Francisco de Goya (Muther)/II
CAPITULO II
Goya y el Ro-co-có
Francisco José de Goya y Lucientes, hijo de un pobre labrador, nació en el pueblo de Fuentetodos el día 30 de Marzo de 1746. Si fué ó no cierta la leyenda giottesca, de que al verle entretenido en dibujar le sacó de entre sus rebaños un caballero, es cuestión cuya resolución dejamos al gusto del lector; lo único indudable es que á los quince años aparece en Zaragoza como discípulo de un pintor.
Siguióse una época de revueltas y contiendas. Al estudiar los primeros años de la vida del bohemio artista, no podemos menos de recordar al Carvaggio. Valiente, turbulento y apasionado, de vigorosa complexión y hercúleas fuerzas, hallábase siempre en donde quiera que hubiese un baile, una fiesta ó una riña, dispuesto á darse de golpes con el primero que se atreviese á hacerle frente. En una de estas sangrientas pendencias, resultaron tres heridos graves, y lo mismo que Carvaggio cuando hirió en Venecia á un camarada, Goya tuvo que huir apresuradamente. Vivió algún tiempo en Madrid, en 1761 ó 1762, en la época en que Rafael Mengs y el veneciano Tiepolo trabajaban más. No estuvo mucho tiempo; comprometido en amorosas aventuras y vigilado siempre por la policía, escapó de la coronada villa formando parte de una cuadrilla de toreros, y con ellos estuvo hasta que pasó á Italia, en donde por fin halló refugio seguro. En Roma, á donde acuden los artistas del mundo entero, y en donde se congregan para estudiar los secretos del arte antiguo en las estatuas de sus museos, terminó su peregrinación. Pero Goya no paró mientes en el arte clásico ni en el incomparable del cincuecento; lo que le atraía era la vida exuberante del pueblo, y con las rojas vestiduras de los sacerdotes, los trajes de colores brillantes de las bodas transteverinas y el desenfado de los lazaroni, creó fragmentos de vida de valientos tonos y rico colorido. Charlatanes, muleteros, carreros con sus carros, procesiones religiosas, carnavalescas mascaradas..., tales son los elementos y los asuntos de que se vale para componer sus bocetos. Mas tampoco en Roma pudo pasar una larga temporada. Otra vez quedó preso en las redes del amor y comprometido en peligrosísima aventura. Historias viejas relatan cómo penetró de noche en un convento, cómo fué sorprendido y cómo la precipitada fuga libró de la cárcel á aquel atolondrado.
En 1771 le vemos en Zaragoza, en donde aún no había seguridad para él, tras los muros de un convento que le brindó amoroso refugio y le ocultó á los ojos del mundo. Otra vez cambia la escena repentinamente y en 1774 descubrimos ya en Madrid al aventurero fugitivo, al héroe del puñal, casado con doña Josefa Bayeu, hermana del pintor del mismo apellido, que era bastante estimado en la corte y ocupaba elevada posición.
Nada menos que un personaje como Antonio Rafael Mengs le presenta al rey. Carlos III le sirve de modelo para un retrato, después del cual hace Goya el de Florida Blanca, primer ministro del monarca. En 1778 es nombrado académico y director en 1789, siendo seguramente uno de los directores más notables de cuantos hayan ocupado ese puesto, y demostrando singular acierto mientras dirigió los destinos de tan noble cuanto respetable institución.
En este período su obra no ofrece gran interés; se reduce á un círculo limitado de asuntos entonces muy en boga. Pintó célicas y tiernas vírgenes, como Sassoferrato en Italia y Boucher en Francia. Estudió y practicó mucho la técnica del grabado; sus planchas de Velázquez interesan en alto grado, por verse en ellas cómo un genio interpreta á otro genio. Y, caso particular: al mismo tiempo que ejecutaba estos trabajos tuvo que hacer gran número de bocetos con el fin de suministrar original para los tapices que se fabricaban en la Real Fábrica de Santa Bárbara.
