Germinal: Parte IV: Capítulo III

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Germinal de Émile Zola
Cuarta parte: Capítulo III

Transcurrieron quince días, y el lunes de la tercera semana, las listas que se enviaban al director indicaban nueva disminución en el número de obreros que asistían al trabajo. Aquella mañana contaban con que terminaría la huelga. Pero la obstinación de la Compañía en no ceder exasperaba a los mineros. Ya no estaba en huelga solamente la Voreux, Créve-coeur, Miron y La Magdalena; en La Victoria y Feutry Cantel no bajaba ni la cuarta parte de los obreros, y hasta en Santo Tomás se notaban los efectos del movimiento huelguista. Poco a poco iba éste generalizándose. En la Voreux se notaba una tranquilidad de muerte. En los alrededores, alguna que otra carretilla abandonada, los depósitos de carbón intactos, y los de madera pudriéndose, presentaban su espectáculo tristísimo. En el embarcadero del canal se había quedado un lanchón a medio cargar, amarrado a un poste, y balanceándose en la superficie de las turbias aguas; y sobre la desierta plataforma, una carreta desenganchada agitaba desesperadamente sus portillas a impulsos del viento. Los edificios, sobre todo, invadidos por el silencio más completo, daban espanto. No se caldeaba la máquina de extracción más que por las mañanas. Los mozos de cuadra bajaban con el pienso de los caballos; en el fondo sólo trabajaban los capataces, convertidos otra vez en obreros; para cuidar de evitar los desperfectos de las galerías abandonadas; después, desde las nueve, el servicio se hacía por escalas, dejando quieto el ascensor. Y entre todos aquellos síntomas de muerte no se oía más que el resoplar de la bomba, último resto de vida de la mina, la cual hubieran anegado las aguas, si dejara de trabajar.

Enfrente al otro lado de la llanura, el barrio de los Doscientos Cuarenta parecía muerto también. El gobernador de Lille lo había visitado; patrullas de gendarmes a caballo habían recorrido los caminos de los alrededores; pero ante la calma perfecta de los huelguistas, gobernador y soldados se habían visto en la necesidad de retirarse. Jamás habían dado los obreros ejemplo más grande de sensatez. Los hombres, para no ir a la taberna, se pasaban los días en la cama, las mujeres, que no tomaban, se puede decir, nada más que café, tenían menos ganas de chismorrear que de costumbre y menos deseo de pelearse; y hasta los grupos de chiquillos, que parecían comprender lo que pasaba, hacían gala de su prudencia, y para no producir ruido correteaban descalzos y se daban de cachetes sin chillar. Era la consigna, repetida y circulando de boca en boca: ante todo y sobre todo, ser prudentes.

Sin embargo, un continuo entrar y salir de vecinos animaba la casa de Maheu. Esteban, a título de secretario, había distribuido los tres mil francos de la Caja de Socorros entre las familias más necesitadas; además, se habían recibido algunos cientos de francos, producto de varias suscripciones. Pero todos los recursos estaban ya agotados; los obreros carecían de fondos para sostener la huelga, y el hambre asomaba su cabeza amenazadora. Maigrat, después de haber prometido que durante una quincena vendería a crédito, se había vuelto atrás bruscamente a los pocos días, negándose a dar ni una migaja de pan siquiera. Ordinariamente recibía órdenes de la Compañía; tal vez ésta desearía cortar la huelga de una vez, privando de víveres a los obreros. El tendero, además obraba siempre a su antojo, como dueño absoluto; daba o negaba la mercancía, según la cara de la muchacha que enviaban las familias a comprar en su casa; y precisamente a los Maheu era a quien más se negaba a complacer, con cierto furioso rencor, como para castigarles de no haberle entregado a Catalina. Hacía, pues, una semana que estaban viviendo del producto de las distribuciones. Pero ahora, que ya no había un cuarto en Caja, ¿cómo componérselas para tener pan? Para colmo de desventura helaba mucho; las mujeres veían disminuir sus montones de carbón, pensando que cuando se concluyera no les darían otro en las minas, si sus maridos no volvían al trabajo. De modo, que no sería sólo morirse de hambre; habría que morir también de frío.

