Grandes esperanzas: 18

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CAPITULO XVIII[editar]

Eso ocurrió en el cuarto año de mi aprendizaje y en la noche de un sábado. En torno del fuego de Los Tres Alegres Barqueros habíase congregado un grupo que escuchaba atento la lectura que, en voz alta, hacía el señor Wopsle del periódico. Yo formaba parte de aquel grupo.

Habíase cometido un crimen que se hizo célebre, y el señor Wopsle estaba enrojecido hasta las cejas. Se deleitaba ante cada uno de los violentos adjetivos de la descripción y se identificaba con cada uno de los testigos de la instrucción del proceso. Con voz débil y quejumbrosa decía «¡Estoy perdido!», cuando se trataba de los últimos momentos de la víctima, y en voz salvaje gritaba: «¡Voy a arreglarte las cuentas!», refiriéndose a las palabras pronunciadas por el asesino. Explicó el examen de los médicos forenses imitando el modo de hablar del practicante del pueblo, y habló con voz tan débil y temblorosa al repetir la declaración del guarda de la barrera que había oído golpes, de un modo tan propio de un paralítico, que llegó a inspirarnos serias dudas acerca de la cordura de aquel testigo. El coroner, en manos del señor Wopsle, se convirtió en Timón de Atenas; el alguacil, en Coriolano. Él disfrutaba lo indecible y nosotros también, aparte de que todos estábamos muy cómodos y a gusto. En aquel estado mental agradable llegamos al veredicto de «asesinato premeditado».

Entonces, y no antes, me di cuenta de que un desconocido caballero estaba apoyado en el respaldo del asiento situado frente a mí y que observaba la escena. En su rostro se advertía una expresión de desdén y se mordía el lado de su enorme dedo índice mientras observaba el grupo de rostros.

— Perfectamente — dijo el desconocido al señor Wopsle en cuanto hubo terminado la lectura —, me parece que lo ha arreglado usted todo a su gusto.

Todos se sobresaltaron y levantaron los ojos como si aquel nuevo personaje fuese el asesino. Él miró a todos fría y sarcásticamente.

— Desde luego es culpable, ¿verdad? — dijo —. ¡Vamos, dígalo!

— Caballero — replicó el señor Wopsle —, aunque no tenga el honor de conocerle a usted, puedo asegurar que ese hombre es culpable.

Al oír estas palabras, todos recobramos el valor suficiente para unirnos en un murmullo de aprobación. —Ya sabía que opinaría usted así—dijo el desconocido—, y de ello estaba convencido de antemano. Pero ahora quiero hacerle una pregunta: ¿sabe usted o no que la ley de Inglaterra presupone que todo hombre es inocente, a no ser que se pruebe sin duda alguna que es culpable?

— Caballero — empezó a decir el señor Wopsle —, como inglés que soy, yo...

— ¡Alto! —replicó el desconocido mordiendo de nuevo su índice —. No se salga usted por la tangente. O está usted enterado de eso o lo desconoce. ¿Qué contesta?

Estaba con la cabeza inclinada a un lado, y pareció arrojar su dedo índice al señor Wopsle, como si quisiera señalarlo, antes de repetir la acción.

—Vamos, conteste—dijo—. ¿Está usted enterado de eso o no?

— Ciertamente estoy enterado — replicó el señor Wopsle.

—Lo sabe sin duda alguna. ¿Por qué no lo dijo de antemano? Ahora voy a hacerle otra pregunta — añadió tomando posesión del señor Wopsle como si tuviese algún derecho sobre él —. ¿Sabe usted ya que a ninguno de esos testigos se les ha interrogado de nuevo?

El señor Wopsle empezó a murmurar:

— Yo solamente puedo decir...

Pero el desconocido le interrumpió:

— ¿Cómo? ¿Quiere usted contestar a la pregunta o no? En fin, pruébelo otra vez — añadió señalándole de nuevo con el dedo—. Fíjese en lo que diga. ¿Está usted enterado o no de que no se han hecho repreguntas a los testigos? No quiero que me conteste más que sí o no.

