Germinal: Parte VII: Capítulo VI

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Eran las cuatro de la mañana. La noche fresca de abril iba templándose a medida que se acercaba el alba. En el cielo sereno palidecían las estrellas, mientras que la claridad de la aurora ponía el horizonte de color de púrpura.

Esteban seguía con paso rápido el camino de Vandame. Acababa de pasar seis semanas en una cama del hospital de Montsou. Aunque pálido todavía y muy delgado, se sentía con fuerzas para marcharse, y se marchaba. La Compañía, que, fiel a sus proyectos, continuaba despidiendo gente con prudencia, le había dicho que no podía darle trabajo en las minas. Lo único que le daba, al mismo tiempo que le ofrecía una ayuda de cien francos, fue el consejo paternal de que abandonase el trabajo de las minas porque para el estado delicado de su salud era demasiado penoso. Esteban había rehusado los cien francos. Una carta de Pluchart contestando a otra suya, acababa de llamarle a París, y de llevarle el dinero para el viaje. Aquella era la realización de sus sueños. La noche antes, al salir del hospital, había dormido en casa de la viuda Désir. Se levantó muy temprano, porque deseaba despedirse de sus compañeros antes de ir a tomar el tren que salía a las ocho de Marchiennes.

De cuando en cuando Esteban se detenía en el camino a respirar el aire puro de la primavera. No había vuelto a ver a nadie; solamente la viuda de Maheu estuvo un día en el hospital; sin duda luego no pudo volver. Pero sabía que toda la gente del barrio de los Doscientos Cuarenta trabajaba ahora en Juan-Bart.

Poco a poco los desiertos caminos iban poblándose; mineros y más mineros pasaban junto a Esteban dirigiéndose silenciosos a su trabajo. La Compañía, según públicamente se aseguraba, abusaba de su triunfo. Después de dos meses y medio vencidos por el hambre, tuvieron que pasar por todo, incluso por la tarifa nueva, aquella disimulada disminución de los jornales, más odiosa ahora, porque había costado la vida a muchos compañeros. Les robaban una hora de trabajo, les hacían faltar a su juramento de no someterse, y este perjurio, impuesto e inevitable, les amargaba. Ya se trabajaba en todas partes; en Mirou, en La Magdalena, en Crevecoeur, en La Victoria. Pero en el ademán sombrío de aquellas masas de obreros que se encaminaban a las minas, se adivinaba que todos rechinaban los dientes con disimulo, que sus corazones rebosaban de odio y deseo de venganza, y que en su actitud no había más resignación que la impuesta por las necesidades del estómago.

Cuanto más se acercaba Esteban a la mina, mayor era el número de obreros que encontraba. Casi todos iban solos; los que iban en grupos caminaban en silencio, cansados de sí mismos y de los demás.

Cuando llegó a Juan-Bart, aún no había amanecido del todo.

Entró en la mina, y atravesó la escalera del departamento de cernir, para entrar en el de la boca del pozo.

Empezaban a bajar los obreros. Un momento permaneció inmóvil en medio de la agitación y el ruido que siempre se produce mientras dura esa operación; porque entre la multitud de gente que allí había no vio ninguna cara amiga. Los que estaban esperando turno en el ascensor le miraban con cierta inquietud, y bajaban enseguida la vista, como si su presencia les causara vergüenza. Sin duda le reconocían, y no le guardaban rencor. Antes al contrario, parecían temerle y avergonzarse ante la idea de que su antiguo jefe pudiera tacharlos de cobardes.

Aquella actitud le conmovió, y ya perdonaba a aquellos miserables que le habían insultado, y casi acariciaba de nuevo la idea de transformarles en héroes, de dirigir aquel pueblo, al cual consideraba como una fuerza natural que se devoraba a sí mismo.

Cuando aquella tanda de obreros desapareció por la boca de la mina, y entró en la sala una nueva tanda, vio a uno de sus lugartenientes durante la huelga, uno que había jurado morir antes que someterse.

