Gloria: 52

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Gloria
Segunda parte - Capítulo XIII

de Benito Pérez Galdós



El secreto[editar]

Por la tarde, miércoles, Serafinita acompañó a su sobrina a dar un paseo por el jardín. Departían sobre cosas triviales; pero la señorita hablaba tan poco, que a veces D.ª Serafina tenía que suspender su discurso y preguntarle dulcemente:

-¿En qué piensas?

-En nada -respondió Gloria.

-En mucho -afirmó la señora sonriendo-. No creas que te riño por eso. Bien sé que no es cosa fácil purificar completamente el pensamiento de ideas mundanas. Aún lucharás mucho, padecerás congojas, sufrirás terribles asaltos de la mala idea, batallarás horriblemente antes de que tu pensamiento limpio y libre se pueda consagrar por entero a Dios... Para llegar a este lisonjero fin, hija mía, no hay mejor camino que el de la desgracia, y prueba evidente soy de ello... Pero has de poner algo de tu parte. Desáhuciate de una vez... Esta idea es dolorosísima pero muy saludable. Piensa en el ejemplo del tratante de perlas, que presentó Nuestro Señor Jesucristo; y fue que viendo el mercader una perla más hermosa que todas, vendió las que tenía para comprarla. Del mismo modo tú, para comprar la perla del reino de los cielos, es fuerza que vendas todas, absolutamente todas las que posees.

-Menos una -contestó Gloria tímidamente.

-Dios no agradece los sacrificios de las cosas pequeñas, sino los de las grandes... ¿Qué le has ofrecido hasta ahora? Los placeres del mundo, las relaciones sociales, tu fama, tu reputación... Eso no vale nada: lo que Él quiere es tu corazón. ¡Los corazones son las joyas con que se obsequia al Eterno Padre! esos son los diamantes y las perlas de que está formado su trono... ¿Crees que basta el perdón de las injurias, la humildad y la conformidad en sufrir desaires y calumnias?

-Ya sé que ese mérito no es grande, querida tía -dijo Gloria-, ya sé que hay sacrificios mayores, mucho mayores. ¡Dichosas las almas que tienen fuerza para hacerlos!... Para perdonar a mis enemigos creo que no necesito probar la desgracia. Si en otro tiempo los hubiera tenido, los habría perdonado del mismo modo. De la humildad no puedo vanagloriarme, porque no la tengo completa, yo sé que no la tengo; y en cuanto a los desaires y calumnias, escasa virtud hay en sufrir pacientemente los primeros, que bien poco valen. Las segundas, si existen, no han llegado a mis oídos.

-Pues sí, existen las calumnias, querida hija, eres calumniada y voy a decirte cómo, para que perdones a las bocas maldicientes.

-No es calumnia hablar de mi deshonra.

-No se trata de eso; se trata de verdaderas calumnias, de falsedades indignas y deshonrosas, propaladas por personas que se llaman amigas nuestras y que nos deben respeto y consideración, o por lo menos, la caridad que a todos los cristianos nos une.

-Tristes son los desaires de que he sido objeto -repuso Gloria-; pero como hijos de una superstición grosera, no merecen gran atención.

-No me refiero al incidente del pollinito -dijo la señora-. Ya eso, después de que ocupó bastante las lenguas de Ficóbriga, ha pasado a la historia. Me refiero a calumnias, a verdaderas calumnias que corren acerca de tu conducta. Esta mañana, hija mía, he pasado un rato de dolor y de vergüenza al oír contar...

La voz se ahogó en la garganta de la noble señora; pero haciendo un esfuerzo, continuó así:

-Teresita la Monja, una señora a quien siempre hemos tenido los de casa el mayor respeto, me dijo de ti cosas abominables. He necesitado de toda mi paciencia, de toda la mansedumbre y paz de mi alma para no llenarme de infame ira... Pero hija, ciertas cosas no se pueden oír... ¡no!... Oyendo a aquella mujer, he tenido que hacer un esfuerzo colosal, sobrehumano, para ahogar en mi pecho la indignación... No he podido contestarle una palabra y me he deshecho en lágrimas delante de ella y de sus amigas.

