Germinal: Parte III: Capítulo I

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Germinal de Émile Zola
Tercera parte: Capítulo I

El día siguiente, y en los sucesivos, Esteban reanudó su trabajo en la mina. Iba acostumbrándose, y su existencia se amoldaba a aquellas tareas y aquellos hábitos, que tan rudos e insufribles le parecieron en un principio; una sola aventura alteró la monotonía de la primera quincena: una ligera fiebre, que le tuvo cuarenta y ocho horas en la cama, con los miembros destrozados, la cabeza dolorida y ardiéndole, y creyendo en su delirio que empujaba obstinadamente una carretilla de carbón por una galería angosta e interminable, y tan baja de techo, que su cuerpo casi no podía pasar. Era simplemente la calentura de aclimatación un exceso de cansancio, del que pronto se repuso.

Y los días sucedían a los días, y semanas y meses iban transcurriendo. Lo mismo que sus compañeros, se levantaba a las tres, tomaba el café y se llevaba la merienda preparada por la mujer de Rasseneur. Todos los días, al llegar por la mañana a la mina, encontraba a Buenamuerte que iba a acostarse, y cuando salía por la tarde se cruzaba en el camino con Bouteloup, que iba a trabajar. Usaba el chaquetón de cuero, el pantalón y la blusa de tela, y tiritaba y se calentaba en la estufa de la barraca como todos los demás. Después tenía que esperar a la boca del pozo a que le llegase el turno de bajada, descalzo y expuesto a furiosas corrientes de aire que venían de todas partes. Pero la máquina, cuyos miembros de acero adornados de cobre brillaban en lo alto, no le preocupaba ya; ni los cables que corrían veloces, ni las jaulas hundiéndose y subiendo en silencio con la mayor regularidad, en medio del estrépito de las señales, de las voces de mando y del rodar estruendoso de las carretillas, llamaban su atención. Su linterna alumbraba mal; el maldito del farolero no la había limpiado bien; y no le escandalizaban ya los azotes en las nalgas que el hijo de Mouque propinaba a todas las muchachas que bajaban con ellos en el mismo viaje. La jaula se hundía, cayendo como una piedra tirada a un pozo, sin que siquiera volviese la cabeza para ver cómo desaparecía la claridad. Jamás pensaba en la posibilidad de una caída, y se encontraba como en su casa cuanto más iba entrando en la oscuridad profunda del fondo de la mina. Abajo, cuando Pierron les abría la jaula del ascensor, con su aspecto hipócrita, era siempre el mismo sordo rumor de pasos apagados, de gran rebaño en marcha, que producían los obreros, alejándose cada cual por su galería, para llegar a la cantera donde trabajaba. Y conocía las galerías de la mina mejor que las calles de Montsou, y sabía cuándo era necesario bajarse, tomar a la derecha o a la izquierda, o echarse a un lado para evitar un charco. Tal costumbre tenía de andar aquellos dos kilómetros, que habría podido fácilmente recorrerles sin linterna y con las manos metidas en los bolsillos. Y siempre se producían los mismos encuentros: un capataz alumbrando al pasar los carros de los obreros, y el tío Mouque conduciendo su caballo, Braulio guiando a Batallador, que no lo necesitaba, Juan corriendo detrás de un tren de carretillas, cerrando las compuertas de ventilación, y la gorda Mouquette y la flacucha Lidia empujando sus correspondientes carretillas.

