Francisco Columna
FRANCISCO COLUMNA
Es posible que se acuerden ustedes del abate Lowrich, con quien nos hemos encontrado en Ragusa, Espalatro, Viena, Munich, Pisa, Bolonia, Losana... Es un hombre excelente, saturado de erudición, que sabe una porción de cosas que nos agradaría olvidar si las supiésemos como él: el nombre del impresor de un libro pésimo; la fecha en que vino al mundo un necio, y otras mil particularida des del mismo jaez. El abate Lowrich tiene la gloria de haber averiguado el nombre auténtico de Kuicknackius, que se llamaba Starkius, pero que no fué—salvo el parecer de ustedes—el Polycarpus Starkius que escribió ocho endecasílabos impecables acerca de la tesis de Kornmannus De vitibus et doctrina sarabaeorum, sino Martinus Starkius, que escribió treinta y dos endecasílabos acerca de las pulgas.
Aparte esto, el abate Lowrich merece ser conocido y estimado; tiene ingenio, corazón y pone grande y activa diligencia en servir a los amigos, y a más de estas bellas cualidades posee una imaginación rara y viva, que da atractivo a su conversación, salvo cuando se engolfa en el piélago de las nonadas de biografías y bibliografías. Yo sé a qué atenerme respecto de este inconveniente, y cuando en mis continuos viajes por Europa encuentro al abate corro a él en cuanto le veo, y aun no hace tres meses que le vi.
Había yo llegado taide al Hotel des Deux—Tours, de Treviso; así que no tuve tiempo de poner el pie en la villa. A la mañana siguiente, cuando bajaba la escalera, vi delante de mí una de esas figuras singulares que tienen fisonomía de cualquier lado que se las mire. Un sombrero cual no hay otro, puesto en la cabeza como nadie se le pone; una corbata roja y verde anudada al cuello de modo que por un lado sobresalía tres o cuatro pulgadas de la levita y por el otro no se veía; un pantalón no bien cepillado en una pierna, sucio en la otra y levantado coquetonamente su extremo sobre el tirante de la bota, y, por fin, la cartera inmensa, la cartera inseparable, bien atestada de títulos de libros, de noticias, de papeletas, de planos, de croquis, de tesoros valiosísimos para el erudito, pero que un trapero no recogería. Imposible equivocarse; aquél era Lowrich.
—¡Lowrich!—grité, y al instante nos abrazá bamos.
—Sé adónde vas—me dijo tras del afectuoso cambio de saludos, y me indicó que había llegado a Treviso al mismo tiempo que yo. Preguntaste las señas de un librero y te dieron las de Apóstolo Capoduro, que vive en la calle de los Esclavones.
También yo voy a su casa, aunque sin ilusión alguna, porque visité dos veces su tienda en estos diez años últimos sin hallar otros libros viejos que las novelas del abate Chiari. La librería de viejo está perdida, muerta por completo, aniquilada; vinieron ya los tiempos bárbaros. ¿Tienes algo raro que pedirle?
—Te confieso—respondí—que me iré disgustado del norte de Italia si no logro llevarme el Sueño de Polifilo, del cual me dijeron que era cosa muy seria, y que si se le encontraba en alguna parte sería en Treviso.
—¡Si se le encuentra en alguna parte!—exclamó con prudente reticencia. Porque el Sueño de Polifilo, o la Hypnerotomachia, para hablar con mayor claridad, de fray Francisco Columna, es uno de los libros viejos que los bibliógrafos designan con esta frase exacta: Albo corvo rarior. Lo que sí te aseguro es que si este cuervo blanco está en alguna pajarera, y no es posible dudarlo, no es de seguro en la de Apóstolo. Tan seguro estoy, que podría jurar por los manes de Manucio, a quien Dios tenga en su santa gloria, que si el perillán de Apóstolo consigue proporcionarte un ejemplar de la Hypnerotomachia con la fecha buena, que es la de 1499 (las demás ediciones entran en la categoría de los libros mediocres) quiero y puedo hacerte tal regalo a expensas de mi bolsillo, al que tal acto de munificencia no le ocasionará gran quebranto.
Y entramos en la tienda de Apóstolo, al que encontramos con la pluma suspensa sobre unos papeles y como absorto en graves meditaciones. Tardó algo en percatarse de nuestra presencia, y pareció alegrarse cuando reconoció la inconfundible figura del buen Lowrich.
—Querido abate—dijo abrazándole, es Dios quien le trae a usted aquí para sacarme del atasco mayor en que me vi en todos los días de mi vida.
Desde luego sabe usted que desde hace unos meses publico la Gaceta Literaria del Adriático, la cual, según el sentir general, es la más docta y más espiritual de todas las Gacetas de Europa. ¡Ay! Esta sabia y chispeante Ga eta, que erá la admiración del mundo y que restaurará mi fortuna, es posible que no pueda publicarse mañana porque faltan seis tristes columnas de folletín, y en vano exprimo para escribirlas mi imaginación, cansada por los estudios y los negocios. Parece que el espíritu maligno está empeñado en mi ruina y me trastornó la redacción. La muchacha rusa que escribe los artículos de educación y de moral está de parto; el improvisador que debía enviarme una bella canción de un género completamente nuevo me dice que aun tardará ocho días en terminarla, y el sesudo especialista que trata los asuntos de Hacienda y de Economía política entró preso por deudas esta mañana. ¡Por lo que usted más quiera, estimado abate, siéntese en esta mesa, donde sudé la gota gorda toda la noche sin acertar a escribir ni una línea, e hilváneme cinco o seis páginas de algo, aunque sea una novela que no haya servido mas que dos o tres veces!