El señor Wopsle vaciló, y nosotros empezamos a tener una pobre idea de él.

— Espere — añadió el desconocido —. Voy a ayudarle.

No lo merece usted, pero lo haré. Fíjese en el papel que tiene en las manos. ¿Qué es?

— ¿Qué es? — repitió el señor Wopsle mirándolo sin comprender.

— ¿Es — prosiguió el desconocido, con acento sarcástico y receloso — el periódico que acaba usted de leer?

— Lo ignoro.

—Sin duda alguna. Ahora fíjese en lo impreso y vea si expresa con claridad que el acusado dijo que sus consejeros legales le dieron instrucciones concretas para que se reservara su defensa.

— Acabo de leerlo.

— Nada importa lo que acaba usted de leer, caballero. No le pregunto qué acaba de leer. Si le da la gana, puede leer al revés el padrenuestro, y tal vez lo ha hecho usted antes de hoy. Fíjese en el periódico. No, no, amigo mío, no en lo alto de la columna. Es usted ladino. A1 final, al final. — Todos empezamos a creer que el señor Wopsle era hombre amigo de los subterfugios —. Bien. ¿Lo ha encontrado ya?

— Aquí está — dijo el señor Wopsle.

—Ahora lea usted y dígame si expresa con claridad o no que el preso dijo haber sido instruido por sus consejeros legales para que se reservara su defensa. ¿Lo ha encontrado? ¿Lo entiende claramente?

— No son éstas las palabras exactas — observó el señor Wopsle.

— ¿Que no son las palabras exactas? — repitió amargamente el caballero. —. Pero ¿es exacto el sentido?

— Sí — confesó el señor Wopsle.

— Sí — repitió el desconocido mirando alrededor de él a todos los reunidos y con la mano extendida hacia el testigo Wopsle —. Y ahora pregunto a ustedes qué me dicen de la conciencia de un hombre que, con este párrafo ante sus ojos, es capaz de dormir sobre su almohada después de haber llamado culpable a un hombre sin oírle.

Todos empezamos a sospechar que el señor Wopsle no era el hombre que habíamos creído y que ya íbamos dándonos cuenta de sus defectos.

— Y ese mismo hombre, recuérdenlo — prosiguió el caballero, señalando al señor Wopsle con su índice —, ese mismo hombre podría haber sido nombrado jurado en este juicio, y, después de pecar, volvería satisfecho al seno de su familia y apoyaría la cabeza en la almohada, eso después de jurar que examinaría lealmente el caso pendiente entre nuestro soberano, el rey, y el preso del banquillo, y que pronunciaría un veredicto justo, de acuerdo con las evidencias que se le ofrecieran, para que Dios le ayudase luego por su rectitud.

Todos estábamos profundamente persuadidos de que el desgraciado Wopsle había ido demasiado lejos, y que, siendo aún tiempo, haría mejor en detenerse en su atolondrada carrera.

El extraño caballero, con aire de autoridad indiscutible y en apariencia conocedor de algo secreto acerca de cada uno de nosotros, algo que aniquilaría a cada uno si se decidía a revelarlo, dejó el respaldo de su asiento y se situó entre los dos bancos, frente al fuego, en donde permaneció en pie. Se metió la mano izquierda en el bolsillo, en tanto que continuaba mordiendo el índice de la derecha.

—A juzgar por los informes recogidos—dijo mirando alrededor mientras lo contemplábamos acobardados —, tengo razones para creer que entre ustedes hay un herrero llamado José, o Joe, o Gargery. ¿Quién es? —Soy yo — contestó Joe.

El extraño caballero le hizo seña de que se acercase, cosa que hizo Joe. 65 — ¿Tiene usted un aprendiz — prosiguió el desconocido — comúnmente llamado Pip?

— ¡Aquí estoy! — exclamé.