A la larga, Esteban, se iba acostumbrando a la humedad y al calor de la cantera, que le hacían sufrir mucho menos que en los primeros días. La chimenea le parecía muy cómoda, como si la hubieran ensanchado y no fuese la misma por donde tanto trabajo le costaba pasar antes. Respiraba sin dificultad, a pesar del polvillo de carbón, veía en la oscuridad, sudaba sin desesperarse, y se habituaba a la sensación de tener la ropa mojada desde por la mañana hasta por la noche. Además, ya no gastaba torpemente sus fuerzas, porque había adquirido la habilidad de un buen trabajador, con tal rapidez, que era el asombro de sus compañeros. Al cabo de tres semanas se le citaba entre los buenos obreros de la mina; no había ninguno quizás que llevara ni más deprisa ni mejor su carretilla hasta el plano inclinado, ni que la colocara en los rieles con más habilidad. Su pequeña estatura le permitía pasar por todas partes y sus brazos, aunque eran finos y blancos como los de una mujer, parecían de acero por su fuerza. Y su resistencia en el trabajo. Jamás se quejaba, sin duda por orgullo; ni siquiera cuando se veía rendido de fatiga. Lo único que le echaban en cara era que no le gustaban las bromas, y que se enfadaba con facilidad. Pero se transigía con él, considerándolo como un verdadero minero, que, como los demás, por la fuerza de la costumbre, se sometía a hacer las veces de una máquina.

En medio de la general estimación, Maheu, muy especialmente, iba tomando cariño a Esteban, porque sentía siempre cierto respeto por el que trabajaba a conciencia. Además, lo mismo que sus otros compañeros, comprendía que aquel muchacho tenía una instrucción muy superior a la suya; le veía leer, escribir, dibujar planos, y le oía hablar de cosas de las cuales ignoraba él hasta la existencia. Todo aquello no le asombraba, porque los mineros son gente ruda, que tienen menos cabeza que los maquinistas; pero le sorprendía el valor de aquel mozo y los ánimos con que se había hecho minero para no morirse de hambre. Era el primer obrero de otro oficio que se había aclimatado tan pronto. Así es que cuando el trabajo corría prisa, por no distraer a un cortador de arcilla, encomendaba a Esteban el revestimiento de madera, seguro de que lo había de hacer con solidez y prontitud. Los jefes seguían fastidiándole siempre con aquella pícara cuestión del revestimiento, y temía a cada momento ver aparecer al ingeniero Négrel acompañado de Dansaert, chillando, discutiendo y regañando para mandar deshacer el trabajo y hacerlo de nuevo; creía haber observado que lo que hacía Esteban satisfacía a aquellos señores, quienes, sin embargo, no dejaban de decir que estaban hartos, y que la Compañía se vería obligada a tomar severas medidas. El estado de las cosas iba siendo alarmante: en la mina crecía sordamente el descontento, y Maheu mismo, que era hombre tranquilo y prudente, acababa por cerrar los puños con rabia.

Al principio había habido cierta rivalidad entre Zacarías y Esteban; una tarde se habían amenazado con darse de bofetadas, pero el primero había tenido que reconocer la superioridad del joven, lo cual, dado su carácter, no era muy extraño, porque tenía un carácter dúctil, y era un pobre muchacho que no pensaba más que en divertirse, y que hacía las paces con cualquiera por un jarro de cerveza. También Levaque ponía buena cara al forastero, y hablaba de política con él, exponiéndole sus ideas radicales. Y, entre todos los compañeros, solamente notaba cierta sorda hostilidad por parte de Chaval, y no ciertamente porque dejaran de tratarse como buenos camaradas; sin embargo, cuando estaban juntos, las lenguas decían lindezas, pero los ojos se insultaban. Catalina continuaba con su aire de muchacha cansada y resignada, trabajando animosamente, amiga de su compañero, pero fiel a su amante, cuyas caricias soportaba abiertamente. Era una situación aceptada; unas relaciones a las cuales hacía la vista gorda toda la familia, hasta el punto de que Chaval acompañaba todas las noches a Catalina hasta la puerta de su casa, después de llevársela al cobertizo de Réquillart y pasar allí un rato acariciándola. Al despedirse, se daban un beso delante de todos los vecinos del barrio.

Esteban, que creía haberse resignado a la situación, bromeaba a menudo con ella a propósito de sus paseos, empleando esas palabras soeces al uso entre hombres y mujeres en el fondo de las minas; y ella contestaba en el mismo tono, contando todo lo que le hacía su amante; pero pálida y temblorosa, sin embargo, cuando sus miradas tropezaban con las de Esteban.

Cuando tal sucedía, uno y otro volvían la cabeza, se quedaban a veces una hora sin hablar palabra, y como si se odiasen por cosas secretas entre ellos sobre las cuales no habrían de explicarse nunca.

