Gloria: 18

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Gloria
Primera parte - Capítulo XVIII

de Benito Pérez Galdós



El cura de Ficóbriga[editar]

Ha llegado la ocasión. A su hazaña debe preceder su retrato.

Era D. Silvestre joven, sanguíneo, fuerte, grandísimo de cuerpo, animoso hasta la temeridad, ambicioso de aplausos, y amigo de estar siempre en primera línea; grande amigo de sus amigos, y al mismo tiempo muy alegre, muy rumboso, vivísimo de genio, generoso y de trato galán y campechano con grandes y pequeños. En la iglesia, las hembras le querían mucho porque predicaba con alta entonación y dramático y pintoresco estilo; los varones también, porque despachaba la misa en un momento. Así es que cuando decía la misa el padre Poquito, que era de mucha pesadez, todos aquellos buenos fieles abrumados de quehaceres, se quedaban charlando en la plaza.

-Para una misa corta no hay otro como D. Silvestre -decían-. Bien comprende que no somos holgazanes que van a desperezarse y a dormir en la iglesia. Hace todas las ceremonias y dice todos los latines con una presteza que enamora.

D. Silvestre era hombre rico. Además de que poseía regular hacienda heredada, se había dado mañas para adquirir algunas mieses, prados y por último una hermosa finca de bienes nacionales. Vivía con comodidad, y no era tacaño ni apuraba a los pobres caseros para que le pagasen, sin descuidar por esto la administración de sus bienes. Socorría a los menesterosos, se preciaba de hacer muchas limosnas, y por esto, así como por su carácter franco y bondadoso, estaba muy en paz con sus feligreses.

-D. Silvestre no es un santo -decían allí-; pero sí un caballero.

D. Silvestre tenía además una salud de hierro, fortalecida con el frecuente ejercicio de la caza y la pesca, diversiones que ocupaban gran parte de su existencia. Su casa era, pues, un arsenal venatorio y piscatorio, cual no se veía en aquellos contornos. Escopetas, carabinas, cuchillos, trampas, mil artificios ingeniosos, ora aprendidos, ora inventados por su propio genial cacumen, y que tenían por objeto apoderarse de la mitad del reino volátil, ocupaban una regular pieza. En la otra no faltaba ninguna abominable máquina de las que arrancan del seno de las aguas todo lo nadante. Cañas, liñas, aparejos, diversos linajes de anzuelos, garabatos, pinchos y agujas, los unos para la merluza, los otros para el calamar; moscas artificiales para las pobres truchas de los regatos, garfios para los salmones de los ríos, guadañetas para los maganos, y además redes, chinchorros tromayos, medio-mundos, palangres, todo lo guardaba aquel Nemrod de la tierra y los mares.

Había nacido Romero en aquella región agreste que llaman de Europa, donde parece que el hombre retrocede a las primeras edades venatorias, y ha de vivir disputando a las bestias el suelo, que aún no se sabe si pertenecerá a la fuerza o a la destreza. Ágil, valiente, emprendedor, atrevido, había desafiado los temibles osos, en compañía de otros jóvenes del país. Se familiarizó con el terreno abrupto, quebrado, con los precipicios, las cascadas, las deformidades de un terreno que parece no ha concluido aún de tomar, después del cataclismo, su forma definitiva, y vivía contento en su salvaje y libre estado. Mas como la voz paterna sonara un día en sus orejas, haciéndole ver la conveniencia de no dejar perder ciertas capellanías, Silvestre se atiborró de latín y se hizo cura. No le fue mal. Olvidó muchas cosas; pero no la ingénita afición a la caza.

-Es un vicio -decía-, pero un vicio de reyes.

D. Silvestre era hombre vehemente y algo testarudo. En el desempeño de cuanto tomaba a su cargo, ponía siempre mucho ardor. En cierta ocasión le dio por revocar y componer la iglesia y se hizo pintor, albañil y arquitecto. Cuando le escribieron para que trabajase en las elecciones, realizó estupendas maravillas. Su regular hacienda, el prestigio de que gozaba en el pueblo, su carácter jovial y caballeroso le hacían único para acaudillar hueste de electores y mangonear eficazmente en la comarca. Ponía con tanto ahínco su voluntad y su influencia al servicio de la causa política, que durante los azarosos períodos en que los ficobrigenses ejercitaban el más importante de sus derechos, el buen D. Silvestre no paraba en el bosque, ni en la playa, ni en la sacristía, ni en su casa, sino que cual poseído del demonio o enamorado corría de una parte a otra incesantemente. Viéraisle allí emplear doctamente ora la astucia, ora la amenaza; con este la ruda coacción, con aquel el malicioso soborno, y de este modo someterlos a todos a su arbitrio.

Con tales experiencias llegó Romero a adquirir acabada maestría en el arte de elegir, que nunca ha sido fácil, que a muchos empequeñece pero que al cura de Ficóbriga, por su mucho ingenio y sutileza, le ponía en los cuernos de la luna. Montar a caballo, andar seis o siete leguas con frío y nieve en busca de Fulano para comprometerlo; tomar la delantera a los contrarios acumulando recursos, sin aumentar por eso de un modo escandaloso la tarifa de gastos electorales; realizar el portento de la multiplicación de los panes y los peces aplicado a las cédulas de votar, eran otras tantas industrias que aumentaban la valía de D. Silvestre. Como prueba de su enérgica voluntad avasalladora, óigase lo que la misma Ficóbriga refería poco ha.