Los asuntos que gozaban de más favor son los mismos que puso en boga Teniers y que adoptaron también los pintores franceses del período del Ro-co-có. Campesinos que bailan y beben ante los ventorros; ferias, romerías, columpios; parejas de jóvenes reclinados en el césped; botas y botellas de rojo vino, queso y pan, colocados sobre blancos manteles; lindas segadoras que custodian las mieses y cantan alegres canciones; elegantes damas envueltas en delicadas y ricas pieles, que pasean por el hielo escoltadas
por sus caballeros, ó acuden en animadas giras á pueblecillos cercanos, en donde, como remembranzas de pasados tiempos, hallan sugestivos espectáculos de farsas, charlatanes y danzantes. La gallina ciega y las inofensivas burlas de que son objeto los músicos ambulantes, proporcionan también lindos asuntos; como asimismo el elegante gentío que inunda tumultuosamente la Puerta del Sol en los días festivos, y los tónicos petimetres con sus monóculos y su aire conquistador. Esto en cuanto á los asuntos; por lo que al estilo se refiere, las obras de Goya difieren completamente de las de los pintores franceses de su época. Tienen, en primer lugar, un gran sabor local, carácter y color castizamente españoles.
No es aquel el color tierno y almibarado, ni aquellos los movimientos deliciosamente delicados que admiramos en Watteau y en Laucret. No; descarado, casi grosero, Goya ofrece violentos contrastes de color, emplea rojos y amarillos chillones, y con brutal realismo copia el bermellón con que las damas arrebolan sus mejillas y las obscuras pinceladas con que agrandan sus negros ojos, la tiesura y rigidez con que los vestidos ocultan toda la belleza de la forma y la indefinible gracia con que la mantilla recorta los picarescos y expresivos rostros. Y tan esencialmente castiza es la obra de Goya, que á su lado parece tan extraño el moderno Zuloaga como los artistas franceses contemporáneos del pintor aragonés.
Y, sin embargo, creemos por la historia que el origen, el manantial de la cultura de aquella época era el mismo en todas partes. El estilo barroco lo inspira todo, y aquel ambiente de alegría, de pasión y de goces, condenado ya á muerte, apareció en España completamente formado. Simboliza Goya aquella época en su cuadro El pelele, en el cual unas cuantas mujeres de buen humor mantean un muñeco relleno de paja.
Sí, tal fué el carácter del período del Ro-co-có; el hombre no era más que un pelele que manejaba á su antojo la mujer.
En los retratos de Goya aparece también la aristocrática sociedad de la época del Ro-co-có.
Estudioso y entusiasta de Velázquez, pronto se reveló retratista sin rival. Es perfecto, soberbio en los retratos de niños, en los cuales, á la frescura y la elegancia de los movimientos, se une toda la caracterís
tica nobleza de la raza, que se refleja con extraordinaria intensidad en sus pálidos y expresivos semblantes.
Ya vistan ricos trajes de perlínea seda adornados con rosadas cintas, ya el obscuro atavío del sentimental Werther que se introdujo en España por el año, la colocación y el colorido tienen siempre tales y tan nuevos atractivos, que sin poderlo evitar recordamos los retratos de niños de Ganisborough. ¡Y sus mujeres!... Raza de tipo excepcional, sobre todo en aquella época de disipación, la mujer española se nos aparece gracil, delicada, pálida, casi diáfana, sin vida, pero apasionada y violenta en las largas noches de placer. „La sangre apenas corre por sus venas y el pulso parece que sólo late á impulsos del deseo". Goya supo interpretar maravillosamente la ideal belleza de la noble raza. El aspecto de esas mujeres de empolvadas mejillas, de finas y bien modeladas narices, de labios exangues, de nacarados hombros sobre los que flotan las rizadas cabelleras doradas ó negras, de talle inverosímil aprisionado por rigido corsé, engalanadas con magníficos trajes de sedas y costosas preseas, nos seduce y nos sugestiona. ¿Es gris el color del vestido? pues un suave y caliente rojo viene á entonar la plateada armonía. ¿Viste la dama de blanca muselina? entonces el tono sombrío del cinturón ó de un largo guante da la nota necesaria para restablecer el contraste.