—Perfectamente—replicó Lowrich. Nos queda tiempo para ocuparnos en tus asuntos, pero antes vamos con los nuestros, porque ni mi amigo vino de París ni yo de Noruega para suplir a un improvisador haragán ni para corcusir un folletín, sino para ver algunos libros que valgan por lo menos lo que nos costó el viaje: alguna edición príncipe bien cuidada, algún incunable de buena fecha y buena conservación, algún aldino de valor al que los encuadernadores franceses e ingleses se hayan dignado conservar las márgenes. Empecemos por aquí, si puede ser, y luego veremos. Un folletín se hace pronto.
—Como usted quiera dijo Apóstolo, y me avengo a lo que se me pide de buena gana, porque el examen no durará mucho. No tengo mas que un volumen digno de ser examinado por peritos como ustedes. ¡Pero es un ejemplar! y despojaba de triple envoltura de papel un libro en folio, de bello aspecto. ¡Un ejemplar! repetía en tono solemne. ¡Lo que se dice un ejemplar!...
Y le ponía en manos del abate mirándole orgulloso.
—Malhaya!—murmuró Lowrich, después de haber examinado rápidamente, según su costumbre, el tesoro desconocido.
Luego se volvió a mí bien diferente de lo que antes era, caídos los brazos, triste la mirada, pálida la frente.
Malhaya! gruñó en francés y con voz tan baja que sólo pudiera oírla yo. Este libro condenado es precisamente el que prometí regalarte si le encontrabas aquí; es el Polifilo en la edición original. ¡Bello es el maldito; te respondo de que está como si acabara de salir de la prensa! ¡Estas desgracias no le ocurren a nadie mas que a mí!...
—Tranquilízate—contesté riendo; quizá le tengamos más barato de lo que tú crees.
—Maestro Apóstolo dijo el abate. ¿Cuánto vale esta rareza?
—¡Ay! respondió. Corremos malos tiempos y el dinero anda escaso. En algún tiempo hubiera pedido por él cincuenta cequíes al príncipe Eugenio, sesenta al duque de Abrantes y ciento a un inglés; pero hoy no tengo más remedio que venderle por cuatrocientas tristes libras milanesas, que suman exactamente cuatrocientas pesetas, y de ahí no rebajo ni diez cuartos.
—¡Que cuatrocientas ratas famélicas roan todos tus libros desde el primero hasta el último!—exclamó, furioso, Lowrich—. ¿Cómo demonios te atreves a pedir cuatrocientas libras por este mal libraco?...
—Un mal libraco!—interrumpió Apóstolo, no menos sulfurado que el abate. Una edición príncipe de 1467, la primera de Treviso, una obra maestra de tipografía, con grabados cuyos originales no pueden ser sino del mismo Rafael; una obra admirable de autor ignorado hasta la fecha, a pesar de las investigaciones de los eruditos; un ejemplar único o casi único, cuya existencia hasta usted, señor abate, desconocía... ¡Y a esto le llama usted mal libraco!
La furia de Lowrich habíase calmado mientras hablaba Apóstolo con tanta vehemencia. Habíase sentado tranquilamente, quitado el sombrero, dejándole en la mesa del librero, y se enjugaba el sudor como hombre agobiado de cansancio que encuentra un lugar adecuado para reposar a gusto.
—¿Has concluído, Apóstolo?—dijo en tono tranquilo, que ocultaba una alegría maligna. Es lo mejor que puedes hacer por tu reputación y por tus intereses, porque en cuatro palabras que dijiste largaste cuatro tonterías de a folio, y a poco que hubieses seguido no me hubiera sido posible recoger todas una por una, con lo cual no tendríamos tiempo para ocuparnos de tu folletín.
Primera tontería: No es verdad que este libro sea una primera edición impresa en Treviso el año 1467, porque es una edición estampada en Venecia el año 1499, a la que se sustrajo la hoja última para engañarte acerca de la data, y no me fijé antes en tal defecto, que reduce en una mitad el valor del libro. Por dicha tuya, yo puedo remediar este daño, porque la casualidad hizo que días atrás encontrase entre unos papeles de embalar esta hoja preciosa, que guardé para una ocasión que no creí tan próxima. Luego hablaremos del precio a que he de cedértela.
Esto diciendo, el abate sacó de la enorme cartera la preciosa plagula y la colocó cuidadosamente en el ejemplar.
En efecto dijo Apóstolo, el folio casa bien en el libro, y he de confesar que cambia mucho su mérito. ¿De dónde saqué yo que ésta fuera la primera edición de Treviso?
—Dejemos eso—repuso Lowrich—porque aun no hemos terminado.
Segunda tontería: No es verdad que los dibujos del libro puedan ser de Rafael, lo mismo si la edición es de 1467 que si lo es de 1499, como te he demostrado. Rafael nació en Urbino el año 1483, como sabe todo el mundo, es decir, diez y seis años después de concluído el manuscrito, que lo fué en, y ni aun los idólatras de este pintor sublime pueden suponer que dibujase con tanta corrección y tanta elegancia diez y seis años antes de nacer.
Es otro Rafael quien dibujó tan bellas cosas, y a éste, insigne Apóstolo, sólo yo le conozco... Espera un poco, que aun no van mas que dos.
Tercera tontería: No es verdad que el nombre del autor de este libro sea desconocido de todos los eruditos, sino que, por el contrario, todos los sabios saben, y la mayor parte de los ignorantes no ignora, que le escribió Francesco de Colonna o de Columna, fraile dominico del convento de Treviso, donde murió el año 1467, aunque algunos biógrafos atolondrados le confundan con el sabio doctor, casi homónimo suyo, Francesco de Colonia, que murió sesenta años después. Por cierto que los dos están enterrados a pocos pasos de tu tienda.
