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Flor de las nieves

De Wikisource, la biblioteca libre.
Flor de las nieves (1912)
de Eduardo Alejandro Holmberg

Eduardo Alejandro Holmberg





FLOR DE LAS NIEVES















— 1912 —
Tipo-Lito "La Buenos Aires"
— Bolivar 260 —



FLOR DE LAS NIEVES



CAPÍTULO I.


La quena mágica.


—¡Cuando yo tenga una caña!

—¿Y cuándo será, pues!...

—¿No es verdad, Simón, que á tí te gustaría que yo tuviese una caña?

—¡Ya lo creo!

—Cortaría dos pedazos así, de dos palmos, y el resto lo guardaríamos. Después haría dos quenas [1], una para vos, Simón, fíjate, con un lado en punta y un cuadradito en ella; después, más abajo, un agujero bien pequeño, que se pueda tapar fácilmente y al medio, para que suene como el viento, dos dedos más abajo, otro, y así contando hasta siete...

—¡Cuánto habrá que contar!

—Yo no sé más que hasta cinco.

—No importa. Haremos cinco y don José María, no el de Incahuassi [2], sinó el vecino de la ciénaga, nos hará las marcas en la quena hasta que sean siete.

—¡Cuántos agujeros serán siete!

—Oye, Quipildor. ¿Sabes lo que pienso?...

—¡Que nunca tendremos una caña!

—La tendremos... ¡ya verás!

Los dos chicuelos callaron. Cuando el sol se despide de las punas [3] y el viento como arrebatado por él se desvanece y muere, solemne silencio invade las soledades. Parecen entonces las planicies pedazos de un mundo cóncavo, y es tal la tristeza, que hasta los pequeños hijos de aquellos valles, avecitas de amor y de alegría en la miseria de los ranchos, se sienten sobrecogidos por la majestuosa inmensidad.

—¡Si supieras lo que pienso!—dijo á su vez y después de largo rato Quipildor.—Pienso en los países en que brotan las cañas.

—¡Han de ser muy bellos, y los criollos tendrán tantas quenas! ¡Qué bien han de tocarlas!

—Yo he visto una caña con hojas. Son muy largas y verdes; muy, pero muy verdes. Aquí... nunca se ve el verde de las cañas.

—¿Hará daño mirarlas, Quipildor?

—¡Eso no, Simón, porque son tan lindas! Ha de ser un país muy grande, en que la tierra es de otro color. Yo me he fijado en la que venía pegada en aquella que ví. Era como la que está junto al arroyo. Y será un país en que la vida también es distinta. ¡Dicen que se hacen tantas cosas con las cañas! No habrá piedras por todas partes como aquí. A don Tiburcio, que ha estado, le he oído decir que todo el campo se ve cubierto por ellas, que cuando sopla el viento parece como si la tierra ondulara, y que á la tarde, con el viento en calma, se oye como si ya tuvieran agujeros y tocaran; pero cuando el viento las arquea, que entonces todas silban y da tristeza... ¡y da miedo!

—Yo también se otra cosa de la tierra en que crecen las cañas. Don Tiburcio me ha dicho que llueve allá con frecuencia

—¿Llueve? ¿Qué es llover?...

—Es el agua que cae de arriba cuando se vuelcan las nubes. Por eso allá abajo, del otro lado de estas montañas, todas las plantas son verdes. Como aquí nunca llueve, están siempre amarillas.

—¿Y por qué se vuelcan las nubes allá y aquí nunca, Simón?

—Porque hasta Dios se ha olvidado de nosotros.

Así discurriendo, descendían por la falda del cerro los dos pastores.

Iban hacia las llamas que ramoneaban más abajo, en la macilenta vega invasora de un abrigo formado por grandes peñascos. Al llegar, el más hermoso, Quipildor, dijo á su hermano:

—¿Por qué no te vas hasta aquellas piedras, Simón? Bien puede ser que pase algún viajero, y si trajera una caña...

Y Simón, agil como las llamas cuando huyen de la honda por las cuestas abruptas, como las cabras que otros pastores más afortunados cuidan al pié de las punas, no tardó en desaparecer tras los peñascos, mientras Quipildor, poniendo en movimiento á la tropilla, continuó su descenso silbando los aires que algún día soñaba arrancar á la flauta india.

Las cadenas de Incahuassi perfilaban sus formas pesadas y obscuras sobre el fondo vesperal en que el sol acababa de hundirse. Aún los picos parecían arrugas del gran lecho donde el dios incásico [4] descansa, y sus sombras, tendidas por el valle como largas lenguas, eran el espectro de los cerros que van á esperar á la noche.

El frío aumentaba.

A los gritos de Quipildor, que marchaba tras ellas, descendían las llamas apretándose unas á otras, inquietas, cual si un ser temido las viniera espantando. A cada paso, breve y corto como el paso de las vírgenes, las de adelante bajaban sus afinadas cabezas husmeando las piedras del sendero, mientras las otras, estirando el cuello, con los grandes ojos rasgados y negros desmesuradamente abiertos, echaban adelante las orejas adornadas con borlas rojas á manera de zarcillos.

El grito del pastor les llegaba con poder de acicate; pero á los pocos pasos, ya fuera el hábito, la curiosidad que otra vez las distraía deteniéndolas para enseñarles cuántas formas llamativas se alzaban en la montaña, cuántos sonidos se desprendían de las faldas vecinas, ó las dificultades de la pendiente, lo cierto es que las llamas poco á poco obligaron al indiecito á lanzar alaridos más frecuentes, hasta que, fuera ya de su calma, recogió una piedra del sendero, y quitándose la honda de la cinturra, rápidamente la armó.

—¡Ahora sí que van á marchar!

La honda trazó un círculo, otro y otro sobre la cabeza del indio, viboreó uno de sus extremos en el aire, y furiosamente desprendido, fué á dar el proyectil contra una de las llamas, que al sentirse golpeada se tumbó de costado sobre las compañeras.

Estirados los cuellos, iniciaron un rápido trote descendente que no paró hasta el último trecho del camino.

Quipildor dejó la tropilla en el corral de piedra y fué á calentarse junto al fogón.

Bullía el agua en la olla de barro ennegrecida por el humo de la leña de Yareta [5], temblaba el mísero puñado de maíz que se cocía, y en la obscuridad del rancho desapareció la figura del pastor que, acurrucado, aprovechando el calor del hogar, no tardó en quedarse dormido.

Entonces, en su sueño, vió una mujer muy linda, aunque baja y algo cabezona, vestida á la usanza de las mujeres del lugar, y que fácilmente reconoció. Era la madre de los cerros, la dueña de los guanacos y vicuñas que los recorren, el genio tutelar de las montañas, la diosa Pacha-Mama, que proteje al indio cuando éste no caza más que á los animales machos y que salva á las crías de la nieve y del frío, del hambre y de la sed. Caminaba por entre las piedras sin dejar de mirarlo. Quiso él huir porque á veces se “pierde el espíritu” al encontrarla, pero ella le dijo que no tuviese miedo, que sólo venía para hacerle bien y que se aproximara.

Quipildor así lo hizo.

—¿Qué deseas de mí?—le preguntó la Pacha Mama.—Sé que eres bueno y he de darte cuanto me pidas.

—Tú—contestó Quipildor—no podrás darme lo único que deseo, porque no lo hay en estos pedregales en que apenas crece una que otra mata de pasto Iro.

—Soy la madre de la Tierra y soy la dueña de cuanto crece en ella.

Y el niño le dijo:

—Quiero hacer una quena.

—¿Tan poco me pides? ¿Y para qué, si tienes las cañas á tu lado?

Volvió la mirada hacia el punto que la diosa le indicaba, y á corta distancia de él, tan cerca, que estirando el brazo las hubiera alcanzado, halló un grupo de altas cañas verdes, muy verdes, como aquella que una vez había visto.

—Elije la que más te agrade, y como es tan humilde tu pedido, á la quena que hagas le doy la virtud de ser la más dulce de cuantas haya tocado hombre alguno. Cuando quieras imitar la voz del viento, tu quena repetirá sus misteriosas voces; cuenta tu amor, tus alegrías, tus dolores en la caña que elijas, llora con sus notas y ama en sus infinitas melodías.

Tomó Quipildor la caña y la arrancó.

En sus raíces estaba prendida la tierra, negra como ha de ser la tierra de los cañaverales.

Miró en torno suyo y se halló solo en el pedregal. Sacó el cuchillo, midió dos palmos y cortó en un instante la flauta que deseaba, tal como las que alguna vez había visto.

Y era dulce su voz, vibrante en sus alegrías, ténue, grave en sus tristezas.

A sus acentos llegaban aves extrañas de comarcas desconocidas, el hilo de agua se cubría de espumas, el guanaco respondía á la distancia con su agudo relincho y hasta el viento callaba dominado por el torrente de sus notas.

¡Cuán agradables eran las melodías de aquella misteriosa quena!

En su delicioso letargo, el niño veía cómo con sus notas se transformaba la fría llanura en un país del sol!

Cambiábanse las piedras por plantas de infinitas formas, y flores nunca vistas asomaban entre las hojas de una primavera alegre. ¡Qué bella es la vida! se decía. Pero, al enmudecer la quena, otra vez se transformaba todo en lo que era, tan rápidamente como había brotado.

—¡Este debe ser el país de las cañas!—pensaba.—Yo haré, tocando, que estén siempre verdes las áridas punas!

Cuando al són de la quena volvieron á abrir las flores vió que asomaban plantas aún más hermosas. Eran los árboles de las selvas que conocía por los relatos de don Tiburcio. Un dilatado cañaveral, verde, muy verde, se mecía al soplo del viento y en él descubrió á Simón que le gritaba:—¡Ven! ¡Ven Quipildor! ¡Mira cuántas cañas crecen aquí! ¡De todas pueden hacerse lindas quenas!

¿Para qué iba á ir? ¿No tenía acaso la flauta mágica que Pacha Mama le había dado?

¡La quena mágica! ¡Con qué dolor profundo vió el niño que poco á poco se perdía su encanto! En vano soplaba en ella desesperadamente. En vano se empeñaba en modular melodías más dulces aún. Cuanto brotó en las punas se desvanecía, las aves huyeron, enmudeció el hilo de agua, y el pedregal, á pesar de sus esfuerzos, fué otra vez lo que era, la puna triste, desolada y fría, que sólo riegan las lágrimas de sus míseros hijos.

—¡Quiero ver todo verde! ¡Yo no quiero que se vaya el país de las cañas!

Abrió los ojos...

En el rancho obscurecido por el humo de las yaretas y por la noche que desde hacía largo rato había llegado, brillaban apenas, dentro del círculo de piedras, las últimas brasas del fogón. La olla con el puñado de maíz lo esperaba. Cogió la cuchara, y gracias al cálido alimento no tardó en hallar algo así como un vago consuelo.

Todos dormían en el rancho. La paz de las punas es el ala gigante de los sueños.

Fué á acurrucarse entre un montón de cueros de llamas, y repasando los cuadros que un momento antes contemplara, en los últimos vértigos de las sombras, pensó todavía en su hondo deseo...

—¡Si yo tuviera una caña!


CAPÍTULO II.


Duermen los dioses.


La tarde estaba cantando.

Barrían el pedregal los remolinos de arena y decía el viento á las rocas cosas extrañas que sólo ellas comprenden, pero que nunca cuentan. Inmóviles, solemnes, silenciosas, daban sus aristas á las melodías sempiternas, y de todo el universo, descendiendo de las cumbres por las faldas, al invadir el valle, se levantaba como un clamor. Era la voz con que canta la tarde.

Había arpegios que al venir de las quebradas estremecían los cerros. Pasaban acordes en sonoros acentos y la tierra temblaba, que hasta en la puna tiene himnos el día cuando despide al sol.

Una criatura rubia y de ojos azules, pequeña como Caperucita Roja, linda como Blanca de Nieve, seguía lentamente el camino que atraviesa la planicie, y al que llaman el camino del Inca.

Iba perdida. Era lo mismo que estar perdida en el mar.

Sola en aquella inmensidad, empujada por el viento, temblando de miedo y de frío, seguía el camino, porque el viento llevaba la misma dirección. Y sobrecogida también por ese pavor que en todas las almas, aun en las más pequeñas, infunde la majestad de las soledades, oyendo el canto de la tarde sin comprenderlo, palpitantes las sienes, heladas sus lágrimas sobre las mejillas que el cansancio marchitara, iba perdida la niña, único ser que en la tarde cadente no daba su adiós al sol.

Se detuvo. Ya no podía andar más. Tenía los zapatitos rotos y los piés lastimados. ¡Son tan duras las piedras de las montañas! ¡Son tan malas!

—¿Por qué no viene mamá?—pensaba.—Estoy enferma... yo quiero irme con ella!

Y gritó:

—¡Mamaá!...

