Grandes esperanzas: 12

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Capítulo XII[editar]

Me intranquilizó mucho el caso del joven caballero pálido. Cuanto más recordaba la pelea y mentalmente volvía a ver a mi antagonista en el suelo, en las varias fases de la lucha, mayor era la certidumbre que sentía de que me harían algo. Sentía que la sangre del joven y pálido caballero había caído sobre mi cabeza, y me decía que la ley tomaría venganza de mí. Sin tener idea clara de cuáles eran las penalidades en que había incurrido, para mí era evidente que los muchachos de la aldea no podrían recorrer la comarca para ir a saquear las casas de la gente y acometer a los jóvenes estudiosos de Inglaterra, sin quedar expuestos a severos castigos. Durante varios días procuré no alejarme mucho de mi casa, y antes de salir para cualquier mandado miraba a la puerta de la cocina con la mayor precaución y hasta con cierto temblor, temiendo que los oficiales de la cárcel del condado vinieran a caer sobre mí. La nariz del pálido y joven caballero me había manchado los pantalones, y en el misterio de la noche traté de borrar aquella prueba de mi crimen. Al chocar contra los dientes de mi antagonista me herí los puños, y retorcí mi imaginación en un millar de callejones sin salida, mientras buscaba increíbles explicaciones para justificar aquella circunstancia condenatoria cuando me curasen ante los jueces.

Cuando llegó el día de mi visita a la escena de mi violencia, mis terrores llegaron a su colmo. ¿Y si algunos agentes, esbirros de la justicia, especialmente enviados desde Londres, estaban emboscados detrás de la puerta? ¿Y si la señorita Havisham, deseosa de tomar venganza personal de un ultraje cometido en su casa, se pusiera en pie, llevando aquel traje sepulcral, y, apuntándome con una pistola, me mataba de un tiro? ¿Quién sabe si cierto número de muchachos sobornados —una numerosa banda de mercenarios— se habrían comprometido a esperarme en la fábrica de cerveza para caer sobre mí y matarme a puñetazos? Pero tenía tanta confianza en la lealtad del joven y pálido caballero, que nunca le creí autor o inspirador de tales desquites, los cuales siempre se presentaban a mi imaginación como obra de sus parientes, incitados por el estado de su rostro y por la indignación que había de producirles ver tan malparados los rasgos familiares.

Sin embargo, no tenía más remedio que ir a casa de la señorita Havisham, y allá me fui. Pero, por maravilloso que parezca, nada oí acerca de la última lucha. No se hizo la más pequeña alusión a ella, ni tampoco pude descubrir en la casa al pálido y joven caballero. Encontré la misma puerta abierta, exploré el jardín y hasta miré a través de las ventanas de la casa, pero no pude ver nada porque los postigos estaban cerrados y por dentro parecía estar deshabitada. Tan sólo en el rincón en que tuvo lugar la pelea descubrí huellas del joven caballero. En el suelo había algunas manchas de su sangre, y las oculté con barro para que no pudiese verlas nadie.

En el rellano, muy grande, que había entre la estancia de la señorita Havisham y la otra en que estaba la gran mesa vi una silla de jardín, provista de ruedas, y que otra persona podía empujar por el respaldo. Había sido colocada allí a partir de mi última visita, y aquel mismo día uno de mis deberes fue el de pasear a la señorita Havisham en aquella silla de ruedas, eso en cuanto se hubo cansado de andar, apoyada en su bastón y en mi hombro, por su propia estancia y por la inmediata en que había la mesa. Hacíamos una y otra vez este recorrido, que a veces llegaba a durar hasta tres horas sin parar. Insensiblemente menciono ya esos paseos como muy numerosos, porque pronto se convino que yo iría a casa de la señorita Havisham todos los días alternados, al mediodía, para dedicarme a dicho menester, y ahora puedo calcular que así transcurrieron de ocho a diez meses.

Cuando empezamos a acostumbrarnos más uno a otro, la señorita Havisham hablaba más conmigo y me dirigía preguntas acerca de lo que había aprendido y lo que me proponía ser. Le dije que me figuraba sería puesto de aprendiz con Joe; además, insistí en que no sabía nada y que me gustaría saberlo todo, con la esperanza de que pudiera ofrecerme su ayuda para alcanzar tan deseado fin. Pero no hizo nada de eso, sino que, por el contrario, pareció que prefería fuese un ignorante. Ni siquiera me dio algún dinero u otra cosa más que mi comida diaria, y tampoco se estipuló que yo debiera ser pagado por mis servicios.