En casa de Maheu se carecía de todo. Los Levaque comían todavía, gracias a una moneda de veinte francos que les había dado Bouteloup. En cuanto a los Pierron, tenían como siempre dinero; pero por aparecer tan desgraciados como los demás, de miedo que les pidiesen prestado, compraban a crédito en casa de Maigrat, que hubiera sido capaz de darles toda la tienda, a poco que la mujer de Pierron se hubiera mostrado complaciente. Desde el sábado, muchas familias se acostaban sin haber comido en todo el día. Y ante los terribles días que iban a empezar, no se oía ni una queja; todos cumplían la consigna con un valor y una resignación a toda prueba. Todos tenían en Esteban confianza absoluta; una fe religiosa, sólo comparable a la que sienten por sus ídolos los pueblos fanáticos.

Puesto que él les había prometido la era de la justicia, estaban dispuestos a sufrir lo que fuese necesario para conquistar la dicha universal. El hambre soliviantaba los ánimos; jamás el horizonte de miseria de aquellos infelices se había visto iluminado con un rayo de esperanza más radiante. Cuando sus ojos, turbados por la debilidad, se entornaban, entreveían la ciudad ideal de sus sueños; pero en un momento próximo casi inmediatamente, con su población de hermanos, su edad de oro, de trabajo y de descanso repartidos por igual entre todos, no había nada capaz de quebrantar la fe de que iban al fin a penetrar en ella. Los fondos de la Caja se habían agotado; la Compañía no cedería; cada día, cada hora que pasase, agravaría la situación, y conservaban, sin embargo, toda su esperanza, y despreciaban todas sus desventuras del momento. Contaban con que, cuando ya la tierra se fuese a abrir para tragárselos, sobrevendría un milagro cualquiera. Aquella fe reemplazaba al pan y calentaba los estómagos. Tanto los Maheu como los demás, cuando habían digerido demasiado deprisa sus sopas hechas con agua clara, se entregaban al éxtasis de una vida mejor, que no dejaba martirios y sufrimientos más que para los brutos.

Esteban había llegado a ser el jefe indiscutible. En las conversaciones de las veladas, era el oráculo, con más razón, cuanto más estudiaba. Porque seguía leyendo con verdadero fervor, y recibía muchas más cartas que antes, se había suscrito también a El Vengador, un periódico socialista que se publicaba en Bélgica, y aquel diario, el primero que entraba en el barrio, había hecho que los compañeros todos tuvieran a Esteban una consideración extraordinaria, casi respetuosa. Su creciente popularidad le emborrachaba produciéndole satisfacciones íntimas, de las que jamás tuviera idea. Mantener una correspondencia seguida, discutir acerca de la suerte de los trabajadores con personajes importantes de fuera de Montsou, ser consultado por todos los obreros de la Voreux, sobre todo, convertirse en un centro, sentir que la masa de obreros se movía a su capricho, era un continuo motivo de orgullo para él, antiguo modesto maquinista, minero oscuro después. Subía un escalón, y, sin sentirlo, entraba en aquella clase media tan aborrecida, con satisfacciones de inteligencia y de bienestar que no quería confesarse ni a sí mismo siquiera. No tenía más que un disgusto: la conciencia de su falta de instrucción, de su insuficiencia, que le intimidaba en cuanto se veía frente a frente de un señor de levita. Por eso seguía instruyéndose, devorando cuantos libros y papeles impresos caían en sus manos; pero la falta de método hacía que la asimilación fuese muy lenta, reinando tal confusión, en él, que acababa por no saber cosas que ya había comprendido. Así es, que en ciertos ratos de bien pensar, experimentaba diversas inquietudes al discutir consigo mismo la responsabilidad que echara sobre sus hombros: temía no ser el hombre apropiado para llevar a cabo todo aquello a buen término; acaso habrían necesitado un abogado, un sabio capaz de pronunciar discursos y de obrar cuando llegase el caso, sin comprometer a los compañeros. Pero de pronto se tranquilizaba, poco menos que indignado. ¡No, no; nada de abogados! ¡Todos eran unos canallas, que aprovechaban su ciencia para explotar al pueblo! Saliera como saliese, los obreros debían manejar por sí mismos sus negocios, y de nuevo acariciaba su papel de jefe popular: Montsou a sus pies; allá a lo lejos, París; y ¿quién sabía? Acaso la diputación algún día, la tribuna de la Cámara, desde donde haría polvo a la clase media con sus magníficos discursos, los primeros pronunciados por un obrero en el Parlamento.