Y después de esto que te digo, Apóstolo, me excusarás la demostración de la cuarta equivocación, mayor que las tres anteriores, porque suponías que yo ignoraba la existencia de este magnífico libraco, y no sé qué me contiene, porque podría demostrarte que hasta me le sé de memoria.
—Eso no!—exclamó vivamente Apóstolo.
Y le desafío a usted a hacerlo, porque está escrito en un lenguaje tan heteróclito, que ninguno de mis amigos de Treviso, de Padua, ni de Venecia se atrevió a descifrar ni siquiera una página; y si, como usted dice, se le sabe de memoria, me avengo a regalársele, de bonísima gana desde luego, por sus buenas enseñanzas. Iba a publicar el anuncio del libro en la Gaceta Literaria del Adriático con los méritos que les dije, y ello me hubiera hecho perder para siempre mi alta y buena reputación de librero entendido.
—Lo que tú mismo acabas de decir respecto del raro estilo del autor y de las vanas tentativas de tantos doctos como quisieron interpretarle demuestra que me pides una comprobación fastidiosa e ingrata, que además nos ocuparía todo el día. ¿Y qué sería del folletín si yo recitase toda la Hypneromachia desde el alfa a la omega. Acepto el desafío si te contentas con una prueba no menos decisiva, aunque más fácil y expeditiva. Los capítulos del libro son harto numerosos para cansar tu paciencia; pues bien, me comprometo a decirte sucesivamente las iniciales de cada uno, empezando por el primero, que ahora tienes bajo el dedo.
Está dicho—replico Apóstolo. La primera leira del primer capítulo?
Una P—contestó el abate. Busca el segundo.
LYDIA La letanía era larga, pero Lowrich fué diciendo las letras iniciales de los treinta y ocho capítulos sin equivocarse ni una sola vez.
—Adivinar una letra entre las veinticuacro del abecedario puede ocurrir por un azar grande y sin que el diablo intervenga en el asunto—hizo observar con tristeza Apóstolo; mas para acertarlas treinta y ocho veces seguidas es necesario algo así como jugar con dados falsos. Tenga usted el ejemplar, señor abate, y no hablemos más del asunto.
—¡Líbreme Dios de abusar de tu candorosa inocencia, oh fénix de los bibliófilos! Lo que acabas de ver no es mas que una trampa casi indigna de un niño de la escuela. Has de saber ahora que el autor del libro quiso encerrar su nombre, su profesión y su amor en las iniciales de los treinta y ocho capítulos, iniciales que forman una frase cuyo secreto te recomiendo que no le preguntes a la Biografia universal de París, porque perderías la apuesta que acabo de ganarte. La frase sencilla y conmovedora es ésta, fácil de retener: Poliam frater Franciscus Columna peramarit, o sea: «El hermano Francisco Columna adora a Polia.» Y ahora sabes acerca de este punto tanto como Bayle y Próspero Marchand.
—Es extraordinario—dijo Apóstolo a media voz. Un dominico enamorado. Debe de haber en esto una novela.
—¿Y por qué no?—contestó Lowrich—. Coge la pluma y vamos con el folletín, puesto que no puedes prescindir de él.
Apóstolo se sentó cómodamente en el sillón, mojó la pluma en el tintero y escribió lo que sigue, comenzando por el título, del que me alejó el largo paréntesis que antecede: FRANCISCO COLUMNA (Novela bibliográfica.) odmuse 1st) Pam Boo02 Bds on adic Es sin duda el linaje de los Colonna uno de los más encumbrados de Roma y de Italia, aunque todas las ramas de él no hayan gozado de los mismos honores y bienandanzas. Sciarra Colonna, gibelino hasta la medula, que apresó a Bonifacio VIII entregándole a los Agnani y que en el hervor de su victoria dió una bofetada a aquel Sumo Pontífice, pagó duramente sus violencias bajo el pontificado de Juan XXII. En 1328 se le desterró de Roma y se le degradó, así como a sus hijos y a toda su descendencia, y le fueron confiscados los bienes en beneficio de su hermano Estéfano Colonna, que fué siempre güelfo apasionado.
Los descendientes del infortunado Sciarra malvivieron pobres como él, en Venecia, v en 1444 quedaba no más que un heredero de tantas calamidades, Francisco Colonna, que nació en los comienzos de dicho año y que era doblemente huérfano, porque su madre murió al darle a luz y su padre fué asesinado el día antes. Adoptóle Jácome Bellini, celebrado pintor, que le educó juntamente con sus hijos, queriéndole con la misma ternura que a éstos, y el muchacho supo merecer los desvelos de su padre adoptivo y de sus hermanos de adopción, Giovanni y Gentile. Aun no contaba diez y ocho años cuando renovaba en la historia de la pintura los recientes, prodigiosos y precoces triunfos de Mantegna. Giotto tenía otro rival. Mas la fatalidad estaba unida a estos Colonna, y ni aun pudo conquistar laureles. ¡Y, sin embargo, las obras maestras que salieron de sus pinceles son hoy admiradas con el nombre de Mantegna o el de Bellini!
Desde luego la pintura no era el objeto exclusivo de sus amores y de sus estudios, porque la consideraba como algo secundario entre las artes que embellecen la vida de los humanos. Atraíale la arquitectura, que levanta monumentos a Dios, intermediarios entre la tierra y el cielo, mas no buscaba las leyes de este arte ni sus maravillas en las creaciones gigantescas de su tiempo, que en la mayor parte de los casos le parecían extravagancias grotescas a las que faltaba casi siempre la impronta de la razón y del gusto. Atraído por aquella esplendorosa renovación llamada Renacimiento, que comenzaba a conmover a Italia, Francesco sólo por la fe siguió siendo del mundo moderno que el Cristianismo renovara, siendo la antigüedad clásica la que admiraba y aun cultivaba, con lo que en él se realizó una extraña mezcla de creyente en su religión y de enamorado de la estética del paganismo. Tan lejos iban estas preocupaciones o ansias suyas de belleza, que consideraba las lenguas modernas cual jergas rústicas o como corrupciones más o menos bárbaras útiles no más que para interpretar las necesidades materiales de la vida, mas insuficientes para lograr una expresión elocuente y poética de las ideas y de los sentimientos.
