Gloria: 46

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Gloria
Segunda parte - Capítulo VII

de Benito Pérez Galdós



Tía y sobrina[editar]

Después de la procesión de las palmas y de la bellísima ceremonia y cánticos en la puerta al regreso de aquella, se celebró la misa de Pasión. Muy tarde salieron de ella, y don Buenaventura fue en busca de su sobrina para dirigirse a la casa, donde les aguardaba la comida. No les acompañó a esta función doña Serafina porque ayunaba, y sin más sustento que el chocolate se estaba todo el día en la iglesia hasta el anochecer, hora en que iba a su casa y tomaba la colación.

D. Buenaventura llevó nuevamente a Gloria por la tarde a la Abadía para que viese salir la procesión del Salvador. Dejola en la capilla; repitiose el mismo desaire de la mañana; pero ni un instante decayó el valeroso ánimo de la joven. Cuando se puso en marcha la procesión y salió el Salvador, Gloria cerró los ojos para no verlo. Pasaron, salieron todos, santos, clérigos, señores, pueblo. En la Abadía no quedan sino algunos ancianos inválidos, dos cojos y las nubes de incienso suspendidas con imperceptible movimiento en el aire. Gloria, al hallarse casi sola, encontró más fácil la subida de su mente hacia Dios, y la angustia que oprimía su pecho comenzó a aliviarse. Ya su cuerpo se fatigaba extremadamente de estar de hinojos, y se levantó para sentarse en un banco, cuando oyendo pasos acompañados de un golpecillo de bastón, reconoció la persona de su tía, que se acercaba. Serafinita entró en la capilla.

-Al fin has venido -le dijo-. ¡Pobrecita! mi hermano es muy terco y pesado. Perdónale, porque su intención ha sido buena.

-¿Perdonarle?... Antes le agradezco que me haya hecho salir. Me siento bien.

-¿Te sientes bien? -dijo Serafinita con expresión de lástima-. ¿Estás contenta?

-Contenta no; pero tranquila sí.

-Y yo que venía a consolarte...

-¿A consolarme? ¿De qué?

-Entremos en el camarín. Tengo que hablarte. Allí descansarás mejor.

Ambas entraron. Gloria vio sobre una silla, abandonado, pisoteado, mustio y lleno de polvo el ramo que entregara a D. Silvestre con el fin que sabemos.

-¡Está aquí! -exclamó con asombro, fijando los ojos en su tía.

-Ahí está, sí -repuso Serafinita sentandose-. Ya debías comprender que no podía estar en otra parte. Ayer no quise decirte nada; pero ya pensé que podías excusar ese regalo de flores al Salvador, imagen protectora de nuestra familia.

Absorta y anonadada, Gloria no halló en su pensamiento palabras para contestar. Miraba a su tía y después a las flores, cual si de estas más que de aquella debiera esperar explicación razonable.

-Es verdad -dijo al fin sollozando-. No debí mandarlo.

-Esas buenas señoras -continuó Serafinita-, tuvieron escrúpulos que yo disculpo... Te consideran en pecado mortal... Ya ves... Es preciso respetar las creencias generales. Yo comprendo bien que en esta deplorable fama de tu vergüenza hay algo de injusticia y desde ayer algunas ideas supersticiosas.

-¿Qué ideas? -preguntó Gloria.

-Dicen que ayer cuando el borriquito sintió encima el peso de tu ramo, empezó a dar coces y a sacudirse hasta que lo arrojó de sí... Sería alucinación o quizás algún hecho casual alterado por los sentidos. Pero sea lo que quiera y aunque suprimamos el sobrenatural prodigio, siempre quedará la aterradora idea.

-¡De que estoy en pecado mortal!... ¡de que estoy condenada! -exclamó la señorita de Lantigua-. ¡Oh! querida tía, ¿está usted segura de no equivocarse?

