Gloria: 59

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Gloria
Segunda parte - Capítulo XX

de Benito Pérez Galdós



¿Qué haré?[editar]

Daniel Morton y D. Buenaventura hablaron larguísimo rato.

El hebreo salió de la casa cuando todavía era noche oscura, pues la luna no queriendo esperar al sol, desapareció volviendo atrás el rostro como novia enojada que huye de su amante observando si este la sigue. Sansón uniose a su amo, pero este le dijo secamente que se retirase a la casa dejándole solo.

Sansón aparentando obedecer, le siguió desde lejos. Morton rodeó la casa de Lantigua, y tomando el camino que conduce a la playa bajó lentamente, con las manos cruzadas a la espalda, la vista fija en el suelo, cuando no la extendía por la negra inmensidad de los cielos apagados o por la del mar, cuya exclamación grave y mugidora le iba ensordeciendo a medida que a él se acercaba.

Cuando sus pies se hundían en la arena y avanzó hacia el fino y húmedo suelo que había pulido la última pleamar arrastrando sus láminas de agua, sintió una especie de simpatía inexplicable y como un deseo de expansión y confianza semejante al que se experimenta en presencia de un buen amigo. Morton miró las olas que iban y venían con el más admirable ritmo sensible que existe en lo creado, y mirándolas sacó del caos de su espíritu esta pregunta: «¿qué haré?».

En la playa había una piedra enorme que parecía arrancada por las olas a un acantilado cercano. Sobre aquella piedra se sentó Daniel, contemplando el mar grave y cadencioso, especie de péndulo inmenso que determina un equilibrio misteriosos. En aquel mar, en su voz semejante al zumbido de un cerebro donde hierven las ideas, en el resoplido de sus olas y en aquel latido de su enorme vida corriendo sin cesar del fondo a la playa y de la playa al fondo, vio Morton la perfecta imagen de la perplejidad en que se hallaba su espíritu.

A poca distancia y entre las peñas de la derecha estaban aún los restos del Plantagenet, un herrumbroso esqueleto, que se desgastaba lentamente sin que hicieran caso de él ni los hombres ni los peces.

Sentado en la piedra, con el codo en la rodilla y la barba sostenida en los dedos; fijo y quieto como una esfinge; centinela en la puerta de lo infinito; mirando siempre hacia adelante, y mirado por el mar cuyas olas son una fisonomía, porque hablan, saludan, escarnecen, injurian, escupen, sonríen, desprecian, duermen y braman de coraje; atento al espectáculo de una gran perplejidad, que según él, llenaba el universo todo, Daniel Morton decía:

-Lo que yo sospechaba es cierto. Morirá por mi causa y morirá de pena. No se ha resignado aún a aceptar la solución que su familia le propone, porque espera... pero al perder la esperanza, caerá, caerá en ese horrible lazo, y exaltada por el espíritu de una religión que prescribe el padecer, doblará al fin la cabeza ante el ascetismo y arrastrará miserable vida en un convento cristiano... ¡Con buena intención, porque su celo religioso y el entusiasmo por su falsa doctrina son sinceros, esa noble señora y D. Ángel, el discípulo del Nazareno, han negado a su corazón el más dulce consuelo, le han prohibido a su hijo!... Esto da horror, y al pensarlo no hay en mi corazón una sola fibra que clamando no proteste...

»¡Y pensar que con una sola palabra podré sacarla de ese infierno, y devolverle su salud, su paz, su felicidad, la estimación del mundo, y que con esta palabra volverá a sus brazos el pobre ángel espúreo, que vive rechazado de todo el mundo y escondido como la vergüenza o como un tesoro robado!... ¡Pensar que con una palabra puedo causar tan grandes bienes y que esta palabra no se puede decir!... Pues se dirá. Tengo por corazón una piedra; no soy hombre si no pronuncio esa palabra. Soy un miserable, merezco ser perseguido eternamente por mi conciencia y no tener un solo día de paz si consiento tan gran desdicha: la pobre madre atormentada, el niño encubierto y confiado a manos mercenarias...

Detúvose un instante. Su pensamiento, dando una vuelta, le mostró otro hemisferio, y dijo entonces:

-¿Pero qué es lo que debo hacer? ¿qué debo decir? Una palabra que es la apostasía infame de mi religión, el desprecio de Dios en cuya santa idea crecí y crecieron antes mis honrados padres, y antes mis abuelos y del mismo modo las generaciones remotas hasta llegar a los que fueron elegidos para recibir la Ley directamente del mismo Dios y enseñarla a todo el mundo. ¿Puede caber en mi cabeza la idea de negar a mi Dios y negarle para abrazar otra fe? ¡y qué fe!... ¡la de un falso profeta, la del Nazareno, en cuyo nombre hemos sido dispersados, perseguidos, quemados e injuriados por espacio de diez y ocho siglos!... Y yo he de llegar al Nazareno y decirle: «aquí me tienes a tus pies, aquí está el que se vanagloriaba de no pertenecerte jamás, el que ha tratado de enaltecer a los suyos para apartarles de caer en ti, aquí está el más soberbio de tus enemigos»... Y yo he de decir a mi Jehová: «Ya no te pertenezco». «Soy como el siervo a quien su amo ha distinguido poniendo en él toda su confianza, y he aquí que aquel ingrato siervo huye de la casa de su señor, robándole, y después va a casa del enemigo y pide salario y escarnece a su antiguo señor»... y todo ¿por qué? por una mujer... por un amor poderoso, irresistible, pero que es cosa terrenal, y por un hijo que adoro, pero que es un pobre gusano, indigno de atención desde el momento en que aparece a su lado la presencia aterradora y sublime del que hizo los cielos y la tierra...