Había llegado la primavera. Esteban un día, al salir de la mina, había recibido en pleno rostro una bocanada suave de viento de abril, un olor agradable de tierra nueva, de verdor, de aire puro; y desde aquel día, cada vez que abandonaba el trabajo, la primavera le parecía más hermosa después de aquellas seis horas de faena en el eterno invierno de la mina, en medio de aquella oscuridad profunda, jamás animada por el verano. Los días iban siendo más largos, y Esteban había terminado, a fines de mayo, por bajar al salir el sol, cuando el cielo color de púrpura alumbraba la Voreux entre las vaguedades de la aurora. Ya no tiritaba; por la llanura llegaban bocanadas de aire templado. Luego, al salir a las tres de la tarde, se sentía deslumbrado por el sol que ya quemaba incendiando el horizonte, enrojeciendo los ladrillos ennegrecidos por el polvo del carbón. En junio, los campos de trigo verdeaban ya, contrastando su color con lo oscuro de los campos de remolacha. Era un mar de espigas moviéndose continuamente a impulsos del aire, que se extendía, creciendo de día en día, y que a veces Esteban creía encontrar más dilatado al salir de la mina, que cuando, al entrar en ella por la mañana, se había detenido a contemplarlo.

Los pocos árboles que crecían a orillas del canal se iban poblando de hojas. La hierba invadía la plataforma de la mina, los prados se cubrían de florecillas, la vida de la naturaleza animaba aquella tierra, debajo de la cual perecía de hambre y de cansancio todo un pueblo de desheredados.

Entonces, cuando Esteban salía a pasear por las noches, no era por detrás de la plataforma donde sorprendía a las parejas amorosas. Veía sus huellas por entre los trigos, adivinaba entre las espigas sus nidos de pájaros. Zacarías y Filomena, sin duda por costumbre, habían vuelto a frecuentar el campo; la tía Quemada, siempre detrás de Lidia, la sorprendía a cada instante con Juan, tan escondidos y juntitos, que era necesario materialmente ponerles los pies encima para verlos; y en cuanto a la Mouquette, se entregaba a los placeres del amor en todas partes. No había medio de salir al campo sin encontrarla en brazos de algún minero.

Pero todas ellas eran libres de hacer lo que quisieran; el joven no consideraba culpable semejante conducta más que las noches que se encontraba a Catalina con Chaval. Dos veces vio que, al aproximarse él, se escondían, dejando inmóviles las espigas donde se habían ocultado. Otra vez, en ocasión de ir por un estrecho sendero, los ojos de Catalina se le aparecieron a la altura de los trigos, escondiéndose enseguida. Entonces la llanura inmensa le parecía pequeña, y prefería pasar la velada en casa de Rasseneur.

-Señora Rasseneur, déme cerveza. No, no voy a salir esta noche estoy rendido.

Y se volvía a mirar a un compañero suyo, que de ordinario se sentaba en una de las mesillas del fondo, apoyando la cabeza en la pared.

-¿No quieres tú un jarro, Souvarine?

-No, gracias; no tomo nada.

Esteban había conocido a Souvarine porque vivía allí, en la misma casa, en el cuarto contiguo al suyo. Tendría unos treinta años, era delgado, rubio, de cara alargada y fina, y barba escasa. Sus dientecillos blancos y afilados, su boca y nariz correctas y lo sonrosado de su cutis, le daban el aspecto de una muchacha, aspecto de dulzura, turbado a veces por los destellos violentos de sus ojos azules. En su habitación de obrero pobre no había más que un cajón de papeles y de libros. Era ruso; no hablaba jamás de sí mismo, y dejaba que se contaran acerca de él todo género de estupendas historias legendarias. Los mineros, desconfiados siempre con los extranjeros, considerándolos de clase distinta a la suya, al ver sus manos pequeñas y finas, habían supuesto que era algún asesino refugiado allí, a fin de burlar la acción de la justicia. Luego, el ruso se había mostrado tan fraternal con ellos, tan sin orgullo, había distribuido de tal modo entre toda la chiquillería del barrio los cuartos que llevaba algunos días en los bolsillos, que le aceptaban ya sin desconfianza y tranquilos, habiendo oído el rumor de que era un refugiado político, rumor vago, pero que le servía de escudo contra las calumnias de los primeros días.

