Gloria: 03

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Gloria
Primera parte - Capítulo III

de Benito Pérez Galdós



Gloria no espera un novio sino un obispo[editar]

-Son las diez, papá -dijo la señorita con impaciencia-. Desde la estación de Villamojada aquí no se tarda más de dos horas.

-Sí; pero sabe Dios a qué hora habrá llegado el tren -repuso el padre-. Esta fórmula abreviada de la civilización se toma unas libertades... No hay que impacientarse. Desde que llegue el coche al ventorrillo de Tres Casas, nos lo avisará el tío Gregorio disparando un buen puñado de cohetes que alegrarán con sus estadillos la comarca. Caifás está en la torre aguardando el primer chispazo para echar a vuelo las campanas. Descuida, que no podrá darnos una sorpresa; habrá demasiado ruido.

Gloria se asomó de nuevo para mirar a la torre de la Abadía que por encima de los tejados alzaba su caduco campanario, y dijo con alborozo:

-Sí; allí está Caifás con todos sus chiquillos, esperando a que reviente en los aires el primer cohete para repicar... Bien, muchachos, bien Paco, bien Sildo y Celinina: tocad fuerte, muy fuerte para que se oiga en toda la provincia.

El padre sonrió con dulzura, demostrando el apacible contento de su alma en aquel instante.

-Papá -dijo Gloria poniéndosele delante con resolución-: ¿apostamos a que Francisca no ha espumado las cuatro gallinas, ni puesto en el horno la dorada, ni arreglado los platos de leche?... Francisca es así: dos horas para mover cada brazo y otras dos para pensarlo... Y nada, llegarán los viajeros y estarán todo el santo día esperando la comida.

Luego que esto dijo, marchó a la carrera hacia la puerta.

-Gloria, Gloria -dijo el padre obligándola a detenerse-. Ven acá, no salgas de aquí. Siéntate...

-¡Ay! no puedo, no puedo ver que en un día de tanto apuro se estén con esa bendita calma -exclamó la joven sentándose-. Yo me abraso la sangre. Llegarán y no habrá nada preparado.

-Mira hija -dijo el anciano riendo-: es preciso que aprendas a no ser tan vehemente, a no tomar tan a pechos cosas nimias y de escaso interés para el cuerpo y para el alma. ¡Cuándo te enseñaré la serenidad y el aplomo que debe tener la persona en presencia de los actos comunes de la vida! Dime, si pones esa exaltación y ese ardor inusitado de la actividad y de la atención en negocios triviales, ¿qué piensas hacer cuando te encuentres en alguno de los mil graves lances y problemas que ofrece la vida? Reflexiona en esto, hija mía, y modera tu arrebatado temperamento. Mira, la pobre Francisca a quien tú acusas, te podrá dar buenas lecciones. Observa con qué admirable método y previsión y reposado estudio hace las cosas de la casa. Parece que tarda, y sin embargo todo lo hace con prontitud, porque todo lo hace bien. En cambio tú con tu impaciencia y ligereza te equivocas a menudo y o no concluyes nada, o si concluyes algo, es preciso volverlo a empezar. Yo he visto muchachas vehementes, atolondradas, ligeras como el aire y vivas y deslumbrantes como la luz; pero tú, hija, a todas les das palmetazo. Agradece a Dios que te hizo buena, piadosa y honesta, que te dio natural honrado y generoso, que puso en tu alma las maravillas de la fe y todos los sentimientos puros y nobles, y el don de la gracia inefable, dejando las agitaciones para la superficie.

-Si Dios me dio tantas cosas buenas -dijo Gloria con la convicción de un Padre de la Iglesia-, también es Él quien me ha dado este genio vivo, esta impaciencia porque pase pronto la vida, y este afán de llegar a mañana.

-Vamos a ver. ¿Qué motivo hay para que la próxima llegada de mi hermano, te haya puesto en ese desasosiego calenturiento?

-Como que hace tres noches que no duermo -repuso ella-. A fe que hay poco que hacer... ¿A un señor obispo se le puede recibir como a cualquier pelagatos? Mi tío traerá consigo a su secretario el doctor Sedeño y quizás quizás a dos de sus pajes o cuando menos a uno; ¿y no se han de disponer las cosas para tantos y tan dignos huéspedes? Si me fiara de Francisca, ya había que tener paciencia hasta el año que viene. ¿Cree usted que hay poco que hacer? Pues nada: todo el piso bajo de la casa es poco para la gente que viene. Y no se les va a poner en la mesa pan, vino y aceitunas. Tres viajes ha dado Roque para traer lo necesario. ¿Pues y la capilla?