El caballero no me reconoció, pero yo sí recordé que era el mismo a quien encontrara en la escalera, en mi segunda visita a casa de la señorita Havisham. Le reconocí desde el primer momento en que le vi, y ahora que estaba ante él, mientras me apoyaba la mano en el hombro, volví a contemplar con detenimiento su gran cabeza, su cutis moreno, sus ojos hundidos, sus pobladas cejas, su enorme cadena de reloj, su barba y bigote espesos, aunque afeitados, y hasta el aroma de jabón perfumado en su enorme mano.

— He de tener una conversación particular con ustedes dos — dijo después de haberme examinado a su placer —. Emplearemos unos instantes tan sólo. Tal vez sera mejor que nos vayamos a su casa. Prefiero no anticipar nada aquí; luego lo referirán todo o algo a sus amigos, según les parezca mejor; eso no me importa nada.

En absoluto silencio salimos de Los Tres Alegres Barqueros y, sin despegar los labios, nos dirigimos a casa. Mientras andábamos, el extraño desconocido me miraba con mucha atención y a veces se mordía el borde de su dedo índice. Cuando ya estábamos cerca de casa, Joe, creyendo que la ocasión era, en cierto modo, importante y ceremoniosa, se anticipó a nosotros para abrir la puerta. Nuestra conferencia tuvo lugar en el salón, que alumbraba débilmente una bujía. Ello empezó sentándose el desconocido a la mesa; acercándose la bujía y consultando algunas notas en un libro de bolsillo. Luego dejó éste a un lado y miró en la penumbra a Joe y a mí, para saber dónde estábamos respectivamente.

— Mi nombre — empezó diciendo — es Jaggers, y soy abogado de Londres. Soy bastante conocido. Tengo que tratar con ustedes un asunto nada corriente, y empiezo por decir que en ello no he tornado ninguna iniciativa. Si se hubiese pedido mi consejo, es lo más probable que no estuviera aquí. No me preguntaron nada, y por eso me ven ante ustedes. Voy a limitarme a hacer lo que corresponde al que obra como agente de otro. Ni más ni menos.

Observando que no podia vernos muy bien desde donde estaba sentado, se levantó, pasó una pierna por encima del respaldo de la silla y se apoyó en ella, de manera que tenía un pie en el suelo y el otro sobre el asiento de la silla.

— Ahora, Joe Gargery — dijo —, soy portador de una oferta que le librará de ese muchacho, su aprendiz. Supongo que no tendrá usted inconveniente en anular su contrato de aprendizaje a petición suya y en su beneficio. ¿Desea usted alguna compensación por ello?

— ¡No quiera Dios que pida cosa alguna por ayudar a Pip! — exclamó Joe, muy asombrado.

— Esta exclamación es piadosa, pero de nada sirve en este caso — replicó el señor Jaggers —. La cuestión es: ¿quiere usted algo?, ¿necesita usted algo?

—A eso he de contestar — dijo Joe severamente —que no.

Me pareció que el señor Jaggers miraba a Joe como si fuera un tonto por su desinterés, pero yo estaba demasiado maravillado y curioso para que pueda tener la seguridad de ello. — Muy bien — dijo el señor Jaggers —. Recuerde lo que acaba de prometer y no se vuelva atrás de ello. — ¿Quién se vuelve atrás? — preguntó Joe.

— No he mencionado a nadie. No he dicho que nadie lo haga. ¿Tiene usted permiso?

— Sí, lo tengo.

— Pues recuerde usted que un perro ladrador es bueno, pero mejor aún es el que muerde y no ladra. ¿Lo recordará usted? — repitió el señor Jaggers cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia Joe, como si le excusara por algo —. Ahora, volviendo a este muchacho, he de comunicarles a ustedes que tiene un espléndido porvenir.

Joe se quedó asombrado, y él y yo nos miramos mutuamente.

— Tengo instrucciones de comunicarle — dijo el señor Jaggers señalándome con su dedo índice — que tendrá considerables bienes. Además, que el actual poseedor de esos bienes desea que abandone inmediatamente la esfera social y la casa que ocupa ahora y que se eduque como caballero. En una palabra, como persona de gran porvenir.

