Gloria: 62

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Gloria
Segunda parte - Capítulo XXIII

de Benito Pérez Galdós



Los viajeros[editar]

Y como aquel día debía ser notable en la villa de Ficóbriga por la acumulación de acontecimientos imprevistos y sorprendentes, bien pronto la atención del pueblo se fijó en otro hecho.

Y he aquí que al salir de la plaza de Lantigua al camino real, la guardia civil divisó un coche al cual mandó que se detuviera. Airados miraron el del pendón y los conductores del primer paso a aquel importuno vehículo que avanzaba entorpeciendo la vía, cuando por la portezuela izquierda de él apareció el semblante de una hermosa dama desconocida. Comenzaban los murmullos, cuando por la portezuela derecha viose un sombrero de colores y bajo él la risueña, la seráfica, la angelical cara de D. Ángel de Lantigua. El señor arzobispo de X*** gritó al cochero:

-Pare usted, para usted... no entorpezcamos la procesión.

E incontinenti bajó Su Eminencia, acompañado del doctor Sedeño, y quitándose el sombrero saludó a las santas imágenes. Un clamor inmenso resonó en la cabeza de la procesión, clamor que fue propagándose y retumbando como los ecos del trueno hasta llegar a la cola. El clamor decía:

-¡Viva el cardenal de Lantigua! ¡Viva!

Poco faltó para que los pasos fueran abandonados en medio de la vía, y cogido en brazos y llevado en procesión el glorioso hijo de Ficóbriga, a quien sus paisanos no habían visto después que fuera elevado al cardenalazgo. D. Ángel lloraba de agradecimiento.

Pero el entusiasmo ficobrigense no impidió que todos y cada uno de los acompañantes de la procesión se fijase en un hecho singularísimo. En el coche de Su Eminencia venían dos señoras, una de ellas muy principal y soberanamente hermosa, la otra con aspecto de subordinación, mas no tan humilde que pareciese criada. Ambas bajaron del carruaje cuando el señor cardenal lo abandonó, y contemplaban la procesión con más curiosidad que recogimiento.

¿Quiénes eran? Esto preguntaban todos los que al pasar las vieron, y en largo trecho no se habló de otra cosa que de las dos damas que exornaban con su belleza el carruaje cardenalicio. D. Juan Amarillo lanzó sobre ellas una especie de rayo de autoridad en forma de mirada altanera, indagadora, terrible; pero las dos señoras, que sin duda no estaban hechas a miradas de alcalde, soltaron la risa. D. Juan, llamando al alguacil, fulminó al punto una orden, diciéndole corriese a ver qué casta de pájaros eran aquellos y por qué estaban allí, y por qué miraban la procesión, y por qué llevaban sombrero, y por qué reían, y en fin, por qué respiraban sin permiso del Ayuntamiento.

A la casa de Lantigua llegó el rumor de los vivas y aclamaciones con que era recibido el cardenal; y pasado el bullicio procesionil y despejada la plazuela, D. Buenaventura salió al encuentro de su hermano, a quien dio estrechísimos abrazos.

-Por un milagro de Dios me tienes vivo -dijo D. Ángel sonriendo-. Si aún me asombro de tener piernas y brazos... ¡Ay! hijo, creí que no me había quedado hueso sano.

-¿Ha volcado tu coche?

-En la peligrosísima cuesta de San Lucas. Figúrate qué paso tan malo. No fuimos al río porque Dios nos reserva para dar que hacer un poco todavía. El coche quedó inútil... dos ruedas menos, una ballesta rota. Por fortuna nuestra, esta señora...

El arzobispo señaló a las dos señoras que no lejos de él estaban, mientras D. Buenaventura se apresuraba a saludarlas con la más hidalga cortesanía.

-Esta buena señora -continuó Su Eminencia-, esta buena alma que a la sazón pasaba, tuvo la bondad de ofrecerme su coche, y yo abusé de su finura aceptándolo. Dios se lo pague... ¿Y qué novedad hay por casa, querido hermano?

El alguacil no atreviéndose a meterse con las señoras desde que las vio tan mano a mano con los Lantiguas, se ocupó en apartar a los chicos que rodeaban al cardenal besuqueándole la mano y estorbándole el paso.

-Una gran novedad hay en casa -dijo don Buenaventura.

-¿Hay algún enfermo?

-No: todos buenos. Gloria un poco delicada, bastante delicada; pero es seguro que ahora se repondrá en breve tiempo. Así lo ha dicho el médico.

-Señora -dijo Su Eminencia a la viajera-. Ruego a usted que si se detiene en Ficóbriga, acepte un humilde hospedaje en mi casa.

-Gracias -repuso con afabilidad graciosa la dama-, muchas gracias, señor cardenal.

-Pues no quiero que ignores más tiempo este fausto suceso -dijo D. Buenaventura-. Sabrás que Daniel Morton se nos convierte al catolicismo.

D. Ángel abría su venerable boca para lanzar exclamaciones de sorpresa o de júbilo, cuando la señora desconocida dio un paso hacia ellos diciendo:

-Caballero, si no temiera molestar...

-Señora...

Ambos hermanos sonreían con afabilidad.

-Caballero -dijo después de una pausa la desconocida dama-, ruego a usted que se digne indicarme el alojamiento de mi hijo.

-¿Y quién es su hijo de usted, señora?

-Ese que acaba usted de nombrar.

-Daniel... Precisamente le dejé en nuestra casa. Si usted gusta...

-Gracias -repuso la dama secamente-. Dígnese usted señalarme la casa donde habita mi hijo.

El señor arzobispo, poniendo el semblante más serio del mundo, hizo a la extranjera una cortés reverencia y acompañado de Sedeño y seguido del inocente enjambre de chiquillos, marchó cojeando hacia la casa de Lantigua, mientras D. Buenaventura, brindándose a acompañar a las señoras, las guiaba por las calles de Ficóbriga.




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