Estaba muy reñida y a punto de perderse la elección. Entre los votantes de última hora había un pastor de aquellos andurriales, hombre zafio y torpe que apenas sabía hablar. Cansado del plantón en las puertas del edificio donde funcionaban los comicios, y maldiciendo las obligaciones políticas que le habían llevado tan fuera de su rústico elemento, volvió la espalda y se marchó. Había junto a la urna electoral un río, por más arriba vadeable, por allí muy hondo. Mi hombre tomó por el vado las de Villadiego.

Aquel voto de menos podía comprometer seriamente la elección. Advirtiolo D. Silvestre, y bramando de furor llamó al campesino, que en salvo ya en la otra orilla y frente por frente de los comicios, con el río de por medio, hacía con ambos brazos gestos de burla y provocación. Exasperado D. Silvestre contra aquel salvaje que no sólo se escabullía en el momento de votar, sino que con los gestos de los dos movibles brazos le insultaba delante de la Nación en el momento de ejercer su soberanía, no reparó en nada, y con presteza suma se arrojó al agua. Como era gran nadador y se había despojado del levitón que le ceñía, bien pronto puso el pie en la otra margen del río. Corrió hacia el fugitivo, le agarró por el cuello y arrastrándole con hercúlea fuerza, se metió con él nuevamente en el agua, y asido por los cabellos le trajo a la orilla de acá y le entró en la casucha y le puso, chorreando agua, delante de la urna. Este acto de energía, atemorizando a los que se mostraban indecisos, aseguró la elección.

Otras muchas anécdotas podría contar para mayor realce de la valentía de este varón insigne; pero no quiero alargar las dimensiones de su retrato. A fin de que sea, aunque breve, completo, diré que D. Silvestre despuntaba en los juegos de tresillo y ajedrez. Él y D. Juan de Lantigua se batían sobre el tablero casi todas las tardes. Como poseía dos o tres lanchas de pesca, salía a la mar muchos días y era más conocedor del terrible elemento que los mejores prácticos de Ficóbriga. También nadaba como un pez, siendo el asombro de todos cuando se ponía a luchar con las olas, y si se ofrecía empuñar el timón o el remo y dirigir la ciaboga mientras la lancha pasaba la barra, los marineros más forzudos no le igualaran. Muchos aseguraban que el mar le tenía miedo, y bien se podía decir con el Libro Santo: Draco iste quem formasti ad illudendum ei, «este dragón a quien hiciste para burlarle».

Cuando le hemos conocido, la ocupación favorita y el sueño dorado de D. Silvestre eran cuidar una huerta primorosa que había formado en un sitio llamado el Soto de Briján, frente a Ficóbriga, a la otra orilla de la ría pasando el puente de Judas. Allí se pasaba la mayor parte del día, sin descuidar sus deberes parroquiales (dicho sea en honor suyo). Aunque vivía de ordinario en Ficóbriga, tenía en el Soto hermosa casa, los mejores frutales del país y un amplio corral y establo llenos de animalia pusilla cum magnis, de cuanto Dios crió. Pavos, gansos, gallinas de diversos linajes, vacas de leche, conejos, cerdos gordísimos, a quienes D. Silvestre solía rascar con la punta del bastón, pájaros, cabras exóticas, en suma, cuanto puede hacer placentera la vida del campo estaba allí.

En los días de nuestra historia no atendía mucho D. Silvestre a su granja-modelo del Soto, porque le distraían los negocios electorales de su buen amigo Rafael del Horro. Habíase estrechado esta amistad por relaciones periodísticas y por la virtud de ciertas cartas que D. Silvestre escribió desde Ficóbriga a un periódico de Madrid, firmadas con el pseudónimo de El pastor de la montaña. Rafael del Horro vivía en su casa, y todas las horas las pasaban en grata conferencia sobre los elementos de que podían disponer y las probabilidades de triunfo. Habían concertado plantarse ambos en el terreno de la lucha y no abandonarlo hasta alcanzar completa victoria sobre los impíos.

Tal era el hombre extraordinario y valeroso que dijo: «Yo salvaré a los náufragos».

Momentos después saltaba a la trainera. Impávido se lanzó a las olas. D. Silvestre tenía fe en su poderoso brazo, en su pericia de marino y de pescador.

La trainera embistió las olas. Subía por la empinada pendiente de agua, desapareciendo después entre revueltos torbellinos de espuma. A veces parecía que los montes de agua se la tragaban de un sorbo, a veces que la escupían entre salivazos de rabia. Pero avanzaba, débil y valerosa, como la fe en Dios, por entre las olas del mundo.

D. Ángel se había quitado el sombrero verde, que era ya una esponja, y arrodillándose en el fango, rezaba en voz alta. D. Juan, Rafael, Sedeño, sentían las vivísimas emociones del sentimiento cristiano en su mayor pureza.

-Llegarán, llegarán y les salvarán -dijo D. Ángel con la inefable convicción del creyente-. Dios oirá nuestros ruegos.

Y los atrevidos salvadores lograron acercarse a los costados del buque, recogieron el grueso cable que de este les fue arrojado, y en menos de una hora toda la tripulación estuvo en tierra. ¡Admirable efecto de la misericordia de Dios! Cuando la trainera volvió a tierra, las olas se aplacaron, como si el mismo Océano que jamás perdona, se sintiera enternecido.

Cuando los infelices tripulantes (eran ocho) pusieron el pie en tierra, D. Ángel los abrazó a todos, mezclando sus lágrimas con el agua salada que les empapaba. Habían bajado a la playa el alcalde, el secretario, el alguacil y muchas personas, entre las cuales se contaba D. Juan Amarillo, que era vice-cónsul francés. En un instante se decidió dar a los desgraciados náufragos el auxilio que necesitaban, conviniéndose en repartirlos en las casas más acomodadas. Al Sr. de Lantigua le tocó uno con graves contusiones y que había perdido el conocimiento.




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