Grandes esperanzas: 17

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CAPITULO XVII[editar]

Rutinariamente seguí mi vida de aprendiz, que no tuvo otra variación, más allá de los límites del pueblo y de los marjales, que la llegada de mi cumpleaños y la visita que hice en tal día a la señorita Havisham. Encontré a la señorita Sara Pocket de guardia en la puerta y a la señorita Havisham tal como la había dejado. Me habló de Estella del mismo modo, si no con las mismas palabras. La entrevista duró algunos minutos, y cuando ya me marchaba me dio una guinea, recomendándome que fuese a visitarla en mi próximo cumpleaños. Puedo decir, desde luego, que esta visita se convirtió en una costumbre anual. En la primera ocasión traté de no tomar la guinea, pero ello no tuvo mejor efecto que el de hacerle preguntar si esperaba recibir algo más. Por consiguiente, tanto en aquella visita como en las sucesivas, tomé el regalo que me hacía.

Tan inmutable era la triste y vieja casa, y la amarillenta luz en las oscuras habitaciones, así como el aspecto marchito de la buena señora junto al tocador, que, muchas veces, me pregunté si al pararse los relojes se había parado también el tiempo en aquel lugar misterioso, y si mientras yo y todos los demás crecíamos y nos desarrollábamos, cuanto había en la casa permanecía siempre en el mismo estado. Jamás entraba allí la luz del día. Esto me maravillaba, y, bajo la influencia de aquella casa, continué odiando cordialmente mi oficio y también seguí avergonzado de mi propio hogar.

Sin embargo, aunque de un modo inconsciente, empecé a darme cuenta de un cambio que se realizaba en Biddy. Llevaba ya tacones en sus zapatos; su cabello crecía brillante y limpio, y sus manos jamás estaban sucias. No era hermosa; era más bien ordinaria y no se parecía en nada a Estella, pero era agradable y tenía un carácter muy dulce. Apenas hacía un año que estaba con nosotros, pues recuerdo que por entonces se había quitado el luto, cosa que me sorprendió, cuando observé, una noche, que tenía unos ojos muy reflexivos y atentos, ojos que eran lindos y de expresión bondadosa. Eso me ocurrió al levantar la cabeza de una tarea en que estaba absorto, pues me dedicaba a copiar algunos párrafos de un libro para mejorarme a mí mismo en dos aspectos a la vez, gracias a una estratagema, y entonces noté que Biddy estaba observando lo que yo hacía. Dejé a un lado la pluma, y Biddy interrumpió su labor de costura, aunque sin abandonarla.

— Oye, Biddy — le dije —. ¿Cómo te las arreglas? O yo soy muy tonto o tú muy lista.

— ¿Qué quieres decir? — contestó Biddy sonriendo.

Administraba perfectamente su vida doméstica, con la mayor habilidad; pero yo no me refería a eso, aunque ello hacía más sorprendente el hecho a que quería aludir.

— ¿Cómo te las arreglas, Biddy — repetí —, para aprender todo lo que yo aprendo y para estar siempre a la misma altura que yo?

Yo empezaba a envanecerme de mis conocimientos, porque en ellos me gastaba las guineas que recibía el día de mi cumpleaños, y al mismo objeto dedicaba también la mayor parte de mi dinero, aunque no tengo ahora ninguna duda de que lo poco que aprendía me costaba muy caro.

— También yo podría preguntarte — replicó Biddy —cómo te las arreglas tú.

— No. Porque cuando yo vuelvo de la fragua, por la noche, todos pueden verme dedicado a mis tareas y, en cambio, a ti no se te ve nunca entregada a estas ocupaciones.

— Tal vez te habré cogido como si fuese un resfriado — dijo Biddy tranquilamente y reanudando su costura. Continuando en mi idea, mientras me reclinaba en el respaldo de mi silla de madera, miré a Biddy, que entonces cosía, con la cabeza ladeada, y empecé a considerarla una muchacha extraordinaria. En aquel momento recordé que ella conocía con igual perfección los términos de nuestro oficio, los nombres de los diferentes trabajos que realizábamos y también los de nuestras herramientas. En una palabra, todo cuanto yo sabía, Biddy lo conocía también. Y, en teoría, era tan buen herrero como yo o quizá mejor.