Al principio, Esteban le encontró tan reservado, que le fue antipático. No conoció su historia hasta algún tiempo después. Souvarine era el hijo menor de una familia de la provincia de Tula. En San Petersburgo, donde se hallaba estudiando medicina, el apasionamiento socialista, que perturbaba a toda la juventud rusa, le había decidido a aprender un oficio, el de maquinista, a fin de poderse confundir con el pueblo, y conocerlo y tratarlo como a hermanos. Entonces vivía de ese oficio, después de haber emigrado de su país a consecuencia de haberse comprometido en una tentativa de asesinato contra el Emperador; durante un mes había vivido oculto en una cueva, abriendo una mina, cargando bombas, en el constante peligro de que volase la casa donde trabajaban los conspiradores. Enojado con su familia, que renegaba de él, sin un cuarto y rechazado de los talleres de Francia, donde porque era extranjero se sospechaba que era un espía, se había estado muriendo de hambre, hasta que al fin la Compañía de Montsou le había dado trabajo en un momento de apuro. Un año hacía que estaba trabajando como buen obrero, sobrio, de pocas palabras, y haciendo una semana servicio nocturno y otra servicio de día, con una exactitud tan grande, que a menudo le citaban los jefes como modelo de buenos obreros.

-¿Pero, hombre, tú nunca tienes sed? -le preguntaba Esteban sonriendo.

-Nada más que cuando como.

Su compañero le hacía también bromas a propósito de las mujeres, y juraba haberle visto tendido en los trigos con una comedora. Él siempre se encogía de hombros con tranquila indiferencia. ¿Una comedora? ¿A qué? Las mujeres, para él, eran compañeras, buenas amigas, si tenían el espíritu de fraternidad y el valor de un hombre. Y si no, ¿a qué interesar el corazón por quien no lo merecía? No quería ni mujer, ni amigos ni lazos de ningún género; deseaba ser libre.

Todas las noches, cuando a eso de las nueve la taberna quedaba desierta, Esteban charlaba un rato con Souvarine. Él bebía su ración de cerveza a pequeños sorbos, para saborearla mejor; el otro fumaba cigarrillo tras cigarrillo, el humo de los cuales le tenía manchadas las yemas de los dedos.

Sus vagas miradas místicas parecían seguir las nubecillas del humo de su cigarro, a través del país de los ensueños; su mano izquierda, siempre nerviosa, tentaba en el aire, porque no podía estarse quieta, y ordinariamente acababa por instalar sobre sus rodillas a un conejo casero, una coneja, mejor dicho, siempre preñada, que andaba suelta por la casa corno un perrillo.

El animalito, al cual habían bautizado con el nombre de Polonia, le tenía gran cariño; se acercaba a olerle el pantalón, se ponía de pie sobre las patitas de atrás, le arañaba cariñosamente con las de delante, hasta que conseguía que la cogiese en brazos como si fuera una criatura. Luego se acurrucaba contra él, echaba las orejas atrás, y cerraba los ojos, en tanto que el obrero, sin cansarse nunca, maquinalmente, con un movimiento inconsciente de caricia, pasaba la mano por el sedoso pelo de su lomo.

-¿Sabéis -dijo una noche Esteban- que he recibido otra carta de Pluchart?

No había nadie en la tienda más que Rasseneur. El último parroquiano acababa de marcharse.

-¡Ah! -exclamó Rasseneur, que estaba de pie delante de sus dos huéspedes-. ¿Dónde está Pluchart?

Hacía dos meses que Esteban se carteaba con el maquinista de Lille al cual había dado noticia de su entrada en las minas de Montsou, y que ahora trataba de adoctrinarle, entusiasmado con la idea de la propaganda que podía hacer entre los mineros.

-La verdad es que la tal Asociación marcha divinamente. Parece que de todas partes se reciben numerosas adhesiones.