Desde hacía algunos días, Esteban se hallaba perplejo. Pluchart escribía cartas y más cartas, ofreciéndose a ir a Montsou para enardecer el celo de los huelguistas. Era preciso organizar una reunión, que presidiría el famoso maquinista, porque había en el fondo de aquel proyecto la idea de explotar la huelga en beneficio de la Internacional, haciendo que se alistasen en ella todos los mineros a quienes aún inspiraba desconfianza la tal Asociación. Esteban temía el escándalo; pero así y todo, hubiese permitido la visita de Pluchart, si Rasseneur no se hubiese opuesto enérgicamente a tal intervención. A pesar de su influencia, el joven tenía por fuerza que contar con el tabernero, cuyos servicios eran mucho más antiguos, y el cual no dejaba de tener numerosos partidarios. Así, que vacilaba sin saber qué responder a Pluchart.

Precisamente el lunes, a eso de las cuatro, recibió otra carta de Lille, estando solo con la mujer de Maheu en la sala de su casa. Maheu, cansado de no hacer nada, había ido a pescar; si tenía la suerte de coger algún pescado bueno en el canal, lo venderían y podrían comprar pan. El viejo Buenamuerte y el tunante de Juan acababan de salir para dar un paseo; mientras Alicia, que pasaba muchos ratos en el campo cogiendo berros, se había llevado a los pequeños. Sentada junto a la lumbre, que ya no se atrevía a avivar demasiado, la mujer de Maheu, con el corpiño desabrochado y con un pecho fuera, daba de mamar a Estrella.

Cuando el joven acabó de leer la carta, la mujer le preguntó: -¿Buenas noticias? ¿Enviarán dinero?

Él contestó con un gesto negativo, y ella replicó: -Esta semana no sé lo que vamos a hacer. En fin, por algún lado vendrá. Cuando se tiene razón, ¿no es verdad?, se tienen ánimos y se acaba por ser los más fuertes.

Ya se había hecho partidaria decidida de la huelga. Mejor hubiera sido obligar a la Compañía a que hiciese justicia sin abandonar ellos el trabajo. Pero puesto que estaba declarada la huelga, no se debía volver a las minas hasta tanto que se satisficieran las justas reclamaciones de los obreros. En este punto, la buena mujer se mostraba de una energía inquebrantable. ¡Antes morir, que hacer como si no se tuviera razón, teniéndola!

-¡Ah! -exclamó Esteban-. ¡Si viniera un cólera que nos desembarazase de todos esos infames explotadores!

-No, no -respondió la mujer de Maheu- no hay que desear la muerte a nadie. No conseguiríamos nada tampoco, porque aparecerían otros. Yo lo único que pido es, que éstos entren en razón, y sean más sensatos, y espero que lo hagan, porque, después de todo la gente no es tan mala como dicen. Ya sabéis que no soy partidaria de vuestra política.

En efecto, la mujer de Maheu censuraba de ordinario la violencia de sus discursos, y los encontraba demasiado batalladores. Que uno quisiera que le pagasen el trabajo como era debido, estaba bien; pero ¿a qué ocuparse de otras cosas, y de los burgueses, y del gobierno? ¿A qué mezclarse en asuntos ajenos, cuando no podía uno esperar nada bueno de aquella intervención? Y si la mujer de Maheu le apreciaba, a pesar de todo, era porque no se emborrachaba, y porque le daba puntualmente sus cuarenta y cinco francos por el pupilaje. Cuando un hombre tenía buena conducta, se le podían perdonar todas sus faltas.

Esteban habló entonces de la República, que debía dar pan a todo el mundo. Pero la mujer de Maheu meneaba la cabeza con ademán incrédulo, porque se acordaba del 48, un año de perros que les había dejado en cueros a ella y a su marido en los primeros tiempos de su matrimonio. Se extasiaba narrando lo que habían sufrido, con voz monótona y los ojos fijos en la pared, mientras su hija Estrella, sin soltar el pecho, se quedaba dormida sobre sus rodillas: y Esteban, absorto también, miraba aquel pecho enorme cuya blancura mate contrastaba con el color amarillento del semblante.