Pintando adolescentes nos recuerda á Grenze por la delicadeza de los azulados reflejos que pone en el pelo, por la expresión de los ojos, por la picaresca intención de los movimientos. Igualmente admirables son sus estudios, llenos de vida, del desnudo femenino.
Por natural asociación de ideas acuden á nuestra imaginación las dos majas, La maja vestida y La maja desnuda, que se conservan en el Museo del Prado de Madrid. Representa una de ellas una mujer vestida en tal forma, que se adivinan las líneas del cuerpo á pesar del ropaje; en el otro lienzo el artista nos lo presenta sin velos ni ocultaciones. Al contemplar tan hermoso desnudo recordamos inconscientemente los del Ticiano, Giorgione y Palma. Nada nos dice, en cambio, de los lindos desnudos de la época del Ro-co-có.
El palpitante seno, los torneados miembros, los ne
gros ojos relampagueantes, revelan la apasionada vehemencia de aquella mujer, cuyo nervioso cuerpo, extendido cual una escultura de márfil en el blanco lecho, parece formado expresamente para el amor.
Cuentan las crónicas que para este cuadro sirvió de modelo una linajuda dama amiga de Goya; y que como su esposo, el duque, manifestara deseos de ver la obra maestra, Goya pintó inmediatamente el otro retrato en idéntica postura. Aun cuando la anécdota no se haya comprobado — y los datos cronológicos nos hacen dudar de su autenticidad, — parece verosímil, y esta creencia toma cuerpo con sólo estudiar el autoretrato de Goya, de aquel hombre fornido, de cuello de toro y labios sensuales, y recordar los numerosos relatos que corren acerca de sus amores con algunas damas de la aristocracia madrileña, los cuales no eran por cierto pura ficción de la fantasía. Goya fué realmente el terror de los maridos de su tiempo. Poseía facilidad de palabra, y en los salones aristocráticos aparece favorecido por todas las mujeres que tal vez apreciaran en él la diferencia que existía entre el vigoroso hijo del pueblo y los débiles y degenerados nobles, sus dueños y señores. Como vemos, Goya no se limitó á pintar la vida del período del Ro-co-có, sino que la vivió intensamente.
Y hasta que termina el siglo no cambian sus ideas. ¿Le proporcionaron algún desengaño los experimentos que personalmente llevó á cabo para estudiar á fondo aquella vida de sensualidad y de pasión? ¿O fué el lastimoso espectáculo que ofrecía su patria oprimida lo que le impulsó á constituirse en campeón de sus derechos?
En esta segunda época es cuando se revela verdaderamente el genio de Goya. En la primera cuidóse tan solo de reproducir con su arte las bellezas del mundo antiguo, disimulando su podredumbre interior, ocultando cuanto podía indicar su decadencia; pero, por el contrario, en su segunda época, el arte es para él un espejo en el que, con terrible ironía, hace que se refleje la espantosa imagen. Uno de sus agua-fuertes „Cronos" barriendo cual inmunda basura á dos pequeñuelos hechura del Ro-co-có, es la página que encabeza la segunda parte de la obra de Goya.
Purificar el ambiente de España parece ser su único afán en este período de su existencia. Partidario de la revolución, ataca todas las instituciones sin perdonar ninguna; condena todas las manifestaciones del vicio, todos los escándalos de su época y los expone en una caricatura tan ridícula como cruel. Pero, al mismo tiempo, desprecia y arrastra por el lodo cuanto signifique retroceso ó proceda del pasado, buscando constantemente un camino mejor para lo porvenir.


