Fundación de la ciudad de Montevideo: Fundación de la ciudad de Montevideo

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Discurso preliminar a las actas de la fundación de Montevideo.

El mejor seno que forma el Río de la Plata al desembocar en el océano fue cabalmente el último punto que ocuparon los españoles durante su larga dominación en el Nuevo Mundo; y cuando se resolvieron a poblarlo, no fue por las ventajas que les ofrecía, sino por el temor que otros las aprovecharan.

Desde algún tiempo la corte de Madrid miraba con recelo el establecimiento de los portugueses en la Colonia del Sacramento, cuya ocupación era un ataque a sus derechos de soberanía. Sin embargo eran ambiguos los títulos en que se fundaban, y la exacta demarcación de los dominios de ambas coronas en América había sido un manantial inagotable de reclamaciones y debates. La corte de Lisboa, más osada que la de España en llevar adelante sus pretensiones, había dado orden al Virrey de Río Janeiro de apoderarse de hecho de la Colonia, y la inesperada aparición de los lusitanos en estos parajes obligó a las autoridades españolas a tomar las armas para rechazarlos.

Una fuerza de 260 soldados, auxiliados por 3.000 guaranís, cruzó el río para ir a atacar a estos advenedizos en sus propias trincheras. El maestre de campo, Vera Múxica, que la mandaba, había organizado una vanguardia de 4.000 caballos sueltos, para recibir sin estrago la primera descarga de la artillería enemiga. Los indios, más sagaces que su jefe, le representaron los inconvenientes de esta disposición, que, lejos de ahorrarlos, los exponía a ser arrollados por sus mismos caballos.

Mientras se peleaba en América para defender los derechos de la corona de España, sus ministros los desamparaban en las conferencias de Badajoz y de Ryswick, suscribiendo ignominiosamente a la entrega de la Colonia. Pero la adhesión de Portugal a la grande alianza contra Felipe V y los auxilios que prestó a su competidor, el archiduque don Carlos, desbarataron estos planes, y una nueva expedición, que salió de Buenos Aires en 1704, obligó a los portugueses a retirarse de aquella plaza, después de haber arrasado sus fortificaciones. De este modo la Colonia, o más bien sus escombros, pasó a los españoles, en cuyo poder quedó hasta el año de 1715, en que, por efecto del tratado de Utrecht, volvió a ser ocupada por los lusitanos.

Entretanto, a los desastres de la guerra de sucesión, encendida por el testamento de Carlos II, sucedieron otros amagos, debidos a la política astuta e insidiosa del cardenal Alberoni, que se proponía nada menos el someter a su influjo a una gran parte de Europa, atacando a Italia, conspirando en Francia y preparando el restablecimiento de los Estuardos en Inglaterra. Estas intrigas convirtieron en enemigos de la monarquía española a sus antiguos aliados; y mientras una escuadra inglesa destrozaba las fuerzas navales de Felipe V en las aguas de Siracusa, los ejércitos franceses, al mando del mismo Duque de Berwick, que había afianzado su trono en Almanza, volvían a transitar los Pirineos para llevar la guerra al corazón de sus estados.

En estos momentos de ansiedad y conflicto se inculcaba a los virreyes y gobernadores de América que redoblasen su celo para poner los puntos vulnerables de la costa en estado de defensa. Entre ellos se hizo especial recomendación de Montevideo y Maldonado, acechados por dos enemigos poderosos, según lo insinuaba la correspondencia secreta de los embajadores de España acerca de las cortes de Lisboa e Inglaterra; y, de conformidad con estas órdenes, el día 17 de junio de 1719 salió de Buenos Aires una embarcación para elegir un buen paraje inmediato a la ciudad donde establecer un muelle, o un castillo, para el abrigo de los galeones. De esta idea se pasó a la de poblarlo, y sin nada variar del plan que el Marqués de Capecelatro dijo tenía la corte de Lisboa para este objeto, se enviaron familias de Canarias, como los portugueses debían haberlas traído de las Azores.