-¡También tú! -murmuró Esteban asombrado.

El otro palideció y con voz temblona le contestó: -¿Qué quieres? Tengo mujer.

Sus amigos y conocidos fueron llegando unos después de otros. -¡Tú también! ¡Tú también! ¡Tú también! - decía a cada momento.

Y todos balbuceaban con voz torpe:

-¡Tengo madre! ¡Tengo hijos! ¡Hay que comer!

-¿Y la viuda de Maheu? -preguntó Esteban.

Nadie contestó. Sólo por señas dijeron que debía llegar de un momento a otro. Algunos levantaron los brazos en ademán de compadecerla: ¡ah!, ¡pobre mujer!, ¡cuánta desgracia!, ¡cuánta miseria! Hubo un momento de silencio, y cuando su antiguo jefe les dio la mano en son de despedida, todos se la estrecharon con efusión, todos pusieron en aquel apretón de manos la rabia silenciosa de haber cedido, y la febril esperanza de un desquite. La jaula del ascensor estaba dispuesta. Se llenó de gente, y desapareció en la oscuridad del pozo.

En aquel instante apareció Pierron llevando en la mano una linterna de capataz. Hacía ocho días que era jefe de una brigada en Juan-Bart, y todos los obreros se separaban a su paso, porque el ascenso le había hecho tan orgulloso, que nadie podía sufrirle.

El encuentro con Esteban le contrarió; pero a pesar de eso, se acercó a él para saludarlo, y se tranquilizó cuando le oyó decir que iba a despedirse. Hablaron de todo un poco. Su mujer había comprado el cafetín del Progreso, gracias al apoyo de los señores de la Compañía, que seguían distinguiéndola mucho. Pero se interrumpió para regañar al tío Mouque, a quien acusaba de no haber bajado el pienso para los caballos a la hora reglamentaria. El pobre viejo lo oía con la espalda encorvado y bajando la cabeza. Luego, antes de bajar, sofocado con aquella reprimenda, estrechó también la mano de Esteban, con tanta efusión como los demás, dándole un apretón en el que había mucho de promesa de aprovechar la primera ocasión que se presentara para vengarse, y aquella mano que estrechaba la suya, aquel pobre viejo que le perdonaba la muerte de sus dos hijos, le emocionó de tal manera, que lo vio desaparecer por el pozo sin haberle podido decir una palabra.

-¿No viene hoy la viuda de Maheu? -preguntó a Pierron al cabo de un momento. Éste hizo como que no oía, pues sólo con hablar de ella podía uno llamar sobre sí la mala sombra. Luego, alejándose de allí con el pretexto de dar una orden:

-¿No preguntabas por la Maheu? Ahí viene.

Y, en efecto, la pobre mujer salía de la barraca, con la linterna en la mano, vestida de hombre, y con el cabello oculto por un pañuelo atado cuidadosamente. Era una excepción que la Compañía, siempre caritativa, había hecho en consideración a ella, permitiéndole trabajar a los cuarenta años, debido a sus terribles desventuras; y como parecía difícil emplearla otra vez en el arrastre, la habían destinado a manejar un pequeño ventilador instalado poco antes en la galería Norte, en aquellas regiones infernales, debajo del Tartaret, en las cuales se hacía difícilmente la renovación del aire. Ganaba treinta sueldos.

Cuando Esteban la vio con aquel traje de hombre que le sentaba ridículamente, no encontró palabras con que decirle que se marchaba, y que no había querido dejar de despedirse de ella.

La pobre viuda lo oyó sin escucharlo, y luego dijo tuteándolo:

-¡Eh! ¿Te asombra verme así? Es verdad que amenacé a los míos con ahogarlos si volvían a trabajar; ahora trabajo yo también, y, por lo tanto, debía ahogarme a mí misma. ¡Ah! Ya lo hubiese hecho, si no tuviese en casa al pobre viejo y a los niños.