— Eres una de esas personas, Biddy — le dije —, que se aprovechan extraordinariamente de todas las oportunidades. Antes de venir aquí, jamás tuviste ninguna, y ahora, en cambio, mira cuánto has mejorado. Biddy me miró un instante y continuó cosiendo.

— Yo fui tu primer maestro, ¿no es verdad? — preguntó mientras cosía.

— ¡Biddy! — exclamé asombrado —. ¿Por qué lloras?

— No lloro — contestó levantando los ojos y echándose a reír —. ¿Por qué te has figurado eso? Si me lo figuré debióse a que sorprendí el brillo de una lágrima que caía sobre su labor. Permanecí silencioso, recordando la lamentable vida de aquella pobre muchacha hasta que la tía abuela del señor Wopsle venció con éxito la mala costumbre de vivir, de que tanto desean verse libres algunas personas. Recordé las circunstancias desagradabilísimas que habían rodeado a la pobre muchacha en la miserable tiendecilla y en la ruidosa y pobre escuela nocturna, sin contar con aquel montón de carne vieja y estúpida, a la que tenía que cuidar constantemente. Entonces reflexioné que, aun en aquellos tiempos desfavorables, debieron de existir latentes en Biddy todas las cualidades que ahora estaba desarrollando, porque en mis primeros apuros y en mi primer descontento me volví a ella en demanda de ayuda, como si fuese la cosa más natural. Biddy cosía tranquilamente y ya no derramaba lágrimas, y mientras yo la miraba y pensaba en ella y en sus cosas, se me ocurrió que tal vez no le habría demostrado bastante mi agradecimiento. Posiblemente fui demasiado reservado, y habría debido confiar más en ella, aunque, como es natural, en mis meditaciones no usé las palabras que quedan transcritas.

— Sí, Biddy — observé cuando hube terminado mi tarea —. Tú fuiste mi primer maestro, y eso en un tiempo en que ninguno de los dos podíamos soñar en estar juntos en esta cocina.

— ¡Ah, pobrecilla! — replicó Biddy —. Es una triste verdad.

Era muy propio de Biddy el mostrarse tan generosa como para transferir a mi hermana la observación que yo acababa de hacer. Inmediatamente se levantó y se ocupó en cuidarla para que estuviese más cómoda.

—Perfectamente — dije —; tendremos que hablar un poco más de eso, como solíamos hacer en otro tiempo. Y yo también te consultaré más a menudo, como hacía antes. El domingo próximo iremos a pasear por los marjales, Biddy, y así podremos tener una larga conversación.

A la sazón, mi hermana no se quedaba nunca sola; pero Joe se encargó, con mucho gusto, de cuidarla aquel domingo cuando Biddy y yo salimos juntos. Entonces corría el verano y el tiempo era espléndido. Cuando dejamos atrás el pueblo, la iglesia y el cementerio y nos encontramos en los marjales y vimos las velas de los barcos que navegaban, empecé a combinar en mis esperanzas a la señorita Havisham y a Estella, como solía. Así que llegamos a la orilla del río nos sentamos, mientras el agua se rizaba a nuestros pies, contribuyendo así a aumentar la paz y la tranquilidad del ambiente mucho más que si no hubiese habido el menor ruido. Entonces resolví que el lugar y la ocasión eran propicios para admitir a Biddy en mis confidencias más secretas.

— Biddy — le dije después de recomendarle el secreto —Deseo ser un caballero.

— No lo quisiera yo si estuviese en tu lugar — replicó —. No creo que te sea conveniente.

— Biddy — le dije con alguna severidad —, tengo razones especiales para querer ser un caballero.

—Tú sabes mejor lo que haces, Pip; pero no creo que puedas ser más feliz que ahora.

— Biddy — exclamé, impaciente —, ten en cuenta que ahora no soy feliz. Estoy disgustado con mi situación y con mi vida. Desde que me pusieron de aprendiz no me han gustado ni la una ni la otra. No seas tonta.