-¡Ni un céntimo -murmuraba ella-; ni una miga de pan que llevarse a la boca, y todas las minas cerradas! ¡En fin; la muerte de los pobres, lo mismo que ahora!

Pero en aquel momento se abrió la puerta, y ambos interlocutores se quedaron mudos de sorpresa al ver entrar a Catalina. Desde su fuga con Chaval no había vuelto a presentarse en el barrio. Su turbación era tan grande, que olvidó cerrar la puerta, y se quedó temblorosa en el umbral de la misma. Indudablemente esperaba encontrar sola a su madre, y la presencia del joven le impedía decir lo que había ido pensando por el camino.

-¿Qué vienes a hacer aquí? -gritó la mujer de Maheu, sin levantarse de la silla-. No quiero verte más. ¡Vete enseguida!

Entonces Catalina hizo un esfuerzo para encontrar palabras.

-Mamá. te traigo café y azúcar para los niños. Siempre estoy pensando en ellos.

Y al mismo tiempo sacaba del bolsillo una libra de café y otra de azúcar, y la ponía sobre la mesa. La huelga de la Voreux la atormentaba, porque ella seguía trabajando en Juan Bart, y no había hallado más medio que aquél para ayudar a sus padres, con el pretexto de cuidar a sus hermanitos. Pero su buen corazón no conmovió a su madre, la cual replicó:

-En vez de traernos chucherías, te podías haber quedado en casa para ayudarnos a ganar el pan.

Y la pobre mujer la insultó, lanzándole al rostro todo lo que hablaba contra ella desde hacía un mes. ¡Escaparse con un hombre, amancebarse a los dieciséis años, teniendo una familia que la quería! ¡Ni la última bribona, ni la hija más desnaturalizada hubiese hecho otro tanto! Se podía perdonar una falta; pero una madre jamás olvidaba una canallada semejante. ¡Y si la hubiera tenido sujeta, vamos, menos mal! Pero, no; era libre como el aire, y no se le exigía sino que fuese a dormir por las noches a su casa.

-¡Vamos a ver!, ¿qué demonios tienes en el cuerpo a tu edad?

Catalina, inmóvil, junto a la mesa, escuchaba a su madre con la cabeza baja. Un estremecimiento nervioso agitaba aquel cuerpo endeble de niña más que de mujer, y la pobre trataba de contestar con frases entrecortadas:

-¡Oh! ¡Si fuese cuestión mía nada más! ¡Cómo si esta vida me divirtiera! Es él. Cuando quiere una cosa, no tengo más remedio que quererla también, ¿verdad? Porque, ya ves, él es más fuerte. ¿Acaso sabe una como se enredan las cosas? En fin, lo hecho, hecho está y no hay quien lo deshaga. Lo mismo da. Ahora lo que necesito es que se case conmigo.

La infeliz se defendía sin sublevarse contra la autoridad materna con la pasiva resignación de las muchachas que conocen el trato íntimo de un hombre antes de tiempo y sazón. ¿No era aquella la ley común? Ella no había soñado jamás otra cosa: un atentado brutal detrás de unos matorrales, un hijo a los dieciséis años, y luego la miseria en su casa, si su querido consentía en casarse.

Y no experimentaba vergüenza, ni temblaba ante la idea de que su madre la tratase como a una infame en presencia de aquel joven; y, sin embargo, al verse delante de él, se desesperaba y se sentía oprimida de un modo singular.

Esteban se había levantado y aparentaba estar avivando la lumbre de la estufa para facilitar una explicación entre madre e hija. Pero sus miradas se encontraron, él la encontró pálida, ojerosa, bonita, sin embargo, y experimentó cierto sentimiento extraño, en el cual no entraba para nada su antiguo rencor, que había desaparecido por completo; no deseaba sino que fuese feliz con aquel hombre a quien ella había preferido. Sintió en aquel instante deseos de ocuparse de su felicidad, de ir a Montsou y exigir al otro que la tratara con miramiento. Pero ella no vio más que lástima en sus miradas; indudablemente la despreciaba mucho. Entonces el corazón le dio un vuelco tan grande, que se sintió sofocada, y no halló palabras con que excusarse.

