Gloria: 48

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Gloria
Segunda parte - Capítulo IX

de Benito Pérez Galdós



El Maldito[editar]

Toda la tarde estuvo Daniel Morton detenido en el Ayuntamiento; pero después de anochecido, D. Juan Amarillo fue en persona a darle libertad para que buscase alojamiento. Parece incomprensible a primera vista tal generosidad, y la explicación más razonable es que nuestro celoso alcalde no llevó más adelante sus rigores movido del singular respeto que infunde a los avaros la riqueza de los demás, cuando es considerable. Sabiendo, como sabemos, cuál era la religión de D. Juan Amarillo, fácil nos es comprender el prestigio que a sus ojos debía tener el que poseía, al decir de la gente, fabulosas e inagotables arcas de dinero. Para ciertos ricos, que ven en el pobre un gusano, el más rico es una especie de Dios. Además, el grande hombre de Ficóbriga en quien se acordaban maravillosamente la afectación con la astucia y la vanidad con el positivismo, razonó del modo siguiente:

-Este hombre, que entre los suyos es de los primeros, ha de tener buenas relaciones en Madrid. Si le molesto, se quejará a la embajada alemana, armará un escándalo en los periódicos, y quizás se le ocurra al Sr. Ministro la funesta idea de mandar al Gobernador que me destituya... Para dar satisfacción a la vindicta pública, bastará tener en la cárcel un par de días al criado, que fue en realidad el verdadero delincuente.

Así lo hizo en efecto. Lo más que pudo conseguir Morton fue que D. Juan prometiera soltarle al día siguiente, cuando la indignación estuviese un tantico aplacada y el principio de autoridad restablecido del menoscabo que acababa de padecer.

Dirigiose Daniel a la posada de Ficóbriga. Esta se llamó en un tiempo La Equidad, y después con el raudo progresar de los tiempos y la introducción del gusto de los baños, fue creciendo en importancia, si no en limpieza, hasta que dio en manos de un francés, el cual la mejoró, aderezando el servicio un poco a la moderna y haciendo imprimir para repartirlas, tarjetas que decían: Hotel de France, tenu par Mirabeau. El nombre del gran orador no podía estar en peor sitio.

Morton entró sin hacer caso de las groseras insinuaciones que oyó en la puerta, y subía resueltamente a ocupar un cuarto, cuando el mismo Mr. Mirabeau en persona le detuvo diciéndole en todas las lenguas posibles menos en la española:

-Caballero, perdón. Perdón, caballero; pero no puedo admitir a usted. Prefiero tener la casa vacía tres años.

El extranjero salió a la calle. Su semblante indicaba gran pena y fatiga; pero decidido a buscar alojamiento a todo trance, preguntó a los transeúntes si no había en Ficóbriga alguna fonda, posada, mesón o cuchitril además del establecimiento de Mr. Mirabeau. Dos mujeres le conocieron, y lanzando una exclamación que más parecía de terror que de sorpresa, se apartaron de él gritando:

-¡El judío!... ¡El judío!

-Llevo dinero -pensó-, y al fin encontraré un techo.

A pesar de que las calles de Ficóbriga estaban muy oscuras, casi todos los que andaban por ellas conocían a Daniel Morton. Algunos al verle venir pasaban a la acera opuesta, otros se detenían para mirarle como a un objeto raro. Oyó soeces invectivas o necedades triviales; pero de nadie pudo conseguir satisfactoria respuesta. Por último, decidió preguntar a los niños, que, por su falta de malicia, no podrían, según él, ni rechazarle con aquel horror propio de las conciencias varoniles, ni engañarle. Pero dos o tres rapazuelos a quienes pidió auxilio saltaron dando alaridos a bastante distancia y tomando piedras del suelo se las arrojaron.

Seguía la noche, la oscuridad, el desamparo, y con esto el cansancio del pobre extranjero a quien mortificaban terriblemente el hambre y la sed. Después de haber recorrido todas las calles, encontró en sitio solitario a una niña que venía cantando. Dirigiéndose a ella, le preguntó por una posada que no fuese la de Mr. Mirabeau. La niña, más ignorante o más humana, le señaló la calle inmediata y una puerta donde la seca rama marcaba la existencia de una taberna. Morton dio una moneda a su salvadora, y acercándose vio las azules letras de un tarjetoncillo que decía: Posada.

En la taberna resonaban broncas voces de marinos. Acercose a un hombre con mandil que estaba en la puerta, y pidió alojamiento. El hombre, después de observarle fijamente, díjole que subiera, y ambos emprendieron ascensión muy peligrosa por una escalerilla.