— ¿Te parece que he dicho alguna tontería? — preguntó Biddy levantando las cejas —. Lo siento mucho, pues no quería decir ninguna. Tan sólo deseo que estés bien y vivas a gusto.

— Pues entonces ten en cuenta que, si sigo de esta manera, nunca estaré bien ni viviré a gusto, sino que, por el contrario, seré muy desgraciado. Eso es, Biddy, a no ser que pueda llevar una vida muy diferente a la de ahora.

— Es una lástima — dijo Biddy moviendo tristemente la cabeza.

Como yo, muchas veces, también lo había creído así en la lucha singular que siempre sostenía conmigo mismo, a punto estuve de derramar lágrimas de despecho y de dolor cuando Biddy expresó sus sentimientos y los míos propios. Le dije que tenía razón, comprendí que era lamentable, pero que no había más remedio.

— Si pudiese haberme resignado — dije a Biddy mientras arrancaba la corta hierba que estaba a mi alcance, de la misma manera como otras veces me tiraba de los cabellos, desesperado, y pateaba, irritado, contra la pared de la fábrica de cerveza —, si pudiera haberme resignado y me gustase la fragua solamente la mitad de lo que me gustaba cuando era pequeño, comprendo que eso habría sido mucho mejor para mí. Entonces ni tú, ni yo, ni Joe, habríamos necesitado nada más, y tal vez Joe y yo habríamos llegado a ser socios al terminar mi aprendizaje; yo habría continuado a tu lado y, al sentarnos un domingo en esta misma orilla, habríamos sido dos personas distintas. Entonces yo habría sido bastante bueno para ti. ¿No es verdad, Biddy?

Suspiró mientras contemplaba los barcos y me contestó:

— Sí. No soy demasiado exigente.

Eso no era muy halagüeño para mí, pero comprendí que no quería molestarme.

— En vez de eso — dije cogiendo otro puñado de hierba y masticando un tallo —, fíjate en lo que pasa. Estoy disgustado, vivo desgraciado y... Pero ¿qué importaría ser ordinario y rudo, si nadie me lo hubiese dicho? Biddy volvió repentinamente su rostro para mirarme y me contempló con mayor atención que a los barcos que pasaban ante nosotros.

—Quien dijo eso no dijo la verdad ni dió muestras de ser muy cortés — observó fijando nuevamente la mirada en las embarcaciones—. ¿Quién te lo dijo?

Yo me quedé desconcertado al advertir que acababa de revelar mi secreto sin darme cuenta. Pero como no había manera de retroceder ya, contesté:

—Me lo dijo la linda señorita que había en casa de la señorita Havisham. Es más hermosa que nadie y la admiro extraordinariamente. Por su causa quiero llegar a ser un caballero. Después de hacer esta confesión, propia de un lunático, empecé a arrojar al río la hierba que había arrancado, como si tuviese la idea de seguirla.

— ¿Y quieres ser un caballero para vengarte de sus insultos, o para conquistarla?—me preguntó Biddy tranquilamente después de una pausa.

— No lo sé — le contesté con tristeza.

— Porque si es para vengarte de ella — prosiguió Biddy—, creo, aunque tú sabrás mejor lo que te conviene, que lo lograrías mejor no haciendo caso de sus palabras. Pero si es para conquistarla, creo, aunque tú lo sabes mejor, que no lo merece.

Eso era exactamente lo que yo había pensado muchas veces y lo mismo que advertía muy bien en todos los momentos. Pero ¿cómo podía yo, pobre muchacho de pueblo y sin luces, evitar aquella maravillosa inconsistencia en que caen todos los días los hombres mejores y más sabios?

— Todo lo que me dices puede ser verdad — repliqué —, pero la admiro extraordinariamente.