En la quebrada, una voz amiga le habría contestado, que el eco es fiel compañero de los que van solos; pero en la puna, cuando canta la tarde, ni ese nombre repite.

Sin embargo, otro ser la oyó á la distancia. Antes que el silencio invada las planicies y que la noche llegue, aprovechando la última hora en que trae el viento los más lejanos sonidos, descienden las vicuñas y guanacos á las aguadas, y después de beber regresan á lo alto de los cerros en que pasan la noche, esperando el alba para volver á bajar.

Al viejo guanaco le pareció percibir una voz insólita; alzó la cabeza y paró las orejas.

—¡Mamaá!...—repetía la niña.

—Viene de la planicie—pensó tal vez el guanaco.—Veamos.—Y tomando la dirección que el grito le indicaba, con cauteloso paso se encaminó hacia él. Así la madre única en los cerros, la de los guanacos y vicuñas, le enviaba uno de sus hijos. Nunca había escuchado un ruído semejante, y el animal más curioso de la creación no podía volver á lo alto de la montaña sin averiguar la causa.

—¿Qué será?—se dijo la criatura al descubrirlo.—¡Viene hacia mí! ¡Qué feo es! ¡Cuánto miedo me da! ¡Mamaá!... ¡Mamita mía! ¡Tengo mucho!... ¡mucho miedo!

El guanaco se aproximaba al trote. Los vistosos colores del traje que la criatura vestía, lo llamaban con atracción irresistible. En su deseo de ver aquello, de palparlo, de husmearlo, de retozar en torno suyo proclamándose su descubridor y propietario, olvidaba hasta las arteras acechanzas de sus implacables enemigos, los cazadores que envían el rayo de plomo y traban con las boleadoras.

La niña, aterrorizada ante el monstruo, se prendía á los peñascos del camino, y perdida la mirada en el infinito, vencida por el temor, por el cansancio, por el frío, no sintió que sus piernas se doblaban ni que caía entre las piedras. El valle, las cumbres, la tarde, el monstruo, todo giró y dió vueltas en torno suyo. Después, la sombra del desmayo cerró sus azules ojos.

¿Qué sabía el inocente guanaco?

Probablemente reconoció en la niña á un ser muy parecido á los cazadores. Tal vez no necesitó mucho para convencerse de que ese traje de tonos tan alegres no era un bocado de los más apetecibles, pero habituado á buscar el escaso alimento probando cuanto hallaba al paso, masculló las faldas y las mangas...

—¡Eh! ¿Qué es eso que está tan cerca?

Y echó á correr hacia los cerros.

Simón lo vió al huir, pero no quiso seguirlo. También á él le habían llamado la atención los colores que descubrió entre las piedras.

—¿Por qué se habrá demorado en la llanura? ¿Qué estará haciendo ese guanaco? Parecen unas alforjas coloradas... ¡Es una criatura! Y antes de aproximarse miró á todos lados. El y la niña estaban solos en la inmensidad de la tarde.

Se acercó lentamente, aun con más cautela que el guanaco.

—¿La habrá muerto? ¡Cuánto ha llorado! ¡Pobrecita!

Y de rodillas junto á ella, quitóse el poncho y la tapó. Después, frotándole las manos, trató de reanimarla.

—Si estuviera Quipildor, entre los dos la llevaríamos. ¿De dónde vendrá esta criatura? ¡Cómo pesa! ¿Tendré que dejarla aquí? ¿A quién se le habrá perdido?

La niña abrió los ojos.

—¿No vas á comerme?

—¡Yo!—exclamó admirado Simón.

—¿Y por qué te acercabas tanto sin hacer caso á mis gritos?

—Cuando yo me acerqué, tú no gritabas, dormías, y un guanaco mascaba tus ropas.

—¿Aquello era un guanaco?... ¡Qué miedo me dió!

—No tengas miedo ni llores—le dijo el pastor.—Aquí no hay más que piedras y estrellas; los únicos temibles son los dioses, y ahora ya están durmiendo.

—¿Si no eres el guanaco, entonces, quién eres?—preguntó la chiquilla.

—¿No me conoces? Soy Simón, el hijo de Calpanchay.

—¡Simón! Pero... ¿quién es Simón?

—El que cuida las llamas de aquel cerro; mi hermano es Quipildor.

—No te conozco. ¿Eres bueno?

Guardó silencio el pastor. Los indios de las punas ignoran si son malos ó son buenos, que ésto es cuestión secundaria. Lo único que saben es que son pobres é infelices.

—¡Son tan malos los hombres que vienen á estas montañas! ¿No me vas á pegar?

—No—contestó Simón gravemente.

—Entonces, yo quiero irme contigo.

—Para tí queda muy lejos el corral.

—Estoy solita; observa cómo se mueven las piedras; todo hace ruído, todo me mira! Tengo hambre. ¡Hace tanto frío! ¿Sabes?... He caminado toda la tarde. ¡No quiero que me dejes. ¡Tengo mucho miedo!

—Si gritas, puede venir alguno de los genios que duermen en las montañas. Oye: yo me iré más bien hasta el corral y te traeré á Rosa, que es una llama grande y gorda, en la que andamos muchas veces á caballo Quipildor y yo. En ella podrás ir hasta las casas. Te quedas aquí hasta que yo vuelva.

—¿Y voy á quedarme sola? ¡Eso no!

—Entonces, vamos.

La niña caminaba lentamente.

—¿Cómo te llamas?—le preguntó Simón.

—Blanca.

—¿Blanca? ¡Dónde está la vega en que vives?

—No comprendo.

—¿No eres de estas punas?

—Soy de muy lejos; del valle de Lerma.

—¿Y cómo estás aquí?

—Unos arrieros que pasaban me robaron. Mi madre, enferma, esperaba á mi padre que había ido á los cerros á contar una hacienda. Eran muy malos. Me escondieron en un cajón grande como una petaca. Creo que después, asustados de lo que habían hecho, me dejaron en el camino. ¿No es verdad que fueron malos?

—¡Muy malos!—repitió Simón.

—Sí; muy malos.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez.

—¿Sabes contarlos?

—¡Ya lo creo!

—¿Y diez són más que siete?

—¡Claro es que sí!

—Si te pusieran diez piedras en fila... ¡Agáchate! ¡Aquí! ¡No hables! ¡Ves esa sombra que se arrastra?

—¿Qué es?

—Nada. Es una nubecita que pasó por la luna. Si te pusieran diez piedrecitas en fila ¿sabrías contarlas?

—Sí.

—¿Y si en vez de piedras fueran agujeritos?...

—¡Bah! ¡Es lo mismo!

La chiquilla se agarró al poncho de Simón.

—¿Por qué me dijiste que me escondiera y que no hablara?

—Porque pensé que la sombra de la nube era la sombra de Chasca—contestó riendo el pastor.

—¿Quién es Chasca?

—No sé.

—Sí que lo sabes y no me lo quieres decir. Aquí podemos sentarnos. ¡Estoy tan cansada!

—Es peor sentarse. Cuando uno se cansa, debe seguir sin parar. Ya verás cómo llegamos.

—Bueno. Pero dime ¿quién es Chasca?

—Tú no entiendes. Son cosas de estos cerros.

—Si no me lo dices, me siento.

—Es que vas á reirte de nosotros.

—Yo no quiero más que llorar.

—Porque los genios de la tierra están durmiendo, te voy á decir quien es Chasca; pero una sola vez, que nunca más te lo volveré á contar.

Y casi al oído de la chica, Simón le dijo:

—¿Has visto en la tarde los remolinos de viento y arena que barrían el camino y limpiaban las piedras? Pues ese es Chasca. Chasca es el viento. Chasca es petizo y con la cabeza así de grande y todo el pelo revuelto como los remolinos que levanta. Vive en lo más obscuro de las cuevas y en el fondo de los precipicios. Yo no sé de qué se ocupa, pero sí que hace muchos años que anda por acá. Cuando se enoja, sale de pronto de donde estaba y se lanza sobre los valles gritando unas veces, otras dando silbos—y vuela y corre por la llanura llevándose todo por delante. Ya lo sabes, Chasca es petizo, es cabezón y es el viento.

—¿A nosotros no nos hará daño?

—Creo que no. De todas maneras, es mejor hablar y caminar sin hacer ruído. Tienes la cara muy caliente. Cuando lleguemos al corral, te daré un puco [6] lleno de leche de llama. ¿Es que no puedes caminar? Cuélgate de mis hombros; eso es, así... cuando haga un tiempo que vivas en estas punas, sabrás andar como nosotros... ¡Qué pesada eres! Pero ya vamos llegando. Al abrigo de aquellas moles están las casas; yo no podré subirte porque me he cansado mucho. Tendrás que hacer el último esfuerzo. A no ser... ¡Se me ocurre una cosa! Esta noche tengo que cuidar el corral. En las casas están durmiendo. Te prestaré á Rosa para que te abrigue y dormiremos juntos. Rosa es también el nombre de mi madre y á las dos las quiero mucho. Como parece un guanaco vas á tenerle miedo. Sube despacio este trecho, yo voy á empujarte, después te echaré mi poncho por encima para que no la veas.

Las Tres Marías, imitando al Sol, acababan de ocultarse tras el pico del enhiesto Incahuassi. En la iluminación de la noche, los lejanos salares parecían de plata y sembrada de piedras preciosas la planicie. Aún en la sombra blanqueaban las nieves eternas. La luna se estaba mirando allí, que era, todo, un vasto paisaje lunar.

—¿Tus padres son buenos? ¿Me llevarán á donde están los míos ó me echarán de su casa?—entre trago y trago de leche preguntó Blanca á Simón.

—No te llevarán, porque nunca han bajado de estas punas; pero las gentes de aquí no echamos á los que vienen como tú...

Y dormidos al abrigo de la llama, los dos chicuelos parecían, en la noche, dos diosesitos de plata pintados por Mama Illa [7].


No era llegado aún el día cuando Simón ordeñó las llamas ofreciendo á Blanca un puco de leche espumosa y tibia. Quipildor, deslizándose tras el rebaño, llegó hasta Simón sin ser visto por la niña.

—¿Y esa? ¿Quién es esa?

—Calla...—le dijo el pastor con misterioso acento. Y después, al oído:

—¡Sabe contar hasta siete!


CAPÍTULO III.


La pizarra montañesa.


La sombra de un hombre se perfiló en la puerta del rancho y éste se obscureció cual si la hubieran entornado.

Traía un rollo de tientos y el cuchillo con que había estado trabajando. Inmóvil, contempló un momento á Blanca, que, para defenderse del frío, suplía la escasez de sus ropas con el amor del fuego.

—¿Sabe hilar?—preguntó á la mujer que estaba afuera.

Esta se asomó también.

—No me parece. Las señoritas de allá tienen las manos muy delicadas y es muy huahua [8] todavía.

—Ya veremos para qué sirve, porque lo que es aquí no hay con qué alimentar á personas desocupadas.

El hombre se fué de la puerta y la mujer vino á sentarse en una piedra que hacía las veces de silla en el lujoso mobiliario de la choza montañesa.

Blanca la miró con curiosidad. La madre de los pastores debía ser alguna bruja. ¿Por qué no daba orden para que la llevaran en seguida? Blanca quería estar con su mamá. Cuando volviera á verla iba á colgarse á su cuello dándole tántos besos... ¡Y la mujer esa que no le quitaba los ojos! Ella había visto á otras con la cara tostada como doña Rosa y que eran más lindas; las había visto con trajes muy parecidos, pero no tan anchos como el que ésta llevaba...

—De buena gana—pensó la niña—le diría que no se metiera el sombrero hasta las orejas.

—Chica, toma esa yareta y échala al fuego. Así no, porque se apaga. Cuando yo te diga que arregles el fogón has de acercarlas solamente metiéndolas después poco á poco para que se quemen los bordes.

Terminado este discurso que á doña Rosa debió parecerle una larga pieza oratoria, la miró satisfecha.

—Es necesario—continuó—que prestes atención á todo lo que te diga para que aprendas cuanto constituye nuestra sabiduría. Mi marido quiere que sepas hilar, porque es muy justo que hagas tus ropas. Yo te enseñaré lo que pueda y serás una verdadera señora de las punas.

Por los arroyos secos ya, que el llanto y la arena habían pintado el día anterior en la cara de la niña, se deslizó una lágrima, y al recogerla en los labios volvió á repetir la única frase que hasta entonces le habían oído:

—¡Yo quiero irme á donde está mi mamá!

—No seas tonta. Ya has oído lo que dijo Ramón: Aquí hace falta una hija. ¿Puedes desear algo mejor? Los muchachos son buenos, ellos te ayudarán en todo y la cama que más te agrade será para tí. ¿Llevarte? ¿Para qué? ¿A donde? Tú no sabes donde está tu casa y nosotros tampoco. Si vienen á buscarte lo sentiremos mucho, porque aquí hace falta una hija. Cuando poseas la sabiduría de las punas... Acerca más esa yareta, eso es. ¿Has visto como estas cosas se aprenden fácilmente? ¿O es que no quieres hilar? ¿En qué vas á ocuparte?