-Yo no creo que el estado de tu conciencia sea tan malo como piensa la gente; pero la opinión del pueblo en que vivimos y que siempre nos ha demostrado tanto cariño, es muy desfavorable a ti.

-Ya lo he comprendido.

-Si no hubieras salido hoy de casa, como yo quería -dijo la señora sollozando a causa de la aflicción real que la atormentaba-, ni tú ni yo pasaríamos las amarguras que hemos pasado hoy a causa del atroz desaire de que has sido objeto.

-Es cierto, sí. Varias personas se retiraron de la capilla cuando yo entré -dijo Gloria a medias palabras.

-¡Oh! -exclamó D.ª Serafina llevando ambas manos a su sereno rostro y llorando sin consuelo-. Grandes penas he sufrido; pero nunca se ha sonrojado mi cara como hoy... al ver...

El llanto la ahogaba.

-Al ver -prosiguió-, que en esta villa, en esta santa iglesia, en nuestra capilla, había de ocurrir una escena semejante. ¡Cómo podía ocurrírseme que al entrar en ella la hija de mi hermano, la hija de aquel que fue tan justamente querido en todas partes... de aquel que tanto enalteció con sus virtudes y con su talento el nombre de Lantigua!... ¡cómo podría yo pensar que al entrar tú, una mujer de mi sangre y de mi nombre en esta capilla, habían de huir escandalizados los fieles con espanto de tu compañía!

Gloria no contestó. Con las manos cruzadas sobre las rodillas, tocando la barba en el pecho, oía el lastimoso clamor de su tía, hallándose decidida a apurar sin protesta aquel cáliz.

-Yo lo sufro con paciencia -continuó doña Serafina tomando las manos de Gloria y estrechándolas con cariño-. Yo lo sufro con paciencia, y además, hija de mi alma, reconozco que tienen razón.

Al oír esto Gloria hizo un movimiento... Sus labios se desplegaron incitados por la palabra que quería salir... pero no dijo nada, y volvió a inclinar la cabeza.

-Sí -añadió Serafinita-, sí, tienen razón. El cariño que te tengo no me ciega, hija, y veo con claridad tu tristísimo estado y disculpo a las personas que apartan de tu presencia a las tiernas niñas... Si hicieras lo que yo te ruego a todas horas... Si siguieras mis indicaciones que son las de una madre desinteresada, y se ajustan al criterio de tu padre y a la voluntad de tu santo tío, entonces, querida Gloria, ¡cuán distinta sería tu situación ante Dios y ante los hombres! Las circunstancias terribles de tu caída exigen que renuncies a todo, que mueras para el mundo, para la sociedad, para todo, absolutamente para todo, que sólo vivas para Dios. Gloria, amada hija mía -añadió alzando la voz con acento que tenía mucho de terrible-, muere, muere para el mundo si quieres salvar el alma.

-¡Muerta estoy! -murmuró Gloria con un gemido.

-No, porque esperas aún en cosas de la tierra.

-No espero nada -repuso la huérfana-. Acepto la expiación horrible que me ha sido impuesta y la acepto sin ira, con humildad. Perdono las injurias; no siento ni aborrecimiento ni antipatía por los que han hecho de mi nombre la palabra del escándalo; no diré una sola voz por defenderme, porque sé que todo lo merezco, que mis culpas son grandes; bebo hasta lo más hondo, hasta lo más repugnante de este cáliz amargo, y ofrezco a Dios mi corazón llagado que chorrea sangre y que jamás en lo que le resta de vida dará un latido que no sea un dolor.

-Padeces, sí, padeces -dijo la tía con amor-; pero no lo bastante. Hay en tu mismo martirio y en esa expiación de que hablas una independencia, una rebeldía, que ya es un nuevo pecado.

-¿Qué debo hacer para no ser rebelde? Estoy dispuesta a todo -dijo Gloria arrojando fuera hasta el último átomo, si así puede decirse, de libre albedrío.