Las fortificaciones empezaron a levantarse en 1724, según el plan presentado por el piloto don Domingo Petrarca, y modificado en algunos detalles por el Marqués de Verbon, general en jefe del real cuerpo de ingenieros de España. Cerca de 350 personas trabajaban a esta obra, en la que, en menos de dos años, se insumieron 287.000 pesos, pero con tanta lentitud que apenas se pudo concluirla el año de 1744, a esfuerzos del Gobernador de Buenos Aires, que lo era entonces don Domingo Ortiz de Rozas. Esta falta de actividad era efecto de la escasez de recursos, por más reiteradas y ejecutivas que fuesen las órdenes mandadas al Virrey del Perú para que los franquease.

Entretanto eran continuos los temores del gobierno español por los peligros a que consideraba expuestos sus dominios. En 1736, poco antes de estallar una nueva guerra entre España e Inglaterra, avisaba su ministro en Londres que «habían salido del puerto de las Dunas una fragata y una balandra, aprestadas por comerciantes ingleses, para apoderarse de un territorio que se aseguraba haber entre la demarcación del Brasil y la del Paraguay, y que comprendía un lago de grande extensión, con posible comunicación al Río Negro, suponiéndose que la entrada del lago, por la parte del mar, es sólo de un cuarto de legua ancho, y que los territorios vecinos son ricos de minas y fértiles». Y en el duplicado de este oficio se agregaba, que «se tenía además noticia de los proyectos de la corte de Rusia de apoderarse del citado lago y territorio, y que se recelaba que a este fin había despachado, a principios de junio del mismo año de 1736 dos navíos que desembocaron la Sonda, a los que debían seguir otros que se aprestaban en Arcángel».

Por más que se empeñase el gobernador Salcedo en disipar estos temores, no pudo conseguirlo, y lo que más se encomendó al cuidado de su sucesor Rozas fue: evitar el arribo de las embarcaciones inglesas o rusianas; y tomar las noticias precisas de la situación y circunstancias del expresado lago. ¡Habían pasado cuatro años entre el primer aviso y este encargo, y la corte de Madrid había permanecido inmóvil entre sus dudas y alarmas! No eran éstos sus únicos recelos; otros le inspiraba la presencia de los portugueses en la Colonia del Sacramento, que, aunque más reales que las expediciones marítimas de Rusia e Inglaterra, no merecían estos cuidados, por el corto número de la tropa que guarnecía aquel punto. Este estado duró hasta el año de 1750, en que, por el artículo XIII del tratado ajustado en Madrid, Portugal cedía a España todos los establecimientos que había formado en la margen oriental del Río de la Plata, inclusa la Colonia del Sacramento.

Casi en la misma época se resolvió el Rey a organizar un gobierno en Montevideo, y condecoró con el título de gobernador a don Joaquín de Viana; pero nada se hizo para fomentar la población e industria de esta provincia, una de las más desatendidas de las antiguas colonias. ¡Ningún acto importante, ni una sola medida eficaz, recuerdan la existencia de un poder que la dominó por cerca de un siglo! Sólo la naturaleza desarrollaba sus fuerzas y cubría aquellos campos solitarios con un prodigioso número de ganados, sin que esto bastase a despertar de su apatía a la corte de España, que sólo se conmovía al anuncio de algún nuevo hallazgo de minas.

Ninguna importancia damos a los reconocimientos que se hicieron en Madrid en 1749 de los metales y piedras preciosas que se pretendió haber descubierto en la Sierra de las Minas, al norte de Montevideo; basta leer los informes de los que los practicaron para convencerse de su ignorancia. Pero nos importaba multiplicar las pruebas de un hecho que se presenta con todos los visos de la inverosimilitud, y del que sin embargo ya no es posible dudar, esto es, que el Rey de España tenía que echar mano de un platero para valorar el mérito de una mina de diamantes, y que el primer ensayador de la casa de moneda de Madrid, por donde rodaban tantos caudales, era un idiota.

Estos documentos nos han sido franqueados con su acostumbrada liberalidad por el señor canónigo doctor don Saturnino Segurola, a cuyo celo ilustrado es debida la conservación de tantos materiales importantes para la historia de estas provincias.

Buenos Aires, noviembre de 1836.

Pedro de Angelis.


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