Estella andaba de un lado a otro y siempre me abría la puerta y me acompañaba para salir, pero nunca más me dijo que la besara. Algunas veces me toleraba muy fríamente; otras se mostraba condescendiente o familiar, y en algunas me decía con la mayor energía que me odiaba. La señorita Havisham me preguntaba en voz muy baja o cuando estábamos solos:

— ¿No te parece que cada día es más bonita, Pip?

Y cuando le contestaba que sí, porque, en realidad, así era, parecía gozar con mi respuesta.

También cuando jugábamos a los naipes, la señorita Havisham nos observaba, contemplando entusiasmada los actos de Estella, cualesquiera que fuesen. Y a veces, cuando su humor era tan vario y contradictorio que yo no sabía qué hacer ni qué decir, la señorita Havisham la abrazaba con el mayor cariño, murmurando algo a su oído que se parecía a: «¡Destroza sus corazones, orgullo y esperanza mía! ¡Destroza sus corazones y no tengas compasión!»

Joe solía cantar una canción en la fragua, cuyo estribillo era «Old Clem». No era, desde luego, un modo ceremonioso de prestar homenaje a un santo patrón; pero me figuro que Old Clem sostenía esta especie de relaciones con los herreros. Era una canción que daba el compás para golpear el hierro y una excusa lírica para la introducción del respetado nombre de Old Clem. Así, para indicar el tiempo a los herreros que rodeaban el yunque cantaba:


¡Old Clem!
 Dale, dale, dale f uerte.
¡Old Clem!
El martillo que resuene.
¡Old Clem!
Dale al fuelle, dale al fuelle.
¡Old Clem!
Como un león ruja el fuego.
¡Old Clem!


Un día, pocos después de la aparición de la silla con ruedas, la señorita Havisham me dijo de pronto, moviendo impaciente los dedos:

— ¡Vamos, canta!

Yo me sorprendí al observar que entonaba esta canción mientras empujaba la silla con ruedas por la estancia. Y ocurrió que fue tan de su gusto, que empezó a cantarla a su vez y en voz tan baja como si la entonara en sueños. A partir de aquel momento fue ya costumbre nuestra el cantarla mientras íbamos de un lado a otro, y muchas veces Estella se unía a nosotros, mas nuestras voces eran tan quedas, aunque cantábamos los tres a coro, que en la vieja casa hacíamos mucho menos ruido que el producido por un pequeño soplo de aire.

¿Qué había de ser de mí con semejante ambiente? ¿Cómo podía mi carácter dejar de experimentar su influencia? ¿Es de extrañar que mis ideas estuviesen deslumbradas, como lo estaban mis ojos cuando salía a la luz natural desde la niebla amarillenta que reinaba en aquellas estancias?

Tal vez habría dado cuenta a Joe del joven y pálido caballero si no me hubiese visto obligado previamente a contar las mentiras que ya conoce el lector. En las circunstancias en que me hallaba, me dije que Joe no podría considerar al joven pálido como pasajero apropiado para meterlo en el coche tapizado de terciopelo negro; por consiguiente, no dije nada de él. Además era cada día mayor la repugnancia que me inspiraba la posibilidad de que se hablase de la señorita Havisham y de Estella, sensación que ya tuve el primer día. No tenía confianza completa en nadie más que en Biddy, y por eso a ella se lo referí todo. Por qué me pareció natural obrar así y por qué Biddy sentía el mayor interés en cuanto le refería con cosas que no comprendí entonces, aunque me parece comprenderlas ahora. Mientras tanto, en la cocina de mi casa se celebraban consejos que agravaban de un modo insoportable la exaltada situación de mi ánimo. El estúpido de Pumblechook solía ir por las noches con el único objeto de discutir con mi hermana acerca de mis esperanzas, y, realmente, creo, y en la hora presente con menos contrición de la que debería sentir, que si mis manos hubieran podido quitar un tornillo de la rueda de su carruaje, lo habrían hecho sin duda alguna. Aquel hombre miserable era tan estúpido que no podía discutir mis esperanzas sin tenerme delante de él, como si fuese para operar en mi cuerpo, y solía sacarme del taburete en que estaba sentado, agarrándome casi siempre por el cuello y poniéndome delante del fuego, como si tuviera que ser asado. Entonces empezaba diciendo:

— Ahora ya tenemos aquí al muchacho. Aquí está este muchacho que tú criaste «a mano». Levanta la cabeza, muchacho, y procura sentir siempre la mayor gratitud por los que tal hicieron contigo. Ahora hablemos de este muchacho.

