Francisco de Goya (Muther)/VI
CAPITULO VI
Goya durante la reacción
Después del período de guerra viene el de la desilusión. El Rey Fernando volvió á Madrid en 1814; y al volver desterró para siempre el liberalismo y la libertad de pensamiento. Todos los amigos del obscurantismo, todos los defensores de la ignorancia, que habían desaparecido durante un corto espacio de tiempo, tornaron nuevamente á España. ¿Cuál fué entonces la posición de Goya? Uno de los aguafuertes de la colección Los Desastres, que representa una mujer desnuda, la Verdad, á la que martirizan unos curas, se titula: „¡Murió la Verdad!".
Sin embargo, Fernando le confirmó en su empleo de pintor de Cámara, y hasta hizo que la inmortalizara en un lienzo con el manto de púrpura de los emperadores; pero Goya no pudo seguir sirviendo á este rey. Comprendió lo falso de su posición y se retiró á la vida privada. En las afueras de Madrid, pasando el puente de Segovia, compró una casita de campo. La llamaban la Quinta del Sordo, pues Goya lo era desde 1791. Su mujer y su hijo habían muerto, y vivía solo, recogido en sí mismo. Allí, en aquella especie de cárcel, aparecen sus últimas producciones, en algunas habitaciones por él decoradas. Ya hemos dicho que en el reinado de Fernando VII, la Inquisición volvió á levantar la cabeza. Pero aparte de ésto, las últimas obras de Goya tienen poca relación con la historia de aquella época. Sólo pudo ejecutar aquellas que le interesaban y defeitaban artísticamente; y en algunas otras que no habían de contemplar indiscretos ojos, se atrevió á representar bajo artísticas formas la aterradora pesadilla que atormentaba su alma.
Consideraciones de índole puramente artística indujéronle á grabar en 1815 La Tauromaquia. Todo es verdaderamente original en las corridas de toros. Si estamos en situación de contemplar el espectáculo desde el punto de vista de la estética, vemos efectos de movimiento y de color de indescriptible belleza. En primer lugar, el toro es un animal hermosísimo, admirable de forma, dotado de una belleza plástica y decorativa. Es digno de admiración cuando aparece en la plaza con majestuosa dignidad, agitando la cabeza, dispuesto á comenzar la lucha, y no lo es menos cuando baja la cabeza y se dispone á embestir. Hay que advertir que cada toro aporta un elemento de novedad á la corrida, puesto que no hay dos de la misma condición. Y los movimientos de los hombres son tan artísticos como los del toro. Es admirable la elegancia con que los toreros manejan el capote, el donaire con que hurtan el cuerpo, la gracia con que los picadores caen en la silla, la serenidad con que los espadas clavan el estoque en el toro. Goya poseía grandes conocimientos sobre la materia. En su azarosa juventud fué torero, y con lo que ganó ejerciendo esta profesión, pudo marcharse á Italia. Y por ello, en la Tauromaquía nos da un curso completo del arte del toreo, y sabe escoger los momentos de más animación y belleza, con un acierto tal como puedan haber tenido Manet ó Cunois, Bernard ó Luciano Simon.
Debemos también mencionar los cuadros con que adornó su casa de campo. Algunos de ellos, que han podido conservarse, figuran á la sazón en el Museo del Prado. Es tal el carácter estremecedor de estas obras que al contemplarlas siente uno que se le oprime el corazón. Ya en Los caprichos había dibujado Goya brujas y fantásticas sombras de una manera que causa asombro; en Los Proverbios, con la tenacidad propia de los viejos, vuelve á desarrollar el mismo tema. Pero en los aguafuertes trató este asunto dentro de estrechos límites y con arreglo al carácter propio de aquel género, mientras que en los cuadros encontró su imaginación ancho campo para sus grandiosas creaciones. Allí se ven espectros volando de un lado para otro, en tanto que gigantescos pájaros cruzan el espacio lanzando graznidos y agitando las alas. Los ojos de las ensangrentadas cabezas de las Medusas clavan en nosotros una mirada durísima y feroz.
Sería imposible describir detalladamente todos estos cuadros. En éste vemos un gigante en la cima de una montaña contemplando burlonamente una ciudad dormida; en el otro un hombre que hace enormes esfuerzos para subir á una roca, lo cual no pue

de conseguir porque le rechaza un demonio con alas de murciélago — tal vez este cuadro fuese una alegoría del mismo Goya que había luchado y combatido tan inútilmente como Tántalo —; en el de más allá un viejo apoyado en un báculo, escuchando las tentadoras palabras que un demonio cuchichea á su oído; ó un perro que, al pie de una peña, sigue ansiosainente con la vista las idas y venidas de los pájaros. En otros vemos unos peregrinos que se arrastran por el suelo lanzando en torno suyo hipócritas y maliciosas miradas; espectros que danzan á la luz de la luna envueltos en girones de nubes; locos sumidos en tétrico abatimiento y almas en pena que salen á media noche de sus sepulcros.
Nos formaríamos una idea falsa de tales obras si para representárnoslas trajésemos á la memoria lo que hemos visto en los cuadros de Jerónimo Bosch y de Teniers, de Hllenbrueghel, de Salvador Rosa y de Tiepolo.
No, en esta especialidad de la pintura, Goya carece en absoluto de precursores. Sus obras sólo tienen alguna semejanza, aunque remota, con las palabras con que Goethe, en su Dichtung und Wahrheit, describe la impresión que en su juventud le causara Ossian. „Ossian nos seduce con la lejana Thule; allf vagamos por dilatados pantanos, entre tumbas cubiertas de musgo, en tanto que un viento impetuoso agita la hierba y una densa niebla obscurece el cielo. De pronto, la luz de la luna disipa las tinieblas de aquella noche caledonia. Entonces, los antiguos héroes, las desaparecidas vírgenes parecen revolotear en torno nuestro, hasta que al fin pensamos que vemos el verdadero espíritu de Loda que nos mira con una expresión que infunde pavor".
El impenetrable misterio de Ossian, los horrores de la noche de Santa Walpurgis, están representados en las obras de Goya. Diríase que algunas de ellas están inspiradas en los cuentos de E.T.A. Hoffman y de Edgar Poe. El espíritu moderno, con todas sus inquietudes, aparece en Goya, y reviste en él formas de tan monstruosa grandeza, que cual al inglés Fuseli, podemos llamarle el Miguel Angel loco.
Más de nueve años permaneció Goya en tan melancólico retiro, á solas con las temerosas creaciones de su fantasía. Al cabo de este tiempo, parecióle que no estaba muy seguro en España. En 1824 pidió seis semanas de licencia para ir á las aguas sulfurosas de Plombiers, en Lorena, á curarse la gota que padecía. ¿Fué esto un pretexto para poder salir de España? ¿Le pareció luego demasiado largo el viaje para su quebrantada salud? El caso es que Goya no llegó á Plombiers. Pasó los últimos años de su vida en Burdeos, cuyo clima extraordinariamente benigno le sedujo, y en donde encontró otros emigrados españoles, amigos suyos, que se habían visto obligados á abandonar sus hogares. En aquella época no solamente era sordo, sino que estaba casi ciego, por lo que, como es natural, en Francia produjo poco. Pero, á pesar de ello, nos dejó un aguafuerte que nos demuestra que el anciano pesimista no había perdido por completo la fe en lo porvenir. Se titula Lux ex tenebris, y representa un paraje muy obscuro; de las tinieblas brota repentinamente un rayo de luz que hace huir despavoridos á lechuzas y cuervos. El 16 de Abril de 1828 le mató una apoplegía. Su muerte coincidió con la aparición del romanticismo francés.