Blanca no había olvidado la tibia leche de llama y hacía rato que la echaba de menos.

—Si algo tengo que hacer, prefiero ser pastora é irme á los cerros con los muchachos...

—¿Ya le has perdido el miedo á los guanacos? ¡Qué pronto! Cuidar las llamas no requiere gran trabajo; mientras ellas pastan, hay que ocuparse de algo. Mira: alcánzame esa lana. Este es el huso y esta la muyuna. Fíjate bien. La colocas así, como un plato, con el plano para arriba. Con estos dedos se hila y el gordo es el que trabaja más. Hay que elejir los mechones más largos y con sus hebras se va yapando. No hay que saber mucho, porque todo lo hace la práctica. Cuando yo hilo, no pierdo ni una hebra. Con la otra mano se hace girar el huso, bien ligero, y con fuerza para que quede ajustado y dé muchas vueltas.

—Yo quiero... ¡ah!... ¡qué paradito que baila! ¡Parece un trompo!

—¿Te gusta? Allí hay uno más pequeño y será para tí cuando vengas á decirme que quieres hilar.

E incorporándose tomó de un montón de objetos que, como guardados en alacenas asomaban á medias entre los tirantes del techo, tan bajo, que podía alcanzarse la cumbrera con solo alzar la mano, un huso pequeño, en el que Blanca haría algún día su aprendizaje.

—Aquí te esperará—dijo doña Rosa, guardándolo después de habérselo mostrado desde lejos.

Blanca tenía tantos deseos de llorar como de reír. Le parecía tan rara doña Rosa, con aquel sombrero de lana de oveja, el pañolón colorado, las faldas azules de ancho vuelo y esas ojotas hechas pedazos...

—Ya está—murmuró la dueña del rancho.—Toma la olla y esa cuchara de palo y llévala á la vega. Tienes que ir ligero para que no se enfríe.

Envuelta en un trapo la puso en las delicadas manecitas de la mensajera.

—¿Ves aquella piedra redonda? Caminas hasta ella. Desde allí mirarás para arriba y verás la vega en que están Simón y Quipildor.

Hacía mucho frío y soplaba el viento furiosamente. La niña pensó en Chasca.

—¡Más ligeroo!

¡Imposible! Apenas podía ir lentamente, sofocada, oprimida por la falta de aire de aquellas alturas.

—¡Más ligero, que se enfríaa!

Y desapareció en la negrura del rancho, que la puerta abierta dejaba ver á manera de una gran boca.

“Las Casas”, como llamaban los pastores con cierta vanidad no disimulada al hogar paterno, eran en verdad una propiedad importante comparada con las viviendas del vecindario. Tres ranchos del más sólido material, como que fueron construídos eligiendo para las pircas entre las piedras de un tambo incásico en ruinas [9], pequeños, de puertas angostas, porque así guardan mejor el calor, formando un triángulo de dudosa fidelidad geométrica, se alzaban dándose el frente sesgado. Uníanlos las paredes que levantan de rancho á rancho para resguardarse del viento que sopla todo el día, y en un rincón, junto á la más alta de las habitaciones, el telar con un tejido recién principiado.

Por fuera, aun á corta distancia, los ranchos se confundían con las moles desprendidas del cerro á cuyo pie se alzaban, que al depositarse la arena en las piedras de las paredes y al rellenar los huecos dan á las construcciones el mismo color del suelo.

Por dentro, en cambio, ofrecían un aspecto inesperado. Tenían más de guarida de animales que de habitaciones humanas, pues una multitud de objetos á primera vista inservibles se amontonaban allí revueltos en indescifrable confusión. Pedazos de tejidos y pedazos de cueros recortados, tiestos renegridos por el humo, caronas y aparejos para llamas, lacillos, reatas [10], ojotas [11] inservibles y alas de sombreros, un libro inglés olvidado por alguno que pasó, tambores de coca vacíos, y, colgados del techo, ovillos de lana blanca, negra y roja, manojos de malva y paico, yerbas medicinales que tal vez irónicamente fueron guardadas para casos de indigestión, y como si todo ésto no fuera suficiente, el círculo de piedras con el hogar en que ardían las mustias yaretas. Cuevas, cavernas, antros más que ranchos, así eran las tres habitaciones de aspecto aplastado, vetusto y triste, ocupadas por la familia de don Ramón. Tal era el hogar que la desgracia había deparado á Blanca.

Sobre el filo de los cerros que de norte á sur se levantaban al Oriente y entre los que se tendían majestuosos los nevados de Cachi, al enviar el sol sus rayos de oro á las punas, despertaba el viento que parecía hacer cabriolas rasando la llanura. Así las altas planicies adquirían nuevamente su carácter, y al levantar el concierto de sus voces, hablando con las lenguas del viento, cantando en él su tristeza, cantando sus misterios, el alma de sus días fríos parecía extremecerse en ellos.

Todo hablaba, todo decía algo: el guanaco que envía desde sus sendas la nota de su relincho lejano, el rumor de los pasos entre el pedregullo de los derrumbaderos, la arena que se arrastra en remolinos, la tuna que se mueve en la grieta ó al abrigo de la piedra, la misma yareta inmóvil formaban aquella armonía encantadora que hace de la puna un rincón de infinita poesía, á pesar del inmenso vacío que deja allí la vida.

Es la poesía de los mundos muertos.

La poesía de la luna.

—Me parece—dijo Simón examinando la olla que Blanca les aproximaba—que se ha volcado algo en el camino.

Quipildor la miró y dijo gravemente:

—Así será, pues.

La chica limpióse la boca con la manga.

Un momento después, sentados en rueda, los tres personajes iban pasando la cuchara, una vez cada uno hasta dar fin al escaso contenido del recipiente.

—Aquí se está mejor que abajo—dijo Blanca.—Allá abajo hace frío. ¡Qué lindo está el sol! ¿Qué hacen ustedes aquí, hilan?

—Eso es de mujeres.

—¿Y entónces?

—Cuidamos las llamas.

—Doña Rosa me ha dicho que no es ocupación.

—Es verdad. También tocaríamos la quena—murmuró Quipildor—pero como no tenemos, dormimos, ó nos contamos cuentos. Yo sé todos los que sabe Simón, y Simón todos los que yo sé. ¿Y tú?

—Yo sé algunos—dijo la niña.

—¿Los vas á contar?

—Bueno. ¿Por cuál empiezo? Por el de Caperucita Roja?

—Ese lo sabe Quipildor.

—¿Y la Flor del Irolay?

—¿La Flor del Irolay? ¿Cuál es?

—Uno muy bonito en que el padre ciego conoce al hijo porque cuando tira las hojas de la planta que ha crecido donde está enterrado, ella le dice:

“...Tatita no me toques
ni me dejes de tocar,
mis hermanitos me han muerto
por la Flor del Irolay...”

—También lo cuenta Quipildor.

—¿Y el de Barba Azul?

—¡Es muy viejo!

—Pues ya van tres y ninguno sirve.

Quipildor hizo tres rayas en la gran roca de pizarra junto á la cual formaban campamento.

—¿Y el de Alí Babá, aquel que se esconde en las ramas de un árbol y ve á los cuarenta ladrones que entran en la montaña por la puerta que se abre cuando le dicen: “sésamo ábrete”?

Mientras hacía otra raya en la pizarra, Quipildor recordó á Simón que aquel lo había contado el ingeniero del libro.

—¿Y el de Aladino ó la Lámpara maravillosa?

—Ese lo sé—dijo Simón.

Quipildor trazó otra raya.

—¿Y el de los Tres Osos?

—Pues chica, si no sabes más, nada nuevo nos traes.

—¡Cómo! ¿Les parece poco? ¿Seis cuentos á cual más lindo? Ahora me dirán que también conocen el de la Hormiguita!

—¿Y cuántos van ya?...

—¡Siete!

El pastorcito hizo otra raya y se puso bruscamente de pié. Dió un paso hacia atrás y contempló la fila de torcidos palotes que con la punta del cuchillo acababa de trazar en la roca.

—¡Simón!—dijo solemnemente Quipildor—ya sé hacer la quena!


CAPÍTULO IV.


Las primeras nieves.


De una falda vieja, doña Rosa cosió una como para Blanca. Simón le había dado un sombrero, y las ojotas que Quipildor le cortó nada dejaban que desear. Por eso, al verla subir hacia ellos, éste dijo á su hermano:

—Ya parece una señora de las punas.

—Así debe ser la Pacha Mama.

—Oye Blanca. Dice Simón que pareces la Pacha Mama.

—Tal cosa no me gusta. La madre de los cerros debe ser muy fea y muy viejita. Si me llamas así, voy á volverme el Yastay para castigarte mejor.

—La Pacha Mama es linda y joven.

—Yo sé de un vecino—agregó Simón—que una vez la vió á mucha distancia de aquí, junto á la Laguna Verde, sentada sobre una petaca arreglándose el pelo con un peine de oro. Tenía los brazos desnudos y se miraba... en una estrella que desde el fondo de la laguna le servía de espejo.

—Eso es muy lindo, pero yo no puedo entender lo que ayer me dijiste, Simón ¿cómo es posible que siendo mujer se vuelva hombre?

—¡Porque es la mujer del Yastay!

—¿Y cómo, entonces, se vuelve el Yastay?

—¡Cómo será, pues!...

Los dos pastores se miraron y Quipildor trató de aclarar el enigma.

—Yo tampoco lo entiendo, pero es así. Ella hace bien á todos y por eso, cuando hay pasto en las vegas, cuando los días no son de viento fuerte y no hace frío, cuando las vicuñas tienen crías y abundan las chinchillas, hay que dar gracias á la Pacha Mama que nos proporciona tantos beneficios; pero cuando todo lo cubre la nieve, se quema el pasto con el hielo, desaparecen las haciendas de los cerros y las llamas se mueren, no lo dudes, es la Pacha Mama que sus motivos tiene para castigarnos y que, por ser siempre buena, se ha vuelto el Yastay para ser mala.

—Es lo que no comprendo. Dime: ¿Podría yo volverme hombre?

—Si fueras ella...

—Ahora lo voy entendiendo mejor.

—A veces, también castiga sin volverse Yastay, pero eso lo hace cuando la han querido engañar.—:

Había una vez un cazador muy hábil que no erraba tiro con los libes [12] ni perdonaba animal que se pusiera á su alcance, por lo cual, andando en los cerros, se le presentó la Pacha Mama y “dicen que le dijo”:—Yo sé que eres pobre y tienes muchos hijos, pero ésto no te da el derecho de matar á mis guanacos cuando tienen crías. Si me prometes no cazar más que uno al día, y que éste será siempre un macho, yo te ayudaré y te haré rico.

Desde esa vez, todos los días “pillaba” un guanaco, hasta que la Pacha Mama, visto lo obediente que era, se le volvió á aparecer y diz que le dijo:—Porque has obedecido, voy á hacerte el más rico de los hombres. Sigue esta senda hasta que halles un perro encadenado. Le dirás que yo te mando y, una vez que tires de la argolla en que está sujeta la cadena del perro, alzas la piedra, bajas y sacas una bolsa de oro. Todos los días podrás tomar una, pero, ya lo sabes: no has de matar más que un guanaco diariamente.

Así lo prometió el cazador, poniéndose en marcha muy contento. La senda se apartó del campito que cruzaba y entró por una quebrada que á cada paso era más angosta. Al fin, donde se cerraba del todo, halló al perro de que Pacha Mama le había hablado.

Cuando el perro, que era muy grande y bravo, lo vió, se puso á ladrar, se paraba así derechito y le daba tan fuertes tirones á la cadena que parecía que la fuera á cortar. Entonces el cazador diz que le dijo:

—¿Para qué te empeñas en asustarme, si Pacha Mama me manda?

En cuanto el perro oyó ésto se echó en el suelo, quedándose inmóvil. Tiró el cazador de la argolla, la tierra se abrió, y, bajando por una gran escalera, penetró en aquella profundidad en que estaban los tesoros de Pacha Mama.

—¿Sería su palacio?—preguntó Blanca, que con las cejas alzadas escuchaba el relato de Simón.

—No. El palacio está en el Potosí, y allí guarda tesoros más grandes. Aquel era uno de los tantos que tiene en los cerros para premiar á los cazadores que sólo matan á los machos. Allí, bajo la tierra, vió el cazador los cogotes de guanacos llenos de oro, y que formaban grandes pilas.

El tesoro era suyo. Pensó llevarse cuanto pudiera, pero, recordando la orden recibida, no recogió más que uno.

Desde entonces todos los días fue á buscar un cogote, y como el perro ya lo conocía, en cuanto lo veía se echaba en el suelo sin ladrar.

