Gloria: 66

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Gloria
Segunda parte - Capítulo XXVII

de Benito Pérez Galdós



La madre y el hijo[editar]

En la noche del Viernes Santo la madre y el hijo estaban juntos y solos en la habitación de este. Sobre la mesa, en la cual apoyaba su codo Daniel, había una lámpara. Esther, sentada en un sofá junto a la pared miraba a su hijo en silencio. Por la disposición de su pantalla, el rostro de Daniel estaba inundado de luz, el de su madre en la sombra.

-Si tu terquedad -dijo Esther con serena voz-, no cede, como espero... si la autoridad de tu padre, la mía, tu decoro y la fidelidad que debemos a nuestra Ley no significan nada en tu espíritu, padeceré desde mañana el más grande dolor de mi vida, porque mi querido hijo primogénito habrá muerto.

-No, madre, esto no es morir -dijo Morton lúgubremente-. Quiero resucitar a esa pobre mujer que adoro. Lo he decidido, después de meditarlo mucho. He formado un propósito que ninguna razón, ningún afecto podrán detener.

-Pues yo he venido a impedir ese propósito. Cuando huiste de nuestra casa hace quince días, saliendo de ella sin decirnos nada, comprendía que venías a este horrible pueblo. Al punto tuvimos el presentimiento de que ibas a consumar una gran locura. Tu padre quiso venir... Disputamos, vencí yo. Al partir hice juramento de arrancarte de aquí... Yo volveré quizás sola y llena de luto, volveré tal vez sin ti a nuestra casa; en este caso le diré a tu padre: «nuestro hijo ha muerto». No tendré valor para decirle: «nuestro hijo es cristiano».

-Ese valor que a ti te falta lo he tenido yo -repuso Daniel mostrando en su semblante desencajado una serenidad heroica-. Hago esto por convicción, no por despecho ni por capricho. He trazado a mis acciones un plan, y este plan se cumplirá, porque debe cumplirse; ¿lo entiendes, lo entiendes, madre?

Esther miró estupefacta a su hijo como si deseara hallar en el rostro de él la aclaración de tenacidad tan abrumadora.

-Bien -dijo al fin, conociendo que su hijo no cedería atacado de frente-. Haz tu gusto; realiza esa gran locura; desprecia el amor de tus padres, de tus hermanos; olvida todas las leyes, la ley santa de Dios y las de la sociedad, el decoro, el deber, la estimación; despréciate a ti mismo y envilécete más. Nosotros, traspasados de dolor por la pérdida del que fue nuestro amado hijo, te lloraremos muerto, no te lloraremos apóstata, porque apóstata no te podemos llorar, porque un renegado no puede ser, no puede haber sido nuestro hijo.

-Siempre lo soy y lo seré. No cambiaréis las leyes de la Naturaleza -dijo Morton sobreponiéndose a su amargura-. Aunque no lo queráis, vosotros me amaréis siempre, como yo os amo.

-Daniel, Daniel -exclamó Esther con solemne acento levantándose-. Ya no tienes madre. Si la tienes, si la quieres tener, yo no lo soy. Me avergüenzo de haberlo sido. En hora menguada te di a luz y de aquella triste hora debe decirse: «aféanla tinieblas y sombra de muerte».

-Cruel, engañas a tu corazón con palabras estudiadas -dijo el joven con brío-. No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos de madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes de que hubiera religiones, hubo Naturaleza...

-No puedo tener serenidad -exclamó Esther con grandiosa ira-; no puedo. ¿Por qué te deshonras, por qué te haces cristiano?

-Tú lo sabes bien. Hay aquí una víctima inocente, una mujer dotada de las más altas y bellas cualidades, y adornada con los atributos de los ángeles. Está en mi mano levantar a esa alma superior del lodazal en que yo mismo la arrojé con vileza, y debo hacerlo. El universo entero, Dios mismo, el Dios de todos los hombres me grita que lo haga. Esto es como la luz, madre. Si no lo comprendes, di que estás ciega, pero no niegues la luz.

Esther, sentándose en su asiento e inclinando la frente, cayó en meditación profunda.

-¿Callas, madre, callas? -dijo Morton después de una pausa-. Te he convencido.

-Mas para abrazar una religión es preciso creer en ella -objetó Esther-. Esto no puede depender de un capricho amoroso. ¿Crees en Jesucristo?

Daniel repuso lúgubremente:

-Debo y quiero ser cristiano.

