Germinal: Parte II: Capítulo V

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Germinal de Émile Zola
Segunda parte: Capítulo V

En casa de Rasseneur, Esteban, después de haber comido, subió al cuartito que había de ocupar; una especie de buhardilla con una ventana al campo; y muerto de cansancio, se echó vestido encima de la cama. No había dormido ni cuatro horas en dos días. Cuando despertó, anochecía ya; se quedó un momento inmóvil, como aturdido, sin acordarse del sitio donde se hallaba, y sentía tanto malestar, una pesadez tan grande en la cabeza, que trabajosamente se puso en pie, con el propósito de dar una vuelta y tomar el aire antes de comer, para luego irse a acostar.

El ambiente se había calmado, y el cielo iba encapotándose, cargado de esas nubes del norte, cuya proximidad se presentía por lo tibio y húmedo del aire. La noche avanzaba rápidamente. Sobre aquel mar inmenso de tierra rojiza, el cielo, cada vez más nublado, parecía que iba a desatarse en agua.

Esteban salió de la casa, y comenzó a andar a la ventura, sin más objeto que despejarse la cabeza y sacudir la fiebre de que se sentía acometido. Cuando pasó por delante de la Voreux, ya envuelta en la oscuridad, porque todavía estaban los faroles sin encender, se detuvo un momento, para ver salir a los mineros de por la tarde. Sin duda eran las seis, porque los obreros salían por grupos numerosos mezclados con otros de cernedoras, que iban riendo y cantando por los oscuros caminos que conducían a los barrios.

Primero pasaron por el lado del joven la Quemada y su yerno Pierron. Iban peleándose, porque ella se quejaba de que no la había defendido en una disputa que acababa de tener con un vigilante a propósito de la cuenta de su trabajo.

-¡Maldito seas! ¡Vaya un hombre! ¡Quedarse callado delante de uno de esos canallas que nos explotan

Pierron continuaba su camino sin contestar, hasta que al fin exclamó: -¿Qué querías? ¿Qué hubiera abofeteado al jefe? Gracias; no tengo ganas de historias.

-¡Pues que te den morcilla entonces! ¡Ah, demonio! Si mi hija me hubiese hecho caso. Si estuviera yo en su pellejo, bien me las pagarías.

Las voces se perdieron a lo lejos, mientras Esteban la veía desaparecer con su nariz de pico de águila, sus enmarañados pelos blancos y sus brazos flacuchos y negros agitándose en el aire. Pero pronto puso atención a las palabras de unos jóvenes que pasaban por su lado.

Había reconocido a Zacarías, que estaba esperando allí a su amigo Mouque.

-¿Quieres venir? -le dijo éste al llegar-. Nos comeremos una tostada y nos iremos luego al Volcán.

-Dentro de un rato, porque ahora tengo que hacer.

-¿Qué tienes que hacer?

El obrero se volvió, y vio a Filomena que salía del taller de cerner. Entonces creyó comprender.

-¡Ah! Bueno. Entonces me voy delante.

-Sí; te alcanzo enseguida.

Mouque, al marcharse, tropezó con su padre, Mouque el viejo, que salía también de la Voreux; los dos hombres se dieron las buenas noches con frialdad, y el hijo echó por el camino real, mientras el padre seguía por la orilla del canal.

Entre tanto, Zacarías, que se había acercado a Filomena, la empujaba por un sendero apartado, a pesar de su resistencia. Ella decía que llevaba prisa, y que otro día; y se peleaban como marido y mujer que llevaran mucho tiempo de casados. No era nada agradable aquel no verse más que en el campo, sobre todo en invierno, cuando la tierra estaba mojada y no había trigos donde tenderse.

-Pero mujer, si no es eso -dijo él impacientándose-. Es que tengo que decirte una cosa.

La tenía cogida por la cintura y la empujaba suavemente. Luego, cuando estuvieron lejos del camino por donde iban los mineros, le preguntó si tenía dinero.

Él, que no sabía qué decir, habló tartamudeando de una deuda de dos francos que le iba a producir un disgusto en su casa.

-Calla. He visto a Mouque, y sé que vais al Volcdn, a ver a esas puercas del café cantante.

Él se defendió como pudo, dándose golpes de pecho y jurando por su honor. Luego, viendo que ella se encogía de hombros, dijo bruscamente:

-Ven con nosotros, si quieres. Ya ves que no me estorbas. ¿Qué tengo Yo que hacer con esas cantantes? Ven, ven.

