Gloria: 24

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Gloria
Primera parte - Capítulo XXIV

de Benito Pérez Galdós



Una obra de caridad[editar]

Ambos bajaron. En el jardín estaba D. Ángel y frente a él un lastimoso terceto de muchachos llorones, con los puños en los ojos, los sucios rostros llenos de babas y de tierra que con las lágrimas se amasaba.

-Vamos a ver, ¿qué es eso? -preguntó don Juan tirando suavemente de una oreja a la pequeñuela.

La aflicción no les dejaba contestar.

-Que el teniente cura ha despedido a Caifás por orden de D. Silvestre -dijo Su Ilustrísima-. Pero hijos míos, si vuestro padre es malo, ¿cómo queréis que esté en la iglesia?

-¡Buena pieza es el tal Mundideo! -exclamó Lantigua-. ¿Y qué más le pasa? ¿Que ha perdido toda la ropa, porque la Cárcaba no ha podido cobrar?

-Sí, se... se... se... ñor -gimió Sildo.

-¿Y que D. Juan Amarillo le ha echado de la casa de arriba, y le va a llevar a la justicia?

-Sí, se... se... ñor.

-¿Y que os habéis quedado sin casa?

-Sí, se... se... ñor.

-Estos pobres niños están desnudos -dijo D. Ángel-. Es preciso darles algo de ropa.

-De eso se encargará Gloria. ¿En dónde está Gloria?

-Ha salido al camino a hablar con Caifás, que no ha querido entrar porque le da vergüenza.

-Y con razón. No pienso hacer nada por él. Estoy cansado de favorecerle. Le daré para comer y ropa para estos niños; pero nada más.

Gloria apareció entonces por la puerta del jardín. Sus ojos encendidos anunciaban la aflicción de su alma.

-Papá- dijo secando sus lágrimas-, ahí está Caifás. Dice que quiere hablarte, y que te contará lo que le pasa si no te enfadas.

-¡Pobre hombre! -dijo Lantigua mirando a Morton-. Mira, Gloria, prefiero que me cuentes tú lo que le pasa a ese tunante.

-Pues le han echado de la sacristía.

-Bien merecido.

-Y D. Juan Amarillo le ha embargado lo único que le quedaba ya, las herramientas de carpintero.

-Ya se ve. No parece sino que D. Juan Amarillo tiene el dinero para que Caifás lo gaste en beber.

-Y él y sus hijos han andado desde ayer pidiendo limosna por los caminos.

-Basta -dijo D. Juan gravemente-. Aquí entra la caridad. Dales hoy de comer. Puedes decirle que mande a los chicos todos los días.

-Vendrán -dijo Gloria con alegría.

-No, lo que es él no tiene que ponerme los pies en casa...

-Pero, papá...

-Es un vicioso. Que vengan los chicos.

-Y los vestirás por mi cuenta, Gloria -dijo Su Ilustrísima-. Algo podré darle también a Caifás.

-Pero él quisiera...

-¿Aún pide más?

-Para los desgraciados -indicó D. Ángel-, se escribió aquello de pedid y se os dará.

-Darle dinero es fomentar sus vicios -afirmó Lantigua-. ¿No lo cree usted así, señor Morton?

-Seguramente.

-Vamos, Juan -dijo el obispo poniendo la mano sobre el hombro de su hermano-; al extremo del prado de Costiguera, junto a la mies de Sotres, tienes una casilla abandonada, donde invernaba antes el ganado.

-Vamos, vamos -murmuró D. Juan sonriendo con bondad-. Ya me figuro lo que queréis.

-Sí, papá. La casa de la Cortiguera será, aunque no tiene más que medio techo, un palacio para el pobre Caifás.

-¡Un verdadero palacio! -dijo Su Ilustrísima-. ¿Sabe usted dónde es, Sr. Morton? Allí detrás de aquella loma, por donde están los cinco viejísimos castaños que llaman en el país los Cinco Mandamientos.

Morton miraba, mientras D. Ángel hacía indicaciones con el palo.

-Bueno, pues que se meta en la casa.

-Bien, Juan, bien determinado. Vaya, niños, ahora os podéis marchar. La señorita Gloria os dará para cubrir esas carnes.

Gloria salió corriendo a dar la noticia al pobre Mundideo. Los chicos fueron detrás.

Cuando la señorita volvió, D. Ángel se había unido al doctor Sedeño que le mostraba las cartas recién llegadas, y D. Juan se acercó a los albañiles que habían venido para componer la capilla. En el jardín tan sólo estaba Morton. Gloria, al verse sola junto a él, se turbó ligeramente. Dudó si seguir o detenerse, y cuando el extranjero se dirigió a ella en ademán de hablarle, tembló como tiembla la luz cuando se mueve el agua en que está reflejada.

-Gloria -dijo Morton-, ¡qué felices son los pobres de Ficóbriga!

-¿Por qué? -preguntó la señorita con trémula voz.

-Porque usted se ocupa de ellos.

-¡Este pobre Caifás es tan desgraciado!... Tiene fama de vicioso y de malvado; pero es un alma de Dios. Yo no puedo menos de favorecerle. ¡Él me quiere tanto...! Se dejaría matar por mí.

-Eso lo comprendo. ¡Morir por usted!... ¡Ah! Gloria, yo haría lo mismo.

-¿Qué?... -dijo la señorita con la mayor turbación.

-¡Morir por usted! Es lo único posible después de haberla amado.

-¡Daniel, por Dios!

-¡Gloria!... ¿De qué manera lo diré para ser creído?

El expresivo rostro del extranjero revelaba una emoción grave y honda.

-Me voy -dijo la señorita de súbito.

Veía claramente la emoción que brillaba con luz singular en los azules ojos del hamburgués. Medía la inmensidad de la suya que le alzaba turbulento oleaje en el fondo del alma, y de ambas tuvo miedo.

-¿Se va usted? -dijo Daniel dando un paso hacia ella.

-Sí...

-No sin oír una cosa.

-¿Una cosa?

-Que la adoro a usted.

Ya se lo había dicho Morton dos veces; pero no con las mismas palabras ni con la vehemencia de entonces.




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