-¿Qué dices tú de esa Asociación? -preguntó Rasseneur a Souvarine. Éste, que estaba acariciando a Polonia, echó una bocanada de humo, murmurando con su habitual tranquilidad:

-¡Otra tontería!

Pero Esteban se exaltaba. Cierta predisposición a sublevarse le lanzaba a la lucha entre el capital y el trabajo, en medio de las primeras ilusiones de su ignorancia. Se trataba de la Asociación Internacional de Trabajadores, de la famosa Internacional que acababa de fundarse en Londres. ¿No significaba aquello un esfuerzo supremo, el comienzo de una campaña heroica, en la cual saldría vencedora la justicia?

Ya no habría fronteras; los trabajadores del mundo entero se unirían, y se levantarían enérgicos y amenazadores para asegurar al obrero el pan que tan trabajosamente ganaba. ¡Y qué organización tan sencilla y tan grandiosa! Primero, la sección que representa el Municipio; luego, la federación que agrupa las secciones; después, la nación, y finalmente, la humanidad entera, encarnada en una especie de Consejo general, en el cual cada nación se vería representada por su secretario correspondiente. Antes de seis meses habrían conquistado los de la Internacional todo el orbe, y dictarían órdenes a los capitalistas que quisieran resistirse.

-¡Tonterías! -replicó Souvarine-. Vuestro Karl Marx no piensa más que en dejar que obren las fuerzas naturales. Nada de política, nada de conspiración, ¿no es verdad? Todo a la luz del día, y sin más objetivo que el aumento de los salarios. ¡Andad al demonio con vuestra revolución, que me hace reír! Prended fuego a las ciudades por los cuatro costados, destruid los pueblos, arrasadlo todo; y cuando no quede nada de ese mundo podrido, quizás nacerá otro que sea mejor.

Esteban se echó a reír. Seguía sin comprender las palabras de su amigo; aquella teoría de la destrucción total le parecía inventada por él para darse tono. Rasseneur, más práctico y con el buen sentido propio de un hombre establecido, no se enfadó. Pero quiso precisar las cosas.

-Entonces, qué, ¿piensas fundar una sección en Montsou?

Eso era lo que deseaba Pluchart, a quien habían nombrado secretario general de la federación del norte. Insistía, sobre todo, en los buenos servicios que la Asociación podría prestar a los mineros, si algún día éstos se declaraban en huelga. Esteban juzgaba precisamente que la huelga estaba próxima, porque la cuestión del revestimiento de maderas, que aún se hallaba pendiente, acabaría mal sin duda; cualquier exigencia de la Compañía sublevaría a los mineros.

-Lo malo son las suscripciones -declaró Rasseneur con tono juicioso-. Parece que cincuenta céntimos - anuales para el fondo general y dos francos para el de la sección, son una insignificancia, y estoy seguro, sin embargo, de que muchos no querrán darlos.

-Tanto más -observó Esteban-, cuanto que debíamos empezar por crear aquí una Caja de Socorros, que, en caso necesario, convertiríamos en Caja de Resistencia. En fin, es tiempo ya de pensar en algo de eso. Yo, por mi parte, estoy dispuesto, si los demás lo están.

Hubo un momento de silencio. El quinqué de petróleo, colocado sobre el mostrador, alumbraba la estancia. Por la puerta, que estaba de par en par, llegaba hasta los tres interlocutores, se distinguía a la perfección, el ruido producido por la pala de un fogonero de la Voreux que atestaba de carbón una caldera de la máquina.

-¡Está todo tan claro! -replicó la señora Rasseneur, que acababa de entrar, y escuchaba con ademán sombrío las últimas palabras de los tres hombres-. Si supierais que me han costado los huevos hoy a veintidós sueldos. Por fuerza tiene que estallar esto.

Sus tres interlocutores fueron de la misma opinión.