Continuó hablando con voz cansada. No buscaba excusas ni pretextos; no hacía más que relatar sencillamente las cosas, diciendo que habían estado a punto de morirse todos, y que se había decidido a trabajar para que no la echasen de la casa.

-¿Qué tal está el viejo? -preguntó Esteban.

-El pobre no da trabajo, pero su cabeza está cada vez peor. ¿Ya sabes que salió bien de la causa aquella de asesinato? Quisieron llevarlo a un manicomio, pero yo no quise, temiendo que acabaran de matarlo. Todo aquello, sin embargo, nos ha hecho mucho daño, pues se niegan a concederle la pensión, porque sería inmoral dársela, según me dijo el otro día un señor en la Dirección.

-Y Juan, ¿trabaja?

-Sí, le han buscado una colocación arriba, para que no tenga que bajar a la mina. Gana veinte sueldos. ¡Oh! No me quejo; demasiado buenos han sido los jefes, como ellos mismos me explicaron. Los veinte sueldos del muchacho y los treinta míos, son cincuenta. Si no fuéramos seis personas, tendríamos para comer. Estrella devora ya, y lo malo es que habrá que esperar cuatro o cinco años antes de que Leonor y Enrique tengan edad para venir a la mina.

Esteban no pudo dominar un gesto doloroso.

-¡Ellos también!

Las pálidas mejillas de la viuda se colorearon rápidamente, y de sus ojos brotó una chispa; pero pronto pasó aquel relámpago, y bajó la cabeza como anonadada bajo el peso del destino.

-¿Qué quieres? -dijo-. Ellos, después de nosotros, todos han dejado aquí la piel; ahora les toca a los pequeños.

-¡Vamos, vamos, holgazanes! -gritó Pierron-. Embarcad de una vez, o no acabaremos de bajar hoy.

La viuda de Maheu, a quien se dirigía, no se movió y sin hacerle caso, ni fijarse si bajaba el ascensor, siguió hablando con Esteban.

-¿Así que te vas?

-Sí, ahora mismo.

-Tienes razón. El que puede, debe marcharse a otra parte. Me alegro mucho de verte, porque al menos te irás sabiendo que no te odio. Hubo algunos días, después de aquella matanza terrible, en que te aborrecí; pero luego he reflexionado y he comprendido que aquello no fue culpa de nadie. No, no fue culpa tuya; fue de todos.

Y hablaba tranquilamente de sus muertos, de su marido, de Zacarías, de Catalina; y solamente se vieron sus ojos arrasados en lágrimas al pronunciar el nombre de Alicia. Había vuelto a su calma de mujer razonable, y miraba las cosas sin pasión de ningún género. Estaba segura de que los burgueses pagarían alguna vez aquellas matanzas de infelices, sin necesidad de que nadie se metiese a precipitar los acontecimientos, que llegarían por sus pasos contados; entonces, tal vez los soldados hicieran fuego contra los señores, como lo habían hecho antes contra el pueblo. Y en su resignación secular, en aquella herencia de disciplina que la hacía bajar la cabeza, otra vez había nacido la seguridad absoluta de que tales injusticias no podían continuar por más tiempo y que, si no había ya un Dios misericordioso, surgiría otro para vengar a los pobres.

Hablaba en voz muy baja, mirando a todas partes con recelo y desconfianza. Luego, al ver que Pierron se aproximaba a ellos, añadió levantando la voz:

-¡Bueno! Pues si te vas, tienes que recoger de casa lo que hay allí tuyo. Dos camisas, tres pañuelos y un pantalón viejo.

Esteban rehusó con un gesto aquellos trapos que no habían querido los prestamistas.

-Eso no vale la pena; compónlo para los niños. En París ya me arreglaré.

Como el ascensor había hecho otros dos viajes, Pierron se decidió a interpelar directamente a la viuda. -¡Eh! Que te están esperando abajo. ¿Acabarás de hablar de una vez?