Y al decir esto me eché al suelo de cara, mesándome el cabello por ambos lados de la cabeza, y me di tremendos tirones. Mientras tanto, conociendo el desvarío de mi loco corazón, que tan mal se había empleado, me dije que merecía golpearme la cabeza contra las piedras, por pertenecer a un idiota como yo. Biddy era una muchacha muy juiciosa y no se esforzó en razonar más conmigo. Puso acariciadoramente su mano, suave a pesar de que el trabajo la había hecho basta, sobre las mías, una tras otra, y con dulzura las separó de mi cabello. Luego me dio algunas palmaditas en la espalda para calmarme, en tanto que yo, con la cabeza apoyada en la manga, lloraba un poco, exactamente igual como hiciera en el patio de la fábrica de cerveza, y sentí la vaga idea de que estaba muy maltratado por alguien, o por todo el mundo. No puedo precisarlo.

— Estoy contenta de una cosa — dijo Biddy —, y es de que hayas creído deber hacerme estas confidencias, Pip. Y también estoy contenta de otra cosa, y es de que puedes tener la seguridad de que guardaré este secreto y de que continuaré siendo digna de tus confidencias. Si tu primera maestra — ¡pobrecilla!, ¡tanto como necesitaba aprender ella misma! — lo fuese aún en la actualidad, cree saber cuál sería la lección que te haría estudiar. Pero sería difícil de aprender, y como ya has aventajado a tu profesora, resultaría ahora completamente inútil. — Y dando un leve suspiro por mí, Biddy se puso en pie y con voz que cambió de un modo agradable dijo —: ¿Vamos a pasear un poco más, o nos iremos a casa?

— ¡Biddy! — exclamé levantándome a mi vez, abrazando su cuello y dándole un beso —. Siempre te lo diré todo.

— Hasta que seas un caballero — replicó Biddy.

— Ya sabes que no lo seré nunca, y, por lo tanto, siempre tendrás mi confianza. No porque tenga ocasión de decirte algo, porque sabes lo mismo que yo, según te dije en casa la otra noche.

— ¡Ah! — murmuró Biddy mientras miraba las lejanas embarcaciones. Y luego volvió a cambiar el tono de su voz de un modo tan agradable como antes, repitiendo —: ¿Paseamos un poco más, o nos volvemos a casa?

Dije a Biddy que quería pasear un poco más, y así lo hicimos hasta que la tarde de verano desapareció ante el crepúsculo, que fue muy hermoso. Yo empecé a reflexionar si, en resumidas cuentas, estaba ahora situado de un modo más natural y agradable que jugando a los naipes a la luz de las bujías en la habitación de los relojes parados y siendo despreciado por Estella. Creí que lo mejor para mí sería olvidar a Estella por completo, así como los demás recuerdos y fantasías, y empezar a trabajar, decidido a que me gustara lo que tenía que hacer, aplicarme a ello y sacar el mejor partido posible. Dudé acerca de que si Estella estuviese a mi lado, en vez de Biddy, tal vez entonces me sentiría desdichado. Tuve que confesarme que estaba seguro de que sería así, y por eso no pude menos que decirme:

— ¡Qué tonto eres, Pip!

Mientras andábamos, Biddy y yo hablamos mucho, y me pareció muy razonable cuanto ella me dijo. Biddy no era nunca insolente ni caprichosa o variable; no habría sentido el más pequeño placer en darme un disgusto, y estoy seguro de que más bien se habría herido a sí misma que a mí. ¿Cómo se explicaba, pues, que yo no la prefiriese entre las dos?

—Biddy — dije cuando nos encaminábamos a casa —. Me gustaría mucho que pudieras convencerme. — ¡Ojalá me fuese posible! — exclamó.

— Si pudiese lograr enamorarme de ti... ¿No te importa que te hable con tanta franqueza, teniendo en cuenta que ya somos antiguos amigos?

— ¡Oh, no! — contestó Biddy —. No te preocupes por mí.

— Si pudiese lograr eso, creo que sería lo más conveniente para mí.

— Pero tú no te enamorarás nunca de mí — replicó Biddy.

Aquella tarde no me pareció eso tan imposible como si hubiésemos hablado de ello unas horas antes. Por consiguiente, observé que no estaba tan seguro de ello. Pero Biddy sí estaba segura, según dijo con acento de la mayor certidumbre. En mi corazón comprendía que tenía razón, y, sin embargo, me supo mal que estuviera tan persuadida de ello.