-Gracias -decía Morton para sí con gozo-, gracias a Dios que no me han conocido.

Pero al llegar a una sala alta, donde había tres mujeres en cháchara, una de ellas gritó:

-¡Ese, ese es!

Y el asombro más vivo pintose en los semblantes.

Una mujer menos prudente que las demás se asomó a la ventana y gritó con discorde chillido de la mujer furiosa:

-¡El judío, el judío!

Subieron atropelladamente varios de los marineros que había en la taberna.

-Le conozco -dijo uno-. Es el que salvamos cuando se perdió el vapor inglés.

Mujeres y hombres, todos le miraban con estupor vivísimo. Hubo al fin en cierto grupo un movimiento de hostilidad, pero el tabernero alzó la voz y extendió sus manos diciendo:

-En mi casa no se maltrata a nadie. Caballero, salga usted.

Morton marchó hacia la escalera; pero antes se detuvo, y volviéndose, dijo:

-Véndame usted un pan.

-Vale cinco duros -gritó con chillido de harpía una de las mujeres.

-Diez duros -añadió otra.

El tabernero cogió un pan del cesto que cerca estaba y lo ofreció a Morton. Este, al tomarlo con una mano, metió la otra en el bolsillo.

-No -dijo el hombre deteniéndole.

-¿Por qué? -preguntó Daniel.

-Es limosna -repuso con gravedad el tabernero.

-Caridad -añadió un marinero-. Nosotros somos así.

-Tú me salvaste la vida -dijo Morton a uno de ellos, poniéndole la mano en el pecho.

-Sí; ese es mi oficio.

-Pues bien -añadió el hebreo-. Dame ahora un vaso de agua. Dios te lo pagará.

El marinero trajo el vaso de agua. Morton, después de beber, salió llevándose el pan.

Ya con tan preciosa conquista sintiose medianamente satisfecho, como Robinsón cuando en su isla desierta alcanzaba de la Naturaleza los primeros triunfos para prolongar su vida. Poquísima gente había ya en las calles de Ficóbriga, por lo cual Morton experimentó gran consuelo, habiendo llegado el caso de que la aproximación de cualquier humano rostro le produjese miedo y vergüenza. Si en su solitaria excursión por las calles sentía pasos, volvíase y apresuradamente tomaba otro camino, como el ladrón que huye con su robo mal cogido en las trémulas manos. Cualquiera habría visto en él a un desalmado que acababa de robar un pan.

Con ser tan frugal su cena le gustó, a causa del hambre que padecía, más que cuantos manjares ricos había probado en su vida. Satisfecha aquella primera necesidad de su cuerpo, este, que cuando le niegan se resigna, pero si empiezan a darle, más pide cuanto más le dan, pidiole descanso, un abrigo, un techo, un colchón, un montón de paja. Esto era más difícil, porque ninguna puerta de Ficóbriga se abriría para él. A falta de asilo cómodo, buscó un abandonado hueco de ruinas, un tronco de árbol, un paredón solitario y apartado de toda humana vivienda que al menos le resguardara del frío Nordeste. Anduvo largo trecho alejándose del centro de la villa y volviendo a él. Por último, vio una escalera de piedra que se abría en el hueco del viejo murallón para dar acceso a una planicie donde se veían algunas construcciones entre las ramas de espesos árboles. Sentose allí. El sitio era relativamente cómodo y resguardado del cierzo.

Al poco rato aparecieron dos perros, a quienes Morton dio lo que había sobrado de pan, obsequio que no rechazaron.

-Vamos -dijo el hebreo-, ya no se podrá decir que hasta los perros huyen de mí. Al menos es un consuelo.

Poco después acercose un anciano mendigo con una niña en brazos, y alargó la mano tostada y angulosa para pedir una limosna.

-¿Eres de Ficóbriga? -le dijo Morton.

-Sí señor, soy un marinero del cabildo de Ficóbriga, pero como estoy tan viejo, hace dos años que no salgo a la mar y vivo en la mayor miseria, si esto es vivir.

La voz del anciano temblaba, anunciando debilidad, hambre y frío. Era su rostro curtido y surcado de arrugas como pergamino, su barba blanca, su estatura corpulenta; su cuerpo, a pesar de la desnudez que le enfriaba y de la inanición que le enflaquecía, conservábase aún derecho, y por las roturas de la camisa, más desgarrada que una gavia hendida por los temporales, veíase ver el negro pecho velludo, fortalecido por las olas que se habían estrellado en él. En sus brazos, y arropada entre andrajos, dormía la niña angelical sueño, agarrándose con sus manecitas al cuello del anciano, murmurando a ratos algunas palabras y moviéndose intranquila, no porque estuviera enferma, sino porque soñaba, aun estando en brazos de la miseria, cosas placenteras y risueñas, por ejemplo: que se estaba atracando de bizcochos o jugando con tres piedras, un pucherito y dos panojas, que eran otras tantas muñecas.