Habían desaparecido mis ensueños, y mi loca fantasia se había quedado rezagada ante la realidad pura; la señorita Havisham iba a hacer mi fortuna en gran escala.

— Ahora, señor Pip — prosiguió el abogado —, lo que me queda por decir va encaminado a usted por entero. Ante todo, debe usted tener en cuenta que la persona que me ha dado las instrucciones que estoy cumpliendo desea que siempre lleve usted el nombre de Pip. Me atrevo a esperar que no tendrá usted inconveniente alguno, pues su espléndido porvenir depende del cumplimiento de esta fácil condición. Pero si tiene usted algún inconveniente, ésta es la ocasión de manifestarlo.

Latía tan aprisa mi corazón y me silbaban de tal manera los oídos, que apenas pude tartamudear que no tenía ningún inconveniente.

— Ya me lo figuro — dijo el abogado —. Ahora, señor Pip, debe usted tener en cuenta que el nombre de la persona que se convierte en su bienhechor ha de quedar absolutamente secreto, hasta que esta persona crea que ha llegado la ocasión de revelarlo. Tengo autorización de esta persona para comunicarle que ella misma se lo revelará directamente, de palabra. Ignoro cuándo o dónde lo hará, pues nadie puede decirlo. Posiblemente pueden pasar varios años. Además, sepa que se le prohíbe hacer ninguna indagación ni alusión o referencia acerca de esa persona, por velada que sea la insinuación, con objeto de averiguar la personalidad de su bienhechor, en cualquiera de las comunicaciones que usted pueda dirigirme. Si en su pecho abriga usted alguna sospecha o suposición, guárdesela para sí mismo. Nada importa cuáles puedan ser las razones de semejante prohibición. Tal vez sean de extremada gravedad o consistan solamente en un capricho. Usted no ha de tratar de averiguarlo. La condición es rigurosa. Ya le he dado cuenta de esta condición. La aceptación de ella y su observancia y obediencia es lo último que me ha encargado la persona que me ha dado sus instrucciones y hacia la cual no tengo otra responsabilidad. Esta persona es la misma a quien deberá usted su espléndido porvenir, y el secreto está solamente en posesión de ella misma y de mí. Nuevamente repito que no es muy difícil de cumplir la condición que le imponen para alcanzar este mejoramiento de fortuna; pero si tiene algún inconveniente en aceptarla, no tiene más que decirlo. Hable. Una vez más, tartamudeé con dificultad que no tenía nada que objetar.

— Me lo figuro. Ahora, señor Pip, he terminado ya la exposición de las estipulaciones. Aunque me llamaba «señor Pip» y empezaba a demostrarme mayor consideración, aún no se había borrado de su rostro cierta expresión amenazadora; de vez en cuando cerraba los ojos y me señalaba con el dedo mientas hablaba, como si quisiera significarme que conocía muchas cosas en mi desprestigio y que, si quería, podía enumerarlas.

— Vamos ahora a tratar de los detalles de nuestro convenio. Debe usted saber que, aun cuando he usado la palabra «porvenir» más de una vez, no solamente tendrá usted porvenir. Obra ya en mis manos una cantidad de dinero más que suficiente para su educación y para su subsistencia. Me hará usted el favor de considerarme su tutor. ¡Oh! — añadió al observar que yo me disponía a darle las gracias —. De antemano le digo que me pagan por mis servicios, pues, de lo contrario, no los prestaría. Se ha decidido que será usted mejor educado, de acuerdo con su posición completamente distinta, y se cree que comprenderá usted la importancia y la necesidad de entrar inmediatamente a gozar de estas ventajas. Dije que siempre lo había deseado.

— Nada importa lo que haya usted deseado, señor Pip — contestó —. Recuerde eso. Si lo desea ahora, ya basta. ¿Debo entender que está usted dispuesto a quedar inmediatamente al cuidado de un maestro apropiado? ¿Es así?