El cazador tenía un amigo en el mismo cerro, que era muy codicioso.

Por ésto, cuando vió que su vecino se había vuelto rico, y que no era cazando guanacos, vicuñas ni chinchillas, que siempre tenía monedas de oro, comprendió que la Madre de los cerros lo protegía y quiso saber su secreto. Tanto hizo el codicioso, que al fin el cazador, de bueno no más que era, le dijo dónde estaba el perro y cómo tendría que hacer para llegar. De todas maneras, pensó el cazador, hay tanto oro, que bien puede alcanzar para él.

Pero al día siguiente lo encontraron muerto en el campito aquel en que se apartaba la senda.

La Pacha Mama no lo había dejado ni que llegara, castigándolo así por codicioso.

Fué muy triste el cazador, por lo que le había sucedido al amigo, en busca de la bolsa que todos los días sacaba; pero tampoco pudo llegar. Los cerros estaban cambiados. Por donde iban las sendas encontró grandes piedras que, caídas desde lo alto, ocultaban los zanjones, y allí donde antes halló al perro se extendía un inmenso salar en que uno que otro flamenco recorría sus orillas. Así castigó la Pacha Mama al uno por codicioso y al otro por haber contado su secreto.

—Ahora que la vas conociendo—agregó Simón—no te enojarás porque te digamos que pareces la Pacha Mama.

Quipildor, el supersticioso Quipildor, se había quedado pensativo después de escuchar la leyenda. ¿Sería Blanca verdaderamente la Madre de los Cerros?... ¡Le parecía tan linda!

Obscurecía al pie de las montañas y la noche anunciaba esa honda melancolía que sólo se ve en los países en que las gentes son verdaderamente pobres.

—Vamos—dijo tras un largo silencio.—Por allí viene cayendo nieve, y las llamas estarán más abrigadas en el corral.

—Parece nube de lluvia—exclamó Blanca sonriendo.—¡Si lloviera!

—¡Si lloviera!...—repitieron como un eco los pastores.

¡Ah! ¡Sí! Si lloviera en las punas como llueve en el oriente, allá lejos, en el país de las cañas, parecía decir el espíritu misterioso de aquellas arideces!

¡La lluvia en las montañas! Muchas, muchas veces todos los años, las nubes de los trópicos se derraman sobre los bosques haciendo reverdecer el manto inmenso que forman doquiera, dando vida á los follajes y rumores á los arroyos que se vuelven torrentes y avenidas; pero la verdadera lluvia en las montañas, la que al declinar el día esfuma las cumbres y levanta el vago perfume de la tierra sedienta que se humedece, esa, sólo se contempla una vez en la vida, en la tarde apacible, en el suelo, encapotada en los alturas, majestuosa y sublime por donde se tienda la mirada.

¡Una vez en la vida!

Oyese por las faldas el canto de las mujeres que traen sus ovejas al redil. Balidos que responden en todas direcciones, sonidos de campanas y ladridos de perros!

Después, el confuso tropel de las haciendas, el sordo paso de las majadas, y allá, en el fondo, la cadena de cumbres que el velo de las aguas desvanece. Es un velo que avanza y todo lo invade y oculta. Apenas se perciben las rocas de las próximas cuestas, el bosque es un cuadro de fantasmas de árboles, y en el silencio de los corrales y del rancho óyese el rumor continuado de las gotas que golpean.

Vaporosas nubecillas se levantan del gran lomo de la majada inmóvil semejantes al humo indeciso que se desprende del rancho, y cuando el inmenso telón se descorre, cuando la vegetación lavada por la lluvia reaparece más verde, más alegre, el arco iris, padre de la tarde, se tiende de cumbre á cumbre como gloriosa diadema del país de las cañas.

—La nieve se acerca; grita á las llamas, Simón, mientras desato á Rosa. Como una avalancha, el grupo que formaban los hermosos animales descendió abandonando la vega.

—Así, como está cayendo la nieve—observó Blanca—así cae el agua.

Y la nieve avanzaba cubriendo de brillantes resplandores la extensión que recorría...

—Nos ha dado alcance. Toma mi poncho, abrígate, apura, apura el paso. ¿Has visto? ¡Parece azúcar!

—Pero es como la sal. ¡Todo lo mata!—agregó Simón.

Cuando hubieron encerrado las llamas, el escenario era un vasto panorama sin colores al que daba el sol una pálida pincelada de despedida.

—¡Es la primer nevada!—dijo tristemente Quipildor.—Pronto no podrás ir con nosotros por los cerros. ¡Va á hacer tanto frío!

—¡Es la primer nevada!—volvió á repetir. Esta noche habrá mucho viento, y gemirán los cerros porque el invierno llega.

Los pastores ocuparon sus tronos: las piedras que rodeaban el fogón, y cenaron.

El rancho estaba en silencio. Sólo se oía en la noche el murmullo de la miseria que sacudía la puerta de cardón. Fueron á acostarse entre los cueros.

La niña temblaba de frío y de temor, porque el viento arreciaba. Tan furioso era éste, que á veces traía hasta ella, como truenos distantes, el rumor que levantaba en los cerros, y tanto arreció al estrellarse en los peñascos, que su voz fué transformándose en un canto que parecía universal.

—¿Oyes?...—dijo Quipildor á su vecina, en voz baja, como para que nadie despertara.—Así cantaría yo en mi quena! ¿Sabes quién canta en los cerros? ¡Es la Pacha Mama!—Y luego, como en un susurro, agregó:—Es la Pacha Mama que vuelve á su palacio llevando su tropa de llamas cargadas con cogotes de guanacos llenos de oro; ella es la que canta!

En el fondo del rancho, el hombre dijo:

—¡Son las primeras nieves!

Y en la tiniebla, se le oyó un sollozo.


CAPÍTULO V.


Las illas de plata.


—Los adornos que lleva Rosa en las orejas—observó Blanca á Quipildor—son los más vistosos y los que más cuidas. Es también la llama que más quieres; para ella son los mejores pastos, el único abrigo y el rincón en que la pirca [13] del corral es más alta. ¿Por qué? ¿Acaso los otros animales no son igualmente buenos?

—Es un secreto—contestó el pastor.

—Dílo.

—Si lo digo, perderá su magia. Piensa que Rosa está encantada.

—¿Por quién?

—Tú lo sabes. Por ella...

—¿Y por qué no me lo cuentas? Si yo lo conociera, tal vez la cuidaría tanto como tú.

—Puede sucederme lo que al cazador que enseñó al amigo codicioso el camino de los tesoros, y entonces, sin Rosa, nos volveríamos mucho más pobres.

—¡Pero es que yo no soy codiciosa!

—¡Tienes razón! ¿Me prometes no repetirlo á nadie?

—A nadie.

—Pues bien, entonces, sabrás que Rosa es la “illa” [14].

—Siempre dices cosas que no entiendo.

—Escucha. Este invierno será largo, y asegura mi padre que nunca sintió más frío. Tú has visto cómo carga ya la nieve hasta en los lugares más abrigados y qué flacas se han puesto las llamas. El primer año fué como este Rosa se negaba á salir del corral, costaba trabajo sacarla, y tantas veces creí que moriría como las demás! Pero el día que salió sin que nadie la obligara, todo cambió en estas punas, el sol deshizo las nieves, abriéronse las aguadas, reverdecieron las vegas y el invierno se fué. Todo, porque salió Rosa á echar la nieve. No dudes de esto que te digo; ya verás cómo, gracias á ella, las llamas que queden después del invierno engordarán muy pronto y cómo tendremos muchas crías. Rosa es la suerte; ella la trae á la tropilla, como tú, según dicen, trajiste la alegría. ¿Comprendes cuánto vale para nosotros?

—¿Y cómo sabes que Rosa es la illa? ¿Cuándo te lo dijo la Madre de los Cerros?

—No lo sé por ella; sólo es una adivinación. Cuando no teníamos á Rosa, nuestras llamas estaban siempre flacas. Después, cuando vino (sabrás que vino sola, pues la encontramos entre las demás), todo cambió para nosotros; las vegas fueron más verdes, las crías más sanas, las llamas más gordas, más hermosas. Por eso hemos enterrado un cántaro, junto á las casas, con coca, mediecitos, manojos de lana y de yerba, una cruz y unas illas. Así, con el obsequio que á Pacha Mama hemos hecho, ella cuidará de que Rosa esté siempre bien.

—¿Con unas illas has dicho?

—Sí. Conforme el que busca monedas guarda monedas que estén agujereadas en el centro para que éstas llamen á otras, el que quiera tener bien su hacienda debe guardar unas llamitas, toritos ú ovejas pequeñas, de hueso, que los collas traen de su tierra y que yo te enseñaré porque tengo una. Los mismos favores que proporcionan esas illas, los hace Rosa.

No se equivocaba Quipildor al decir á Blanca que á ella debían la alegría. La chicuela fué para el rancho una sonrisa de amor que los fértiles valles lejanos enviaban á las punas, á costa del dolor sin consuelo de una madre que, en el colmo de su desgracia, ya no buscaba á su hija.

Aquella critura, llegada al lugar de tan insólita manera, que nadie sabía quién era, de dónde venía ni á dónde la llevaban, no podía ser para las crédulas gentes de la región el personaje de una historia vulgar; la tierna niña arrebatada de una finca en un momento de descuido, por desalmados pasajeros que al reconocer su delito y temerosos del castigo, la abandonan en la soledad, donde el viento borra todas las huellas que pueda dejar el crimen sobre los pedregales de la planicie. No pudiendo ser como todos, Blanca era un sujeto extraordinario; un engendro del misterio nacido entre los peñascos, dejado allí tal vez por alguno de los tantos genios que los habitan, pero ¿quién entre las gentes de las punas iba á atreverse á exponer sus dudas, sus suposiciones, desafiando las cóleras de los duendes vengativos?

Y de todas maneras, ¿para qué? Simón la había hallado en la ancha planicie; tal vez el mismo guanaco la traía. Quién sabe cuántas veces, al pensar en Blanca, el cazador de chinchillas arrojó una piedra del camino, murmurando un conjuro para algún genio de los cerros...

Simón había dicho la verdad. Sus padres no conocían otro país que aquel en que habitaban, y como su corazón era como el de todos, conservarían á Blanca en el hogar, que siempre hay un sitio en los ranchos de las punas para los desamparados que quieran compartir sus miserias y un rinconcito en todos los corazones, reservado por la fraternidad del sufrimiento.

La llegada de Blanca significó por ésto una verdadera alegría.

—Aquí falta una hija—decía doña Rosa con frecuencia. Y esta vez, nada menos que el eterno cantor de las montañas se la traía, nada menos que el viento. Y como dádiva misteriosa, la recibió la buena mujer.

¿No era la deseada del hogar, la bien venida; no había llegado la suerte con ella? Es verdad que el Invierno se anunciaba crudo; pero ésto más era culpa del Yastay, que estenúa las llamas, que quema el pasto de las vegas, que espesa la nieve y se burla de los pobres puneños en el sempiterno gemido de las tardes invernales.

¡Blanca! Suyos eran los cantos de doña Rosa y las vidalas de don Ramón. Para ella los cuentos de los pastores, las alegrías del sol.

Así transformada la vida del rancho, en que una mujer y una niña cuidaban el suntuoso ajuar, pasaron los primeros meses del Invierno.

Toda la comarca conocía en detalle el hallazgo de Simón. Comentadas las bondades de Blanca, no faltó quien se dijera:—Si fuese un machito, sería tal vez el Niño Jesús... Y cuando alguno, cargando con grandes panes de sal sus burritos ó sus llamas pasó por lo alto de la Sierra de Cachi para ir á cambiarlos en los valles por un poco de maíz ú otros menesteres, puso cuidado en escuchar lo que otros hablaban, y en no decir que allá, en sus cerros de notoria miseria, se asentaba un ángel diminuto.

¡Y había que dejarlo todo!

Ya no era posible sostenerse en la localidad, pues la nieve hacía imposible la vida, y por eso don Ramón, como en los inviernos anteriores, preparaba todo desde que llegó la primer nevada.

Y se iban...

—¿Listos?—preguntó el hombre.

—Listos—contestó doña Rosa.

Siguiendo el alegre tintineo de la llama que iba delante, sin más carga que el cencerro atado al pescuezo, la tropilla se puso en marcha, custodiada por las gentes del rancho.

—Aquí todo va á perecer—había dicho don Ramón. Tenemos que irnos como el año pasado al cerro Bola, donde la hacienda encontrará más alimento. Y por eso, uno tras otro, cargados con los trebejos más indispensables, con todas las provisiones reservadas por la familia para la mala estación, seguían los animales á la madrina, deslizándose sobre la nieve endurecida con ese paso silencioso de las llamas, que tienen andar de fantasmas.

Tras ellas, hablaban los padres de nuestros pastores en voz baja.