Y de ello vino a resultar que construyó para su uso intimo una lengua en la que el toscano entraba con ciertas formas sintácticas y las disonancias más suaves y que en lo demás antes recordaba a los homeridas, a Tito Livio y a Lucano, que a Boccacio y a Petrarca. Aquella rareza de su espíritu, propia de un carácter original, destinado, según las apariencias, a dejar huellas hondas en su tiempo, aisló a Francesco de los demás mortales.
Teníasele por un visionario melancólico, poseído de las ilusiones del genio e insensible a las dulzuras de la vida de relación. No obstante, algunas veces aparecía en el palacio de la ilustre Leonora Pisani, heredera, a los veintiocho años, de la fortuna más cuantiosa que se conociera en la república de Venecia, y con esta dama estaba su prima Polia, hija única del último Polia de Treviso; porque se ha de advertir que la espléndida mansión de Leonora venía a ser por aquellos días un santuario de las artes y de la poesía, y que aquella musa atraía a los talentos de la época. Se notó que Francesco acudía con frecuencia al palacio, siempre soñador y cada vez más triste; que después hizo más raras las visitas, hasta que no volvió a parecer.
Polia de los Poli, de quien acabamos de hablar, vivía en el palacio de Pisani porque su prima la había convidado a pasar allí las alegres semanas del Carnaval. Contaba ocho años menos que Leonora, era aún más hermosa que ésta, y, como tantas otras jóvenes de alto linaje, gustaba de los estudios serios y aprovechaba su residencia en la capital del mundo del saber para adelantar en conocimientos que hoy son extraños a su sexo, y el hábito de las meditaciones graves había puesto en su rostro algo de austero y de glacial que muchos tomaban por orgullo. Lo que en verdad no extrañaba a nadie, porque Polia era el último vástago de la antiquísima familia de Lelia de Roma, descendiendo, por tanto, de Lelius Maurus, fundador de Treviso. Además habíala educado un padre altanero y despótico, tan celoso del esplendor de su casa o dinastía, que hubiera estimado como vergonzoso el matrimonio de Polia con el primer príncipe de Italia. Sabíase asimismo que, por los tesoros de que algún día sería dueña, igualaba su dote al de una reina. Polia otorgó a Francesco algunos testimonios de benevolencia casi afectuosa en las primeras conversaciones; después se retrajo poco a poco, hasta mostrarse casi severa, por no decir desdeñosa, y cuando Francesco dejó de visitar el palacio de Pisani ella ni aun le miraba.
Ocurría todo esto en el mes de febrero del añoLa primavera, tan precoz en esta bella región, había adelantado sus espléndidos dones.
Polia se preparaba para volver a Treviso, y su prima menudeaba las fiestas para hacer más grata su estancia en Venecia y retrasar la partida de Polia. Se señaló un día para pasear en góndolas por el canal grande y por el brazo ancho y hondo que separa la villa soberana de las soledades del Lido. Leonora Pisani no había olvidado convidar a Francesco, con una carta en que le dirigía tan amables y sentidas quejas por su alejamiento, que el joven no vió coyuntura para desatender la invitación. Además, y como queda dicho, Polia estaba a punto de volver a Treviso, así que puede sospecharse que Francesco quería volverla a ver, aun afrontando la acostumbrada frialdad con que le acogía, porque se persuadía cada vez más que cambio tan brusco y extremado, aquella mudanza caprichosa, debería tener alguna causa que no fuese el odio.
Y se encontró a la hora fijada para la reunión en la escalinata del palacio de Pisani, de donde saldrían las góndolas. Las damas, enmascaradas todas y cubriendo sus cuerpos con dominós iguales, salieron en tropel al vestíbulo a la señal convenida para elegir, según era uso y con la decorosa familiaridad que autorizaba el disfraz, el compañero que las agradase para el paseo. Esta manera de hacer, más graciosa y hasta mejor entendida que la de nuestros bailes y tertulias, tiene también menos riesgos, porque las mujeres nunca cuidan tanto de su buena reputación como en las ocasiones rarísimas en que esta reputación depende de ellas mismas. Francesco esperaba inmóvil, mirando al suelo, a que alguna dama se acordase de él cuando una mano lindísima le cogió del brazo.
Recibió a la desconocida con solicitud respetuosa y llena de modestia, y del brazo la condujo a una de las góndolas que esperaban a las gentiles parejas. Poco después la graciosa flotilla bogaba all ruido cadencioso de los remos sobre las aguas tranquilas, que antes parecían un espejo.
La dama, que se había sentado a la izquierda de Francesco, estuvo callada largo rato, cual si hubiera de reflexionar y de hacerse dueña de sí misma antes de hablar; después desató las cintas del antifaz, dejando que éste cayese sobre su espalda, y miró a Francesco con la serenidad dulce y seria que da a los espíritus el pleno dominio de sí mis mos. ¡Era Polia! Estremecióse Francesco y sintió que corría por su cuerpo un escalofrío, porque, en verdad, casi no daba crédito a lo que veían sus ojos. Después inclinó la cabeza y con una mano se tapó los ojos, como temiendo cometer una profanación si miraba a Polia tan de cerca.