-Eso es; mejor haces en callar -replicó la mujer de Maheu, implacable-. Si vienes a quedarte, entra; si no, lárgate enseguida, y da gracias a que tengo las manos ocupadas con tu hermana, porque si no, ya te hubiera tirado algo a la cabeza.

En aquel momento Catalina recibió en la parte posterior un puntapié terrible, cuya violencia la aturdió de sorpresa y de dolor. Era Chaval, que acababa de entrar por la puerta entreabierta, después de haberla observado un instante desde la calle.

-¡Ah, bribona! -gritó-. Te he seguido, porque suponía que venías aquí a que te hicieran carantoñas. Y tú las pagas trayendo café con dinero mío.

La mujer de Maheu y Esteban, estupefactos, no se movían. Con un gesto furibundo, Chaval empujó a Catalina hacia la puerta.

-¿Saldrás de una vez? ¡Condenada!

Y al ver que la joven se refugiaba en un rincón, la emprendió con su madre.

-¡Bonito modo es ése de estar guardando la casa, mientras la pérdida de tu hija se marcha allá arriba con un hombre!

Al fin había cogido a Catalina por una muñeca, y sacudiéndola fuertemente, la arrastraba hacia la calle.

Al llegar a la puerta se volvió otra vez a la mujer de Maheu, que parecía clavada en su silla, y había olvidado abrocharse el corpiño. Estrella se había quedado dormida con la nariz pegada a él, y el enorme pecho pendía desnudo y libre como la ubre de una vaca de leche.

-¡Cuando no está aquí la hija, buena es la madre para sustituirla! -gritó Chaval como última injuria-. ¡Anda, anda; enséñale la carne, que no le disgusta al canalla de tu huésped!

Esteban quiso salir detrás de su compañero. Sólo el miedo de armar un escándalo en el barrio le había contenido para no arrancarle a Catalina de las manos. Pero, a su vez, se sentía ahora acometido por la rabia, y los dos hombres se encontraron frente a frente, con los ojos inyectados en sangre. Era el estallar de un odio antiguo, unos celos largo tiempo contenidos. Había llegado el momento de matarse.

-¡Cuidado! -rugió Esteban rechinando los dientes-. Cuidado, porque te arranco la lengua!

-¡Prueba a hacerlo!

Se miraron aún durante algunos segundos tan de cerca, que el aliento de cada cual caldeaba el rostro del contrario. Catalina, suplicante por evitar la riña, cogió a su querido por la mano, y le rogó que se fuera con ella. Y arrastrándolo casi, huyó del barrio, sin volver la cabeza atrás.

-¡Qué bruto! -murmuró Esteban, cerrando la puerta lentamente y agitado de tal manera por la cólera, que tuvo que sentarse.

La mujer de Maheu no se había movido. Hizo un gesto significativo, y hubo un momento de silencio pesado y embarazoso, precisamente por las cosas que callaban. A pesar de sus esfuerzos, volvía sin querer la vista hacia el seno de la mujer de Maheu, hacia aquel pedazo de carne blanca, cuya vista le trastornaba ahora. Verdad es que ella tenía cuarenta años, y estaba deforme como buena hembra que había procreado mucho; pero aún había muchos que la deseaban. Sin apresurarse, se había cogido el pecho con las dos manos, y lo encerraba en el corpiño. Un botón color de rosa se obstinaba en quedarse fuera; lo apretó con el dedo, y abrochó enseguida los botones del vestido.

-Es verdad que tengo mis defectos; pero jamás he tenido ése.

Luego, con acento de franqueza, añadió, sin quitar los ojos del joven: -No me han tocado más que dos hombres; uno cuando tenía quince años; y luego mi marido. Si mi marido me hubiese abandonado como el primero, no sé qué hubiese sido de mí; y si desde que nos casamos le he sido fiel siempre, no hago alarde de ello, porque, al fin y al cabo, no han abundado las ocasiones de faltarle. Pero digo la verdad, lo que es; y no hay muchas vecinas que pueden decir otro tanto. ¿No es cierto?

-Sí que lo es -respondió Esteban levantándose.