A ambos lados caminaban Quipildor y Simón; Blanca junto al primero.

La nieve caída durante los días anteriores daba al país su pálida nota hiemal. Brillaban los cerros desde su cúspide hasta la base; blanca estaba la planicie y blancos hasta los más hondos recovecos de las quebradas.

A lo lejos, por el lado de Incahuassi, que dejara á sus espaldas la caravana, levantaban grandes remolinos de nieve los vendavales, ni más ni menos que, como en días anteriores, lo hacían con la arena, y se podía seguir su viaje por “las playas de los cerros”, las faldas, sólo con seguir aquellos cendales que pasaban.

—¡Muchachoó!—gritó el hombre.—Has de pararte en la quebrada. ¡Ohó!

Apenas oyó la voz que las rachas arrebataron.

El frío sol de invierno derretía levemente la superficie nevada, y su vívida luz transformaba el escenario en inmensa piedra preciosa sin pulir, pero en la que de trecho en trecho brillaban las aristas.

Quipildor detuvo á la madrina ante un pequeño montículo levantado por los caminantes, que uno por uno habían dejado allí una plegaria y una piedra.

Era el altar del indio, la apacheta, erigido en el inmenso templo en que caben todas las creencias y se oyen todos los ruegos; una pila de piedras, única ofrenda del que nada tiene á la que todo lo da y todo lo recibe: la madre de los cerros: Pacha Mama.

Los fugitivos se agruparon quitándose el sombrero. El hombre recogió una piedra y, de pie ante la apacheta, pronunció la oración de las montañas:

—Pacha Mama, Santa Tierra,
Cussiya, Cussiya, Yastay!
Haz que nos vaya bien!
A mí, á Rosa, á Simón, á Quipildor,
á Blanca, á las llamas!
Haz que no sea largo el Invierno.
Que no se quemen los pastos.
Que no llegue la nieve á nuestro
refugio!

Arrojó la piedra á la pila, y doña Rosa y los muchachos lo imitaron.

Después volvió la vista en derredor la mirada turbia del hombre que ha llorado.

A lo lejos se percibía aún el rancho que acababan de dejar.

Todo estaba nevado. El universo parecía formular en silencio idéntica plegaria.

Caminaron todo el día, llegando en el siguiente al término del viaje, las cuestas del cerro Bola, donde, aprovechando las ruinas de un templo primitivo, apuntaladas por ellos durante el Invierno anterior, alivianaron las llamas, instalando el ajuar.

A la vista de la nueva morada pastaría la hacienda durante la estación invernal, en la tranquila vida de aquellas soledades apenas perturbadas por alguna vicuña hambrienta, que durante las largas noches vendría á hacerles pensar en los genios de los cerros...

Era un hermoso lugar. Desde él, á pesar de la distancia, se divisaba el rancho recién abandonado, que quedaba allá, como una esperanza de felices días, y al frente la inmensa región en que el frío tendía su manto y el viento sus alas.

¡El viento! Lo mismo acaricia la cumbre, el valle, los peñascos que coronan el abismo, las frentes felices y las tristes. El sólo quiere contar su historia al universo y vuela á despertarlo para que lo escuche. Su eterno auditorio es la arista de la montaña, la macilenta mata de pasto, la caverna, el ventisquero, la vicuña, el guanaco, el cóndor... ¡el hombre! Y alegre en las horas de sol, quejumbroso en la noche, á todas horas, como la fuerza de un mar de olas invisibles que deja en la playa sobre arenas de oro los despojos de sus tempestades, en las grietas y los abrigos de la montaña amontona ramas secas, hojas marchitas, cuanto halló en su camino.

Así también, como esos depósitos de las olas y del viento, otro escenario más pequeño aunque no menos sujeto al embate de las tormentas, recoge el légamo de sus sufrimientos y los deja secar sobre arenas con finísimas luces de oro.

Y el indio de las punas, como el guanaco, la vicuña y cuantos seres las habitan, que han nacido y viven oyéndole contar al oído una historia sin término, se ha hecho á sus sonidos y vive en su seno.

¡Extraño genio de amor! Bien puedes levantar las olas empujando al bajel por rutas ignoradas; bien puedes abrirlas precipitándolo en sus profundidades; el nauta puede temerte, pero nunca maldecirte, que ha creado á las sirenas cuya voz le llevas y se encanta con sus engaños!

Náufrago de las soledades, nauta del pedregal y la miseria, el indio de las punas también te adora. Tus lamentos inspiraron el canto de sus quenas, tus furias el alma de sus dioses. Partes de la caverna con las alas de Chasca y llevas los gérmenes en el seno de una madre cuyos vínculos con Pacha Mama son misterios de su mito, la Madre del Viento. Y porque estás en todas partes incesantemente, como un monstruo invisible del que jamás los seres animados pudieran substraerse, lo aprisionas, lo subyugas, dándole toda tu alma, único bien que prodigas.

En aquel abrigo del cerro penetraba el frío; mas el viento apenas se oía á lo lejos. Por eso, nunca, durante el invierno, llegaron hasta ellos otras voces que no fueran el suave preludio con que se anuncia al pasar.

Doña Rosa tejía en un telar hecho con madera de cardón. Los muchachos pasaron el invierno buscando palitos con los que trabajaron armazones de trampas para cazar chinchillas, semejantes á las que se llaman “trampas del número cuatro” por la forma de las distintas piezas que en conjunto afectan las de este número y el hombre fué á armarlas en los cerros próximos donde él sabía de un lugar en que abundaban los valiosos roedores y en el que sostuvo muchas piedras con estos falsos soportes, colocándolos junto á las bocas de las cuevas.

El hombre pudo hacer buen acopio, y al término de la estación, dos docenas de cueros perfectamente estirados en sus respectivas armazones de ramas de tola lo resarcieron abundantemente.

Sin embargo, el acontecimiento inusitado no había sido este.

Los fugitivos del invierno volvían transformados en propietarios de una fortuna inmensa...

La Pacha Mama los había oído cuando, viajeros de la nieve, la invocaron en su apacheta y pródiga los devolvía al hogar con las llamas que llevaron los abrigos, las ollas y el maíz, cargadas de plata y de oro.

¿Qué había sucedido?

He aquí el secreto de la diosa, inexplicable para ellos; pero al fin y al cabo una realidad lisonjera: las llamas volvían cargadas de plata y de oro.

¿Qué pensarían las gentes de la vecindad ante tal transformación? ¿Qué diría don José Félix Canevil? ¿Qué no murmuraría el envidioso Aramayo?

Fuera lo que fuese, aquella tropa resultaba en un todo semejante á la que Pacha Mama lleva de noche hacia el cerro en que tiene su palacio y era de ellos, del hombre, aquella tropa de llamas cargadas de plata y de oro.

Y para toda la vida, llevaba aquella tropa cargada de plata y de oro.

Y el hombre decía al verla en marcha: ¡Plata y oro!

Sucedió que al despertar una mañana, á poco de haber llegado, cada habitante del refugio halló junto á su lecho un objeto de metal, grande, sólido y admirablemente modelado. Estos objetos fueron reconocidos inmediatamente.

—El mío es una llama—dijo Simón.

—El mío un torito.

—Este parece también una llama.

—Pues este debe ser una oveja.

—El que yo tengo—dijo Blanca—es el más feo.—Y mostró un objeto triangular con curiosos dibujos de círculos, serpientes y “patas de suris” [15] que cubrían su superficie.

—Son illas de los antiguos—observó el hombre.—¿Quién las habrá traído?

—Son de plata y la de Blanca es de oro—agregó entusiasmada doña Rosa.

Quipildor, el supersticioso Quipildor, dijo entonces con toda la gravedad que el caso requería:

—Estas illas son dádivas de los dioses. Pacha Mama oyó nuestro ruego; habrá venido anoche dejándolas mientras dormíamos.

—A mí me pareció verla.

—¡No digas eso, Simón! ¡Se te habría ido el espíritu! ¿Acaso se la puede ver sin perderlo?

—Illas de los antiguos...—murmuró Blanca como descendiendo á la realidad.—¿Qué es eso de illas?

—¿Te has olvidado? Rosa es la illa. ¿No te dije que cuando no se tiene una illa verdadera se la busca y que los collas las traen hechas de hueso? Pues así son éstas, de plata y de oro.

—¡Ah!... ¡es verdad! ¡Así son estas! ¡Y los dueños!... ¡los antiguos!... ¡pobrecitos! ¡están todos muertos!

—Siempre los antiguos están muertos—sentenció el hombre.

—Pero—observó á su vez Quipildor—aquí no se trata de illas de los antiguos, sinó de una dádiva de la Pacha Mama.

—¡Eso quién sabe!

—¿Cómo será, pues?...

De todas maneras, pareció prudente darle las gracias.

Bajaron por la quebrada del abrigo, y á la salida, donde los pastores habían levantado su apacheta, se detuvieron.

El hombre cavó un pequeño hoyo echando en él unas cuantas hojas de coca. Se puso de rodillas y tomando un puco lleno de leche, hizo de borde á borde la señal de la cruz derramándola sobre las hojas. Después tapó esos votos y dijo:

—¡Pacha Mama! ¡Santa tierra!
Cussiya, cussiya, Yastay!
Gracias por las illas de plata y de

oro; saluda á sus dueños,
los antiguos, y sigue siendo
nuestra madrecita protectora.

Los muchachos echaron sus piedras. Desde aquel día, todas las mañanas, al despertar, halló cada uno su correspondiente illa, y como el tesoro era bien común, depositadas en un solo pozo perfectamente disimulado bajo las piedras fueron reuniéndose en tal cantidad, que, cuando la gran illa del cielo derritió las nieves y hubo que pensar en el regreso, las llamas parecían pocas para el transporte de tan inesperada cuanto misteriosa fortuna.

Por eso, cuando fué indispensable regresar, siguiendo el paso de las llamas, con la esperanza de que bajo el rancho también Pacha Mama les traería sus riquezas, el hombre repetía: ¡De plata y de oro!

—¿Te acuerdas de la primer nevada?—preguntó Quipildor á la niña. Aquella noche... cuando silbaba el viento en los cerros, yo te dije: es la Pacha Mama que vuelve á su palacio llevando su tropa de llamas cargadas con cogotes de guanacos llenos de oro; ella es la que canta! ¡Blanca!... Te he seguido. Conozco tu secreto... ¿Qué eres?...


CAPÍTULO VI.


Los incas perdidos.


La Madre de los cerros suspendió sus generosidades cuando la familia hubo vuelto al hogar, dándole sólo la blandura de las nuevas vegas que tanta falta hacían á las llamas y la reaparición de los días tranquilos; pero en los inviernos siguientes volvieron á llenar el pozo, pues jamás faltó un objeto de metal, de manera que aquellas gentes bien podían considerarse como las más poderosas que nacieran en las punas. Sin embargo, el hombre, cuya vida no tenía un fin definido como que jamás pensó en trazarse plan alguno, falto de ideales, hijo de la ignorancia, siguió ocultando las illas, siguió siendo el cazador de vicuñas que con la escopeta al hombro ó sin más armas que los libes y el cuchillo va á perderse durante el día, faldeando cerros y siguiendo quebradas. Doña Rosa continuó junto al telar. Quipildor, Simón y Blanca, su vida de pastores.

—Si algún día vamos á tu tierra—decía el hombre á Blanca—venderemos las illas y te compraremos un sombrero con lo que nos den.

Cinco inviernos pasaron de idéntica manera. Nada se transformó con el aumento constante de aquella riqueza; hasta el mismo Quipildor seguía pensando en aquel inmenso deseo: ¡Cuando yo tenga una quena!

Debió esperar cinco inviernos para tenerla, y no era de caña... que así realizan sus esperanzas, sus anhelos, sus sueños, los indios de las punas!

Antes de ver á Quipildor transformado en propietario de una quena, sepamos el misterio de las illas, para lo cual unos cuantos párrafos tomados de un viejo cronicón impreso con permiso de S. M. el Rey, serán la clave del enigma...

“Cautivo el Inca Atahualpa, ofreció á Pizarro un tesoro increible á cambio de su libertad. Llenaría de objetos de plata y de oro su prisión hasta donde alcanzara el brazo levantado. Partieron los emisarios, regresaron cargados con tan codiciados metales, pero la sed de riqueza que dominaba al conquistador era impaciente, dieron muerte al Inca y se apoderaron de cuanto había amontonado allí, cantidad muy inferior aún á la prometida.

En vista de ésto, los indios detuvieron la mayor parte de las cargas, ocultaron las momias de sus incas en una gran caverna y en ella depositaron aquella riqueza, propiedad del Inca sacrificado á la codicia del conquistador, junto con los tesoros que pertenecían á cada una de aquellas momias sagradas puesto que eran las de los hijos del sol”.

