Fridolín el Bueno y Thierry el Malo: Capítulo VI

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     En tanto que conversaban el Conde, su hijo y Fridolín, el Comandante, que venía a reunirse a sus parientes, entraba en la habitación. Era un buen mozo, de elevada estatura, y tuvo que quitarse su sombrero adornado con una pluma para no tropezar con el techo. Se sentó cerca de la cama del enfermo; pareció interesarse mucho por él; le interrogó sobre su posición, y, entre otras cosas, le preguntó si no tenía en la aldea algunos parientes o amigos que estuviesen en disposición de ayudarle.

     Respondió Nicolás que no había nacido en aquella aldea, y que no tenía en ella ningún pariente.

     -¿De dónde sois, entonces? -preguntó el Comandante.

     -He nacido en Grunval, un pueblecito que está a treinta leguas de aquí.

     -¡Ah! ¡Sois de Grunval! Conozco mucho ese pueblo, y me acordaré de él mientras viva, porque allí me vi comprometido en una aventura que hubiese podido tener para mí funestas consecuencias a no ser por la oportuna intervención de un tal Nicolás Warner que me salvó de un peligro inminente.

     -Ese es mí nombre -dijo el enfermo;- yo me llamo Nicolás Warner.

     -¡Cómo! ¡Os llamáis Nicolás Warner! ¡Sois de Grunval! -exclamó fuera de sí el Comandante, cogiendo por una mano al enfermo y contemplándole atentamente sin añadir una palabra.

     Por último dijo:

     -Sí, sois vos efectivamente. Aunque no os he visto más que una vez en mi vida jamás olvidaré vuestras facciones. ¡Habéis cambiado mucho! Entonces estabais radiante de juventud, y vuestro cutis era terso, fresco; hoy os vuelvo a ver pálido y tostado por el sol. Pero esos ojos negros, tan dulces y tan expresivos al mismo tiempo siguen siendo los mismos y los reconozco perfectamente.

     -Me parece que me tomáis por otro; no recuerdo haberos visto nunca.

     -¡Oh! Sí, estoy seguro de que me habéis visto, y puesto que según parece lo habéis olvidado, voy a recordaros el sitio y las circunstancias en que se efectuó nuestro encuentro. Escuchadme; es una aventura de mi juventud.

     Un día, tenía yo entonces diez y ocho años, atravesaba a caballo el bosque que hay cerca de Grunval y me dirigía a casa de un condiscípulo, con el cual iba a pasar las vacaciones. Mi traje era lujoso y mi maletín, sujeto a la grupa, estaba muy bien provisto. Iba a ponerse el sol, y yo seguía tranquilamente mi camino a través del bosque, cuando, de repente, una voz terrible me gritó desde unos matorrales: «¡Alto! ¡Detente!» Mi caballo salió al galope. Inmediatamente me hicieron fuego, sentí silbar la bala. Un instante después, resonó otro disparo en el bosque y la bala penetró en mi maletín, en donde la encontré después. Todavía la conservo como recuerdo. Al mismo tiempo oí los pasos de los ladrones que me perseguían gritando: «Párate, párate o eres hombre muerto!» Mi caballo volaba y yo tenía la seguridad de librarme de ellos. Desgraciadamente el camino era malo y en cuesta y mi caballo cayó al suelo y me cogió debajo. Como no me hice ningún daño, no pensé más que en levantarme rápidamente; pero en el momento en que iba a volver a montar, me alcanzó uno de los bandidos y se abalanzó a mí, sable en mano; iba a abrirme la cabeza de un sablazo. En aquel instante salió del bosque un joven robusto, con un haz de leña al hombro y un garrote en la mano. Verme en tan peligrosa situación, tirar la leña al suelo, volar en mi socorro y dar al bandido un vigoroso golpe en el brazo, fue para el generoso joven cosa de un segundo. Mi agresor dejó caer el sable y desapareció por entre los árboles lanzando espantosos alaridos. Yo recogí inmediatamente el arma que había caído a mis pies y me hallé en disposición de defenderme contra el otro malhechor, que me había alcanzado y me atacaba impetuosamente. Era un hombre de gigantesca estatura y de imponente aspecto; manejaba el sable con más habilidad que el maestro de esgrima que me daba lecciones, y seguramente hubiese acabado yo por sucumbir en lucha tan desigual, si el joven no le hubiera dado con su nudoso garrote dos palos tan terribles en la espalda, que el bandolero, viéndose perdido, aprovechó un momento oportuno, franqueó de un salto la cuneta del camino y desapareció en el bosque. Pues bien -añadió el Comandante dirigiéndose al Conde,- el valeroso joven que fue mi ángel guardián, el que me salvó la vida, es el pobre Nicolás: decid, amigo mío, ¿no fuisteis vos?

     -Sí, señor, yo fui; todavía recuerdo que aquel día llevabais una casaca verde bordada en oro y un sombrero adornado con una pluma blanca. Vuestro caballo alazán tenía una mancha blanca en la frente, y apenas podía andar, porque al caer al suelo se había lastimado las patas delanteras. Tuvisteis que llevarle del diestro y hacer el resto de la jornada a pie; yo os acompañé. Pero ahora no me hubiese sido posible reconocer en este caballero de marcial continente al jovencito esbelto y de tez delicada que conocí en aquella época.

     El Comandante, muy conmovido, estrechole la mano y le dijo:

     -Os debo eterna gratitud, y os ruego que me perdonéis el haber tardado tanto en pagar esta deuda sagrada. No olvidaba vuestro nombre; pero en aquella época no era más que un muchacho muy aturdido. Rara vez tenía dinero a mi disposición, y poco tiempo después abracé la carrera militar. Luego, la guerra, obligándome a trasladarme de un punto a otro, me hizo olvidar esta aventura. Pero os aseguro que he pensado mil veces en vos. Ahora me felicito de haberos encontrado y doy por ello gracias a Dios.

     Nicolás, que ignoraba su parentesco con el Conde de Finkenstein, y que no sabía que le hubiese acompañado a la aldea, preguntole por qué casualidad había descubierto su vivienda.

     -Ese corzo -respondió el Comandante- es el que me ha traído a vuestra casa y me ha enseñado el camino. Evidentemente, todo esto lo ha dispuesto la Providencia; porque me parece que mi presencia en estos lugares podrá seros de alguna utilidad, sobre todo en estos momentos.

     El Comandante informose entonces de la situación del enfermo, que quiso conocer hasta en sus menores detalles. Examinó la herida, y como en sus campañas había tenido, con muchísima frecuencia, ocasión de apreciar la gravedad de esta clase de accidentes, comprendió inmediatamente el peligro en que se hallaba Nicolás y le dijo:

     -Efectivamente, necesitáis que os vea un médico inmediatamente, porque de lo contrario puede presentarse la gangrena. Pero no desesperemos, y sobre todo, no perdamos un instante; vos me salvasteis la vida y confío en ser lo bastante afortunado para pagaros en la misma moneda.