Yo tartamudeé que sí.

— Bien. Ahora hay que tener en cuenta sus inclinaciones. No porque lo crea necesario, fíjese, pero así me lo han ordenado. ¿Ha oído usted hablar de algún profesor a quien prefiera? Yo no había oído hablar de otro profesor que Biddy y la tía abuela del señor Wopsle, de manera que contesté en sentido negativo.

—Hay un maestro de quien tengo algunas noticias que me parece indicado para el caso — dijo el señor Jaggers —Observe que no lo recomiendo, porque tengo la costumbre de no recomendar nunca a nadie. El caballero de quien hablo se llama señor Mateo Pocket.

¡Ah! Recordé inmediatamente aquel nombre. Era un pariente de la señorita Havisham: aquel Mateo de quien habían hablado el señor Camila y su esposa; el Mateo que debería ocupar su sitio en la cabecera mortuoria de la señorita Havisham cuando yaciera, en su traje de boda, sobre la mesa nupcial. — ¿Conoce usted el nombre? — preguntó el señor Jaggers dirigiéndome una astuta mirada. Luego cerró los ojos, esperando mi respuesta.

Ésta fue que, efectivamente, había oído antes aquel nombre.

— ¡Oh! — exclamó —. ¿Ya ha oído usted este nombre? Pero lo que importa es qué me dice usted acerca de eso.

Dije, o traté de decir, que le estaba muy agradecido por aquella indicación...

— No, joven amigo — interrumpió, moviendo despacio la cabeza—. Fíjese bien.

Pero, sin fijarme, empecé a decir que le estaba muy agradecido por su recomendación...

— No, joven amigo — interrumpió de nuevo con el mismo ademán, frunciendo el ceño y sonriendo al mismo tiempo —, no, no, no; se explica usted bien, pero no es eso. Es usted demasiado joven para tratar de envolverme en sus palabras. Recomendación no es la palabra, señor Pip. Busque otra.

Corrigiéndome, dije que le estaba muy agradecido por haber mencionado al señor Mateo Pocket.

— Eso ya está mejor — exclamó el señor Jaggers.

— Y me pondré con gusto a las órdenes de ese caballero — añadí.

—Muy bien. Mejor será que lo haga en su propia casa. Se preparará el viaje para usted, y ante todo podrá usted ver al hijo del señor Pocket, que está en Londres. ¿Cuándo irá usted a Londres?

Yo contesté, mirando a Joe, que estaba a mi lado e inmóvil, que, según suponía, podría ir inmediatamente.

— Antes — observó el señor Jaggers — conviene que tenga usted un traje nuevo para el viaje. Este traje no ha de ser propio de trabajo. Digamos de hoy en ocho días. Necesitará usted algún dinero. ¿Le parece bien que le deje veinte guineas?

Sacó una larga bolsa, con la mayor indiferencia, contó las veinte guineas sobre la mesa y las empujó hacia mí. Entonces separó la pierna de la silla por vez primera. Se quedó sentado en ella a horcajadas en cuanto me hubo dado el dinero y empezó a balancear la bolsa mirando a Joe.

— ¡Qué, Joe Gargery! Parece que está usted aturdido.

— Sí, señor — contestó Joe con firmeza.

—Hemos convenido en que no quiere nada para sí mismo, ¿se acuerda?

— Ya estamos conformes — replicó Joe —. Y estamos y seguiremos estando conformes acerca de eso. — ¿Y qué me diría usted — añadió el señor Jaggers —si mis instrucciones fuesen las de hacerle a usted un regalo por vía de compensación?

— ¿Compensación de qué? — preguntó Joe.

— Por la pérdida de los servicios de su aprendiz.

Joe echó la mano sobre mi hombro tan cariñosamente como hubiera hecho una madre. Muchas veces he pensado en él comparándolo a un martillo pilón que puede aplastar a un hombre o acariciar una cáscara de huevo con su combinación de fuerza y suavidad.