Hablaban uno detrás de otro, y todos lamentándose con voz compungida. El obrero no podía resistir aquella vida; la revolución había aumentado sus miserias; los burgueses eran los que engordaban desde el 93, sin dejar a la clase obrera ni los platos sucios para que los rebañase. ¡Que dijera cualquiera si los pobres trabajadores tenían la parte que en justicia les correspondía en el aumento de la riqueza pública que se notaba en los cien últimos años! Se habían burlado de ellos, declarándolos libres; sí, libres de morirse de hambre, lo cual no se privaban de hacer. Porque votar a favor de los caballeretes que solicitaban sus sufragios para olvidarse de ellos enseguida, no les daba de comer. No; de un modo o de otro, era necesario acabar: bien pacíficamente por medio de leyes, por un acuerdo amistoso, o bien como salvajes, prendiéndole fuego a todo y devorándose unos a otros. Era imposible que se acabara el siglo sin otra revolución, que sería la de los obreros, una revolución que limpiara la sociedad completamente y que la reorganizaría sobre bases más equitativas.

-¡A la fuerza ha de estallar esto! -repetía la señora Rasseneur.

-¡Sí, sí! -exclamaron los otros tres-. A la fuerza.

Souvarine, que acariciaba las orejas de Polonia, cuyas narices tiritaban de gusto, dijo a media voz, con los ojos entornados y como si hablara consigo mismo, sin dirigirse a nadie:

-¿Acaso se pueden aumentar los salarios? Están fijados por ciertas leyes económicas, que los reducen a la cantidad indispensable, precisamente la necesaria, para que el obrero coma pan y tenga hijos. Si bajan mucho, los obreros se mueren de hambre, y las huelgas y las quejas los hacen subir. Si suben demasiado, aumenta la oferta para hacerlos bajar. Es el equilibrio de las barrigas vacías, la condena a cadena perpetua en el presidio del hambre.

Cuando se abandonaba de aquel modo a sus ideas, hablando de las cuestiones que preocupan al socialista instruido, Esteban y Rasseneur se quedaban inquietos y turbados ante sus desoladoras afirmaciones, a las cuales no sabían cómo contestar.

-¡Lo veis! -replicó con su calma acostumbrada-. Es preciso destruirlo todo, o vuelve a aparecer el hambre. ¡Sí! ¡La anarquía, y nada más que la anarquía; la tierra lavada con sangre, purificada por el fuego! Luego, ya se verá lo que viene.

-El señor tiene razón -declaró la mujer de Rasseneur, que en aquellas discusiones revolucionarias se mostraba siempre muy cortés.

Esteban, desesperado con su ignorancia, no quiso discutir más, y se levantó, diciendo: -Vamos a acostarnos. Todo esto no evitará que me tenga que levantar a las tres.

Souvarine, después de haber tirado al suelo la punta del último cigarrillo, cogía a Polonia con el mayor cuidado para dejarla en el suelo. Rasseneur cerraba la tienda. Todos se retiraron con zumbidos en los oídos, y la cabeza pesada por el recuerdo de aquellas gravísimas cuestiones que habían discutido.

Y todas las noches tenían conversaciones por ese estilo en aquella sala desocupada y en torno al jarro de cerveza que Esteban tardaba una hora en beberse.

Un conjunto de ideas vagas que dormían en él le agitaba si cesar. Devorado, sobre todo, por el afán de aprender, había vacilado mucho tiempo antes de decidirse a pedir libros prestados a su vecino, el cual, desgraciadamente, no tenía sino obras escritas en alemán y en ruso. Por fin había hecho que le prestasen un libro en francés sobre Sociedades Cooperativas; otra tontería, según decía Souvarine; y leía también con toda regularidad un periódico que recibía éste, titulado El Combate, publicación anarquista que veía la luz en Ginebra. Por lo demás, y a despecho de sus amistosas relaciones y de su continuo trato, veía siempre al ruso reservado, inalterable, despreciando la vida y mirándolo todo con indiferencia.

En los primeros días de julio la situación de Esteban mejoró. En medio de la monotonía de aquella vida de la mina, se había producido un incidente: los trabajadores del filón Guillermo habían tropezado con roca viva; una perturbación en las capas carboníferas, que anunciaba ciertamente la proximidad de la desaparición del filón, y, en efecto, pronto desapareció tras unas capas de rocas, que los ingenieros, a pesar de su conocimiento profundo del terreno, no habían sospechado siquiera. Aquello conmocionó a la gente de la mina; no se hablaba más que del filón que había desaparecido.

