Golpe doble: 2

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Golpe doble Vicente Blasco Ibáñez



Le escuchó el viejo con los ojos fijos en el grueso cigarro que liaban sus manos temblorosas cubiertas de caspa. Hacía bien en no querer soltar el dinero. Que robasen en la carretera, como los hombres, cara a cara, exponiendo la piel. Setenta años tenía; pero podrían irle con cartitas. Vamos a ver: ¿Tenía agallas para defender lo suyo?

La firme tranquilidad del viejo contagiaba a Sento, que se sentía capaz de todo para defender el pan de sus hijos.

El viejo, con tanta solemnidad como si fuese una reliquia, sacó de detrás de la puerta la joya de la casa: una escopeta de pistón que parecía un trabuco, y cuya culata apolillada acarició devotamente.

La cargaría él , que entendía mejor a aquel amigo. Las temblorosas manos se rejuvenecían. ¡Allá va la pólvora! Todo un puñado. De una cuerda de esparto sacaba los tacos. Ahora, una ración de postas, cinco o seis; a granel los perdigones zorreros, metralla fina, y al final, un taco bien golpeado. Si la escopeta no reventaba con aquella indigestión de muerte, sería misericordia de Dios.

Aquella noche dijo Sento a su mujer que esperaba turno para regar, y toda la familia lo creyó, acostándose temprano.

Cuando salió, dejando bien cerrada la barraca, vió a la luz de las estrellas, bajo la higuera, al fuerte vejete ocupado en ponerle pistón al amigo.

Le daría a Sento la última lección para que no errase el golpe. Apuntar bien a la boca del horno y tener calma. Cuando se inclinasen buscando el gato en el interior..., ¡fuego! Era tan sencillo, que podía hacerlo un chico.

Sento, por consejo del maestro, se tendió entre dos macizos de geranios, a la sombra de la barraca. La pesada escopeta descansaba en la cerca de cañas, apuntando fijamente a la boca del horno. No podía perderse el tiro. Serenidad y darle al gatillo a tiempo. ¡Adiós, muchacho! A él le gustaban mucho aquellas cosas; pero tenía nietos, y, además, estos asuntos los arregla mejor uno solo.

Se alejó el viejo cautelosamente, como hombre acostumbrado a rondar la huerta, esperando un enemigo en cada senda.

Sento creyó que quedaba solo en el mundo, que en toda la inmensa vega, estremecida por la brisa, no había más seres vivientes que él y aquellos que iban a llegar. ¡Ojalá no viniesen! Sonaba el cañón de la escopeta al rozar sobre la horquilla de las cañas. No era frío, era miedo. ¿Qué diría el viejo si estuviera allí? Sus pies tocaban la barraca, y al pensar que tras aquella pared de barro dormían Pepeta y los chiquitines, sin otra defensa que sus brazos, y en los que querían robar, el pobre hombre se sintió otra vez fiera.

Vibró el espacio, como si lejos, muy lejos, hablase desde lo alto la voz de un chantre. Era la campana del Miguelete. Las nueve. Oíase el chirrido de un carro rodando por un camino lejano. Ladraban los perros, transmitiendo sus fiebre de aullidos de corral en corral, y el rac rac de las ranas en la vecina acequia interrumpíase con los chapuzones de los sapos y las ratas que saltaban de las orillas por entre las cañas.



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