—El antifaz es inútil—dijo la bella; y no hay razón alguna que me ordene conservarle, aunque la costumbre lo autorice, porque mis sentimientosson tan puros que no me ruborizará expresarlos, y porque mi amistad hacia vos me manda hacer lo que hago. No os extrañe, Francesco—prosiguió tras un momento de silencio oírme hablar de esta amistad después de que tantos días de desdén os pudieron hacer dudar de ella. Mi sexo está sometido a leyes de recato que no le toleran ni aun dejar traslucir a las gentes sus legítimas y nobles simpatías, y en verdad que nada hay tan difícil como fingir en la medida justa una indiferencia que el corazón no siente. Hoy mismo voy a dejar Venecia, y aunque el Destino hace que haya de vivir cerca de vos, es harto probable que no volvamos a vernos. En lo futuro no habrá entre nosotros otra comunicación que el recuerdo, y no quiero que nos separemos dejándoos una idea equivocada de mí y llevándome yo una idea penosa e inquietadora que turbaría la tranquilidad de mi vida. Lo primero lo hice con esta explicación que os debía; lo segundo, o sea mi tranquilidad, la espero de una confidencia que acaso me debéis. Mas no os alar méis, Francesco; vos habéis de ser el único juez que resuelva.
Hacía tiempo que Francesco se atrevía a poner sus miradas en Polia y recogía ávido sus palabras.
¡Ah, señora!—exclamó ¡Bien sabe Dios que mi alma no tiene ningún secreto que no os sea conocido!
—Vuestra alma oculta un secreto—replicó Polia, un secreto que entristece a vuestros amigos y que algunas de las personas que os quieren bien desean conocer. Reunís todas las circunstancias que presagian un porvenir dichoso: juventud, genio, saber y hasta la gloria, y, no obstante, vivís entregado a las languideces de una tristeza misteriosa; os consumís en un anhelo recóndito; tenéis abandonados los trabajos que labraron vuestra reputación; huís de las gentes que os buscan para ocultar en soledades casi inaccesibles los días que tantos bienes deberían embellecer, y, por último, se dice que estáis cerca de romper con la sociedad de los hombres para recluiros en un convento. ¿Es cierto lo que digo?
Francesco parecía agitado por mil emociones encontradas, y necesitó algún tiempo para cobrar ánimos.
—Sí, señora—respondió; todo es verdad, o lo era esta mañana. Un acontecimiento posterior cambió mis ideas, aunque no mi resolución. Entraré en un convento, y este designio mío es irrevocable, mas entraré con el alma llena de consuelo y de gozo, porque ahora mi vida está completa y no concibo que haya una en el mundo a la que pueda envidiar. Nací pobre y obscuro, pero más fuerte que mi destino; sólo vi mi desdicha cuando mi corazón cayó en un vacío sin fin. Mas este vacío se ve ahora colmado con una esperanza deliciosa: ¡Vos os acordaréis de mí!
Polia le miró dulcemente.
—No quiero dijo ver en vuestras palabras un mero juego de la imaginación ni una de las aduladoras condescendencias con que la urbanidad paga la buena amistad. Me parece que este lenguaje artificioso de las gentes frías está de más entre nosotros. Creo que comienzo a comprender en parte las cosas que me habéis dicho y hasta vuestra resolución; pero añadió sonriente no lo comprendo bien todo.
—Pues ahora lo comprenderéis contestó, exaltado, Francesco, porque os lo voy a decir todo.
Y habréis de perdonarme la turbación y aun lo premioso de mi palabra, porque de todas las circunstancias de mi vida es ésta la que menos pude sospechar. La precaria situación en que nací, sin padres, sin protectores, casi sin amigos y despojado de un nombre brillante y de una fortuna independiente, bastaría para explicar mi natural melancolía. ¡Qué cruel confidencia ésta de mi desgracia, que ya encontré en la cuna y me persigue toda la vida! Y así esta idea es la primera de que hube de darme cuenta. Yo debía pagar la deuda material de mi gratitud antes de pensar en mí, y no necesito deciros que lo hice. Entonces crecieron mis bríos y me inquietaron poco la grandeza y la opulencia desaparecidas. Y llegué a más; llegué a congratularme algunas veces, en mi orgullo de niño, de debérmelo todo a mí mismo, porque de este modo algún día la familia que me rechazaba envidiaría el esplendor del apellido repudiado. Mas todo ello no era sino ilusión de la inexperiencia y de la vanidad. Un día solo lo destruyó todo, recor dándome mi infortunio y mi obscuridad.
—¡Ay! prosiguió Francesco. Aquí está el misterio que vuestra benévola curiosidad desea conocer y que yo recataba cuidadosamente en mi pecho. ¿Y cómo osaré revelaros estos secretos hondos y tristes que la filosofía y la prudencia miran cual dolencias pueriles del alma, y de los que tan por encima está la vuestra para que os dignéis acogerlos con otro sentimiento que la compasión?
¡Amé, señora!...
Detúvose Fiancesco unos instantes; tranquilizado por la mirada de Polia, prosiguió: Amé sin darme cuenta, sin considerar las consecuencias de mi loca pasión, sin temor de lo venidero, porque sólo viví con todo mi ser para las impresiones del momento. Amé a una mujer a la que todo el mundo señalaba por las raras cualidades que la adornaban, que unía a la hermosura todas las perfecciones del alma y del entendimiento, y a la que el cielo parecía haber enviado a la tierra para recordarnos la dicha inefable de lo que habíamos perdido. Y la amaba, señora, sin acordarme de que era noble entre los nobles y rica entre los ricos, ni de que yo era el pobre Francesco Colonna, el obscuro discípulo de Bellini, a quien todos los esfuerzos de un trabajo feliz no hubiesen dado jamás sino un renombre vano. Tal es el efecto de esta pasión, que ofusca, que ciega, que mata. Cuando torné a la reflexión, cuando sondeé, con la risa amarga de la desesperación, el abismo en que iba a caer y a cuyos bordes llegué sin saberlo, ya no podía retroceder. ¡estaba perdido! La idea primera de los desesperados es la de morir, natural y sencilla, porque parece resolverlo todo. Pero esta muerte desesperada, en vez de acercar el día feliz en que pudiera unirme a ella en otro mundo mejor, ¿no nos separaría para siempre? Y esta idea fué la que paralizó mi brazo, ya presto a herirme. Medí lo insondable de aquel porvenir, al que me llevaba el anhelo de no sufrir unos días, y me condené, dolorido, a vivir sin esperanzas, pero sin temores, esperando el momento en que las dos almas, rotos ya los lazos que las ataran, se buscaran, se reconocieran y se uniesen para siempre. Hice de mi amada objeto de culto para mi vida toda; la levanté un altar inviolable en mi corazón, y me entregué yo en inmortal sacrificio. ¿Qué diréis, señora, cuando sepáis que, aun con toda la indecible tristeza mía, cuando hice firme mis designios sentí cierto gozo?