Los mineros viejos abrían las narices como buenos perros lanzados a caza de la hulla. Pero entre tanto el trabajo no había de quedar en suspenso, y la tablilla de anuncios de la Compañía puso en conocimiento de todos que se iban a celebrar nuevas subastas.

Un día Maheu, al salir del trabajo, se dirigió a Esteban, y le propuso entrar a formar parte de su cuadrilla, en reemplazo de Levaque, que se había marchado a otra parte. La cosa estaba ya arreglada con el ingeniero y con el capataz mayor, que parecían hallarse muy satisfechos del joven. Así fue que Esteban no tuvo más que aceptar lo que le ofrecían, felicitándose por aquel ascenso, que, aparte de mejorarle materialmente, demostraba iba en aumento la consideración y el afecto que Maheu le tenía.

Aquella misma tarde se reunieron en la mina para enterarse del anuncio. Las canteras sacadas a subasta se llamaban el filón Filomena situado en la galería norte de la Voreux. Parecían no ofrecer grandes ventajas, y el minero meneaba la cabeza con aire de mal humor, escuchando la lectura de las condiciones que en voz alta hacía Esteban. En efecto: cuando al día siguiente bajaron, y le llevó a visitar el filón nuevo, le hizo notar la gran distancia que lo separaba del pozo de subida, la naturaleza desventajosa del terreno, y el poco espesor y mucha dureza del carbón. Pero, sin embargo, si querían comer, tenían que trabajar sin remedio. Así, que el domingo siguiente fueron juntos al acto de la subasta, que se celebraba en la barraca, presidido por el ingeniero de la mina, en ausencia del ingeniero de aquella división. Négrel estaba acompañado por el capataz mayor. Se hallaban presentes quinientos o seiscientos carboneros al pie de una pequeña plataforma que habían colocado en un rincón, y las adjudicaciones estaban tan animadas, que no se oía más que un ruido sordo de voces, que gritaban cifras, ahogadas por otras cifras más subidas.

Por un momento Maheu temió no poder obtener ninguna de las cuarenta canteras que la Compañía había sacado a subasta. Todos los concurrentes pujaban la baja, inquietos por el rumor de crisis, y acometidos por el pánico de quedar sin trabajo. El ingeniero Négrel no se apresuraba ante aquella lucha encarnizada, dejando bajar la subasta a las cantidades más pequeñas posibles, mientras Dansaert, deseoso de sacar mayores ventajas para sus amos, mentía, ponderando las bondades de las canteras subastadas. Fue preciso que Maheu, para conseguir lo que necesitaba, luchara encarnizadamente con otro compañero, que por lo visto se hallaba en el mismo caso; cada cual en su turno iba bajando un céntimo en el precio de la carretilla; y si Maheu quedó al cabo vencedor, fue porque tanto y tanto bajó, que el mismo capataz Richomme, que estaba en pie detrás de él, empezó a enfadarse, le dio un codazo y murmuró que jamás podría salir adelante con semejante precio.

Cuando salieron de allí, Esteban, que juraba y blasfemaba, estalló de rabia al ver a Chaval que, flamante y con aire de conquistador, volvía con Catalina de pasear por los trigos, mientras su padre se ocupaba en los asuntos serios.

-¡Será posible! -gritó-. ¡Vaya una manera de portarse! Es decir, que ahora sean los obreros quienes se aprietan entre sí.

Chaval se enfureció: él no hubiera bajado tanto, y Zacarías, que acababa de ponerse a escuchar por mera curiosidad, declaró que era insoportable. Pero Esteban le impuso silencio con un gesto de violenta y sorda cólera.

-¡Esto acabará el día menos pensado, y seremos los amos! -dijo.

Maheu, que no había vuelto a decir palabra desde que terminara la basta, pareció despertar entonces de un pesado sueño, y exclamó:

-¿Los amos? ¡Ah, maldita suerte! ¿Cuándo será el día ... ?