-¿Eres muy pobre? -preguntó Daniel al mendigo.

-Señor, no tengo más que lo que me dan. Vivía con mi hija que era casada y tenía que comer porque su marido trabajaba en las minas. Pero hará dos meses se desplomó una piedra de las minas y mi yerno murió. Mi hija trabajaba para mantenernos; mas hará dos semanas que la enterramos. Dejome esta niña; no tenemos casa; no tenemos más que las limosnas de las buenas almas, y hasta ahora, ni mi nieta ni yo nos hemos muerto de hambre, porque el Señor ha sido bueno y nos ha mirado todos los días.

Daniel sacó una moneda de oro, diciendo para sí:

-Ahora sí que voy a ganarme un amigo.

Diole la limosna y el anciano partió después de dar las gracias y de prometer que rezaría a la Virgen del Carmen por el alma del favorecedor. Morton le observó cuando estuvo lejos, le vio detenerse en la esquina de la calle de la Poterna donde había un farolillo, y examinar la moneda a la débil claridad de la antorcha municipal; después le vio inclinarse al suelo para sonar la pieza de oro sobre una piedra, y luego el anciano volvió corriendo al lado de Daniel Morton.

-¿Qué hay? -le dijo este-. ¿Es falsa?

-No señor; es que se ha equivocado usted -dijo el viejo devolviendo la moneda-. Me ha dado usted un centén en vez de una peseta.

-¿Y por qué piensas que había de darte una peseta?

-Porque es lo más que se da. Yo no puedo tomar sino lo que se me da por voluntad, no por equivocación.

-Yo sé lo que doy, hermano -dijo Daniel con emoción-. Guarda la moneda; que si en algo me equivoqué fue en darte una sola. Toma otra, toma dos más, y mañana es preciso que nos veamos.

Y se las ofreció. Pero el pobre viejo no había tomado en su mano aquel tesoro, cuando dando un paso atrás, lanzó una exclamación de sorpresa y terror.

-¿Qué? -dijo Morton con ira-. ¿Tú también me conoces?

-¡Ah! No... no... señor -balbució el viejo-; ¡pero este dinero, tanto dinero! ¡Darlo así!... Es la primera vez que le veo a usted; pero no hay más que un hombre que así tire el dinero... ¡y ese hombre es el judío!

-Ese soy yo -dijo gravemente Daniel.

El anciano quiso poner las monedas en la mano de Daniel; mas como este no las tomara, arrojolas al suelo, diciendo con tremenda voz:

-Tome usted sus doblones, que ningún cristiano toma el dinero por que fue vendido el Señor.

Daniel Morton quedose frío y estupefacto.

-Hombre sin entrañas -dijo al fin con rabia-, has hablado como un idiota.

-Yo no quiero limosna de usted. Adiós.

-Aguarda... -dijo Morton con angustia-. ¿No ves que esta noche soy más pobre que tú, más miserable que tú? Haces alarde de cristianismo y no tienes lástima de mí. ¡Me has escupido en nombre de una religión y no te apiadas de la soledad en que estoy, sin un amigo, sin una voz que me consuele, sin otro hombre que me diga hermano y se siente junto a mí, aunque no sea sino para recordarme que ambos hemos sido hechos por el mismo Dios!

El viejo marino movió la cabeza y después hundiendo la mano en un hueco de sus andrajos que se abría al modo de bolsillo, sacó medio pan.

-Toma -dijo secamente y con acento despreciativo, que también era indicado por el familiar tratamiento.

-¡Oh! -repuso Morton gimiendo-, no es pan lo que quiero: otro menos cruel que tú me lo ha dado antes. Pan se da hasta a los perros. Dame tu compañía, tu fraternidad, tu conversación, tu tolerancia, el consuelo de la voz de otro hombre, algo que no sea discordias de religión, ni torpes acusaciones por un hecho de que no soy responsable, ni injurias que indican la rabia de una secta... ¿Por qué te niegas a tomar mi limosna? ¿Me tienes miedo?

-Horror.

-¿Por qué?

-Porque así debe ser. Adiós.

El anciano se retiró, y a cada pocos pasos volvía la cabeza para mirar al hombre de los treinta dineros.

Daniel Morton oprimió su cabeza entre las manos y estuvo largo rato en meditación dolorosa. Después exclamó con colérico acento.

-¡Ah! impío Nazareno... nunca seré tuyo! ¡nunca!




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