Fridolín el Bueno y Thierry el Malo: Capítulo I

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Fridolín el Bueno y Thierry el Malo
Capítulo I: Los cazadores furtivos
 de Christoph von Schmid

     Fridolín era un niño precioso, que tenía un corazón excelente y estaba siempre de muy buen humor. Un día encaminose muy temprano al bosque a coger ramas secas. Él fue quien el verano anterior, a pesar de sus pocos años, llevó a cuestas a la choza casi toda la leña que había de servirles para calentarse durante el invierno. Gozoso de poder ayudar a sus padres en sus penosas tareas, se dirigió aquel día al cercano bosque y empezó a trabajar. Recogió cuantas ramas secas pudo encontrar, y no descansó hasta que hubo reunido mucha leña; tanta como sus débiles fuerzas le permitían llevar.

     Cargado con el pesado haz, se encaminó a su casa. Al salir del umbrío bosque entró en un delicioso valle, al cual daban luz y calor los ardientes rayos del Sol. Por entre la hierba, cuajada de flores, deslizábase un riachuelo, junto al cual crecían diversas plantas y espinosas zarzas. Fridolín le remontó hasta su nacimiento, en donde el agua límpida y cristalina brotaba de una roca a la que daba sombra una corpulenta encina. A poca distancia vio las primeras fresas del año: cogió muchas, y luego se sentó al pie del árbol para comer su modesto almuerzo, que consistía en un pedazo de pan moreno. Bebió el agua fresca y clara del manantial, y las rojas fresas le sirvieron de postre.

     Pero antes de empezar a comer se quitó la gorra, cruzó sus manitas, y elevando el alma a Dios, rezó con ese infantil candor que rara vez se encuentra entre los ricos, los cuales se sientan ante mesas cubiertas con preciosas vajillas y llenas de diversos manjares, sin tomarse el trabajo de bendecir al Autor de todas estas mercedes. En cuanto a Fridolín, la alegría y el apetito sazonaban su frugal almuerzo.

     -¡Oh! -pensaba-. ¡Cuán feliz debo considerarme, porque puedo venir a comer a la sombra de este árbol tan hermoso! ¡Qué bien sabe el pan cuando se lo gana uno con su trabajo! ¡Vos, oh Dios mío, me dais todos los días pan, salud y apetito! ¡Cuánto os lo agradezco! ¡Qué fresca y qué agradable es esta sombra! Ni el mismo rey puede almorzar tan ricamente. Verdad es que mi mesa no es tan suntuosa como la suya: los ricos tienen blancos manteles; el mío es de color verde brillante y está cuajado de flores silvestres tan lindas, que no podría hacerlas más bonitas la más hábil bordadora. Mi postre -añadió sonriendo y mirando las fresas- ha sido preparado por alguien cuyo poder es superior al del mejor confitero de la ciudad: por el mismo Dios. No estoy rodeado de guardias; pero los árboles me ofrecen su deliciosa sombra, y vosotros, queridos pajarillos, que revoloteáis de rama en rama, me obsequiáis con una música que vale tanto como otra cualquiera.

     En tanto que Fridolín hablaba de esta suerte consigo mismo vio salir de un espeso bosquecillo situado en la cima de la colina una corza seguida de su cría.

     El animalito permaneció inmóvil durante un segundo, miró tímidamente en torno suyo enderezando las orejas, y bajó luego al valle, levantando con delicadeza sus finas patitas para saltar por encima de los setos y de los troncos: el corzo brincaba junto a su madre. Ésta, después de beber en el manantial, se puso a pastar, en tanto que su cría saltaba alegremente por el prado.

     Ante aquel espectáculo, completamente nuevo para él, Fridolín permanecía inmóvil; apenas se atrevía a respirar. Su corazón latía de contento.

     -¡Qué animales tan lindos! -pensaba-. ¡Qué formas tan graciosas, y qué vivacidad! ¡Cuánto me alegro de haber venido hoy al bosque! Todos los días admira uno algo nuevo.