Pero ella le volvió la espalda. ¡Qué afán el de aquel bribón de meterse en lo que no le importaba! Bastante lo aborrecía ya la gente de su brigada, para ir a crearse antipatías entre los demás.

Ni Esteban ni ella sabían qué decir. Sin embargo, continuaban mirándose mutuamente, como si desearan decirse todavía más cosas.

Al fin ella, por hablar, dijo:

-La mujer de Levaque está embarazada; su marido sigue preso, y entre tanto Bouteloup le reemplaza.

-¡Ah!, sí, Bouteloup.

-¿No te lo han contado? Filomena se escapó.

-¿Cómo que se escapó?

-Sí, con un minero del Paso de Calais. Pasé un susto, temiendo que me dejara los dos niños. Pero no, se los ha llevado. ¡Una mujer tísica que escupe sangre!

Se detuvo un momento, hablando con más lentitud:

-¡Qué cosas no habrán dicho también de mí! -añadió- ¿Te acuerdas cuando decían que dormías conmigo? Después de muerto mi marido, quizás hubiera sucedido, si yo fuese más joven, ¿no es cierto? Pero ahora me alegro de no haberlo hecho, porque tendríamos que sentirlo.

-Sí, es cierto -contestó Esteban.

Ya no hablaron más. La jaula del ascensor estaba esperando; la llamaron a gritos, amenazándole con una multa, y no tuvo más remedio que bajar, después de un fuerte apretón de manos con Esteban. Éste, muy conmovido, siguió con la mirada aquel pobre cuerpo deformado por la miseria y la excesiva fecundidad, grotesco en su atavío masculino. Y en aquel último apretón de manos ambos pusieron su fe común en el porvenir, la certidumbre de ganar con el tiempo la partida.

Entonces Esteban salió de la mina; una vez en el campo, contempló un momento el camino. Multitud de ideas encontradas cruzaban su cerebro. Pero experimentó la sensación del aire libre, y respiró con fruición. El sol radiante asomaba en el horizonte. La mañana era magnífica, y a propósito para inspirar esperanzas.

Esteban las tuvo, y acariciándolas, acortó el paso, mirando a derecha e izquierda, para disfrutar de aquella alegría primaveral. Pensaba en sí mismo; se consideraba fuerte, madurado por su triste experiencia en el fondo de la mina. Su educación era ya completa, y salía de allí armado, como soldado razonador de la revolución que declaraba la guerra a la sociedad tal como la veía, tal como la condenaba. El gozo de reunirse con Pluchart, de ser, como Pluchart, un jefe considerado, le inspiraba discursos, cuyas frases hilvanaba en alta voz. Pensaba en ensanchar su programa; el refinamiento burgués, que le había sacado de su esfera, lo lanzaba a un odio más grande a la burguesía. Él mostraría a aquellos obreros, cuya vida miserable le repugnaba ahora, como algo grande y glorioso, la única parte noble y sana de la humanidad. Ya se veía en la tribuna triunfando con el pueblo y respetado por él.

Un canto de alondra en las alturas le hizo levantar la cabeza hacia el cielo. Sin saber por qué, se le aparecieron entonces las imágenes de Souvarine y de Rasseneur. Decididamente todo se echaba a perder cuando cada cual tiraba por su lado, y pretendía erigirse en jefe. Así por ejemplo, aquella famosa Internacional que debía haber renovado el mundo, abortaba de impotencia, después de haber dividido su poderoso ejército a causa de las rivalidades personales. ¿Tendría Darwin razón? ¿No sería este mundo más que una batalla, en la cual los grandes se comían a los pequeños para mejoramiento y continuación de la especie? Esta pregunta le turbaba, como una seria objeción científica. Pero una idea repentina disipó sus dudas; la de interpretar aquella teoría la primera vez que hablase en público en el sentido de que si alguna clase debía comerse a otra, sería ciertamente el pueblo, que al fin y al cabo era vigoroso y joven, y no la burguesía, caduca y pervertida. La sangre nueva engendraría una nueva sociedad. Y en aquel esperar una invasión de los bárbaros que regenerase las viejas nacionalidades caducas, reaparecía su fe absoluta en una revolución próxima, la verdadera, la de los trabajadores, aquélla que hacia fines del siglo arrollaría todo lo existente en estas sociedades.