-Te avergüenzas de decirlo claramente, te avergüenzas de decir: «Creo en Jesucristo», porque tu conciencia te grita más alto que tu flaca razón, clamando contra esta apostasía deshonrosa. Daniel, Daniel, ¿qué has hecho del amor inmenso de tus padres, qué de la santa Ley que te enseñaron desde la cuna, qué del recuerdo de tus venerables antepasados, en cuyo nombre han estado vinculados el amor y el prestigio que quedan a la raza judía? ¿Qué has hecho de esto, desgraciado? Hemos conservado hasta ahora al través de tantos siglos la dignidad de nuestra desgracia, hemos dado a todos los hebreos del mundo un ejemplo de constancia, de firmeza, de rectitud, en medio de los mil peligros por que ha pasado nuestro pueblo; y ahora, tú, el que parecía nacido para enaltecer más y más todavía nuestro nombre; ¡tú, mi hijo, el amado entre los amados, el predilecto de Dios y de los hombres, todo lo desprecias, todo lo pisoteas, tu nombre y tu familia, tu pobre raza sin patria, la Ley santa tan antigua como el mundo, esa Ley y esa tradición, Daniel, que existen desde que el primer hombre abrió sus ojos a la luz acabada de hacer...! No, no te conozco, no eres tú mi hijo. Un hijo mío morirá cien veces antes que arrodillarse delante de un sacerdote cristiano y español por añadidura, y proclamar al Cristo en la misma tierra que impíamente nos echó de sí, como a seres inmundos. ¡Tú sabes cuánto, cuánto aborrezco a este país! Con la leche mamé el odio a este potro de donde nos arrojaron cuando estaban cansados de atormentarnos. El país que a mis abuelos inspiraba un recuerdo melancólico como de patria perdida, a mí me ha inspirado siempre aversión, horror. ¡Y en él abjuras y nos abandonas!... ¡Traición espantosa! Si cuando te tenía en mis entrañas me hubieran dicho lo que ibas a hacer, en ellas te hubiera ahogado.

Esther hablaba con la inspiración de la ira. Se había levantado. Movida de su primera posición la pantalla, caía de lleno la luz sobre la madre, y su sombra, agrandada por la distancia, gesticulaba en la pared cercana. Las sombras de los dos iracundos brazos, movidos sin cesar, corrían a veces por el techo como grandes aves, a veces se deslizaban por el zócalo entre los muebles, como cuadrúpedos que buscan un rincón. Daniel había quedado en la oscuridad. Desde ella, cual de un abismo a donde se acaba de caer lanzado por el enemigo vencedor, envió estas débiles palabras:

-Madre, me has hablado de honor, de vergüenza, de familia, en fin, me has dado razones sociales, no religiosas. De todo me has hablado, menos del fuego eterno.

-¡También, también! -gritó Esther cayendo sin aliento en el sofá y apoyando en un cojín su frente abrasada-. Te he dicho lo primero que ha brotado de mi corazón de madre, de este corazón que se ha abrasado en amor por ti, y que yo con mis propias manos apretaré y estrujaré para ahogar la llama... porque no... no puede ser, no puedo amarte ya... Se acabó la idolatría de nuestro hijo querido. Adiós, vete, no existes ya para mí.

Diciendo esto, rompió en amarguísimo llanto. Daniel corrió hacia ella, y poniéndose de rodillas la beso, tratando de levantar su cabeza.

-Madre, madre -murmuró-. Ni de tus labios, incapaces de mentir, puedo creer que no me amas. No lo creeré aunque me lo digas tú, a quien siempre he creído.

-Daniel, hijo mío -dijo la madre incorporándose-, yo no puedo soportar este golpe. Soporté la temprana muerte de mis dos hijas; pero la tuya, esta muerte en la forma más repugnante de la ignominia, no la puedo resistir. Quiero morir antes de que caigas, quiero morir. Dame tú mismo la muerte, te lo suplico, perdonándote. El crimen que cometas arrancándome la vida, no será tan grande como el de tu apostasía.

-Estás delirando, madre querida -dijo Daniel haciendo fuerza con la cabeza en el seno de su madre-. Tú sí que me matas a mí con tus palabras, con tus fieras amenazas de no quererme.

-¡Ay, hijo de mi corazón! -exclamó Esther en un arrebato de ardiente cariño, oprimiendo contra su pecho forzudamente la incomparable cabeza del joven-. Hemos cometido una falta al quererte a ti más que a nuestros demás hijos, y el Señor nos castiga por esto. Pero no me puedo resignar al castigo, no me puedo resignar a perderte, no quiero; defiendo mi tesoro contra todos los dioses extraños, contra todos los Nazarenos que me lo quieran quitar... Señor, Dios de Abraham y de Jacob, antes que consentir esto, quita la vida a mi hijo y a mí también, porque no puedo vivir sin él.

Daniel se sentó a los pies de Esther, apoyando sus brazos en las rodillas de ella, le estrechó las manos y contemplándola con amor, le dijo:

-Madre, madre, óyeme lo que voy a decirte.

-¿Qué?

-La exaltación que veo en ti me obliga a revelarte un secreto, mi secreto.

-¿Tu secreto?

-Hice propósito de que ningún nacido, a excepción de mi padre a quien escribí ayer, lo supiese por ahora; pero siento el deseo y aun la necesidad de revelártelo.

Esther oyó con la más viva ansiedad.

-Dímelo pronto.

-Es un secreto de esos que no se dicen más que a Dios, porque sólo Dios puede juzgarlos.

-¿Y yo no?

-No: tú me juzgarás mal cuando lo sepas. No penetrarás fácilmente mis móviles... Pero te confesaré esta idea por el grande amor que te tengo, y confío en que la apoyarás.

-¿Cuál es?

-Yo no soy ni seré nunca cristiano.




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