día, si tenéis piedad de mí! Llevo una vida miserable, pero si les viese perdidos, me creería entonces curado de mis males.

Este extranjero es violento, Odiseo, y habla con violen—cia, como un hombre á quien el mal no ha vencido.

Si tuviera tiempo para ello, respondería muchas cosas á sus frases; pero, ahora, no puedo decir mas que una sola palabra. Cuando es necesario proceder con astucia, soy astuto; cuando se trata de un debate entre hombres justos y buenos, no hallarás fácilmente un hombre más piadoso que yo. Ciertamente, está en mi carácter desear siempre la victoria, excepto en lo que á ti se refiere. Ahora, cederé ante ti de buen grado. Dejadle, pues, no le toquéis, permitidle que se quede. No nos harás falta, puesto que poseemos tus armas. Teucro, hábil en este arte, está entre nosotros; y creo que no valgo yo menos que tú para manejar este arco y dar en el blanco. ¿Qué necesidad tenemos de ti? Vive, y habita en Lemnos. Nosotros partimos. Este arco me dará quizá la gloria que tú debías poseer.

¡Ay! ¿Qué haré, desgraciado? ¡Te verán en medio de los argivos, ornado con mis armas!

No me respondas nada más. Me marcho.

¡Oh hijo de Aquileo! ¿No oiré, pues, tu voz? ¿Te irás así en silencio?

¡Vete! No le mires, por más que seas generoso, no sea que malogres nuestra buena fortuna.

¿Y vosotros también, extranjeros, me dejaréis aquí solo?

¿No tendréis piedad de mí?

Este joven manda en nuestra nave: cualquiera cosa que te diga, te decimos.

Aunque deba ser acusado de tener demasiada piedad por éste, quedaos, sin embargo, si tal es su deseo, hasta que se haya vuelto á meter en la nave lo que se ha sacado de ella, y hayamos orado á los Dioses. Quizá, durante ese tiempo, cambie, favorablemente, de sentimiento hacia nosotros. En cuanto os llamemos, venid con prontitud.

Estrofa 1

¡Oh antro de la vacía roca, caliente y frío, no te abandonaré, pues, pobre de mí, y me verás morir! ¡Ay de mí! ¡Oh antro lamentable, tan lleno de mis gemidos! ¿dónde encontraré el alimento de cada día? ¿De dónde nacerá para mí, ¡oh desdichado! la esperanza de sustentarme? ¡Pudieran las aves que huyen con estridente vuelo elevarme á la altura del Eter, porque yo no pongo ningún obstáculo!

¡Tú mismo te has traído esta calamidad, ¡oh desgraciado! No debes este destino á ningún otro más poderoso que tú. Podías ser razonable, y has preferido una suerte peor á un bien mejor.

Antistrofa 1

¡Oh desdichado, desdichado y abrumado de males, aquí pereceré, pues, miserable y sin hombre alguno! ¡Ay de mí!

¡ay! No me sustentaré ya en adelante dirigiendo con mis fuertes manos las aladas flechas. Las palabras astutas y oscuras de un alma falsa me han engañado. ¡Que pueda yo ver al que ha tramado esas insidias agobiado por tantas miserias como yo y por tanto tiempo!

Esto es la voluntad de los Dioses, y esas insidias no han sido tramadas por mis manos. Vuelve sobre otros tus execraciones violentas y funestas, porque yo tengo el deseo de que no rechaces mi amistad.

Estrofa II

¡Ay de mí! ¡ay! Sentado ahora en la blanca orilla del mar, se ríe de mí, agitando en su mano el arco que me sustentó en mi miseria y que nadie había nunca llevado. ¡Oh arco querido, arrancado de mis manos amigas, indudablemente, si algún sentimiento te anima, miras con piedad al compañero de Heracles que no se servirá nunca ya de ti! ¡Eres presa de otro, de un hombre falaz, y ves sus indignos embustes y á ese enemigo detestable excitando con sus viles insidias mis innumerables males, ¡oh Zeus!

Es de hombres decir lo que es justo, y, habiéndolo dicho, no esparcir las palabras rencorosas con su lengua. Ha sido ordenado á éste, entre todos, obrar para el bien común de sus amigos.