Y salió a la calle mientras ella se decidía a avivar el fuego, después de colocado a Estrella, dormida, entre dos sillas. Si su marido había pescado algo y lo vendía, tendrían qué comer.

Era de noche, una noche fría y desapacible, y Esteban caminaba en la oscuridad, preso de profunda tristeza.

Ya no sentía cólera contra el hombre ni compasión por la pobre muchacha maltratada. La escena brutal a que acababa de asistir se borraba haciéndole pensar en la realidad terrible de los sufrimientos de la miseria. Pensaba en aquellas casas sin pan, en aquellas mujeres, en aquellos niños, que se acostarían sin comer; en todo aquel pueblo, luchando heroicamente y muerto de hambre. Y las dudas que a veces le asaltaban acerca de la razón de su conducta, surgían de nuevo en la melancolía del crepúsculo; y le atormentaban con más furor que nunca. ¡Qué terrible responsabilidad asumía! ¿Debía aconsejarles aún la resistencia cuando ya nadie tenía ni dinero ni crédito? ¿Cuál iba a ser el desenlace terrible del drama, si no llegaban recursos de ninguna parte, si el hambre comenzaba a cebarse en ellos y les quitaba valor? Bruscamente tuvo la visión del desastre: chiquillos que morirían y madres que sollozaban mientras los hombres obligados por la horrenda necesidad volvían al trabajo. Continuaba caminando al azar, tropezando con los pedruscos en medio de la oscuridad, y torturado por la idea de que si la Compañía resultaba más fuerte que ellos, tendría la culpa de las desdichas de sus camaradas.

Cuando levantó la cabeza se vio a las puertas de la Voreux. La masa sombría de sus edificios le parecía aún más grande por efecto de la oscuridad crepuscular. En medio de la desierta llanura, que la rodeaba, obstruida por las grandes sombras inmóviles, parecía un trozo de fortaleza abandonada. En cuanto la máquina de extracción se detenía, el resto de vida que se notaba en sus muros se escapaba, y a aquella hora de la noche nada la animaba, ni una voz, ni la luz de un farol.

Si los obreros tenían hambre la Compañía se arruinaba. ¿Por qué había de ser ella la más fuerte en aquella guerra sin cuartel entre el trabajo y el capital? En todo caso, la victoria le costaría muy cara. Luego contarían las bajas que cada cual hubiera tenido en la batalla. De nuevo le dominaba el deseo ardiente de la lucha; la necesidad afanosa de acabar con la miseria, aunque fuese a costa de la vida. Lo mismo daba morir de una vez que vivir muriendo de hambre y a causa de las injusticias que cometían con ellos. Recordaba sus lecturas mal digeridas, ejemplos de pueblos que habían quemado sus ciudades para destruir al enemigo, vagas historias de madres que salvaban a sus hijos de la esclavitud rompiéndoles el cráneo contra el suelo, de hombres que preferían morir de inanición a comer una sola migaja del pan de los tiranos. Y todo aquello le exaltaba: una feroz alegría se elevaba por encima de su profunda tristeza, y rechazaba la duda, avergonzándose de aquel momento de cobardía. Y en aquel despertar de su ardiente fe, ráfagas de orgullo y de soberbia le animaban, halagándole la esperanza de ser jefe, de verse obedecido hasta el sacrificio de la vida, de ensalzar su poder y su influencia, para disfrutar de ellos ampliamente el día del triunfo. Ya se imaginaba una escena grandiosa, en la cual se negaba a aceptar el poder, y lo ponía en manos del pueblo, después de haberlo tenido entre las suyas.

Pero volvió a la realidad, estremeciéndose al oír la voz de Maheu, que había estado de suerte, pescando una trucha soberbia, por la que le dieron tres francos. Ya tenían que comer. Entonces dijo a su amigo que volviese solo a casa que pronto estaría allí; y entrando en La Ventajosa, se sentó frente a Souvarine. Aguardó a que se marchara un parroquiano que estaba en otra mesa, para decir a Rasseneur, sin ambages ni rodeos, que iba a escribir a Pluchart para que fuese a Montsou. Estaba resuelto; quería organizar una reunión, porque la victoria le parecía segura si los mineros del pueblo se adherían en masa a la Internacional.