-¿Y qué dice de mí? -preguntó Gloria con perfecta tranquilidad.

-Es tan bestial y horrenda la calumnia, que me da vergüenza decírtela; pero te la diré para que apurando también este cáliz de amargura, tengas una ocasión magnífica de perdonar...

-¡Perdonar!

-Sí, de perdonar a esas mujeres, como las he perdonado yo. Ni aun quiero hacer comentarios de su maldad; ni siquiera las vitupero como te han vituperado a ti, y tan sólo digo: «Señor, perdónalas, porque no saben lo que se dicen».

-¿Pero qué es?

-Te horrorizarás; mas no importa. Dicen que a altas horas de la noche, cuando todos duermen en nuestra casa y en la villa, sales... sí, dicen que sales ocultamente para reunirte en un paraje solitario, allá junto al cementerio, con el desgraciado autor de tu deshonra.

Gloria se quedó blanca, inmóvil y muda como mármol. Sin embargo, aquel estupor no indicaba en modo alguno la turbación de una conciencia sorprendida por la denuncia.

-Comprendo tu espanto -añadió la señora-. ¡Oh! ¡Cuántas lágrimas he derramado hoy! Oír estas cosas yo, yo, que pondría cien veces mi mano en el fuego de tu inocencia en este caso... Quise responderles; pero la lengua se me entorpecía... Teresita se reía. ¡Si vieras con qué pérfida seguridad afirmaba haberte visto ella misma!

-¡Ella misma!

-Sí; dice que el lunes te vio. Era más de media noche. Ella había salido a asistir a una sobrina que estaba de parto, la hija mayor del escribano D. Gil Barrabás... Dice que te vio salir de la casa, tomar por la calle de la Poterna... En fin, no quiero atormentarte más. ¡Qué calumnia tan infame!

Era cierto era que Teresita la Monja había dicho a la señora la atroz calumnia; bueno es asentarlo así, aunque ningún lector habrá puesto en duda la veracidad de la de Lantigua, persona incapaz de mentir. La horrible invención había corrido de boca en boca por todo el círculo de beatas, neutralizando el buen efecto que produjera en Ficóbriga el rumor de la conversión del israelita.

-Al principio no creí prudente contarte estas abominaciones -añadió Serafinita con el acento de la lealtad más pura-; pero después he decidido que lo sepas para que tengas el gusto inefable de perdonar a esas personas... No quiero darles ningún calificativo infamante; sólo pienso en perdonarlas y en rogar a Dios por ellas. ¡Oh! hija mía, este edificante gozo del alma que olvida la calumnia y perdona a los calumniadores, no es permitido sino al alma del cristiano. ¿Las perdonas?

-Con todo mi corazón -repuso Gloria, volviendo del estupor que la noticia le produjera-. Y aunque cien veces me difamaran, cien veces las perdonaría.

-Así es como te quiero -dijo Serafinita con efusión de amor y de piedad, abrazando y besando a su sobrina.

No hablaron más de este tema. Ya cerca del anochecer vino Caifás a dar cuenta de la distribución de limosnas que solía hacer por encargo de D.ª Serafina y de Gloria. Esta, llevándole a su cuarto, le dio más dinero e instrucciones nuevas que no podemos conocer.

Por la noche, los tres Lantiguas hicieron la colación; rezó el rosario la señora acompañada de todos, y cuando llegó la hora de recogerse, dirigiose a su cuarto D. Buenaventura, mientras Serafinita acompañaba a Gloria al suyo, pues era costumbre hacerle compañía hasta que la dejaba acostada y cediendo a las dulces caricias del sueño.

-Buenas noches, niña mía -dijo la señora poniendo la mano sobre la frente de su sobrina-. Duerme en paz. ¿Quieres que te apague la luz?... Ya está apagada.

Dio un soplo para matar la luz, y tomando la suya, besó a Gloria con ternura y se fue. Por breve rato oyéronse sus pasos al bajar la escalera; pero al fin extinguiose el ruido y también la triste claridad que dejaba tras sí la vela con que se alumbraba.