Antistrofa II

¡Oh animales alados que yo cazaba, oh bestias feroces de ojos azules que sustenta esta tierra montuosa, no huiréis ya, habiéndoos acercado á mí desde el fondo de las guaridas, porque no tengo ya en las manos mi antigua defensa de dardos! ¡Oh desgraciado de mí! ¡Ahora, este lugar no está ya defendido ni es de temer en adelante para vosotros!

¡Venid! El instante es propicio para devolver matanza por matanza y alimentaros con mi carne manchada de llagas, porque voy bien pronto á dejar la vida. ¿De dónde, en efecto, me vendrá el sustento? ¿Quién puede vivir de aire, cuando no hay nada de lo que produce la tierra bienhechora?

¡Por los Dioses! Si tienes alguna atención con un huésped, muéstrame la misma benevolencia que te he mostrado.

Sabe, sabe bien que está en tu poder librarte de ese mal.

Es, en efecto, lastimoso de sustentar, y no puede soportársele á causa de los grandes dolores que le acompañan.

¿Qué dices?

De nuevo, de nuevo recuerdas mi dolor antiguo, ¡oh tú, el mejor de todos los que han llegado aquí! ¿Por qué me matas? ¿Qué me haces?


¿Has esperado llevarme á la odiosa tierra de Troya?

Creo que eso sería lo mejor. Abandóname, pues.

Tranquilízate.

SÓFOCLES

Voy á hacer de buen grado lo que me pides. Vamos, tornemos á la nave, cada uno al lugar que le corresponde.

Te conjuro, por Zeus que venga á los suplicantes, no te vayas.

¿Por qué gritas?


¡Oh extranjeros, quedaos, por los Dioses!


¡Ay! ¡ay! ¡Dios! ¡Dios! ¡Yo muero, desdichado! ¡Oh_pie, pie! ¿qué haré de ti en esta vida miserable? ¡Yo os conjuro, volved, oh extranjeros!

¿Qué hemos de hacer? ¿Será lo contrario de lo que ya hemos hecho por tu orden?

Es digno de perdón quien delira al hablar, combatido como se ve por una tormenta de dolores.

Ven, pues, ¡oh mísero! como te hemos aconsejado. ¿Qué dices?

¡Jamás, jamás! ¡Tenlo por cierto, aun cuando el Portafuego fulgurante me consumiera con los ardores del rayo!

¡Que perezca Ilión! ¡Que perezcan todos los que la cercan y que pudieron rechazarme á causa de mi pie! Pero, ¡oh extranjeros! conceded al menos una sola de mis súplicas.


Si tenéis con vosotros una espada, un hacha, ú otra arma cualquiera, dádmela.

¿Qué quieres hacer con ella?

¿Para qué?

¡Cortarme la cabeza y las articulaciones de las manos!

No pido, en fin, mas que la muerte.

¿En dónde?

Para encontrar á mi padre.


En el Hades, porque sin duda no goza ya de la luz. ¡Oh patria, pluguiera á los Dioses que me fuese concedido volver á verte, á mí, hombre desgraciado, que abandoné tus sagradas fuentes para ayudar á los odiosos danaos! Ya no soy nada.

TOMO II

Hubiese vuelto hace tiempo á mi nave, si no viera venir hacia nosotros á Odiseo y al hijo de Aquileo.

¿Me dirás para qué has vuelto sobre tus pasos marchando con tanta rapidez?

Para reparar el mal que he hecho.

Me sorprenden tus palabras. ¿Qué mal has hecho tú, pues?

Por obedecerte á ti y á todo el ejército...

¿Qué has hecho que haya sido indigno de ti?

he engañado á un hombre con vergonzosas mentiras é insidias.

¿Qué hombre? ¡Oh Dioses! ¿en qué piensas ahora?

En nada nuevo, sino en el hijo de Peano...

¿Qué pretendes hacer? El temor me asalta.

de quien he recibido ese arco, y en cambio...

¡Oh cielos! ¿qué quieres decir? ¿No pretendes, ciertamente, devolvérselo?

lo tengo, habiéndolo tomado vergonzosa é injustamente.

¡Por los Dioses! ¿dices eso burlándote?