— De todo corazón — dijo Joe — libero a Pip de sus servicios, para que vaya a gozar del honor y de la fortuna. Pero si usted se figura que el dinero puede ser una compensación para mí por la pérdida de este niño, poco me importa la fragua, que es mi mejor amigo...

¡Mi querido y buen Joe, a quien estaba tan dispuesto a dejar y aun con tanta ingratitud, ahora te veo otra vez con tu negro y musculoso brazo ante los ojos y tu ancho pecho jadeante mientras tu voz se debilita! ¡Oh, mi querido, fiel y tierno Joe, me parece sentir aún el temblor de tu mano sobre el brazo, contacto tan solemne aquel día como si hubiera sido el roce del ala de un ángel!

Pero entonces reanimé a Joe. Yo estaba extraviado en el laberinto de mi futura fortuna y no podía volver a pasar por los senderos que ambos habíamos pisado. Rogué a Joe que se consolara, porque, según él dijo, siempre habíamos sido los mejores amigos, y añadí que seguiríamos siéndolo. Joe se frotó los ojos con el puño que tenía libre, como si quisiera arrancárselos, pero no dijo nada más.

El señor Jaggers había observado la escena como si considerase a Joe el idiota del pueblo y a mí su guardián. Cuando hubo terminado, sopesó en su mano la bolsa que ya no balanceaba y dijo:

— Ahora, Joe Gargery, le aviso a usted de que ésta es su última oportunidad. Conmigo no hay que hacer las cosas a medias. Si quiere usted aceptar el regalo que tengo el encargo de entregarle, dígalo claro y lo tendrá. Si, por el contrario, quiere decir...

Cuando pronunciaba estas palabras, con el mayor asombro por su parte, se vio detenido por la actitud de Joe, que empezó a dar vueltas alrededor de él con todas las demostraciones propias de sus intenciones pugilísticas.

— Lo que le digo — exclamó Joe — es que, si usted viene a mi casa a molestarme, puede salir inmediatamente. Y también le digo que, si es hombre, se acerque. Y lo que digo es que sostendré mis palabras mientras me sea posible.

Yo alejé a Joe, que inmediatamente se calmó, limitándose a decirme, con toda la cortesía de que era capaz y al mismo tiempo para que se enterase cualquiera a quien le interesara, que no deseaba que le molestasen en su propia casa. E1 señor Jaggers se había levantado al observar las demostraciones de Joe y fue a apoyarse en la pared, junto a la puerta. Y sin mostrar ninguna inclinación a dirigirse al centro de la estancia, expresó sus observaciones de despedida. Que fueron éstas:

— Pues bien, señor Pip, creo que cuanto antes salga usted de aquí, puesto que ha de ser un caballero, mejor será. Queda convenido en que lo hará usted de hoy en ocho días, y, mientras tanto, recibirá usted mis señas impresas. Una vez esté en Londres, podrá tomar un coche de alquiler en cualquier cochera y dirigirse a mi casa. Observe que no expreso opinión, ni en un sentido ni en otro, acerca de la misión que he aceptado. Me pagan por ello y por eso lo hago. Ahora fíjese usted en lo que acabo de decir. Fíjese mucho.

Dirigía su dedo índice a nosotros dos a la vez, y creo que habría continuado a no ser por los recelos que le inspiraba la actitud de Joe. Por eso se marchó.

Tuve una idea que me indujo a echar a correr tras él mientras se encaminaba a Los Tres Alegres Barqueros, en donde dejó un carruaje de alquiler.

— Dispénseme, señor Jaggers.

— ¡Hola! — exclamó volviéndose —. ¿Qué ocurre?

— Como deseo cumplir exactamente sus instrucciones, señor Jaggers, me parece mucho mejor preguntarle: ¿hay algún inconveniente en que me despida de una persona a quien conozco en las cercanías, antes de marcharme?

— No — dij o mirándome como si apenas me entendiese.

— No quiero decir en el pueblo solamente, sino también en la ciudad.

— No — replicó —. No hay inconveniente.