-¿Y el chiquillo? -respondió ella-. ¿Crees tú que pueda una ir a ninguna parte con un chiquillo que ni está quieto un momento? Deja que me vaya, que sin duda ya ni me esperan en casa.

Pero él la detuvo, suplicándole. Quería aquel dinero para no hacer mal papel con Mouque, al cual había prometido ir con él. Los hombres no podían acostarse todos los días a la hora de las gallinas. Ella, vencida, se había levantado el delantal y sacaba de la faltriquera una moneda de diez sueldos que con otro poco dinero tenía escondido para que no se lo robara su madre.

-Mira, tengo cinco -dijo-. Te prestaré tres; pero me has de prometer que convencerás a tu madre de que nos deje casarnos. ¡Basta ya de esta vida endemoniada! Mamá me echa en cara a cada momento el bocado de pan que como. Júramelo primero.

La pobre muchacha hablaba con voz tranquila, sin pasión, como una mujer simplemente harta de la vida que llevaba. Él juró que era cosa convenida, sagrada; luego, cuando tuvo en su poder las tres monedas, le dio un beso, le hizo cosquillas hasta que ella se echó a reír, y las cosas hubieran ido acaso más lejos, en aquel sitio que era su cama de invierno, si ella no hubiera dicho que no, que no le gustaba echarse en el suelo mojado. Filomena se fue al pueblo ella sola mientras él apresuraba el paso a campo traviesa para alcanzar a su compañero.

Esteban, tranquilamente, los había seguido desde lejos, sin comprender bien lo que pasaba, y creyendo que se trataba simplemente de una cita. En las minas, las muchachas eran precoces; se acordaba de las obreras de Lille, a las que iba a esperar a la salida del taller, cuando otro encuentro le sorprendió más todavía.

En la parte baja de la plataforma, una especie de foso, donde habían caído una porción de piedras desprendidas, estaba Juan, regañando con Braulio y Lidia, en medio de los cuales estaba sentado.

-¿Eh? ¿Qué es eso? Voy a daros a cada uno otro soplamocos si no os calláis. Vamos a ver: ¿de quién ha sido la idea?

En efecto: Juan había tenido una idea. Después de haber pasado más de una hora con los otros chicos cogiendo berros en los prados a orillas del canal, había reflexionado, mientras contemplaba aquel montón de verde tan grande, que no podían comérselo en su casa, y en vez de volverse al barrio de los obreros, se dirigió a Montsou, dejando a Braulio de centinela, y obligando a Lidia a que llamase en casa de unos burgueses y vendiera los berros.

Él, que tenía ya alguna experiencia, decía que las chicas vendían lo que les daba la gana. En efecto: los vendió todos y la chiquilla volvió con once sueldos de ganancia, que se estaban repartiendo entre los tres.

-¡Es una injusticia! -declaró Braulio-, hay que hacer tres partes. Si tú te quedas con siete sueldos, nosotros no tocamos más que a dos por barba.

-¿Y por qué es injusto? -preguntó Juan furioso-. En primer lugar yo he cogido más que vosotros.

El otro se sometía casi siempre, poseído de cierta temerosa admiración, de cierta extraña credulidad que le hacía continuamente víctima de Juan, hasta el punto de que se dejaba pegar por éste, a pesar de ser mayor y más fuerte que él. Pero, esta vez, la idea de aquel dinero le animaba a ofrecer resistencia.

-¿No es verdad, Lidia, que nos roba? Si no reparte bien, se lo diremos a tu madre. Juan le puso el puño en las narices.

-Yo seré quien vaya a vuestras casas diciendo que me habéis vendido los berros que traía para mi madre. Además, animal, ¿puedo dividir los once sueldos en tres partes iguales? Vamos a ver si lo haces tú que eres tan listo. Aquí tenéis cada uno de vosotros dos sueldos. Cogedlos de prisa o me los guardo también.

Braulio, convencido, cogió las dos monedas. Lidia, temblorosa, no había dicho una palabra, porque delante de Juan experimentaba siempre un miedo y un cariño parecidos al de una mujer maltratada por su amante. Cuando le dio su dinero, alargó la mano para cogerlo con sumisa alegría. Pero de pronto él se arrepintió.