Gloria no dormía. Vigilante en medio de la profunda oscuridad de su cuarto, sus negros ojos se abrían ante las tinieblas, como ante un hermoso espectáculo, y su oído atendía a los murmullos de la noche. Aterrada ella misma de su estado zozobra, se ponía la mano sobre el corazón para sentir sus latidos, y a ratos suspiraba, moviéndose ligeramente en el lecho. Pasado algún tiempo después de la partida de su tía, alargó el cuello, poniéndose en acecho, y contuvo la respiración para que el leve rumor de esta no se confundiera con los sones lejanos que quería sorprender.

Crujieron en la casa las últimas puertas que se cerraban; allá en lo profundo oíanse a ratos golpes que parecían subterráneos, y eran las pisadas de las mulas en el suelo de su cuadra; después el ladrido de los vigilantes perros que se alborotaban por el paso de una sombra, y constantemente el vibrante chasquido de los sapos, cantores de la yerba húmeda. Los oídos de Gloria, estimulados por la zozobra de su alma, sondaban el silencio de la noche, penetrando hasta las últimas honduras para cerciorarse de que la casa se hallaba en completo reposo.

-Ya duerme -pensó-. Todos duermen.

Siguió escuchando, y claramente percibía el resuello de la mar jamás callada ni aun cuando duerme, como en aquella tranquila noche en que sus olas eran suaves dilataciones de un pulmón en reposo... Gloria contaba el tiempo, pues sin necesidad de reloj podía apreciar el número de instantes que transcurrían. Ella no atendía a ninguna idea pasada y toda su alma estaba en lo presente y en aquel rato de acecho, que iba creciendo hasta ser una hora, dos horas...

-Ya es tiempo -pensó-. ¿Qué tiene esta noche el reloj de la Abadía que no suena?

Y no había acabado de formular esta idea, cuando se oyó la primera campanada, larga, cóncava, pesada, prolongada como un lamento. Como los duendes que esperan la hora de su libertad, Gloria se incorporó rápidamente. Al dar la segunda campanada tomó su ropa, tanteando en la oscuridad, pero sin equivocarse, porque sabía muy bien el lugar donde estaba cada pieza. El reloj seguía dando campanadas lentamente, y Gloria con presteza suma se ponía los vestidos, atando cintas y ajustando botones en la oscuridad con incansable mano. Las cintas se enroscaban velozmente como menudas serpientes en su cintura. Gloria vestida por completo, calzada, envuelta en su manto negro, se puso en pie y dio algunos pasos. Sus manos iban delante como asidas a las manos de un fantasma que la guiaba. No tropezó con ningún mueble, no dio un solo paso en falso, y llegó a la puerta, que abrió tan suavemente, cual si esta girara sobre goznes de algodón.

Por el corredor discurría como vana creación de la penumbra, llevada en brazos del aire, y sus pasos, como los de pies que andan sobre nubes, no se sentían. Largo rato tardó en descender la escalera, poniendo suavemente los pies en cada escalón, y si algún ligero crujido de la madera anunciaba el peso, deteníase llena de terror, recogiendo todo movimiento en lo íntimo de su alma. Por fin llegó abajo, donde por ser el suelo de mosaico, no era preciso andar con tantas precauciones. Débil claridad de los cielos iluminados a ratos por la luna permitía conocer los ángulos y las paredes y puertas del pasillo. Detúvose Gloria ante una y aplicando el oído a la cerradura, exploró la intensidad del silencio que reinaba detrás de aquella puerta.

-Duerme -pensó.

Sin detenerse después de esta observación, pasó a una pieza que en el fondo de la casa nueva había: dio dos golpecitos en una puerta, y esta se abrió por mano invisible con ligero rechinar. Gloria pasó a la casa antigua, acompañada ya de alguien que en las tinieblas la guiaba. Poco más duró su tránsito por sitios oscuros, porque ella misma, al fin, con una llave que en la mano traía, abrió una puerta y salió al patio y a la calle, donde la esperaba un hombre. Este le dio la mano para ayudarle a salvar el escalón y ambos desaparecieron sin hablar.




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