Al llegar aquí su pensamiento, sin pausa ni intermedio alguno le puso delante el primer hemisferio.

-Pero es que al considerar la desgracia de la amada de mi corazón, he de recordar que yo soy autor de ella. Yo, yo solo he causado desdicha tan lastimosa. Ella era pura y feliz, yo turbé la paz de su corazón, arrastrándola a la ignominia; yo la arranqué de aquel cielo hermosísimo en que vivía su alma y la precipité en las tinieblas; yo ahuyenté de su lado a los ángeles que velaban con misteriosa atención su persona, y llené su corazón de culebras. Era como una flor y la pisoteé. Había nacido para que su sola mirada derramase felicidad, para que hasta su sombra hiciera nacer bienes por todas partes, y yo de aquel claro astro he hecho una noche lóbrega, una oscuridad llena de dolores que hace llorar cuantos se le acercan... Yo tengo la culpa de todo, yo causé su mal y lo causé con villanía, porque oculté mi religión, que era un estorbo, y siendo enemigo me presenté como amigo. Yo soy el autor de su desgracia. Y no, no hay remedio, no hay sofisma que valga, esa desgracia debe ser reparada por mí. Si así no es, no tengo idea de la justicia, no tengo noción del deber ni del honor, y siendo extraño a la idea de justicia, no puedo ni aun saber lo que es Dios... Mi deber es reparar esa desgracia y sacar a la pobre mártir del potro en que está. No son sus tíos los que la tuestan viva; soy yo, yo solo. Por consiguiente, mi deber es salvarla. Me lo ordena la justicia, que es Dios; el deber, que es Dios; la verdad, que es Dios; la compasión, que es Dios. Me lo ordena también la sociedad y esta ley de recíproco respeto de la cual no podemos prescindir... Sí... es preciso, es indispensable, fatal, inevitable; y si así no lo hago, no hay nombre bastante vil en ninguna lengua para vituperarme. Merezco morir y ser devorado por los perros, sin que jamás mi cuerpo disfrute el descanso del sepulcro... Nadie arrancará de mí esta convicción profunda que mete su raíz hasta lo más hondo de mi pecho. Esto es la evidencia, la verdad pura...

Al llegar aquí subía la marea y una ola extendió su lengua bordada de espuma sobre la arena, mojando los pies del pensativo. Retirose entonces, subió al acantilado, y arrojado sobre las peñas, dijo así:

-No, no es posible que Dios y la Justicia estén en desacuerdo. No es posible que para ser fiel a un compromiso del corazón necesite yo ser apóstata. Aquí hay algo que mi inteligencia limitada no puede penetrar; ha de haber un resorte misterioso y es preciso que yo lo busque y lo toque, porque esto ha de tener solución, porque lo absurdo no puede prevalecer. ¡Oh! Dios mío, dame luz, dime dónde está la salida de este horrible laberinto; muéstrame un resquicio, pues salida o hendidura ha de haber. Si no la hubiere, ¡oh, soberano Dios! todo, empezando por ti, debería ser negado, y esto no puede ser...

»¿Pero cuál es en realidad mi pensamiento en religión? ¿Qué pienso, qué creo yo? Conciencia, muéstrame lo que tiene más oculto, tu voz más recóndita, lo que es aún menos que voz, un susurro que apenas oigo yo mismo... ¿Qué creo yo? ¿Creo acaso que mi religión es la única en que los hombres pueden salvarse, la única que contiene las verdades eternas? No, felizmente sé remontar mi espíritu por encima de todos los cultos, y puedo ver a mi Dios, el Dios único, el grande, el terrible, el amoroso, el legislador extendiéndose sobre todas las almas y presidiéndolas con la sonrisa de su bondad infinita desde el centro de toda sustancia. Entonces, miserable, ¿qué te detiene? ¿No hallas en el cristianismo las verdades eternas? Existen, sí; pero desfiguradas y adulteradas... No, no puedo inclinarme a contemporizar con una yuxta-posición inútil, con la destrucción de la sencillez, con una fe que nada nuevo ha enseñado al mundo y que, por tanto, es falsa. Aborrezco esa idea con todas las fuerzas de mi alma; y todo el odio venenoso que esa secta alienta contra mí, se lo devuelvo centuplicado. No lo puedo remediar; lo he mamado con la leche; lo traigo encendido en mis entrañas desde el vientre de mi madre, y mi espíritu lo trajo también desde la nada. Si cuando mi espíritu se eleva a la contemplación de la esencia primera soy tolerante, expansivo, amplio y generoso, al considerar la idea cristiana, nuestro verdugo y nuestro cadalso, soy fanático, sí, no lo puedo remediar, me siento fanático y brutal como los inquisidores católicos... y para mi tormento, el ser que idolatro sale del tumulto aborrecido de esa secta y se me presenta lleno de gracia y luz, único ser a quien puedo absolver de la responsabilidad cristiana, único ser a quien perdono los agravios hechos a mi raza... ¡Oh! Dios, Dios... ¿qué misterio es este, qué enigma terrible y espantoso es este? Mi cabeza estalla como un volcán... no sé qué pensar. Aquí hay algo, algo que mi limitada razón no comprende. Dios mío, Dios de las inteligencias, ¿por qué has hecho estas contradicciones horrorosas y estos absurdos que hacen dudar de la bondad de la creación y de la lógica del mundo?