-¡Eh! ¿Qué vas a hacer con tanto dinero? Tu madre te lo quitará, si no sabes esconderlo. Mejor es que yo te lo guarde, y que cuando lo necesites me lo pidas.

Y los nueve sueldos desaparecieron. Para cerrarle la boca le había dado un beso riendo, y se revolcaba con ella por el suelo. Era su mujercita, y en los rincones oscuros ensayaban los dos el amor tal como lo comprendían y como lo veían hacer en su casa, mirando por entre las rendijas de los tabiques de tablas. Todo lo sabían: pero como eran muy pequeños, no podían ponerlo en práctica, limitándose a jugar como dos perrillos callejeros. Él llamaba a aquello jugar a papá y mamá; y ella corría detrás de Juan, y se dejaba abrazar con el delicioso temblor del instinto, a menudo enfadada, pero cediendo siempre con la esperanza de algo que no acababa de llegar.

Como a Braulio no le daban nunca parte en aquellos juegos y Juan le abofeteaba cuando quería bromear con Lidia, mientras los otros dos, que no hacían caso de su presencia, se entretenían, él, poseído de un malestar inexplicable, los contemplaba furioso y sin hablar. Así es que no pensaba más que en asustarlos, en interrumpirlos, diciéndoles a menudo:

-Oye, tú; allí hay un hombre mirando.

Aquella vez no mentía: era Esteban, que continuaba su paseo. Los chicos dieron un salto, y se escaparon, mientras él siguió su camino, sonriendo al ver el susto que había dado a aquellos bribones. Indudablemente era demasiado para la edad que tenían; pero, ¿cómo había de suceder otra cosa?, veían y oían tanto y tanto que sólo estando atados se hubiera impedido que quisieran imitar a los mayores. Pero Esteban, sin saber por qué, se entristecía al contemplar todo aquello.

A los cien pasos tropezó con otras parejas. Llegó a Réquillart, y allí, alrededor de la antigua mina en ruinas, todas las muchachas de Montsou andaban con sus novios a sus anchas. Era el sitio de cita común, el rincón apartado y desierto donde las obreras iban a tener su primer hijo cuando no se atrevían a echarlo al mundo en otra parte. Las tablas arrancadas de la valla les abrían la entrada en el descampado que había sido plataforma de la mina, cambiado ahora en un terreno que interceptaban a cada paso los restos de los cobertizos derrumbados, y algún que otro aparato que había quedado en pie. Había por allí carretillas destrozadas, maderos antiguos casi podridos, mientras que una endeble vegetación iba reconquistando espontáneamente aquel pedazo de tierra, que empezaba a cubrirse de verde hierba. Todas las muchachas estaban allí como en su casa; para cada una había un rinconcito, un escondite donde su amante la esperaba, encima de los maderos viejos, o dentro de las carretillas inútiles. A veces las parejas estaban tan próximas, que casi se codeaban; pero todos ocupados en el propio placer, tratando de no mezclarse en las operaciones del vecino. Y parecía que en torno de la cegada mina, junto a aquel pozo harto de soltar carbón, la naturaleza se desquitaba, implantando el amor libre, que, fustigado por los deseos del instinto, iba plantando hijos en los vientres de aquellas muchachas, apenas mujeres todavía.

Y allí vivía, sin embargo, un guarda, el viejo Mouque, al cual daba la Compañía dos barracas, que no se habían hundido de milagro, pero cuya carcomida armazón de madera amenazaba ruina. Había arreglado un poco el techo, y se encontraba allí a las mil maravillas, ocupando él con su hijo una de las habitaciones, y su hija la Mouquette, la otra. Como las ventanas no tenían ni un solo cristal, se habían decidido a cerrarlas, clavándoles unas tablas por dentro; así, aunque no se veía mucho, se estaba más caliente. Por lo demás, aquel guarda, que no tenía nada que guardar, se iba a cuidar sus caballos a la Voreux y no se ocupaba nunca de las ruinas de Réquillart, donde sólo se conservaban las bocas de los pozos para que sirvieran de chimenea a una máquina de ventilación que renovaba el aire de la mina contigua.

Así pasaba el viejo Mouque los últimos años de su vida, en medio de escenas de amor. La Mouquette había recorrido con los hombres todos aquellos rincones misteriosos, desde la edad de diez años, no como una chiquilla asustada y aún sin desarrollar como Lidia, sino como una mujer hecha y derecha, hasta para los hombres maduros. El padre no había dicho nada, porque su hija era muy respetuosa, y nunca se permitió introducir un amante en su casa. Por otra parte, estaba tan acostumbrado a aquellos espectáculos, que nada le asustaba.