Aquella caverna, verdadero depósito de las riquezas de medio continente y de toda una vasta civilización fué tapiada con la prolijidad á que sabe recurrir el indio en casos tan graves como este, en que más que el mérito real de los objetos, se presentaba el de la libertad, tesoro aún más valioso. Luego la disimularon amontonando grandes moles, y así quedó en el seno de la montaña como una gran boca tapada para que no descubriera jamás el secreto de la raza.

Una piedra caída reveló la entrada á Blanca. Era un pequeño hueco por el que se descubría la profunda obscuridad del antro. ¿No sería un buen abrigo durante las horas en que cuidaba á la tropilla los días en que los pastores recorrían los cerros?

Penetró en la caverna y se detuvo espantada. Allí, frente á ella, acurrucados, rodeando un montón de ollas y de cántaros vacíos, la miraban las momias de los incas, congregadas en el festín eterno de otro reino, bajo la pétrea bóveda sombría y callada.

Verdes y rojas estaban aún las diademas de plumas, frescos los colores de sus mantos, lucientes sus aros y sus insignias.

Inmóviles, solemnes, apenas se dibujaba en las bocas de los incas la risa eterna de las momias.

—¿Quiénes serán estos viejos?—se preguntó Blanca.—¡Bah! ¡No son más que muertos!

Y repuesta de la sorpresa que el desagradable encuentro le proporcionara, se atrevió á penetrar algo más. Sus ojos vieron mejor en la obscuridad. ¡Y lo que vieron!

A sus pies, y apilados hasta donde su vista llegaba á penetrar en las sombras de la caverna...

Lucientes aún en la tiniebla, bruñidos, en cantidad increíble...

En cantidad tal que no parecía sino que multitud de hombres se hubieran empeñado en reunir allí cuantos había en la tierra...

Vió un sinnúmero de objetos de plata y oro, llamas, guanacos, tigres, triángulos, figuras raras de animales cuya existencia ignoraba, cántaros, vasos, tinajones repletos, y á medida que más se hacían sus ojos á la obscuridad, á medida que distinguía mejor los detalles, le pareció como que cada una de aquellas piezas tenía luz propia que reflejaba en las paredes y las curvas de la caverna.

Así fué cómo, toda una raza convirtió en heredera á la niña hallada en el árido pedregal por una familia de indigentes, á la chicuela de ayer, hermosa muchacha ya, única flor que abrió sus pétalos y exhaló su perfume en el seno de las frías planicies.

—Esto—pensó Blanca—es para mí y para ellos.—Después, su atención se fijó en algo lejano: Los Reyes Magos nunca se acuerdan de nosotros... ¡La puna tendrá su reina maga!

Recogió unos cuantos objetos, y, al salir, tapó con cuidado el hueco revelador del secreto.

Durante la noche hizo el reparto, lo que repitió mientras vivieron en la caverna. Pero Blanca no concretó su generosidad á aquellos que constituían su familia.

En los años siguientes, como el Niño Jesús colgando estrellas de plata en la puerta del leñador, hallaron don José Félix Canevil, Aramayo y otros, en los umbrales de sus ranchos, guanacos, llamas, cántaros de oro, que al pasar les había dejado... Pacha Mama!

Volviendo cierto día de lo alto del cerro, durante el primer invierno que pasó Blanca en la puna, Quipildor la halló en su camino.

—¿Qué llevas ahí?—le preguntó.

—Nada—contestó la muchacha, largándose cuesta abajo, sin advertir que algo dejaba caer en la fuga.

—¿Y esto? ¿Y esto!—repetía Quipildor dándole alcance.

—Es mío; es la illa que ayer me dejó la Pacha Mama.

—No era ésta.

—Sí, que era.

—¡Nó! ¿De dónde la traías?

—¿De dónde? ¿Por qué lo has de saber?

—Te seguiré el rastro.

—Nada descubrirás.

—A donde vayas llegaré.

—¡No seas así, Quipildor; no te lo puedo decir!

Pocos días después fué cuando, regresando al rancho, le dijo:

—Te he seguido. Conozco tu secreto.

Y fué porque realmente creía en él, y no por que algo hubiese descubierto, pues tan disimulada estaba la caverna, que áun escapaba á los mismos ojos del pastor.

Así lo comprendió Blanca al convencerse de que nadie más que ella había penetrado. ¿Cómo por otra parte la hubiera podido descubrir si tomaba todo género de precauciones, y la misma ubicación de la entrada ocultaba tras una mole el montón de piedras colocadas sobre ella? Si Quipildor hubiera seguido el rastro, habría llegado con toda seguridad hasta la caverna; pero ésto le habría servido sólo para concluir de convencerse de que Blanca era la Madre de los Cerros, pues se habría hallado con que las pisadas desaparecían de pronto, no pudiendo llegar en sus raciocinios de rastreador más que á una sola solución:—Aquí desapareció. Porque á ningún rastreador que va siguiendo á una persona puede ocurrírsele que está ahí mismo, al otro lado de la piedra, al llegar á la cual se ha hecho invisible.

Hemos dicho que era en el quinto invierno y que Blanca tenía alrededor de quince años...

Estaban tendidos al sol, cuidando las llamas, en ese gran silencio de los abrigos invernales que sólo perturba el eco del cencerro de la madrina que ramonea.

Abajo, se percibía el ténue humillo del hogar; á lo lejos, el dilatado sudario de nieve.

—Tú piensas siempre, Quipildor, algo raro de mí que nunca te atreves á decirme—moduló Blanca en bajo y quejoso tono.

—Algo malo... ¡Cómo será, pues!

—Piensas—continuó la muchacha—que yo ando en relaciones con los genios, tal vez con la misma Madre de los Cerros, y nunca la nombras delante de mí, desde aquel primer invierno en que me dijiste: “Tú eres la Pacha Mama!”

Quipildor tomó una piedra y la arrojó hacia el valle, murmurando algo que Blanca no pudo oir. Después metió la mano bajo la camisa de lienzo, apoderándose de un amuleto que llevaba á manera de escapulario.

—¡Sí! Piensas que soy la Pacha Mama, y yo no sé qué razón tienes.

—Porque serás, pues...

—¡Bárbaro! ¡Y lo dices convencido!

—Desde que estás en las punas, todo ha cambiado para nosotros. Parece que hubieras traído la alegría y que ésta fuese sólo tuya, porque cuando te alejas, se va siempre contigo. Estás con nosotros, y desde el primer invierno, cuando llegan el frío, el hambre, la muerte, aparece la fortuna en esas illas de los antiguos, que tú, y nadie más, puede saber de dónde viene.

—Bien puede ser que tu padre haya hecho algún pacto como aquel cazador que llegó á donde estaba el perro encadenado.

—¿Mi padre? ¡Qué va á hacer pactos mi padre!

—¿Y Simón?

—Ya me lo habría dicho.

—Entonces, quiere decir que tú, Quipildor...

—¿Yo?

—¡Sí! ¡Tú que viste á la Pacha Mama y el país de las cañas! ¡Tú que me has asegurado que habías tocado en la quena mágica!

Y con la cara como unas pascuas de otra parte que no sea las punas, al ver la sorpresa de Quipildor, continuó:

—Eres bueno, y te quiero. Voy á decirte mi secreto. ¡Al fin y al cabo, para qué necesito yo de todo aquello! ¡Sí! Dices la verdad; yo he sido quien ha traído durante cinco inviernos todas esas illas, pero no soy lo que tú piensas. Las descubrí por casualidad, en una caverna enorme que tiene este cerro. Ven, ven conmigo, y verás cuánto queda todavía. Tendrás antes que prometerme no decir ni una palabra á nadie, ni á Simón, ni á tu padre, á nadie.

—Lo prometo.

Y se fueron cuesta arriba hacia las piedras de la entrada.

—¿No es la Salamanca?

—¿Qué?

—Pregunto si se reunen aquí las brujas. Como prefieren estas cuevas...

Blanca se detuvo. ¡Si fuera obra de los genios! Si aquellos viejos emplumados que tantas veces había visto fueran las brujas dormidas!

—¿Cómo son las brujas?...

—Cómo serán, pues...

Con esta manerita de contestar, verdaderamente india, ya sabía la muchacha que nada podría hacerle decir al respecto, así fué que optó por invitarlo á pasar; mas el supersticioso Quipildor volvió á detenerse.

—Yo no sé si podré entrar sin que el cerro se enoje... Estas cuevas son propiedad del cerro y hay que tratarlo bien. Además, cuando uno revuelve las cosas de los antiguos, puede enfermarse.

—¡Si esta cueva es mía! ¿Estás con miedo?

—¿Miedo?

Y entraron.

—Ahora que estoy acompañada—pensó Blanca—voy á aprovechar para recorrer todo esto y saber hasta dónde llega.

Quipildor estaba absorto. Sabía bien que aquellos emplumados no eran más que momias, pero no dejó por ésto de examinarlos con toda atención.

—Esto es oro—decía á cada momento;—esto es plata. ¡Cuantas illas!

—Sigamos.

—No veo.

—Ya verás. Vamos por esta galería. ¿Dobla? ¿Sube? Aquí termina.

—¡Cuánto oro! ¡Cuánta plata!

—¿Has visto? Parece un sueño. En aquella otra galería tampoco he entrado.

La siguieron. Grandes lingotes de oro alternados con lingotes de plata yacían desde cientos de años, apilados, formando galería de columnas á lo largo de la caverna y en los rincones, también de plata y oro luciente, los famosos ídolos que hombres de otras edades adoraron, las deseadas huacas [16] que allá, en las cumbres de sus montañas, rodeadas de conopas, reinaron sentados en cuclillas, con los brazos cruzados.

—Tenemos una gradería por delante—dijo Blanca.—¿Qué hay arriba, en aquel nicho?

En la obscuridad le pareció ver á su compañero loco de alegría.

Estaba helado y temblaba.

—Eso——contestó—es la más preciosa de las joyas, ¡es una quena!

De un brinco, el pastor estuvo sobre ella.

—¡Vamos, Blanca! ¡Vamos hacia la luz!

Quipildor estaba transfigurado. Le brillaban los ojos, y su expresión de arrobamiento parecía envolverlo en una aureola de alegría.

—Es de piedra. ¡No importa, porque es mía, es mi quena!

Y en la tarde serena realizó el sueño de su vida, despertando en la vieja quena que un músico de otras edades le dejara allí, en lo hondo de la montaña, las voces dormidas durante cientos de años, los mismos acentos, el profundo suspiro de una raza que jamás oyó en sus flautas más que melodías quejumbrosas é himnos de dolor.

Por eso en aquella tarde escucharon los habitantes del cerro una voz nunca oída. Era como si todos los ecos que suben hasta las cumbres, reunidos en la del Cerro Bola, rodaran hacia el valle unos, descendieran con vuelo de grandes alas otros, como si una bendición del Universo cayera sobre la cumbre y un genio ignorado los enviara. Era la voz de la más dulce de las quenas, de una quena mágica, que hablaba á los valles de indecibles ensueños, al hombre, al guanaco, á la vicuña, á todo lo que es libre. Después, mostraba los bosques de allende las serranías, de un país encantador, del país de las cañas.

Era una voz divina. La que arranca el poeta indio para quien la quena no es más que el medio de manifestarse; la que emplea el indio para contar á sus montañas todas las penas que calla.

Blanca, de pie junto á él, como una visión inspiradora, lo escuchaba fascinada. El pastor continuó de rodillas en el cerro. La muchacha, por su parte, sentía algo indefinible, algo que no podía comprender. ¿Por qué decía tanto con la quena aquel mocetón de pocas palabras; aquél que sólo sabía repetir: “Cómo será, pues” y “así será pues”?...

Quipildor pensaba en que él mismo le había dicho:—Has de ser Pacha Mama, porque eres la alegría. Y al fin y al cabo, si era suya la dicha de poseer una quena, también se la debía á la joven, que acababa de revelarle el secreto de la caverna.

Por eso, sintiendo una fuerza misteriosa que le exigía algo más, de rodillas como estaba en el cerro, extendió los brazos hacia ella, exclamando:

—¡Sí! ¡Sí! ¡Tú eres la alegría, el amor, la vida; tú eres Pacha Mama!


CAPÍTULO VII.


Ni el guanaco.


—Kaicaicaravicovich...[17] relinchó el guanaco lanzándose hacia el valle. Y Simón, al descubrilo huyendo, se preguntó:

—¿Por qué corre espantado el animal? ¿Qué habrá visto al otro lado del cerro?...

Cuando Simón, tomando la senda que traía el guanaco, llegó al otro lado, también huyó mucho más espantado que aquél.

Aún repetían los ecos las melodías de la flauta de piedra, y vagando sus sonidos en grandes ondas iban apagándose entre las grietas de la montaña, que parecía recogerlos y guardarlos.

Allí, de rodillas, con los brazos extendidos hacia Blanca, vió á Quipildor que por vez primera le hablaba en un lenguaje nunca oído en aquellos lugares, y la vió de pie, bella como la diosa de las punas, majestuosa, imponente, envolviendo á su hermano en el calor de sus miradas, que todo lo decían.

