Gotas de Sangre: 30

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Gotas de Sangre
(Crímenes y criminales)​
 de Luis Bonafoux


Lo Trágico y lo Cómico[editar]

Las audiencias del proceso Waddington-Balmaceda parece que manan lágrimas y sangre. Pocas veces, a juicio de los veteranos del foro, ha habido en un proceso incidentes tan extraños y desgarradores. La declaración de la señora Waddington es un acto trágico; la actitud del joven procesado, que rompió en sollozos al mirarle su madre con inmensa ternura, es una pena muy grande.

Y luego la escena, la terrible escena de ayer. Ochenta y cuatro cartas amorosas, leídas por el abogado de la familia Balmaceda; ochenta y cuatro cartas de «la mujer de fuego», como llamábase a sí misma en una de dichas misivas la señorita Waddington; cartas frenéticas, desnudas, locas de lubricidad; cartas que, según telegrafían de Bruselas periodistas parisienses, jamás las hubo tan quemantes, tan encendidas, tan pródigas en detalles íntimos.

El procesado quiere detener al abogado en su lectura horrible... Extiende hacia él un puño airado; le llama cobarde, canalla: luego, palidece, sus párpados se agitan y cae desvanecido, mientras todo el auditorio, en pie, increpa al letrado y le conjura a suspender la divulgación de tan atroces desnudeces...

Reflejadas, aunque a medias, en la Prensa, el público del domingo, público tranquilo, las contempla con curiosidad de desocupado.

Pero yo no tengo ganas de distraerme con el dolor ajeno, con las tristezas de una criatura pasional. Yo tengo ganas de reír, porque es domingo. Y leyendo incidentes del proceso, que interesa al público de París tanto como al público de Bruselas, tropiezo con este diálogo:

El Sr. Waddington (después de narrar sus desdichas de padre burlado). -Permítame usted que no entre en detalles. Pero mi mujer me hizo declaraciones que pusiéronme en estado lamentable. Mi indignación era tal, que yo hubiera matado a Balmaceda.

El presidente (sentencioso). -¡Hablar de matar! ¡usted, que tomó parte en la Conferencia de La Haya!.

Hay, pues, en el mundo, un señor que cree que las conferencias de La Haya y la carabina de Ambrosio no son una misma cosa, y que cuando un hombre ha tomado parte en una de esas conferencias, no puede tener ganas de matar a nadie. Quien tal piensa es un señor belga, gordito, mantecoso, apacible, que cuando no preside, entre bostezos, una audiencia, bebe tranquilamente cerveza rubia. Todo, pues, queda explicado.

El señor Waddington pudo contestarle:

-Las conferencias de La Haya se organizaron para tratar de resolver asuntos internacionales -ninguno de los cuales ha resuelto,- no para resolver asuntos de índole privada. Y, si usted cree que tales conferencias deben suprimir del corazón todo propósito homicida, cuénteselo usted a Nicolás II quien, después de organizar la primera Conferencia de la paz, sembró de cadáveres la Manchuria, lo cual es bastante más que haber tenido ganas de matar a un Balmaceda.

Pero el pobre señor Waddington, atento a la tragedia de su vida, mal podía hacer distingos del género cómico...


1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19 - 20 - 21 - 22 - 23 - 24
25 - 26 - 27 - 28 - 29 - 30 - 31 - 32 - 33 - 34 - 35 - 36 - 37 - 38 - 39 - 40 - 41 - 42 - 43 - 44 - 45
46 - 47 - 48 - 49 - 50 - 51 - 52 - 53 - 54 - 55 - 56 - 57 - 58 - 59 - 60 - 61 - 62 - 63 - 64 - 65