Fronda lírica: 006

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Invierno[editar]




Tras la lóbrega ventana

de una choza, hay una anciana;

hila, hila,

y enturbiando

su pupila,

de sus lágrimas dos gotas

al salir de cuando en cuando,

y al brillar, fingen dos gruesas

perlas rotas.

Sus mejillas,

lacias, caen; se entrechocan

sus rodillas.

Viste luto,

y una huella, casi extinta,

hay apenas de su pobre seno enjuto.

En su frente

dejó el tiempo despiadado

el ultraje

de su arado.


Y su boca,

ya marchita,

es un hueco de oraciones,

de oraciones que musita

ella, sola, en los rincones

de la estancia: ¡Pobrecita!

¿Qué se hicieron los encantos

de su cuerpo?, ¿qué las épocas felices…?

¡De sus manos sólo quedan…

dos raíces!

El invierno, sobre el techo

de la choza, llueve, llueve,

llueve copos, grandes copos

de alba nieve.


Sopla el cierzo…, y la cabeza

de la triste anciana, eriza;

la cabeza, que parece

de ceniza.

Cruje el tuero;

de rescoldo hay un reguero

en el fúnebre recinto de la estancia,

y saturan los tizones

el ambiente, de una exótica fragancia.


Débil, mustia y alelada,

¿en qué sueña aquella triste

mujer sola?

¿En qué sueña? ¡En nada, en nada!


Sólo advierte

que a sus plantas va formándose el vacío…,

y que siente todo el frío

espantoso de la muerte.


En el cielo

desolado, el rüido

de su vuelo

y el graznido

de su canto, deja oír en las tinieblas

un mochuelo.

Es de noche; no hay un astro.

Todo es sombra

en el llano y en el bosque,

y en la vega que parece de alabastro.

A la puerta

ladra un gozque.

¡El invierno, sobre el techo

de la choza, llueve, llueve,

llueve copos, grandes copos

de alba nieve!