-Reconciliarte completamente con Dios.

-¿No lo estoy ya?

-Creer todo lo que manda la Santa Madre Iglesia.

-Bien. Lo creo.

-Y después... después entrar en un convento.

Al oír esto, Gloria alzó la cabeza. Creeríase que en su alma estallaba repentina sublevación de sentimientos poderosos que no podía dominar. Sin duda iba a decir algo enérgico y categórico, porque sus negros ojos brillaron y sus labios palidecieron; pero la voluntad, más firme cuanto más combatida, cayó como la losa de un sepulcro sobre aquello que con audacia se levantaba, y bien pronto todo su espíritu fue paciencia.

-Si un convento -dijo sordamente-, es un sepulcro donde se entra viviendo, yo quiero vivir para todo lo que no sea Dios y mi remordimiento, quiero vivir en la soledad más negra y más completa que pueda imaginarse, quiero que mi nombre no exista más en la memoria de nadie, sino es en la de aquellos que lo pronuncien para ultrajarme, y que mi persona en el mundo sea como una figura trazada en el agua.

-¡Ah! -exclamó con un poco de alteración D.ª Serafina-, ese es el pérfido sofisma del mundo. No, no... De esos conventos que labra el alma de sí misma se puede salir. ¡No, no mil veces! No tenemos garantía de la perpetuidad de tu reclusión, y esa garantía la necesitamos a un tiempo la Iglesia y tus parientes, la exigen la fe que profesamos y el decoro social. ¡Ah! pobre hija mía, piénsalo bien; esta solución que te propuse desde el primer día es la única posible.

-La solución es padecer -dijo Gloria con voz firme.

-¡Oh! no me lo niegues, no me lo niegues, tú esperas.

-Espero en Dios.

-No; tú esperas en cosas livianas, tú esperas en el mundo. Sin sospecharlo tú misma, estás solicitada por el pecado que ya te hundió en los abismos... ¡Ay! no puedes apartar de ti esa víbora. Confiésalo, reconócelo.

-No espero nada del mundo -dijo Gloria con tranquilidad.

-Sí, tú esperas. Aún te tiene en sus garras la bestia horrible. Gloria, hija mía, ¿no cabe en tu mente la cristiana idea de la muerte social, que es la salvación del alma, la muerte de las impuras pasiones en cuyo punto empieza la eterna y gloriosa vida?

-No puedo morir más de lo que muero para el mundo.

-Desgraciada, sueñas con una reparación imposible.

-No hay reparación para mí.

-Mientras sobre la tierra aliente un hombre, tú no tendrás valor para arrancarte de la tierra. La tienes asida con tus manos y aunque te quemas, todavía no quieres soltarla.

-Arrancada estoy. He renunciado a la reparación, al matrimonio, al amor mismo. Yo arrancaré cuanto existe en mí de aquel tiempo, hasta los recuerdos, para estar todo lo sola que deseo.

-¿Pero sabes tú lo que podrá ocurrir? Ese hombre te ha solicitado de nuevo, te ha buscado...

-No he querido verle ni escribirle...

-Eso no basta. Tu situación siempre es equívoca y deshonrosa. ¡Baldón para ti y para tu familia!... Gloria, hija de mi corazón, entra, entra en un convento, que es la solución natural de tu desgracia irreparable, la solución religiosa, la solución social.

Abrazándola con ternura, Serafinita besó a su sobrina en la frente. La infeliz penitente, entre ahogados sollozos, exclamó con categórica determinación:

-Jamás, jamás, querida tía, entraré en un convento.

-Dime la razón, dímela -suplicó Serafinita.

-¡La he dicho tantas veces!... Es lo único que queda en mí de la voluntad extirpada, lo único que resta después del sacrificio de toda mi persona, el único deseo de quien a nada aspira en el mundo, el único móvil por el cual mi estancia en la tierra merece el nombre de vida.