Hasta pensé que un himeneo que comienza por la viudez para acabar en la posesión es preferible que uno de los casamientos ordinarios que acaban en días malos. Y desde entonces no vi en los años que aun haya de pasar sobre la tierra mas que una larga víspera de esponsales que la muerte galardonará con la eterna felicidad, y sentí la necesidad de apartarme del mundo en mi austero sentimien to, delicioso, no obstante, porque no es compartido con nadie, y por esta razón abrazo el estado religioso. ¡Que Dios perdone a esta criatura suya tal flaqueza! Los votos que me unirán a El dentro de tres días son el juramento que me une indisolublemente a la que amo y el que me da derechos sobre ella en el cielo. Permitid, señora, y acabo, que os repita que tal designio no es sacrificio para mí, y menos desde que vuestra compasión generosa me ha dejado concebir la esperanza de que no seré olvidado.
¡Dentro de tres días! —exclamó Polia. Verdaderamente que acerca del secreto que acabáis de confiarme no he podido reflexionar lo bastante para atreverme a decir una opinión, ya que no a emitir un juicio; pero me parece que si la mujer que os inspiró tales resoluciones no las ignora, cual yo las ignoraba, no es merecedora de tal sacrificio.
—Las ignora respondió Francesco, porque ignora que la amo. ¡Oh, sin duda mi corazón gozaría de inefables consuelos si ella conociese mi amor, y no fuese tan insensible a él que no le otorgase el re uerdo de la compasión! De todas las torturas del amor, la más cruel acaso es que este sentimiento no sea conocido del ser al cual se ama; de todos los sentimientos, esta indiferencia que le hace a uno como un extraño es la más temible y la más penosa. Mas ¿por qué llevar a un corazón tranquilo y dichoso dolores que apenas puede uno soportar?
O, como supongo, mi pasión sería rechazada, y entonces, ¿qué habría yo logrado saliendo de la triste duda? O bien era compartida, y yo habría de sufrir por los dos. ¿Qué digo sufrir por los dos? Mi desesperación es mía, es mi vida, puesto que encontré fuerzas para vivir desesperado; la de ella me habría matado.
Os excedéis en las suposiciones, Francesco —dijo vivamente Polia. ¿Quién sabe si ella no sufre iguales penas y las mismas angustias que vos?
¿Quién sabe si no anhela podéroslo decir? ¿Qué diríais si esa joven noble y rica, cuyos resplandores os ciegan, pero cuya alma acaso no esté más serena que la vuestra; qué diríais, repito, si, libre, viniese a ofreceros su mano, si, sumisa a un poder respetable e inflexible, os la prometiera?
—Lo que yo diría, Polia?—contestó Francesco con severa dignidad. Para atreverse a amar a la que yo amo hay que ser algo digno de ella, y mi mayor anhelo fué ennoblecer mi espíritu para acercarme al suyo. ¿Con cuál derecho aceptaría yo los privilegios de una alta posición que la sociedad me niega? ¿Cómo podría sentarme en el banquete de la fortuna yo, sin otra hacienda que la obscuridad y la miseria? ¡Oh, antes mil veces esta terrible pena que me consume que el vergonzoso renombre de un aventurero repudiado por el mundo y enriquecido por el amor!
—No había terminado—interrumpió Polia—.
Vuestros escrúpulos son exagerados, pero yo los comprendo y los comparto. El mundo tal cual es pide sacrificios extremos, y ése os le ordena vuestro carácter; pero un carácter tan bien templado como el vuestro podría responder con otra abnegación.
La grandeza y la fortuna son caprichosos accidentes del azar, y de ellos podemos desprendernos cuando queramos. Un poeta, un artista es el mismo dondequiera, y a todas partes le acompañarán los triunfos y la gloria; pero al otro lado de un brazo de mar la mujer rica y noble que supo abdicar de los vanos privilegios del nacimiento no es mas que una mujer. Si esta mujer llegase a vos y os dijera: Renuncio a mi grandeza, abandono mi fortuna y heme aquí pronta a ser aun más pobre y más humilde que tú, a unirme a ti como el único sostén de toda mi vida, ¿qué contestaríais, Francesco?
—Caería a sus plantas y le respondería así: ¡Angel del cielo, conservad vuestro rango y los bienes que Dios os otorgó; debéis ser lo que sois, y el malaventurado que fuese capaz de aceptar lo que por un arranque tierno y sublime de vuestro corazón le ofrecéis, no mereció nunca ocupar un lugar en él!