-Vamos a ver, ¿qué tiene la capilla?

-Nada; que Su Ilustrísima querrá decir misa en ella como la otra vez. ¡En bonito estado se hallaba la capilla! Ha sido preciso dar tres jabonaduras al Cristo, en cuyo santo cuerpo las moscas habían hecho más desperfectos que los judíos. El manto de la Virgen estaba perdido: he tenido que quemarlo y hacer otro nuevo con el terciopelo que compré para mí... Yo creí que no saldrían con toda la tiza que hay en la casa, las manchas de los candeleros. Afortunadamente Caifás y yo fregoteamos bien y todo ha quedado como un oro... Pero ¡ay! ¡Si supiera usted que los ratones se habían empezado a comer los pies de San Juan!...

-¡Abominables animalejos! -exclamó don Juan riendo.

-¡No sé qué les haría! Gracias a que Caifás, que es tan habilidoso, le puso al Santo en las heridas de los pies no sé qué pastas y rellenos, con lo cual y una mano de pintura ha quedado muy bien... Ya no harán más picardías estos tunantes bichos que nada respetan. En tres días que van de puesta y armada la ratonera han caído once, todos como lobos... ¿Todavía le parece a usted poco trabajo el mío?

-Me parece demasiado.

-¿Pues y las camisas que he tenido que hacer a los hijos de Caifás para que puedan salir a recibir decorosamente a mi tío? ¡Y se asombra usted de que entre y salga y suba sin cesar! Yo soy así, papá querido.

-Tú eres así... lo sé. Dios te bendiga.

-Adoro a mi tío, que es un santo, y me siento tan feliz al considerar que va a vivir bajo el mismo techo que yo; me parece tan poco lo que tenemos para obsequiarle y agasajarle, que quisiera traer aquí las maravillas de los palacios de un rey, y no teniéndolas, me voy a inventar mil suntuosidades y prodigios para albergar dignamente a quien tanto se parece a Dios... No vivo, no puedo tener calma, me desvelo y me consumo... Paso las noches sin dormir pensando en la pachorra de Francisca, en la capilla, en el pobrecito San Juan roído, en los candelabros manchados, en los ratones, en la pequeñez de la casa para tan insignes huéspedes...

-¿Has creído -dijo con bondad cariñosa el padre-, que mi hermano necesita palacios y lujo y ostentación? No, hija mía. Mi hermano, como discípulo de Jesucristo, es humilde. Si esta casa fuera una choza, no sería menos digna de albergarle. Ofrezcámosle corazones puros, ardiente fe y admiración profunda de sus grandes virtudes; regocijémonos al calor de su compañía para ver de imitarle; apropiémonos parte de los inmensos tesoros de su corazón, lleno de Dios, y no nos cuidemos de lo demás...

-Eso es lo primero; pero también...

-Pobre o resplandeciente de riqueza, la capilla será siempre un recinto sagrado, pues mi hermano ha celebrado ya y celebrará de nuevo en ella cuando los albañiles compongan el techo que se ha caído. Si los ratones se atrevieron con los pies de San Juan, fue porque esos infelices, también criados por Dios, no encontraron bocado más exquisito con que regalarse. Ni la imagen dejará por eso de ser imagen de un bienaventurado, ni este dejará de interceder por nosotros, aunque no llamemos al industrioso Caifás para que remiende el retrato. Hija mía: que tu alma no atienda tanto a la superficie de las cosas; que se eleve a las alturas de lo que no ven los sentidos; que no se inquiete tanto de los asuntos que la encadenarán demasiado a lo terrestre, es lo que ardientemente deseo... Y sobre todo ese apasionamiento tuyo por cualquier insignificante suceso de un día, no me hace gracia.

Apenas pronunciada la última palabra de este discursillo, oyose un estallido lejano en los aires, luego otro y otro, como si los ángeles estuvieran cascando nueces en el cielo.

-¡Ya... ya...! -gritó Gloria poniendo toda su alma en los ojos.

-Ya está ahí mi hermano -dijo Lantigua con calma acercándose a la ventana-. Bien venido sea.




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