-Siempre la misma falsa idea. Tú esperas, esperas -repitió Serafinita moviendo la cabeza-. Eso es esperanza, y esperanza del mundo.

-Yo creí que era sacrificio y virtud.

-Siempre la misma idea -volvió a decir la dama moviendo la cabeza con desaliento, como el que ve perdido aquello que quiere salvar-. Siempre el lazo que te ata a la vida y que te seduce porque es en su origen es noble y generoso... No te dejes engañar por sentimientos que no te corresponden ya, por sentimientos, hija mía, a los cuales no tienes derecho a causa de tu culpa.

-Si es así -exclamó Gloria con sumisión, demostrando el agudísimo dolor que la dominaba-, mi castigo será infinitamente superior a mi pecado, y este es muy grande.

-No tienes idea de la grandeza de las penas. Te pareces al que por un rasguño se lamenta como si tuviera terribles heridas. ¡Padecer! ¿Sabes bien hasta dónde alcanza esta idea? ¿Sabes bien todo lo que cabe en las fuerzas del humano espíritu, tratándose de padecer? Es lo único en que el ser humano no conoce límites ni debe desearlos. Fíjate bien en la Pasión que conmemoramos los católicos en esta semana, y tus pueriles alardes de sufrimiento te causarán risa. Quítale al presente dolor la amenaza de otro dolor más grande, y te parecerá un consuelo. ¡La resignación! ¿Sabes lo que entraña esta palabra? Contiene el propósito firme de aceptar todas las amarguras que pueden venir detrás de las que por el momento apuramos. Tú no lo comprendes así; no vas hasta el último extremo, no aceptas la totalidad de tu expiación, y haciéndote juez de tu propia causa te sentencias a un aislamiento placentero y tranquilo donde sabrás rodearte de delicias. Renunciando sólo a los gustos que no valen nada, te quedas con aquello que por ser muy bueno sirve para premio de las más altas virtudes...

Gloria gimió con dolor al oír esto.

-¡Donosa resignación la tuya! -añadió Serafinita-. ¡Lindo modo de purificarte por el martirio! Si Jesús, después de azotado, hubiera huido cuando le iban a crucificar, ¿crees que habría redimido al género humano? Pues tú haces eso: crees tener bastante con los azotes, y huyes de la cruz... Tu resignación será ineficaz para tu alma, si no es completa, absoluta, si no comprende la renuncia de todo, absolutamente de todo.

D.ª Serafina al decir esto, abrazó y besó tiernamente a su sobrina, la cual agobiada en extremo, repetía bañada en lágrimas:

-Todo, absolutamente todo...

Era necesaria la gran mansedumbre que se había impuesto y que ella tenía para no caer en la más negra desesperación. Sin rechazar las terribles afirmaciones de su tía, que todavía no podemos comprender bien por ignorar el hecho que las ocasiona, Gloria no podía menos de dar salida a una dolorosísima queja que brotando de lo más íntimo de su angustiado pecho, se manifestaba en estas breves palabras:

-¡Oh! ¡qué crueldad, qué crueldad!

-No te sofoques más ahora -dijo la buena tía besándola tiernamente-. Ya tendremos tiempo de hablar de este asunto. Volvamos a la iglesia. No sé cómo no ha vuelto ya la procesión. No siento nada. Es extraño...

¡Inaudito caso! La procesión que no debía emplear más de cuarenta minutos en recorrer su carrera, no había vuelto aún, después de transcurrida una hora.

-No salgas así -añadió Serafinita-. Sosiégate, y aguarda en el camarín un ratito. Voy a ver por qué se ha encantado esa procesión.

D.ª Serafina, al salir a la capilla, vio con asombro que entraban alborotadas algunas mujeres, oyó rumor de voces y gritos en la plaza.

-Ya... -dijo al fin buscando una razón-. Llueve sin duda y se ha desorganizado la fiesta.

Pero no: lucía espléndido sol y la tarde estaba serena.




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