Cuando iba o volvía al trabajo, cada vez que salía de su casa, tropezaba con parejas amorosas que se solazaban desvergonzadamente sobre la hierba; y peor si salía a buscar leña para encender la lumbre; entonces, veía levantarse delante de sí uno a uno todos los galanes de Montsou, mientras que con el mayor cuidado iba mirando donde pisaba, para no caer de bruces sobre el cuerpo de alguna muchacha. Poco a poco, todos se habían ido acostumbrando a los encuentros con el viejo, y nadie se molestaba ya, ni él, que miraba donde ponía los pies, ni las parejas, que no se tomaban el trabajo de interrumpirse, seguras de que, como buen viejo, que se sometía ante las cosas de la naturaleza, no les había de decir palabra. Pero así como ellas le conocían, aun de noche, él había acabado por conocerlas también. ¡Ah! ¡Qué juventud! ¡Con qué despreocupación se entregaba a satisfacer sus placeres! A veces meneaba la cabeza, como recordando y echando de menos mejores tiempos. Una sola cosa le causaba mal humor; dos enamorados habían tomado la costumbre de apoyarse en el tabique de su cuarto, que crujía a cada momento, y aunque la cosa no le quitaba el sueño, rabiaba, porque a la larga iban a echarlo abajo.

Todas las tardes el viejo Mouque recibía la visita de su amigo el tío Buenamuerte, que siempre, antes de comer, daba el mismo paseo. Los dos viejos hablaban apenas, cruzando cuando más, una docena de palabras durante la media hora que estaban reunidos. Pero les divertía verse juntos, pensando, el uno al lado del otro, en cosas antiguas, que recordaban con placer al mismo tiempo, sin necesidad de decírselas mutuamente. En Réquillart se sentaban en un madero, hablaban un par de palabras, y se iban al país de los sueños y de los recuerdos, con la cabeza agachada y mirando al suelo. Alrededor de ellos, los mozos del pueblo se divertían con sus novias; se oían de vez en cuando risas misteriosas y rumor de besos, y un olor a mujer subía de la verde hierba que las parejas hollaban con sus cuerpos. Hacía ya cuarenta y tres años lo menos que el tío Buenamuerte había escogido por esposa a una comedora, tan endeble y tan bajita, que tenía necesidad de subirla a una carretilla para poder besarla a su gusto. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo había transcurrido! ¡Cuántas cosas habían pasado desde entonces! Y los dos viejos se separaban luego, meneando tristemente la cabeza, y a menudo sin despedirse siquiera.

Aquella noche, sin embargo, en el momento en que llegaba Esteban, el tío Buenamuerte, que se levantaba del madero que le servía de banco, para volverse a su casa, dijo a Mouque:

-Buenas noches.

Mouque permaneció un momento silencioso, y luego, encogiéndose de hombros repetidas veces, contestó entrando en su barraca:

-Buenas noches.

Esteban fue a sentarse en el mismo madero que acababan de abandonar los dos ancianos. Su tristeza aumentaba, sin que él supiera por qué. El viejo, a quien veía desaparecer lentamente, le recordaba su llegada a la mina la noche antes, y las palabras que el frío sin duda le arrancara entonces, pues estaba visto que era de lo más callado que podía darse. ¡Qué miseria! ¡Y todas aquellas muchachas, rendidas de cansancio, que aún tenían humor para irse por la noche a encargar chiquillos, futura carne de trabajo y de sufrimiento! Aquello seguiría así siempre, mientras ellas continuasen echando al mundo seres predestinados a la desgracia. ¡Cuánto mejor hubieran hecho defendiéndose de sus novios como de la proximidad de un gran peligro! Tal vez aquellas ideas tristes acudieron a su mente, por efecto de verse solo a la hora en que cada cual buscaba a su novia para disfrutar misteriosos placeres.

La influencia del tiempo debía contribuir también; la pesadez de la atmósfera le ahogaba; gruesas gotas de lluvia, escasas todavía, mojaban de cuando en cuando sus manos febriles.

Sí; a todas, a todas las muchachas de allí les sucedía lo mismo. Las necesidades de la naturaleza eran más fuertes que la razón.