Sólo puede elevarse a vos por resignación constante, fácil para quien espera y más si es amado. No seré yo quien os haga descender del puesto donde, por motivos sólo de ella conocidos, os colocó la Providencia, para seguir las vicisitudes de una nueva existencia, acaso emponzoñada por necesidades sin cesar renovadas y tal vez algún día por un incurable arrepentimiento. Ahora mi dicha es completa y sobrepuja a todas mis esperanzas, puesto que me otorgáis cuanto puede compadecerse con los deberes que os impone vuestro nombre. Me amaréis, añadiría, como yo os amo, para siempre, ya que no habéis retrocedido en vuestra resolución de entregar vuestra vida a la mía. Vuestra vida, joh mi bien amada!, la acepto y la tomo en depósito sagrado, del que pronto daré cuenta a Dios, que ha de juzgarnos, porque la vida es corta aun para los que padecen, aunque así no lo crean los flacos de corazón. Esta tierra no es sino el lugar pasajero donde las almas vienen a sufrir pruebas, y si vuestra alma es tan fiel como abnegada, queda unida a la mía durante los años que el tiempo haya de otorgarnos, y toda una eternidad es nuestra...
Polia calló largo rato.
Sí, sí—exclamó exaltada; Dios no instituyó sacramento más santo e inviolable. Así es como un amor cual el vuestro supo conciliar sus esperanzas y sus deberes en un himeneo del corazón que el resto de los humanos no conocen, y vuestra esposa en el cielo os hablaría como yo os hablé si ella os hubiese oído.
—Ella ha oído, Polia dijo Francesco, dejando caer su cabeza entre las manos y llorando.
¿De modo añadió Polia cual si no hubiese oído las últimas palabras—que dentro de tres días entráis en una de las órdenes religiosas de Venecia?...
—De Treviso—repuso Francesco. ¡No quise vedarme la dicha de verla aún algunas veces!
—¿De Treviso, Francesco, donde no conocéis a nadie sino a mí?...
—¡A vos!
En aquel momento la mano de la doncella se enlazó con la del joven pintor.
—No nos habíamos fijado—dijo Polia sonriendo en que la góndola está ya de vuelta en el palacio. Pero ya nada más tenemos que decirnos en la tierra. Sin embargo, nuestro último adiós es dulce, porque nos hemos comprendido; nuestra próxima entrevista será aún más dulce.
—¡Adiós, hasta nunca! dijo Francesco.
—¡Adiós, hasta siempre!—contestó Polia, que se colocó de nuevo el antifaz y dejó la góndola.
Al día siguiente Polia estaba en Treviso. A los tres días sonaba en el convento de los Dominicos la campana emblemática que anuncia la profesión de un nuevo religioso y su muerte para el mundo.
Polia pasó todo el día en su oratorio.
LYDIA.
Francesco se acomodó fácilmente a su nueva vida. A veces consideraba su entrevista con Polia cual un sueño; mas lo frecuente era que recordase hasta el menor detalle con alegría de niño, y llegaba hasta a felicitarse en su desgracia de haber inspirado un amor qué no podía temer en lo más mínimo ni las vicisitudes de la edad ni las mudanzas de la fortuna. A poco supo compartir los días entre los deberes religiosos y sus ocupaciones de artista laborioso, unas veces pintando aquellos frescos puros e ingenuos que aun se admiran en el convento de los Dominicos, aunque la orgullosa suficiencia del arte moderno los haya dejado estropear, y otras veces reuniendo en un libro, objeto favorito de sus estudios, todas las impresiones de su genio y, sobre todo, de su amor.Tomó como cuadro de esta obra vasta y extraña, en la que esperaba revivir por entero, la forma un poco vaga de un sueño, y nada más adecuado, según él, para representar, en su confusión aparente, el encadenamiento fortuito de las ideas de un solitario entregado a sus pensamientos.
Se sabe que en uno de los momentos en que le era permitido cambiar con Polia algunas palabras de ternura, recibió de ésta la seguridad de que aceptaría la dedicatoria del extraño poema, y hasta dicen que ella misma le ayudó con sus consejos.
Por esto renunció desde luego a servirse de la lengua vulgar con que le había comenzado (lasciando il principiato stilo) para entregarse a aquella lengua, para lo que no tuvo ni modelo ni imitadores, que surgía al correr de su pluma de doctísimo enamorado de la antigüedad.
Un año llevaba en estos trabajos llenos de ilusión, y acababa de dar la última mano a su libro, cuando por los muros del convento se filtró la nueva que más podía lacerar el corazón de Franesco. El joven Antonio Grimani, más tarde almirante y dux de la República y a la sazón u uno de los jóvenes más brillantes de la alta nobleza, la esperanza más alta de Venecia, había pedido la mano de Polia, y se decía que le había sido otorgada.
Aquel mismo día era el señalado para que Francesco entregara el libro a Polia. Se hizo superior al tremendo golpe, marchó al palacio y se detuvo en el dintel de la habitación.
—Venid, hermano—dijo Polia cuando le vió—, venid a comunicarme los secretos maravillosos de vuestro arte, tesoro que la humildad cristiana rehusa al mundo y del cual nos hacéis confidente.
Al propio tiempo con el gesto ordenó a sus gentes que salieran, y Francesco quedó solo con ella.
Desfallecieron sus piernas, un sudor frío corrió por su frente, latió violento su corazón y su pecho se hinchó cual si fuera a estallar.
Polia levantó los ojos del manuscrito para mirar al fraile. La palidez de Francesco, el cerco amoratado de sus ojos, donde aun había señales de llanto; el temblor convulsivo de sus manos, lívidas y caídas, le dijeron lo que pasaba en el corazón de su amado. Sonrió con orgullo.
Habéis oído hablar de mi cercano matrimonio con el príncipe Antonio Grimani?
—Sí, señora—respondió Francesco.
—Y qué habéis pensado, Francesco, de este enlace?...
—Que no hay ningún hombre digno de unirse a vos; pero que el príncipe Antonio es más digno que nadie y que tal enlace parece colmar los anhelos de Venecia y... los vuestros. ¡Que seáis dichosa siempre!