     En aquel momento oyose una detonación, que retumbó en el bosque como un trueno. Fridolín se asustó tanto, que por poco rueda hasta el pie del cerrillo en que se había sentado: el pobre niño temblaba de miedo. Aquel ruido era el disparo de un arma de fuego. La corza, tendida en el suelo, agitábase en las convulsiones de la muerte lanzando angustiosos quejidos, y a su lado su hijito parecía compartir su dolor.

     Pocos instantes después salió de entre unos matorrales un muchacho de tez pálida y con el traje destrozado. En la mano llevaba una escopeta, y precipitándose sobre el animal al cual acababa de herir, le remató a culatazos.

     -¡Ah! ¡Ah! ¡Esta vez no erré el tiro! ¡Por fin caíste en mi poder! -decía.

     Un individuo mal encarado, con el pelo sucio y enmarañado, la barba revuelta y cubierto de andrajos, apareció en aquel momento con una escopeta mohosa bajo el brazo. Aquel hombre cogió la corza que había matado el muchacho, se la echó al hombro, y al ver a Fridolín huyó velozmente.

     Más animoso el niño, detúvose un instante, miró fijamente al bueno de Fridolín, y escapó como su compañero.

     Fridolín, que aún no se había repuesto del susto, estaba estupefacto.

     -Son cazadores furtivos -se dijo-. ¡Parece mentira que tengan valor para matar a un animalito delante de su cría, que queda expuesta a morirse de hambre! Se conoce que no tienen la conciencia muy tranquila, cuando al ver a un débil niño como yo tiemblan y huyen despavoridos. ¡Ah! ¡Esta mala acción no les traerá buena suerte!

     En aquel instante salió el corzo de entre la matas en que se había escondido cuando aparecieron los cazadores. El pobre animalito iba de aquí para allá buscando a su madre. Fridolín se acercó muy despacito al corzo, que se acurrucó entre la hierba al pie de una encina, y empezó a acariciarle, diciendo:

     -¡Ah! ¡Pobre animalito; cuán digno eres de lástima! Ya no tienes madre, y vas a morirte de hambre; porque, por lo que veo, aún no tienes dientes para comer hierba. ¡Pobrecito, cuánto te compadezco!

     Entretanto Mauricio, el guarda, que a la sazón prestaba servicio en el bosque, acudió al sitio en donde había oído el disparo. Desde lejos vio a Fridolín arrodillado junto a un matorral y acariciando a un corzo, y tuvo el capricho de esconderse detrás de un árbol para escuchar y observar al niño.

     Fridolín seguía acariciando y contemplando al animal con extraordinaria complacencia.

     -¡Qué bonito eres! -decía-. ¡Qué manso pareces! ¡Cómo me miras con tus ojazos negros! ¡Cómo contrasta tu pelo oscuro junto a la blancura de tu pecho! ¡Y qué bien te sienta esa manchita negra que tienes en el hocico! ¡Cuánto me gustaría llevarte a casa y cuidarte y criarte! Pero no me atrevo; no me perteneces: perteneces al guardabosque. Voy a llevarte a su casa. ¡Con tal que no te mate! No, no te matará: se lo rogaré tanto, que te dejará vivir; es más, tal vez encuentre el medio de criarte.

     Mauricio, que de árbol en árbol se había deslizado, sin ser visto, hasta esconderse tras la corpulenta encina, oyó al niño. Sonreía satisfecho mientras se acariciaba la barbilla. Cuando Fridolín se levantó para marcharse llevando en brazos al corzo, vio al guardabosque, y se asustó mucho; pero el excelente Mauricio le dijo con bondadoso acento:

     -No tengas miedo, hijito; no te haré ningún daño. He oído todo lo que le has dicho a este pobre animalito, y sé que tenías la intención de entregármelo. Pues bien; si quieres, te lo regalo: llévatelo a tu casa. Te será fácil criarle con un poco de leche de vaca mezclada con agua. Cuando sea un poco más grande y tenga dientes, comerá hierba y se alimentará por sí solo.

     Loco de alegría, dio Fridolín las gracias a Mauricio, y con el haz de leña a la cabeza y el corzo bajo el brazo se dispuso a regresar a su casa.

     -¡Adiós, amiguito! -díjole el guarda.- ¡Sé siempre probo y honrado, y seguramente serás dichoso!