Si es burla decir cosas que son verdad.

¿Qué dices, hijo de Aquileo? ¿Qué palabras has dejado oir?

¿Quieres que repita esas mismas palabras dos y tres veces?

Quisiera no haberlas oído ni una sola vez.

Sábelo, pues, seguramente: has oído todo lo que tenía que decir.

Hay alguien que te impedirá hacer eso.

¿Qué dices? ¿Quién es el que me impedirá hacerlo?

Todo el ejército de los aqueos, y yo, entre ellos.

Aunque seas prudente, no hablas con prudencia.

Y tú, no hablas ni obras con prudencia.

Si mis actos son justos, valen más que los actos prudentes.

¿Y cómo ha de ser justo devolver lo que has adquirido por mis consejos?

Yo me esforzaré en reparar la vergonzosa falta que he cometido.

¿Y no temes al ejército de los aqueos haciendo eso?

Cuando hago una cosa justa, no me detiene el temor de que hablas.

Ciertamente, no está en tu poder que me vea obligado á obrar como te parece.

No serán, pues, los troyanos, sino tú, contra quien combatiremos.

¡Que lo que debe ser sea!

¿Ves mi mano sobre el puño de la espada?

Verás la mía hacer otro tanto y sin más tardar.

Te dejaré, pues, y diré esto á todo el ejército, que te castigará.

Vuelves á la razón, y, si eres siempre prudente de este modo, te verás seguramente siempre fuera de peligro. En cuanto á ti, ¡oh hijo de Peano! Filoctetes, sal, deja esa roca que te resguarda.

¿Qué clamor, qué ruido se eleva cerca de mi antro? ¿Para qué me llamáis? ¿Qué queréis, oh extranjeros? ¡Ay! ¡Es todavía alguna desdicha! ¿Venís á añadir un nuevo mal á mis otros males?

Cobra ánimo. Escucha las palabras que voy á decirte.

Tengo miedo, en verdad, porque he caído ya en la desgracia, seducido por tus bellas palabras y persuadido por ellas.

¿No se puede cambiar de pensamiento?

Tales eran también tus palabras cuando me has arrebatado mi arco por la astucia. Parecías sincero y me dañabas en secreto.

No es lo mismo ahora; sino que quiero que me digas si has resuelto quedarte aquí ó hacerte al mar con nosotros.

¡Cesa! No digas más. Todo lo que digas será inútil.

¿Es esa tu resolución?

Y más todavía, sábelo, de lo que digo.

Hubiera deseado persuadirte con mis palabras, pero, si hablo inútilmente, me callo.

En efecto, hablarías en vano, porque nunca conmoverás mi corazón, tú que me has privado con tus insidias de lo que me sustentaba, y que vienes después á aconsejarme, ¡hijo indigno de un padre excelente! ¡Perezcáis vosotros, los Atreidas primero, luego el hijo de Laertes, y tú!

¡Basta de imprecaciones, y recibe estas armas de mi mano!

¿Qué dices? ¿Son éstas nuevas insidias?

Pongo por testigo á la majestad sagrada del supremo Zeus de que no es eso.

¡Oh! ¡Qué dulces son para mí esas palabras, si son verdaderas!

Los hechos lo probarán. Vamos, extiende la mano y recobra tus armas.

Y yo lo prohibo, que los Dioses lo sepan, en nombre de los Atreidas y de todo el ejército.

¡Oh hijo! ¿no es la voz de Odiseo la que oigo?

Ciertamente, y me ves ante ti, á mí que te llevaré por la fuerza á las llanuras de Troya, que el hijo de Aquileo lo —quiera ó no.

No será impunemente, si este dardo no yerra.

¡Oh! ¡no! ¡Por los Dioses, no lances ese dardo!

¡Suelta mi mano, por los Dioses, mi querido hijo! No la soltaré.

SÓFOCLES


¡Ah! ¿por qué me impides matar con mis flechas á este hombre funesto y odioso?

Porque eso no está bien ni para ti ni para mí.

.

Sabe, sin embargo, que esos jefes de ejército, esos hombres, príncipes de los aqueos, son heraldos de mentiras, cobardes en el combate y atrevidos de lengua.