Esta mañana me negué a casarme—replicó Polia.
Francesco miró a los ojos de Polia como preguntando si su boca había expresado su pensamiento.
Sabéis bien, como nadie lo sabe continuó Polia que mi fe está comprometida y que lo está irrevocablemente; pero debo disculpar vuestras sospechas, porque vuestra fe me está asegurada por el sacramento que os liga al altar y yo no os di una prenda igual. Oíd, Francesco, mañana hace un año que pronunciasteis los primeros votos, y será en la última misa de mañana donde los haréis aun más indisolubles reiterándolos ante Dios. ¿Cambió durante este año vuestro modo de pensar acerca de la necesidad de esta sacrificio?
¡No, Polia, no!—exclamó Francesco, cayendo de rodillas.
—Basta! Tampoco cambié yo. Mañana asistiré a la última misa y me asociaré con todas las potencias de mi alma a los votos que vais a reiterar, para que sepáis siempie, Francesco, que entre el corazón de Polia y la inconstancia estarán siempre el perjurio y el sacrilegio.
Quiso contestar Francesco; pero cuando las palabras acudieron a sus labios Polia había desaparecido.
Al pobre fraile casi le costó igual trabajo sobrellevar tanto gozo como le costara sobrellevar su desdicha. Sintió que le faltaban las fuerzas para la felicidad; que las potencias de su vida, agitadas de tantas emociones, estaban próximas a romperse.
Al día siguiente, en la última misa, cuando los religiosos entraron en el coro, veíase a Polia colocada en su asiento de costumbre, en el primer lugar de la nobleza. Se levantó y se arrodilló sobre el suelo de la nave grande.
Francesco la vió. Reiteró sus votos con voz firme, bajó las gradas del altar y se prosternó en las losas. En el momento de la elevación se arrojó al suelo, colocando sus manos cruzadas más arriba de su cabeza.
Terminó la misa; Polia salió del templo; los frailes pasaron unos tras otros, arrodillándose ante el santuario; mas Francesco siguió en la misma postura, lo que no extrañó a nadie porque muchas veces se le vió prolongar de igual modo sus oraciones en una especie de éxtasis.
En los oficios de la tarde Francesco continuaba inmóvil. Un fraile joven dejó su asiento, se acercó, se inclinó hacia él, le tomó una de las manos para atraerle hacia sí y recordarle sus deberes habituales; luego se levantó, se santiguó, y, volviéndose a los monjes reunidos en el coro, dijo: —¡Está muerto!
De aquel suceso, que es de los que se borran pronto de la memoria de las nuevas generaciones, habían pasado treinta y un años cuando una tarde del invierno de 1498 se detuvo una góndola ante la oficina de Aldo Pío Manucio, al que llamamos el Viejo. Momentos después le era anunciada en su estudio al sabio impresor la visita de la princesa Hipólita Polia de Treviso. Aldo salió a su encuentro, la hizo sentar y permaneció en pie ante ella, absorto de respeto y de admiración ante aquella celebrada hermosura, a la que medio siglo de vida y de penas había hecho más augusta sin quitarle nada de su esplendor.
—Sapientísimo Aldo—dijo ella, después de haber hecho que colocasen sobre el bufete un saco con dos mil cequíes y un riquísimo manuscrito.
Como seréis, aun para la más remota posteridad, el impresor más hábil que conocieran las edades, el autor del libro que os confío dejará también el renombre del pintor más grande y del más grande poeta de este siglo que acaba. Unica depositaria de este tesoro, que reclamaré cuando vuestro arte le haya reproducido, no quise privar de su posesión a los espíritus favorecidos del cielo que saben gustar las concepciones del genio; mas he esperado para multiplicar las copias de él el momento en que podría encomendarlas a prensas inmortales.
Y ahora ya sabéis, prudentísimo Aldo, lo que os pido: una obra maestra digna de vuestro arte y capaz de perpetuar por sí sola vuestra memoria.
Cuando este oro se haya gastado os daré más.
En seguida Polia se levantó, apoyando sus dos manos en las mujeres que la acompañaban. Aldo la siguió hasta la góndola, demostrándole su respeto con gestos dignos, pero sin hablar palabra, porque sabía que, retirada desde hacía treinta años en una soledad inviolable, había renunciado al comercio y a la conversación con los hombres.
El libro de que se habla se titula así: La Hypnerotomachia di Poliphilo, cioé pugna d' amore in sogno, es decir, Luchas de amor en sueño, y no Lucha del Sueño y del Amor, como traduce M. Ginguené, autor de la Historia Literaria de Italia. Y con esto no pretendemos demostrar, ¡Dios nos libre!, que M. Ginguené, autor de la Historia Literaria de Italia, no supiese italiano. Somos muy indulgentes con las distracciones del talento.
—Y ahora pon la firma que te parezca—dijo Lowrich levantándose, que yo no tengo la costumbre de poner mi nombre al pie de estas fruslerías, y el cielo es testigo que jamás conté estas historias a los libreros mas que para lograr libros.
—¡Ojalá las novelas que aun habéis de contar —dijo Apóstolo enriquezcan vuestra biblioteca con un libro como éste! Es de usted; se lo he dicho dos veces.
—Es mío—dijo Lowrich cogiendo el ejemplar con entusiasmo... O, mejor dicho, es tuyo—añadió entregándomele muy gentilmente, porque te le ofrecí esta mañana.
Esta es la causa de que el más magnífico ejemplar del Polifilo, gigante de una colección liliputiense, figure hoy nec pluribus impar. ¡Yo le ofrezco al examen de los aficionados, que habrán de convenir conmigo en que es un libro magnífico... y no caro!