Dicho esto, me mesaba el cabello a contrapelo, cosa que, según ya he dicho, consideré siempre que nadie tenía el derecho de hacer, y me situaba ante él agarrándole la manga. Aquél era un espectáculo tan imbécil que solamente podía igualar su propia imbecilidad.

Entonces, él y mi hermana empezaban a decir una sarta de tonterías con respecto a la señorita Havisham y acerca de lo que ella haría por mí. Al oírles sentía ganas de echarme a llorar y de arrojarme contra Pumblechook y aporrearle con toda mi alma. En tales diálogos, mi hermana me hablaba como si, moralmente, me arrancara un diente a cada referencia que hacía de mí; en tanto que Pumblechook, que se había constituido a sí mismo en mi protector, permanecía sentado y observándome con cierto desdén, cual arquitecto de mi fortuna que se viese comprometido a realizar un trabajo nada remunerador.

Joe no tomaba ninguna parte en tales discusiones, aunque muchas veces le hablaban mientras ocurrían aquellas escenas, solamente porque la señora Joe se daba cuenta de que no le gustaba que me alejaran de la fragua. Yo entonces ya tenía edad más que suficiente para entrar de aprendiz al lado de Joe; y cuando éste se había sentado junto al fuego, con el hierro de atizar las brasas sobre las rodillas, o bien se ocupaba en limpiar la reja de ceniza, mi hermana interpretaba tan inocente pasatiempo como una contradicción a sus ideas, y entonces se arrojaba sobre él, le quitaba el hierro de las manos y le daba un par de sacudidas. Pero había otro final irritante en todos aquellos debates. De pronto y sin que nada lo justificase, mi hermana interrumpía con un bostezo y, echándome la vista encima como si fuese por casualidad, se dirigía a mí furiosa exclamando:

— Anda, ya estamos cansados de verte. Vete a la cama en seguida. Ya has molestado bastante por esta noche.

Como si yo les pidiera por favor que se dedicaran a hacerme la vida imposible.

Así pasamos bastante tiempo, y parecía que continuaríamos de la misma manera por espacio de algunos años, cuando, un día, la señorita Havisham interrumpió nuestro paseo mientras se apoyaba en mi hombro.

Entonces me dijo con acento de disgusto:

— Estás creciendo mucho, Pip.

Yo creí mejor observar, mirándola pensativo, que ello podía ser ocasionado por circunstancias en las cuales no tenía ningún dominio.

Ella no dijo nada más, pero luego se detuvo y me miró una y otra vez; y después parecía estar muy disgustada. En mi visita siguiente, en cuanto hubimos terminado nuestro ejercicio usual y yo la dejé junto a la mesa del tocador, me preguntó, moviendo al mismo tiempo sus impacientes dedos:

— Dime cómo se llama ese herrero con quien vives.

— Joe Gargery, señora.

— Quiero decir el herrero a cuyas órdenes debes entrar como aprendiz.

— Sí, señorita Havisham.

—Mejor es que empieces a trabajar con él inmediatamente. ¿Crees que ese Gargery tendrá inconveniente en venir contigo, trayendo tus documentos?

Yo repliqué que no tenía la menor duda de que lo consideraría un honor.

— Entonces, hazle venir.

— ¿En algún día determinado, señorita Havisham?

— ¡Calla! No quiero saber nada acerca de las fechas. Que venga pronto contigo.

En cuanto llegué aquella noche a mi casa y di cuenta de este mensaje para Joe, mi hermana se encolerizó en un grado alarmante, pues jamás habíamos visto cosa igual. Nos preguntó a Joe y a mí si nos figurábamos que era algún limpiabarros para nuestros pies y cómo nos atrevíamos a tratarla de aquel modo, así como también de quién nos figurábamos que podría ser digna compañera. Cuando hubo derramado un torrente de preguntas semejantes, tiró una palmatoria a la cabeza de Joe, se echó a llorar ruidosamente, sacó el recogedor del polvo (lo cual siempre era un indicio temible), se puso su delantal de faena y empezó a limpiar la casa con extraordinaria rabia. Y, no satisfecha con limitarse a sacudir el polvo, sacó un cubo de agua y un estropajo y nos echó de la casa, de modo que ambos tuvimos que quedarnos en el patio temblando de frío. Dieron las diez de la noche antes de que nos atreviésemos a entrar sin hacer ruido, y entonces ella preguntó a Joe por qué no se había casado, desde luego, con una negra esclava. El pobre Joe no le contestó, sino que se limitó a acariciarse las patillas y a mirarme tristemente, como si creyese que habría hecho mucho mejor siguiendo la indicación de su esposa.