¡Sea! Ahora tienes tu arco y no tienes razón para irri—tarte contra mí y dirigirme reproches.

Lo reconozco. Has mostrado ¡oh hijo! de qué raza provienes, no de un padre como Sísifo, sino de Aquileo, que pasaba por el mejor entre los vivos, todo el tiempo que vivió, y ahora entre los muertos.

Me regocijo de que alabes á mi padre y á mí mismo; pero oye lo que deseo de ti. Es necesario que los hombres soporten todos los males que les sobrevienen por la voluntad de los Dioses; pero es justo no conceder perdón ni piedad á los que se precipitan ellos mismos en la desgracia, como tú lo haces. Te enfureces y no aceptas ningún consejo, y aborreces á quien te advierte con benevolencia, y le miras como á un enemigo funesto. Hablaré, sin embargo, poniendo por testigo á Zeus, que castiga el perjurio. Escucha mis palabras y grábalas en tu mente. Has sido afligido con ese mal por los Dioses, por haberte acercado al guardián de Crise, á la serpiente vigilante que, escondida, guarda el descubierto altar. Sabe que no hallarás término alguno á ese terrible mal, en tanto tiempo cuanto Helios se levante por aquí y se ponga por allá, antes que hayas ido de buen grado á los llanos de Troya, donde, con la ayuda de los Asclepíadas, que son de los nuestros, serás curado de tu mal y abatirás, con tu arco y conmigo, la ciudadela de Ilión. He aquí cómo he sabido lo que digo. Heleno, el excelente adivino que hemos cogido en Troya, ha predicho claramente que las cosas pasarían así. Además, dijo que está en el destino que Troya entera sea tomada en este mismo año, y consiente que se le mate si se prueba que ha mentido. Sabiendo todo esto, cede de buen grado. Tu parte será gloriosa si, habiendo sido juzgado el más bravo de los helenos, acudes á las manos que te han de curar, y si, después de haber abatido á Troya, que ha causado nuestro duelo, obtienes una altísima gloria.

¡Oh vida detestable! ¿por qué me retienes tan largo tiempo en medio de los vivos y no me dejas marchar hacia Ades?

¡Ay de mí! ¿qué haré? ¿Cómo no ceder á las palabras del que me aconseja con un espíritu benévolo? ¿Cederé, pues? Pero, entonces, desgraciado, ¿de qué modo, sin avergonzarme, me mostraré á la luz, si lo hago? ¿Con quién hablaré? ¡Oh mis ojos, que habéis visto todo lo que se ha hecho contra mí!

¿cómo soportaréis verme vivir con los Atreidas, que me han perdido, y con el execrable hijo de Laertes? El dolor de los males pasados me desgarrará menos que el de los males que tendré que sufrir y que preveo. En efecto, aquellos cuya alma es madre de todos los crímenes, están hechos para ser siempre malvados. Pero una cosa me sorprende en ti: tú debías no volver jamás á Troya, y debías alejarme de allá, puesto que te han ultrajado, despojándote de la gloria de tu padre. ¿Por qué piensas, pues, ir en su ayuda, y me constrines también á ello? ¡No, oh hijo! Al contrario, llévame más bien á mi patria, y, quedándote tú mismo en Esciros, deja perecer á los perversos. Así obrarás de la mejor manera respecto de mí y respecto de tu padre, y, no ayudando á los malvados, no parecerás semejante á ellos.

Dices cosas razonables. Sin embargo, quisiera que, obediente á la voluntad de los Dioses y á mis consejos, dejases esta tierra con un hombre que te ama.

¿Es para ir, con este miserable pie, á los llanos de Troya y ante el execrable hijo de Atreo?

Ante los que te librarán de tu mal purulento y te curarán.

¡Oh tú que me das un consejo funesto! ¿qué dices?

Lo que á ti y á mí ha de sernos ventajoso.

Y, al decir eso, ¿no sientes vergüenza ante los Dioses?

¿Por qué sentir vergüenza de lo que ha de sernos ventajoso?

¡Y esa ventaja de que hablas concierne al Atreida y á mí?

Puesto que soy tu amigo, también te son amigas mis palabras.

¡Cómo! ¿No deseas entregarme á mis enemigos?