Le di las gracias y eché a correr hacia mi casa, en donde vi que Joe había cerrado ya la puerta principal, así como la del salón, y estaba sentado ante el fuego de la cocina, con una mano en cada rodilla y mirando pensativo a los ardientes carbones. Durante largo tiempo, ni él ni yo dijimos una palabra.

Mi hermana estaba en su sillón lleno de almohadones y en el rincón acostumbrado, y en cuanto a Biddy, estaba sentada, ocupada en su labor y ante el fuego. Joe se hallaba cerca de la joven, y yo junto a él, en el rincón opuesto al ocupado por mi hermana. Cuanto más miraba a los brillantes carbones, más incapaz me sentía de mirar a Joe; y cuanto más duraba el silencio, menos capaz me sentía de hablar. Por fin exclamé:

— Joe, ¿se lo has dicho a Biddy?

— No, Pip — replicó Joe mirando aún el fuego y cogiéndose con fuerza las rodillas como si tuviese algún secreto que ellas estuviesen dispuestas a revelar—. He creído mejor que se lo dijeras tú, Pip. — Prefiero que hables tú, Joe.

— Pues bien — dijo éste —. Pip es un caballero afortunado, y Dios le bendiga en su nuevo estado. Biddy dejó caer su labor de costura y le miró. Joe seguía cogiéndose las rodillas y miró también. Yo devolví la mirada a ambos y, después de una pausa, los dos me felicitaron; pero en sus palabras había cierta tristeza que comprendí muy bien.

Tomé a mi cargo el indicar a Biddy, y por medio de ésta a Joe, la grave obligación que tenían mis amigos de no indagar ni decir nada acerca de la persona que acababa de hacer mi fortuna. Todo se sabría a su tiempo, observé, y, mientras tanto, no había de decirse nada, a excepción de que iba a tener un espléndido porvenir gracias a una persona misteriosa. Biddy afirmó con la cabeza, muy pensativa y mirando al fuego, mientras reanudaba el trabajo, y dijo que lo recordaría muy bien. Joe, por su parte, manteniendo aún cogidas sus rodillas, dijo:

— Yo también lo recordaré, Pip.

Luego me felicitaron otra vez, y continuaron expresando tal extrañeza de que yo me convirtiese en caballero, que eso no me gustó lo más mínimo.

Imposible decir el trabajo que le costó a Biddy tratar de dar a mi hermana alguna idea de lo sucedido. Según creo, tales esfuerzos fracasaron por completo. La enferma se echó a reír y meneó la cabeza muchas veces, y hasta, imitando a Biddy, repitió las palabras «Pip» y «riqueza». Pero dudo de que comprendiese siquiera lo que decía, lo cual da a entender que no tenía ninguna confianza en la claridad de su mente. Nunca lo habría creído de no haberme ocurrido, pero el caso es que mientras Joe y Biddy recobraban su habitual alegría, yo me ponía cada vez más triste. Desde luego, no porque estuviera disgustado de mi fortuna; pero es posible que, aun sin saberlo, hubiese estado disgustado conmigo mismo. Sea lo que fuere, estaba sentado con el codo apoyado en la rodilla y la cara sobre la mano, mirando al fuego mientras mis dos compañeros seguían hablando de mi marcha, de lo que harían sin mí y de todo lo referente al cambio. Y cada vez que sorprendía a uno de ellos mirándome, cosa que no hacían con tanto agrado (y me miraban con frecuencia, especialmente Biddy), me sentía ofendido igual que si expresasen alguna desconfianza en mí. Aunque bien sabe Dios que no lo dieron a entender con palabras ni con signos. En tales ocasiones, yo me levantaba y me iba a mirar a la puerta, porque la de nuestra cocina daba al exterior de la casa y permanecía abierta durante las noches de verano para ventilar la habitación. Las estrellas hacia las cuales yo levantaba mis ojos me parecían pobres y humildes por el hecho de que brillasen sobre los rústicos objetos entre los cuales había pasado mi vida.