¡Cuán triste le pareció entonces la puna! Negras estaban las serranías, frías las hondonadas, más que nunca silencioso el universo. Todo se abría como una ancha tumba.

El pastor de llamas pensó en que la muerte era una redención, y como el cielo de los días de otoño, que en sus últimas horas se viste de tintes rojizos, vió rojas las montañas, roja la nieve.

Amaba á Blanca, y nunca había pensado en decírselo.

Nunca había comprendido su amor.

¿No era de él? ¿No la había descubierto él? ¿No la había recogido él cuando el guanaco la espantaba? Blanca era el tesoro del hogar, por tal la reconocían todos. ¿No es el verdadero dueño quien descubre el metal en la montaña? ¡Y Quipildor, su hermano, acababa de arrebatárselo!

Volviéronse á oir entre los peñascos las melodías de la flauta india, no ya como el primer canto con que el indio da gracias á la Naturaleza por la adquisición que acaba de hacer; no ya como el primer arranque de la inspiración que tiende sus alas en el vuelo con que se inicia, sino como un himno de gratitud, saludo del amor que llega, y con el cual canta el hombre al sol que se hunde esplendoroso en el ocaso, á la cumbre, á la inmensidad... ¡á la vida!

Era el adios al día que se va repleto de nuevas esperanzas, que se va con la promesa de volver aún más brillante, y Simón, oculto tras los peñascos de la cuesta, escuchó el canto de la quena, que sonaba en sus oídos como funeral de sus amores callados.

En toda la frase de la inesperada melodía, en todas las notas, en todos los ecos, llegaba un solo pensamiento, á cada instante más doloroso.

—¡Blanca lo ama!

Aun le quedaba por oir algo más, algo que ni aun las quenas mágicas modulan, que no repiten los ecos, que no tiene notas ni aun en las flautas de los sueños más gratos: el chirriar de las puertas de un templo encantado que se abren, el dulce llamado á la entrada del país de la luz... y oyó el beso que los jóvenes se daban, no allí, donde surgía, sino en el fondo del tenebroso abismo en que su furia y sus penas se revolvían vencidas.

Después... ¡Ah! ¡También lloran los hijos de la nieve! Por eso, sentado junto á la senda del guanaco, en presencia del idilio de las soledades, el pastor de llamas dejó que corrieran libremente sus lágrimas.

La única sonrisa se desvanecía para siempre.

—¡Kaicaicaravicovich!...—relinchaba el guanaco á la distancia.

—Tal vez me llama—se dijo Simón.—Ya nada tengo que hacer aquí. Iré á otras vegas, seré pastor en otros pedregales... Alzaré otra apacheta en las montañas.

Rápido, como sólo él sabía serlo, saltando junto á los precipicios, franqueando las grietas que á cada paso abría la nieve, tras corto rodeo, llegó á la choza invernal y recogió sus prendas, llenando las rojas alforjas que solía llevar al hombro cuando iba de viaje.

—¿A dónde vas?—preguntó el hombre.

Simón, de pie, diabólico cual nuevo Belial de aquellos Andes, verdadero Yastay de las punas, recordó á Blanca, á Quipildor, al guanaco cuyo relincho lejano lo llamaba.

—¿Y si fuera el Yastay ¿No se transforma en ese animal cuando vaga por las punas?

¡Extraña coincidencia! Lo había visto junto á la niña la tarde aquella en que el viento levantaba remolinos de arena, y volvía á verlo entre remolinos de nieve, al perder á Blanca para siempre.

Brillaron sus ojos.

—¿A dónde voy?... ¡A salvar mi vida! ¡Lejos! Donde nada se sepa de mí. Pero antes de partir... oiga usted, padre mío... Hace cinco años, ¿se acuerda usted? una tarde ventosa y sombría, hallé á Blanca en la planicie. Era tan linda que me dió lástima dejarla abandonada. Yo era un chicuelo. Conté á todos cómo la había hallado y ustedes creyeron que la historia era verdadera. ¿Oye ahora al guanaco que relincha allá lejos?... Es el Yastay que me llama. He cumplido su mandato y debo irme con él.

—¿Qué estás diciendo, hijo mío?

—¡Sí! Ahora puedo confesar la verdad. Aquella tarde, el guanaco, que no era otro que el Yastay, me dió orden de traer á Blanca y de cuidarla.

“—Tengo que hacer—me dijo—que este invierno sea muy frío. Es mi hija y no quiero que sufra. Llévala, ya le he enseñado la historia que debe referir y el secreto de mis tesoros, para que tú y todos los tuyos reciban el premio de su hospitalidad. Esto le explicará quién trae durante la noche las illas de plata y de oro; pero ya es Blanca una moza, ¡ya puede volverse con su padre! ¡Adiós!... ¡El Yastay me está llamando! ¡Cuídense ustedes de ella, porque está encantada... es un genio de las montañas!

Saltando de peñasco en peñasco, Simón descendió á la planicie, mientras que el hombre, de pie junto al refugio, lo contemplaba, perdiéndolo de vista en la distancia. Cuando el pastor hubo desaparecido, don Ramón, que no volvía de su estupor, recogió una piedra y la arrojó en la dirección que acababa de tomar aquél.

—¡Pacha Mama!—exclamó—¡que sea dichoso en la vida!

Su mujer entró al abrigo y el hombre la siguió. Allí hablaron en voz baja. Después salieron llevando cada uno una cruz improvisada y las clavaron junto á la vivienda.

Arriba, se oía la voz apacible de una quena...

—¿Oyes?—dijo el hombre.—¡Todo está encantado por ella! ¡Tanta nieve y tantos cueros de chinchilla, las illas de plata y de oro, la felicidad que ella traía... una quena, aquí, donde no las hay... todo es obra suya!

Y al ver llegar á la joven que volvía cantando vidalas al seguir el camino de las llamas, gritaron espantados:

—¡Blanca! ¡Hija del Yastay! ¡No vengas! ¡Vete!

La inocente joven se detuvo.

¿Habrían descubierto sus amores?

—¡Vete! ¡Maldita! ¡Si te acercas, te apedreamos!

Inmóvil, sobrecogida por la sorpresa de aquella actitud inesperada, sin comprender la causa del espanto que producía, esperó á que sus padres adoptivos se apaciguaran.

—¡Vete!—repitieron.

Don Ramón entró al abrigo y volvió á salir armado con la escopeta que llevaba cuando iba á caza de vicuñas.

—¡Vete!—le volvió á gritar.—¡Hija del Yastay! ¡Maldita, que traes la nieve, secas las vegas y matas nuestras llamas! ¡Vete!

Doña Rosa alzó una de las cruces, presentándosela de frente.

—¡Se han vuelto locos!—pensó la niña. Y á la espera de Quipildor, que indudablemente llegaría por el mismo camino, se sentó en una piedra.

Las horas pasaban, y el frío, cada vez más intenso, anunciaba una noche cruda.

Las moles del cerro semejaban grupos de monstruos misteriosos.

—¿A dónde podría ir?...

—¡Si viniera Quipildor! ¿Por qué no viene? ¿Qué le habrá sucedido?

Creyó oir una quena que sonaba en los otros cerros.

Y cuando el viento se hubo calmado por completo, dejando sus dominios al silencio, no le cupo la menor duda. Por las faldas se alejaba Quipildor. Lo adivinaba en las mágicas melodías de su quena.

Los refugios de otros vecinos se alzaban en quebradas distantes. Pero caminando, se pasa mejor la noche.

Blanca pensó en las familias de Canevil, de Aramayo, de Calpanchay.

Iría á la que estuviese más próxima. Ella las conocía.

Como un fantasma se encaminó hacia la planicie en que cinco años antes vagaba perdida, lo mismo que si hubiese estado perdida en el mar.

¿Por qué las lágrimas son silenciosas?

¿Por qué no tienen melodías?

Un hombre la precedía.

En vano caminaba.

¡Ya... ni el eco de la quena!

Una luz brilló frente á ella.

—¡Qué raro! ¿Desde cuándo encienden luz á media noche en el abrigo de los Canevil?

Ya estaba cerca. La alegría de la llegada la invitó á cantar. Las gentes del refugio le gritaron:

—¡Vete! ¡Ya sabemos por Simón quién eres! ¡Hija del Yastay! Maldita. ¡Vete; tú eres la maldición de las punas!

—¡Yo!—exclamó Blanca temblando.—¡Yo la hija del Yastay! ¡Y es Simón quien lo ha dicho!

Todo se reveló entonces á su espíritu. Simón los había sorprendido en el primer beso de amor. ¡Simón se vengaba!

—¡Si estuviera Quipildor!

¿Para qué insistir? Conocía perfectamente la credulidad de aquellas gentes, credulidad de la que en mucho participaba.

Insistir, significaba esponerse, y así, la buena, la infeliz Blanca, expulsada de uno por uno de los refugios, sin recordar que había llevado á todos ellos la alegría de su raza y hasta la riqueza en forma de illas depositadas con todo sigilo, fué de refugio en refugio implorando el amor del hogar, á lo menos por un momento.

Las gentes de las punas la rechazaban.

Simón la precedía.

Imploraba en vano.

¡Ni la voz de la quena para guiarla!

Estaba cansada.

La nieve, era á cada paso más espesa.

En la sombra distinguió un sér cuya presencia le era familiar.

—¡Si no fuese tan arisco... me daría su calor! Sólo oyó en su camino el grito del animal que se perdía en la noche, repitiendo:

—¡Kaicaicaravicovich!...


CAPÍTULO VIII.


En el país de las cañas.


Blanca había oído á lo lejos los acentos de la quena de Quipildor, que para desgracia suya se alejaba. Ya el viento no reinaba como único cantor en las montañas. Dulce como él, melódica, exhalaba la flauta india las notas nunca oídas, de algo nuevo, indefinido y apacible. Las melancolías nocturnas se transformaban, el hombre decía su amor en la quena, daba su felicidad á la noche. La poesía, la juventud, la esperanza, parecían en aquel eco lejano el anuncio de nuevas diosas que hubiesen venido á alegrar los pedregales. ¿A dónde iba Quipildor?

Allá, á donde de pie en la soledad, en la sombra, en el silencio, el indio dirije su plegaria á la Madre de los más míseros seres, madre y dueña de cuantos tesoros guardan los cerros, que castiga al malvado despeñándolo en los barrancos, cubriéndolo de nieve, ó dejándolo morir de hambre y de frío. A la que tiene en sus manos la vida y la riqueza, sostiene al débil en sus horas de infortunio, y lo alienta en la lucha sin tregua. Por eso, de pie frente á ese altar levantado con las mismas piedras de sus eriales, bajo la bóveda misteriosa de la noche callada, ante la apacheta, dió gracias Quipildor á su madrecita protectora, que acababa de entregarle la quena tanto tiempo esperada, á la vez que el amor largos días soñado.

Blanca, mientras tanto, iba por otro camino pidiendo hospitalidad inútilmente.

—Tal vez—pensó el pastor—será grato á Pacha Mama oir las voces de esta quena.—Y sentándose frente á la apacheta, moduló un himno de gratitud cuya belleza á él mismo sorprendía.

Con los ojos cerrados, dió principio en tono casi imperceptible, que creciendo, creciendo, semejaba la voz de una niña de cabellos de oro, gentil, hermosa, que siempre sonreía. Y al oir tales sonidos creyó el pastor que él y Blanca daban gracias á la Madre de los cerros.

Con los ojos cerrados...

Y sin embargo, él veía la apacheta, la llanura, las montañas. Poco á poco extraña claridad invadió el escenario, surgieron otros detalles, distinguió los colores de un día inesperado, y en aquella armonía de luces y resplandores la misma Pacha Mama se alzó de la apacheta, inmóvil, solemne.

—Tu canto—le dijo—es el último suspiro de la raza que muere. Por eso esa quena, no tiene más que tristes melodías. Puedes creerlo, solamente es un lamento, pero son tan mustios los pedregales, tan desoladas estas comarcas, que aun así, parece alegre á todos los espíritus.

Los detalles lejanos, las luces, la diosa, desaparecieron y la noche profunda otra vez envolvió al joven.

Era ya tiempo de regresar. ¡Hacía tanto frío!

—Allá, á lo lejos, en la luz que adivino, está Blanca dormida!

El amor se alejaba por donde huía un viejo guanaco.

Quipildor llegó al rancho siendo entrada la noche.

—¡Blanca, hija del Yastay! ¡No podía ser!

El amor, la esperanza, la vida, sólo son dádiva de Pacha Mama. Acababa de verla en la apacheta. El Yastay sólo da la desgracia.