Oh querido, aprende de tus males á no ser arrogante!

Me perderás, bién lo sé, con tus palabras.

No, por cierto; pero veo que no las comprendes.

¿No sé que fuí expulsado por las Atreidas?

Ve si los que te expulsaron no te salvarán al fin.

Jamás, de esa manera, volveré á ver á Troya de buen grado.

¿Qué haremos, pues, si nada de lo que digo puede hacerte ceder? Lo más breve es ahorrarme palabras y dejarte vivir sin curación donde ahora vives.

Déjame sufrir los males que es preciso que sufra; pero, lo que me has prometido con la prenda de tu mano, llevarme á mi patria, cúmplelo, ¡oh hijo! No pongas más demora, y no me recuerdes á Troya en adelante. Bastante he gemido y llorado.

Partamos, pues, si es preciso.

¡Oh generosa palabra!

Marcha ahora, apoyado en mí.

En tanto en cuanto tenga fuerza para ello.

SÓFOCLES

¿Cómo escaparé á la venganza de los aqueos?

No tengas cuidado por eso.

Yo estaré allá.

¿Qué sucederá si devastan mi tierra?

¿De qué socorro serás para mí?

¿Cómo dices?

Con las flechas de Heracles...


les expulsaré á lo lejos.

Marcha, pues, después de haber besado esta tierra.

No al menos antes de haber escuchado mis palabras, hijo de Peano. Sabe que la voz de Heracles hiere tus oídos y que ves su rostro. Hé venido aquí por ti, habiendo abandonado la morada urania, para revelarte los designios de Zeus é interceptarte el camino que te preparas á tomar. Escucha, pues, mis palabras. Te recordare primero mis diversas fortunas y los innumerables trabajos que he sufrido y llevado á cabo antes de haber conquistado el inmortal honor de que me ves revestido. Sabe bien que te está señalado un destino semejante, y que gozarás de una vida gloriosa á cambio de tus males. Después que hayas llegado con éste á la ciudad troyana, curarás por de pronto de tu mal terrible, y, elegido como el más bravo de todo el ejército, con ayuda de mis flechas arrancarás la vida á Paris, causa de estos males, y devastarás á Troya; y los despojos que hayas recibido como premio á tu valor los enviarás á tu padre Peano, á tu morada, en las llanuras que se extienden á los pies del Eta, tu patria; pero, en cuanto á los que hayas recibido del ejército, Îlévalos á mi hoguera, como en homenaje á mis flechas. Y á ti, hijo de Aquileo, te advierto también: no podrás abatir á Troya sin él, ni él sin ti; antes bien, unidos como dos leones, no os separéis. Yo enviaré á Ilión á Asclepio, que te librará de tu mal; porque Ilión está destinada á que dos veces la tomen por mis flechas. Y acordaos, cuando devastéis esa ciudad, de honrar piadosamente á los Dioses, porque el Padre Zeus coloca la piedad por encima de todo. La piedad sigue á los mortales al Hades, y, ya vivan ó mueran, no perece.

¡Oh tú que me haces oir tu voz deseada, y que, después de tanto tiempo, me concedes volverte á ver, no seré rebelde á tus palabras!

Y yo también tengo esa resolución.

No pongáis, pues, mayores demoras. He aquí el momento favorable: el viento sopla de popa.

¡Vamos! Pero, al partir, he de saludar á esta tierra. ¡Yo os saludo, oh refugio que me has resguardado, Ninfas, habitantes de las regadas praderas, violento clamor del mar contra el promontorio, donde frecuentemente mi cabeza, en el hueco del antro, fué mojada por los soplos del Noto, y tú, montaña de Hermeo, que me devolviste tantas veces el eco de mis gemidos! Ahora, joh fuentes, oh licor licio! os abandono, sin haber tenido jamás esperanza de ello. ¡Yo te saludo, oh tierra de Lemnos rodeada por las olas! Envíame, sano y salvo, por una feliz navegación, allí donde me conducen la gran Moira y la voluntad de mis amigos y el Dios que todo lo domina y que ha querido esto.

Partamos, pues, todos juntos, después de haber suplicado á las Ninfas del mar, para que nos aseguren el regreso.