Perdido en estas reflexiones, continuaba su camino contemplando con instintiva satisfacción todos aquellos parajes donde había ejercido el papel de jefe de un ejército sublevado. Ahora empezaba de nuevo el trabajo brutal y mal pagado. Allí debajo, a setecientos metros de profundidad, se movía un ejército de obreros, el que acababa de ver bajar por el ascensor de Juan Bart, derrotado por sus enemigos y sujeto por ellos a su esclavitud de antes. Estaban vencidos, pero en París no se olvidarían las víctimas de la Voreux, y la sangre del Imperio correría también de aquella herida incurable; y si bien la crisis industrial tocaba a su fin, y las fábricas iban abriendo sus puertas una después de otra, no por eso quedaba menos en pie el estado de guerra; la paz era imposible ya. Los mineros habían hecho cuentas, habían probado sus fuerzas, y sobrecogido de terror a los burgueses con sus gritos pidiendo justicia. Así es que su derrota no satisfacía a nadie la clase media de Montsou, poco gozosa de su victoria, no se atrevía a darse la enhorabuena, temiendo que el día menos pensado se reproducirían las escenas terribles de la huelga, comprendiendo que la revolución no agachaba la cabeza y que los obreros simulaban paciencia y resignación sólo por tomarse el tiempo de organizarse convenientemente. Lo ocurrido allí era un empujón dado a la sociedad en ruinas, y los burgueses, que la habían sentido crujir, temían nuevas sacudidas desastrosas e incesantes, que echarían abajo este edificio, como los hundimientos de la Voreux acabaron con la mina y con toda la riqueza que ella encerraba.

Esteban tomó a la izquierda del camino de Joiselle. El trabajo estaba normalizado en todas partes. De un extremo a otro de aquellas ciudades subterráneas, miles de obreros exponían su vida y su salud en provecho de unos cuantos. Ello le hizo pensar que quizás fuera un mal sistema el de la violencia. ¿Para qué cortar tantos cables, y apagar tantas calderas y arrancar tantos rieles? ¡Tarea inútil! Adivinaba, aunque vagamente, que pronto la legalidad daría resultados más eficaces. Su razón estaba ya madura, habiendo superado las malas pasiones y el rencor. Sí, la viuda de Maheu decía bien; era necesario organizarse tranquilamente, conocerse, reunirse en sindicatos, al amparo de las leyes; luego, una mañana, cuando un ejército de millones de trabajadores, conscientes de su fuerza, presentara batalla a unos cuantos miles de haraganes y parásitos, ¿qué había de suceder? Que aquéllos serían los amos y lograrían el poder. ¡Ah!, ¡qué triunfo de la verdad y la justicia!

Esteban abandonó el camino de Vandame para tomar la carretera. A la derecha veíase Montsou; en frente de él los escombros de la Voreux; allá en el horizonte, las otras minas, La Victoria, Santo Tomás, Feutry-Cantel, mientras hacia el norte las altas chimeneas de las fábricas humeaban en el aire transparente de aquella mañana primaveral.

Si no quería perder el tren de las ocho, tenía que apresurar el paso, porque aún le faltaban seis kilómetros que recorrer para llegar a la estación. Echó a andar más de prisa, contemplando el espectáculo grandioso de la naturaleza, que a tal punto contrastaba con la vida sombría de aquel pueblo subterráneo de esclavos.

Pero allí abajo también crecían los hombres, un ejército oscuro y vengador, que germinaba lentamente para quién sabe qué futuras cosechas, y cuyos gérmenes no tardarían en hacer estallar la tierra.

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