Por el lado de Esteban, que permanecía sentado e inmóvil, pasó, casi rozándole, una pareja que llegaba de Montsou, y que se internó en el descampado de Réquillart. Ella, que seguramente era una chiquilla, se resistía, defendiéndose con ruegos en voz baja, casi con murmullos de súplica; mientras él, silencioso, la empujaba, sin hacerle caso, hacia la oscuridad de un rincón del cobertizo que había quedado en pie en medio de aquellas ruinas.

Eran Catalina y Chaval. Pero Esteban, que no los había conocido al pasar, los seguía con la vista sin moverse, observando el final de aquella historia, poseído de pronto de una brutal sensualidad, que trocaba el curso de sus reflexiones. ¿Para qué intervenir? Cuando las mujeres dicen que no, es que quieren hacerse rogar.

Al salir de su casa, Catalina se había dirigido a Montsou. Desde los diez años, desde que se ganaba la vida en la mina, iba sola por todas partes, disfrutando de esa libertad completa habitual entre las familias de los mineros; y si a los dieciséis años aun no había tenido nada que ver con ningún hombre, se debía sin duda al tardío despertar de su pubertad, cuya crisis estaba esperando todavía. Cuando llegó a las canteras de la Compañía, atravesó la calle y entró en casa de una lavandera, donde estaba segura de encontrar a la Mouquette; porque ésta se pasaba allí las horas muertas con una porción de mujeres que, desde por la mañana hasta por la noche, se entretenían en pagarse, una detrás de otra, rondas de café. Pero tuvo un disgusto, porque la Mouquette, que acababa de convidar en aquel momento, se había quedado sin dinero, y no pudo prestarle los diez sueldos prometidos. Para consolarla, le ofrecieron, aunque en vano, un vasito de café caliente. No aceptó, ni quiso que su compañera pidiera prestados a otra los diez sueldos. Acababa de asaltarle el impulso de ahorrar, una especie de supersticioso temor: la seguridad de que si compraba entonces la deseada cinta, le ocurrirán grandes males.

Se apresuró a tomar de nuevo la dirección de su casa, y ya se hallaba a la salida del pueblo, cuando un hombre que estaba parado a la puerta del café de Piquette, la llamó:

-¡Eh! ¡Catalina! ¿A dónde vas tan de prisa?

Era Chaval, el buen mozo. La muchacha se sintió contrariada, no porque le disgustase, sino porque no estaba para bromas.

-Entra a tomar algo. ¡Una copita de licor! ¿Quieres?

Ella se negó, dando las gracias con amabilidad, porque se hacía de noche y la estaban esperando en su casa. El que se le había acercado, le suplicaba cariñosamente en voz baja, en medio de la calle. Hacía mucho tiempo que acariciaba la idea de hacerla subir al cuarto que ocupaba en el piso alto del café de Piquette, una habitación muy bonita, con cama de matrimonio. ¿Se asustaba de él cuando con tanta insistencia se negaba siempre a complacerle? Ella, sin enfadarse, se reía, diciéndole que subiría la semana en que no pudieran concebirse hijos. Luego, sin saber cómo, en el calor de la conversación, empezó a hablar de la cinta azul que no había podido comprar.

-¡Yo te compraré una! -exclamó Chaval.

Catalina se puso colorada, comprendiendo que no debía aceptar, pero atormentada por el deseo de no quedarse sin la cinta. Volvió a tener la idea de pedir un préstamo y acabó por aceptar el ofrecimiento de Chaval, con la condición de que le devolvería lo que le costase la cinta. Empezaron a bromear de nuevo, y quedó convenido que, si no dormían juntos una noche, le devolvería el dinero. Pero surgió otra dificultad, cuando Chaval quiso que fueran a comprar la cinta a casa de Maigrat.

-No, allí no; mi madre me lo ha prohibido.

-¿Y qué, acaso tienes la obligación de decir dónde has estado?

En aquella tienda vendían las cintas más bonitas de Montsou.

Cuando Maigrat vio entrar en su casa a Chaval y a Catalina como dos novios que fueran a hacer sus compras de boda, se puso muy colorado y enseñó las piezas de cinta azul con la rabia de un hombre que se siente burlado. Luego, cuando los dos jóvenes acabaron de comprar y se marcharon, salió a la puerta para verles irse y desaparecer en la oscuridad de la calle; y como en aquel momento se presentara su mujer a preguntarle una cosa, la emprendió con ella, la injurió y juró que se vengaría de todos los canallas que eran ingratos con él cuando debían besar la tierra que él pisaba.