En cuclillas junto al fogón, Quipildor dijo:

—Siempre hemos sido como somos, por nuestra culpa. Todos los inviernos cubre la nieve estas punas, se hielan las aguadas y los arroyos, se mueren de hambre las llamas y las haciendas de la Madre de la Tierra que pastan libres en los cerros, se hielan los hilos de agua y hasta las lágrimas en los ojos. Así estaba esto antes de Blanca y así será siempre. Si es un genio de las montañas, es genio del bien. ¡Es tan linda y tan alegre! ¿Por qué no fuísteis á preguntarlo á don Tiburcio, el machi? Siempre por nuestra culpa. ¡Arrojar la felicidad una vez que la tenemos! Así fué siempre, así será.

Luego, incorporándose, abandonó el rancho partiendo en busca de la niña.

Anunciábase la alborada cubriendo con su diáfano rosicler las cuestas del Incahuassi, y Quipildor, dirigiéndose hacia el Naciente, distinguía ya las primeras explosiones del sol, en el fondo de los cielos, tras la cadena de nieves eternas que forman la sierra de Cachi. Su instinto de indio montañés le anunciaba que Blanca trataría de irse al otro lado, á los valles de donde vino, aquellas tierras siempre verdes, y avanzó buscándola como el cazador que sabe el camino invariable de los guanacos y vicuñas.

Blanca, arrojada de los refugios vecinos, temiendo internarse en aquellos valles que al solo anuncio de Simón se tornaban en adversos é inhospitalarios, pensó realmente en una casita de techo rojo, entre algarrobos y corrales que aun no habían borrado los años. Estaba allí, al otro lado de Cachi, pero tendría que caminar tanto! Todo se le presentaba cubierto de nieve.

Era un manto sin término, sin contornos en la noche que ocultaba el horizonte. En el fondo de la tiniebla, sólo podía hallar el frío, el cansancio, el hambre, la fiebre... ¡la muerte! Pero de todas maneras, ¿adónde podía ir? Sabía caminar. Buscaría los refugios de las quebradas mientras durara el descanso y bien pudiera ser que hallara á cualquiera en el camino.

—¡Quipildor!—pensaba—¡también él me habrá maldito!

El alba pintó las moles de Cachi y el día trajo sus primeros anuncios á la puna. Estaba cansada. Hizo otro esfuerzo. Distinguía ya el principio de una quebrada angosta que indudablemente llevaba hacia los valles. En ella encontraría algún hueco donde poder reponerse.

La nieve la engañaba en la lejanía y la boca de la quebrada continuaba distante.

Una familia de guanacos asomó en la falda del más próximo cerro, alejándose al trote, los cuellos levantados, deteniéndose nerviosa para examinarla, breves y rápidos los pasos.

Desfallecida, las sienes palpitantes, las mejillas heladas, abrasada la frente, la joven se detuvo al fin.

—Mientras llega esa nevada—se dijo—podré descansar.—Buscó una piedra de gran volumen y se sentó junto á ella.

¡Ah!... los que fatigados buscan alivio en la nieve lo encuentran. Todo se reduce á cerrar los ojos—y Blanca los cerró. Los dioses dormidos aún, ocupaban los misteriosos refugios de las montañas, el Chiqui, las tumbas de los “antiguos”, Chasca, las hondas cavernas de las cuestas. Unicamente Pacha Mama pensaba en ella y no tardó en presentarse.

Desde ese instante Blanca vió cómo la nieve se obscurecía, se levantaba, la envolvía formando profunda caverna, cómo los incas dormidos, que ostentaban diademas de plumas, despertaban y las illas de plata y de oro se llenaban de luces brillantes y fugitivas.

Después... sólo las luces, muchas diminutas, apenas perceptibles, ascendiendo, bajando á inmensas profundidades, rápidas siempre, fugaces como visiones de lo inconsciente...

¡Todo para Quipildor! Ella quería que fuese todo para él... y al recordarlo, tuvo un extremecimiento que le hizo abrir los ojos y volverlos á cerrar, repitiéndose:

—¡También me habrá maldito!

La Madre de los Cerros continuaba frente á ella, envuelta en rojo y abrigado manto que parecía una mancha de sangre en la nieve...

—Al otro lado de estos cerros—le dijo—otra diosa, también madre, quiere protegerte. Yo te he dado mis illas, otras, las del alma, ella te las dará. Te he dado mi palacio, que mi palacio era la gruta; otro ella te dará.

Profundo sueño envolvía las imágenes; le parecía ir entrando en el país de las sombras, donde apenas adivinaba la proximidad de Quipildor, y la misma Madre de los Cerros, único ser que se ve en los sueños, porque es el único que prodiga sus bondades, menos visible, iba desvaneciéndose como una lenta agonía.

—¡Otra madre!—balbuceaba la joven.—En los verdes valles... ¡tal vez en la casita blanca de techos rojos!... ¡Si viniera Quipildor!

Después... todo se fué transformando más lentamente, hasta que al fin, confundidos tierra y cielo cual un país vacío, el mundo giró en sus ojos, frío, obscuro y desolado... sólo se oían los acentos de una quena lejana cuyas notas llegaban hasta ella en un himno, coronando su frente con grandes ondas concéntricas.

Algo raro, incomprensible, en que todos los sonidos de la tierra y del cielo se juntaban como un gran concierto de mágicos violines, tamboriles y trompetas de oro...—en los verdes valles, se repetía, está la casita blanca de techos rojos!

Cantaba ternuras la quena que se iba hacia los valles de oriente, y á lo lejos, recordaba las avecillas de los bosques... ¡Hacía tanto frío!

Sobre las crestas de Cachi asomó el sol su disco, y un rayo de su luz llegó hasta Blanca, pálido y débil, verdadero sol de las nieves...

Quipildor pasó cerca y vió aquella mole á cuyo pie agonizaba Blanca. Era un montón de nieve en la sábana inmensa.

Llegó á la quebrada y se internó apresurado.

¡Cómo caminan los hijos de las punas!

Por la quebrada fué descendiendo á grandes pasos, embravecido por el dolor, angustiado por la pérdida de su inmensa esperanza, de una esperanza más grande aún que los valles y los montes...

Así caminó dos días, hasta llegar á la parte que llaman la quebrada del Tolar, una dilatada planicie desde la cual se divisan íntegros y majestuosos los nevados de Cachi, cubierta de leñosas Tolas y en la que vagaban algunos guanacos.

Quipildor los observó con atención. Ninguno corría.

—Si Blanca fuese por aquel lado—se dijo—no estarían tan tranquilos.

Descendiendo, descubrió las primeras cortaderas, quemadas por la nieve, los cardones sin flores; después, más allá, jarillas, jumes y cachiyuyos. Era otro suelo. El anuncio de regiones más fértiles y el pastor comprendió que se aproximaba al país de las cañas.

De rato en rato se detenía, escudriñaba los contornos, gritaba el nombre de la joven con toda la fuerza de sus pulmones, los barrancos lo llevaban repitiéndolo en los ecos y todo volvía á enmudecer.

El mundo estaba solo.

Una tarde divisó los primeros molles.

—Ya voy llegando—se dijo el pastor.

Y del otro lado del cerro á que trepara en busca de dilatado observatorio, vió el primer valle, con árboles á cuya sombra corría el ancho río de Calchaqui. Eran todos sauces colorados, molles y algarrobos, en cuyos claros se extendían los alfalfares.

—¡Este debe ser el país de las cañas! ¡Cuán fértil, cuán lozano, qué dichosos vivirán sus habitantes!

Ese mustio valle, que parece erial para el que viene de oriente, fué para él un oasis de la vida, rico, exageradamente rico, mucho más verde aún, á pesar del invierno, que aquel que Quipildor soñó una vez. Era tan verde para sus ojos, que la exhuberancia y el color llenaron su alma de temores, y medroso ante la tupida vegetación, se detuvo sin atreverse á continuar su camino.

—Allá está Blanca...—pensó.—Esa casita de techo rojo es la suya... Yo no soy más que un pastor de llamas! Aquí la gente es rica, no necesita de la Madre de los Cerros, nada tiene que hacer Pacha Mama.

A sus espaldas, como hermanas gigantescas, se alzaban las montañas llamándolo, y él creyó que al erguirse le decían:

—¡Ven! Aquí están tus yaretas, tu nieve, Rosa tu illa, los abrigos invernales, el rancho de primavera á orillas del salar en que pasean los flamencos.

¡Nosotros te contaremos leyendas siempre nuevas, tu amor será una de ellas!

¡El país de las cañas! Estaba allí, al pie del barranco, inmóvil, dormido en la mañana sin sonidos.

¿Habría llegado Blanca á él?

¿Y si no estaba, para qué quería las cañas, para qué los inmensos verdores de los alegres algarrobales?...

—¡Ven! Volvieron á decirle las montañas.

Y como obedeciendo á una secreta voz que hubiese dicho:—¡Allá voy!—Quipildor tomó otra vez el camino de las montañas, vacilante el paso de hombre acongojado, ahogado el pecho por las lágrimas.

El sol, más caliente esos días, daba el abrigo de sus rayos á los valles y quebradas. Derretíase la nieve, principiaba el susurro de los arroyos, nuevamente se formaban las espumas de sus saltos.

Los cardones, los cachiyuyos, jumes, yaretas y tolas quedaron á los lados de la senda y otra vez divisó Quipildor la tierra suya, la puna, en que viajaban los últimos remolinos de nieve, los primeros remolinos de arena y entre ellos sus amigos fantásticos, Chasca el morador de las grietas profundas, que se encoleriza, y en sus arranques barre las planicies rugiendo entre las peñas, el fúnebre Chiqui que extingue la vida, el travieso Yastay, la Pacha Mama, madre y dueña de todo lo creado, de todo lo que vive, de todo lo que es libre.

Allí, al pie de una mole, vió algo extraño. Una mano pálida, que parecía por su blancura una flor de la nieve.

Y Quipildor dijo:

—¡Así tenía que ser!

En vano frotó aquella mano rígida y sin colores, en vano restregó el cuerpo inanimado con los restos de nieve que lo cubrían. De aquella almita que el cansancio había vencido, sólo quedaba la majestuosa sombra de sus ojos, la dulce expresión de una última sonrisa de los sueños.

Cuando se hubo convencido, inclinó la cabeza, y turbia la mirada que el llanto velaba, murmuró en un sollozo:

—¡Tú eras la Madre de los cerros... Pacha Mama!

Sólo faltaba el funeral de aquellas montañas, el triste canto de la quena, y lo que dijo en su lloro aquella tarde la quena del indio, la honda cuita que moduló, no lo supieron llevar los ecos, no lo han repetido jamás las montañas ni el gemido del viento que barre las punas.

¡Así tenía que ser!


FLOR DE LAS NIEVES



INDICE


Pág.
I.
 La quena mágica..........................................................................................................................................................................................................................................................
3
II.
 Duermen los dioses..........................................................................................................................................................................................................................................................
17
III.
 La pizarra montañesa..........................................................................................................................................................................................................................................................
31
IV.
 Las primeras nieves..........................................................................................................................................................................................................................................................
45
V.
 Las illas de plata..........................................................................................................................................................................................................................................................
57
VI.
 Los incas perdidos..........................................................................................................................................................................................................................................................
79
VII.
 Ni el guanaco..........................................................................................................................................................................................................................................................
97
VIII.
 En el país de las cañas..........................................................................................................................................................................................................................................................
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  1. Quena.—Flauta de siete agujeros cuya base es re. Universal, usada en forma perfecta por tribus andinas, desde Venezuela hasta Mendoza, en la República Argentina.
  2. Incahuassi.—Casa del Inca en quíchua. Se encuentra este nombre con frecuencia en los Andes de la América Meridional. En este caso, el cerro más hermoso de la Gobernación de los Andes.
  3. Punas.—Por antonomasia Puna. Planicie sin vegetación casi, á gran altura sobre el nivel del mar. Difíciles de recorrer por el enrarecimiento del aire, que fatiga al caminante.
  4. Inti.—El sol. adorado por los indios.
  5. Yareta.—Planta muy achaparrada del género Asorella. Esta y la Tola (Baccheris) son los principales combustibles.
  6. Puco.—Recipiente de barro.
  7. Mama-Illa.—La luna, que como á Inti, adoraban también los incas.
  8. Huahua.—Criatura que no camina aún. De más edad, por su manera de ser.
  9. Tambo incásico. Casas de descanso en los caminos antiguos.
  10. Lacillos y reatas.—Para sujetar las cargas sobre el aparejo.
  11. Ojotas.—Especie de sandalia de cuero, calzado general entre los indios y mestizos, que se usa desde el norte de Córdoba.
  12. Libes.—Boleadoras.
  13. Pirca.—Pared baja de piedra.
  14. Illa.—Mascota, amuleto.
  15. Suri.—Avestruz.
  16. Huaca.—Tumba; también los objetos votivos de ésta.
  17. Así dicen los indios de la región, como imitando el relincho de los guanacos, cuando hablan de ellos.