— E1 sábado por la noche — dije cuando nos sentamos a tomar la cena, que consistía en pan, queso y cerveza —Cinco días más y será ya el día anterior al de mi marcha. Pronto pasarán.

— Sí, Pip — observó Joe, cuya voz sonó más profunda al proyectarla dentro de su jarro de cerveza —, pronto pasarán.

— He estado pensando, Joe, que cuando el lunes vayamos a la ciudad para encargar mi nuevo traje, diré al sastre que iré a ponérmelo allí o que lo mande a casa del señor Pumblechook. Me sería muy desagradable que la gente de aquí empezase a contemplarme como un bicho raro.

—Los señores Hubble tendrían mucho gusto en verte con tu traje nuevo, Pip—dijo Joe tratando de cortar el pan y el queso sobre la palma de su mano izquierda y mirando a mi parte que yo no había tocado, como si recordase el tiempo en que teníamos costumbre de comparar nuestros respectivos bocados —. También le gustaría a Wopsle. Y en Los Tres Alegres Barqueros, todos lo considerarían una deferencia. — Esto, precisamente, es lo que no quiero, Joe. Empezarían a charlar tanto de eso y de un modo tan ordinario, que yo mismo no podría soportarme.

— ¿De veras, Pip? — exclamó Joe —. Si no pudieras soportarte a ti mismo...

Entonces Biddy me preguntó, mientras sostenía el plato de mi hermana:

— ¿Has pensado en cuando te contemplaremos el señor Gargery, tu hermana y yo? Supongo que no tendrás inconveniente en que te veamos.

— Biddy — repliqué, algo resentido —. Eres tan vivaz, que apenas hay manera de seguirte.

— Siempre lo fue — observó Joe.

— Si hubieses esperado un instante, Biddy, me habrías oído decir que me propongo traer aquí mi traje, en un fardo, por la noche, es decir, la noche antes de mi marcha. Biddy no dijo ya nada más. Yo la perdoné generosamente y pronto di con afecto las buenas noches a ella y a Joe y me marché a la cama. En cuanto me metí en mi cuartito, me quedé sentado y lo contemplé largo rato, considerándolo una habitacioncita muy pobre y de la que me separaría muy pronto para habitar siempre otras más elegantes. En aquella estancia estaban mis jóvenes recuerdos, y entonces también sentí la misma extraña confusión mental entre ella y las otras habitaciones mejores que iría a habitar, así como me había ocurrido muchas veces entre la forja y la casa de la señorita Havisham y entre Biddy y Estella.

Todo el día había brillado el sol sobre el tejado de mi sotabanco, y por eso estaba caluroso. Cuando abrí la ventana y me quedé mirando al exterior vi a Joe mientras, lentamente, salía a la oscuridad desde la puerta que había en la planta baja y daba algunas vueltas al aire libre; luego vi pasar a Biddy para entregarle la pipa y encendérsela. Él no solía fumar tan tarde, y esto me indicó que, por una u otra razón, necesitaba algún consuelo.

Entonces se quedó ante la puerta, inmediatamente debajo de mí, fumando la pipa, y estaba también Biddy hablando en voz baja con él. Comprendí que trataban de mí, porque pude oír varias veces que ambos pronunciaban mi nombre en tono cariñoso. Yo no habría escuchado más aunque me hubiese sido posible oír mejor, y por eso me retiré de la ventana y me senté en la silla que tenía junto a la cama, sintiéndome muy triste y raro en aquella primera noche de mi brillante fortuna, que, por extraño que parezca, era la más solitaria y desdichada que había pasado en mi vida.

Mirando hacia la abierta ventana descubrí flotando algunas ligeras columnas de humo procedentes de la pipa de Joe, cosa que me pareció una bendición por su parte, no ante mí, sino saturando el aire que ambos respirábamos. Apagué la luz y me metí en la cama, que entonces me pareció muy incómoda. Y no pude lograr en ella mi acostumbrado sueño profundo.