Chaval fue a acompañar a Catalina. Iba a su lado con los brazos caídos, pero la empujaba con la rodilla y la llevaba adonde quería, como quien no hace nada. De pronto advirtió ella que se habían salido de la carretera y que estaban en el estrecho sendero que conducía a Réquillart. Pero la joven no tuvo tiempo para enfadarse, porque él la había cogido por la cintura y la aturdía, acariciándola con dulces palabras que no cesaban. ¡Qué tontería tener miedo! ¿Había él de desear mal a una chiquilla tan mona, a quien quería con toda su alma, a la que se comería a besos? Y le soplaba suavemente detrás de la oreja y en el cuello, haciendo correr un estremecimiento extraño por toda la piel de su cuerpo. Ella, sofocada por una sensación singular, no encontraba palabras con que responder. En efecto, parecía que Chaval la amaba. Precisamente el sábado anterior, al apagar la luz para meterse en la cama, se había preguntado a sí misma qué sucedería si la cogía a solas por un camino; luego, al dormirse, había soñado que, invadida por el deseo del placer, no se atrevía a decirle que no. ¿Por qué aquella noche sentía cierta repugnancia inexplicable? Mientras le hacía cosquillas en la nuca con los bigotes, con tanta suavidad que ella cerraba los ojos de gusto, la sombra de otro hombre, el recuerdo del que había conocido aquella mañana, la atormentaba, y le parecía que lo estaba viendo delante de sí, a pesar de hallarse con los ojos cerrados.

De pronto Catalina miró a su alrededor; Chaval acababa de hacerla entrar en el descampado de Réquillart, y quiso retroceder ante la oscuridad del cobertizo abandonado, hacia donde la empujaba.

-¡Oh! No, no, no ¡Por Dios, déjame!

El miedo al hombre la atenazaba; ese miedo que contrae los músculos en un movimiento de instintiva defensa, hasta cuando las mujeres lo desean y sienten la avasalladora proximidad del varón. Su virginidad, que nada, sin embargo, tenía que aprender, se asustaba como ante la amenaza de un golpe, de una herida, cuyo dolor, desconocido todavía, la llenaba de espanto.

-¡No, no; no quiero! Te digo que soy demasiado joven. De veras, otro día. Esperaremos al menos a que sea mujer.

Él gruñó sordamente:

-Pues entonces, tonta, ¿qué te importa? Nada hay que temer.

Y ya no volvió a hablar. La había sujetado fuertemente, y la tiraba al suelo en un rincón del cobertizo. Ella no procuró tampoco defenderse, sometiéndose antes de tiempo a la voluntad masculina, con esa pasividad hereditaria que a todas las muchachas de su raza las había hecho caer en brazos de los hombres, de aquel modo y en medio del campo. Sus quejidos sofocados se apagaron y no se oyó más que la ardiente respiración de Chaval.

Esteban, sin embargo, lo había oído todo desde su asiento. ¡Otra que se entregaba como las demás! Y después de haber visto la comedia, se levantó, poseído de un malestar, de una especie de celosa excitación, en la que dominaba el sentimiento de rabia. No le importó hacer ruido, y se alejó de allí, saltando por encima de las maderas; los otros dos estaban demasiado ocupados para que aquello les estorbase. Pero se quedó sorprendido cuando, ya en el camino y a un centenar de pasos de distancia, volvió la cabeza y vio que estaban ya en pie, y que habían tomado el mismo camino que él para volver al pueblo. El hombre llevaba a la muchacha cogida por la cintura, con ademán agradecido, y seguía hablándole cariñosamente al oído; ella, en cambio, parecía tener mucha prisa, y aceleraba el paso, ansiando llegar a su casa y lamentando lo tarde que era.