Cuando llegamos cerca del cementerio tuvimos que cruzar un terraplén y llegamos a un portillo cerca de una compuerta. En aquel momento surgió de la compuerta, de los juncos o del lodo (lo cual era muy propio de él) nada menos que el viejo Orlick.

— ¡Hola! — exclamó —. ¿Adónde vais?

— ¿Adónde hemos de ir, sino a casa?

— Que me maten si no os acompaño.

Tenía la costumbre de usar esta maldición contra sí mismo. Naturalmente, no le atribuía su verdadero significado, pero la usaba como su supuesto nombre de pila, sencillamente para molestar a la gente y producir una impresión de algo terrible. Cuando yo era pequeño estaba convencido de que si él me hubiese matado, lo habría hecho con la mayor crueldad.

A Biddy no le gustó que fuese con nosotros, y en voz muy baja me dijo:

—No le dejes venir. No me gusta.

Y como a mí tampoco me gustaba aquel hombre, me tomé la libertad de decirle que se lo agradecíamos, pero que no queríamos que nos acompañase. Él recibió mis palabras con una carcajada, se quedó atrás, pero echó a andar siguiéndonos, encorvado, a alguna distancia.

Sintiendo curiosidad de saber si Biddy sospechaba que él hubiese tenido participación en la agresión criminal de que mi hermana no pudo nunca darnos noticia, le pregunté por qué no le gustaba aquel hombre.

— ¡Oh! — contestó mirando hacia atrás mientras él nos seguía cabizbajo—. Porque... porque temo que yo le gusto.

— ¿Te lo ha dicho alguna vez? — pregunté, indignado.

— No — contestó Biddy mirando otra vez hacia atrás —, nunca me lo ha dicho; pero en cuanto me ve empieza a rondarme.

Aunque tal noticia era nueva para mí, no dudé de la exactitud de la interpretación de los actos y de las intenciones de Orlick. Yo estaba muy enojado porque se hubiese atrevido a admirarla, tanto como si fuese un ultraje hacia mí.

— Eso, sin embargo, no te interesa — dijo Biddy tranquilamente.

— No, Biddy, no me interesa, pero no me gusta ni lo apruebo.

— Ni a mí tampoco — dijo Biddy —, aunque a ti no te interese.

— Es verdad — repliqué —, pero debo decirte, Biddy, que tendría muy mala opinión de ti si te rondase con tu consentimiento.

A partir de aquella noche vigilé a Orlick, y en cuanto se presentaba alguna oportunidad para que pudiera rondar a Biddy, yo me apresuraba a presentarme para impedirlo. Había echado raíces en la fragua de Joe a causa del capricho que por él sentía mi hermana, pues, de lo contrario, yo habría intentado hacerle despedir. Él se daba cuenta de mis intenciones y correspondía a ellas, según tuve ocasión de saber más adelante.

Y como si mi mente no estuviera ya bastante confusa, tal confusión se complicó cincuenta mil veces más en cuanto pude advertir que Biddy era inconmensurablemente mucho mejor que Estella, y que la vida sencilla y honrada para la cual yo había nacido no debía avergonzar a nadie, sino que me ofrecía suficiente respeto por mí mismo y bastante felicidad. En aquellos tiempos estaba seguro de que mi desafecto hacia Joe y hacia la fragua había desaparecido ya y que me hallaba en muy buen camino de llegar a ser socio de Joe y de vivir en compañía de Biddy. Mas, de pronto, se aparecía en mi mente algún recuerdo maldito de los días de mis visitas a casa de la señorita Havisham y, como destructor proyectil, dispersaba a lo lejos mis sensatas ideas. Cuando éstas se diseminaban, me costaba mucho tiempo reunirlas de nuevo, y a veces, antes de lograrlo, volvían a dispersarse ante el pensamiento extraviado de que tal vez la señorita Havisham haría mi fortuna en cuanto hubiese terminado mi aprendizaje.

Si lo hubiese acabado ya, me habría quedado en lo más profundo de mis dudas, según creo. Pero no lo terminé, sin embargo, porque llegó a un fin prematuro, según se verá por lo que sigue.