El cielo comenzó a aclararse, la superficie del mar brillaba junto al horizonte, tiñendo de amarillo sus lejanas ondas. Toda la tierra empezó a inundarse de luz. Amanecía; pero Morton no advirtió nada, porque en su mente continuaban la noche y un caos perpetuo.

-Más vale -dijo-, que continúe todo como ahora está, que siga su deshonra, su vergüenza, la bárbara separación de la madre y el hijo, mi soledad, el remordimiento implacable que me tritura las entrañas. Quizás el tiempo nos consuele a todos... Ella entrará en ese aborrecido convento, más triste que la sepultura porque en él se vive... No la veré más, no veré tampoco a mi hijo, porque será escondido para mí, como se esconde del ladrón la joya. Crecerá y le veré algún día sin conocerle... Le enseñarán a maldecir mi nombre y mi sangre... ¿Y cómo se evita esto, cómo? ¡Si pudiera evitarse dando la vida!... No; no se evitará con cien vidas, sino con una palabra breve, como las que a todas horas pronuncian nuestros labios; pero que encierra una idea, todas las ideas y el universo y la vida futura.

Después de una pausa, añadió:

-Soy un miserable si no digo esa palabra, si no la digo clara, leal, sin impostura. Lo pide a gritos cuanto hay en mí de sentimiento y piedad. ¡Soy un miserable si no digo esa palabra, si no cierro los ojos a todo, a mi historia, a mi raza, a mi culto, a mi familia, y me arrojo en brazos de la infame secta que aborrezco, de esa secta, que sin duda no es tan mala como yo creo, porque a ella pertenece la que reina en mi corazón!.

Oprimiose la frente con ambas manos como si quisiera sujetar una idea que se le escapaba, y detener aquel remolino horrible de su pensar; pero no pudo sustraerse a un razonamiento que le anonadó:

-¡Mi padre!... No, desde que adopté esta resolución ya no tengo padre, ni madre, ni amigos... No quiero pensar en su enojo, en su soledad. En mi familia se llora al hijo muerto; pero al renegado... al renegado se le mirará como si no hubiera nacido. La imagen de mi madre que es personificación sublime de la consecuencia israelita, me abruma más que mil razonamientos incontestables... ¡Mi madre, de cuyos brazos escapé en silencio para venir aquí; mi madre que ha de venir en mi seguimiento para detenerme; esa mujer que adora en mí el orgullo de su raza y que morirá de seguro cuando sepa...! No, no mil veces, esto no puede ser, no será. Si es imposible, si es como beberse toda esa agua que tengo delante, si es como decirle a la marea: «no subas más»... ¡Oh, Dios mío! ¿por qué me criaste si sabías que había de llegar esta hora?

Levantose frenético y agitando los brazos y volviendo la cara hacia el cielo, gritó desaforadamente:

-¡Oh, Señor, Señor, yo digo que tu obra no está bien así!

El día había avanzado considerablemente sin que él lo notase, y las risueñas horas de la mañana viniendo unas en pos de otras, derramaban claridad y alegría sobre los campos, reverdeciendo las húmedas praderas. El día era tan bello y apacible cual si la Naturaleza, sensible al enigma de la Redención, quisiera también celebrarlo. El aire que mecía los árboles, las nubes que pomposamente discurrían por el cielo con grave paso, dándose unas a otras la mano, el mar sonoro y las flores, que por todas partes presentaban sus lindos rostros a la caricia del sol, todo, todo estaba de fiesta en aquel día.

Bajando a la playa, recorriola toda lentamente. Parecía que contaba las arenas. Después se arrojó al suelo y contempló el mar que bajaba, recogiendo sus láminas de espuma de minuto en minuto. La perplejidad continuaba y el péndulo seguía su atormentador movimiento; pero al fin, ya cerca de medio día el extranjero se levantó. Diose un golpe en la frente, y mirando al cielo dijo con la firmeza propia del que ha tomado una resolución:

-Al fin, al fin, ya sé lo que debo hacer.




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