Entonces Esteban se vio acometido de un deseo vehemente: el de verles las caras. ¡Qué imbecilidad! Apresuró el paso para no ceder a él; pero sus pies se detenían de continuo, y acabó por esconderse junto al primer farol que halló en el camino, a fin de verlos cuando pasasen. Se quedó estupefacto al reconocer a Catalina y a Chaval. En un principio no quiso creer lo que estaba viendo. ¿Sería en verdad la misma aquella muchacha vestida de azul, peinada como las mujeres? ¿Sería la misma que el chiquillo vestido con pantalón de tela que había trabajado con él aquella mañana en la mina? A causa de eso sin duda, sus cuerpos se habían hallado en contacto impunemente. Pero ya no podía dudar; acababa de tropezar con sus ojos; y el color verde claro de sus pupilas y su mirar profundo no podían ser confundidos con los de nadie. ¡Maldito traje de hombre! No se lo perdonaría nunca. Y como si tuviera razón para ello, la despreciaba y juraba vengarse. Verdad es que vestida de mujer estaba muy mal; las faldas le sentaban fatal.

Catalina y Chaval continuaron lentamente su camino. Como no sabían que se les espiaba, él la estrechaba la cintura para darle besos en el cuello, y ella, sin advertirlo, acortaba de nuevo el paso bajo la influencia de aquellas caricias que la hacían reír. Como se había quedado atrás, Esteban se veía obligado a seguirlos, irritado porque se atravesaban en su camino, y furioso de tener que presenciar aquella escena que le exasperaba. Era, pues, verdad lo que le había dicho en la mina: que no era todavía querida de aquel hombre; y él, ¡estúpido!, que se había privado de hacerle el amor, temiendo le acusara de imitar al otro: y él, ¡majadero!, que se la había dejado arrebatar, llevando su necedad hasta el extremo de divertirse en presenciar su derrota.

Aquel paseo duró media hora. Cuando la pareja llegaba cerca de la Voreux, detuvo de nuevo el paso, y se paró dos veces a la orilla del canal y tres en la plataforma, muy alegre y gozosa, y entreteniéndose para prodigarse todo género de caricias. Esteban, que no quería ser visto, tenía que detenerse también, haciendo las mismas paradas. Se esforzaba en pensar que aquello le serviría de lección para no andarse con miramientos cuando tratase con las chicas de la mina. Luego, cuando pasada la Voreux, tuvo el camino expedito y pudo irse libremente a comer a casa de Rasseneur, continuó, sin embargo, siguiéndolos, los acompañó hasta el barrio de los obreros, y allí, en la sombra, esperó un cuarto de hora a que Chaval dejara que al fin Catalina entrara en su casa, después de darle dos besos que sonaron mucho. Cuando estuvo bien seguro de que ya no se hallaban juntos, echó a andar nuevamente por la carretera de Marchiennes, a paso acelerado, sin pensar en nada, y demasiado fatigado y triste para encerrarse en su casa.

Una hora después, a eso de las nueve, Esteban volvió a pasar por el pueblo diciéndose que sin remedio era necesario comer y acostarse, si había de estar en pie a las tres de la mañana. En el barrio de los obreros, envuelto ya en la oscuridad de la noche, todos dormían. Ni una sola luz se dejaba ver a través de las persianas cerradas. Un gato solamente corría, su antojo por los desiertos jardinillos. Era el final de la jornada, el anonadamiento de aquellos trabajadores, que desde la mesa caían en la carne rendidos de cansancio y hartos de comer.

En casa de Rasseneur, en la salita que ya conocen nuestros lectores, tres mineros de los que trabajaban de día estaban bebiendo cerveza. Pero antes de entrar para acostarse, Esteban se detuvo, contemplando por última vez aquellas tinieblas. Veía la misma oscura inmensidad que cuando en medio de la tormenta había llegado a aquellos lugares en la madrugada anterior; delante de él se adivinaba, más que se veía, la masa informe de los edificios de la Voreux, mal alumbrados por alguno que otro farol. Los tres braseros de la plataforma lucían en el aire, y de vez en cuando, a merced de las llamaradas escapadas de ellos, se destacaban las siluetas del tío Buenamuerte y de su caballo tordo, agrandadas de un modo prodigioso. Y más allá, en la llanura inmensa, todo había quedado sumergido en la oscuridad: Montsou, Marchiennes, el bosque de Vandame, el amplio mar de remolachas y de trigo, y de vez en cuando, luciendo como fardos, los azulados braseros de las minas, o las vagas llamaradas que se escapaban de las altas chimeneas. Poco a poco la noche se iba metiendo en agua; la lluvia caía ya lenta, copiosa, continua, mientras en todos aquellos alrededores se oía un solo ruido: la respiración de la máquina de la Voreux, que ni de día ni de noche se dejaba de escuchar.