Grito de gloria : 14

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Una mañana, muy temprano, Guadalupe dirigiose presurosa a la pescadería del norte en busca de pescadillas de rey; bocado predilecto de don Carlos, que ella era muy hábil en preparar, y que a indicación de Natalia tenía dispuesto a lo menos dos veces en la semana. Iba la negra con su canasto al brazo, luciendo un vestido nuevo a listas moradas y un pañuelo de colores vivos cruzado por el pecho, echando miradas por encima del hombro a los pernambucanos del tránsito, cuando al llegar a la calle de San Pedro viose en el caso de detenerse, pues estaba obstruida por un regimiento de caballería.

Ella miró con atención. Sabía distinguir los cuerpos del ejército por sus números, aun por sus uniformes; y conocía a sus jefes por haberlos visto muchas veces en revistas y paradas.

-¡Hem! -dijo en voz alta con cierta ironía y no poca desenvoltura-. ¿De dónde vendrán éstos?... ¿El segundo de paulistas del coronel Pintos entreverado con el que salió el domingo? Ha de calentar la cosa en el campo...

Y observaba con atrevida curiosidad, llevando sus miradas de la cabeza a la cola de la columna, que aún no había traspuesto la puerta de la muralla.

Las cabalgaduras parecían transidas, cubiertas de lodo, escuálidas, con las cabezas gachas y los vientres lastimados por la espuela.

Los jinetes todavía somnolientos, muy pálidos, encogidos en las monturas, con las carabinas a la espalda, los abrigos a medio cuerpo, denunciaban con sus bostezos que la marcha había sido de toda la noche. Algunos traían sólo la mitad de sus prendas de vestido o de «recado», como si los hubiesen dejado caer en el camino u olvidado en los vivacs. Otros estaban sobre los lomos limpios de jamelgos que los exhibían como sierras. Estos se apoyaban en una pierna, con el tronco colgante al lado opuesto, doloridos, malhumorados, exhaustos de fuerzas. No faltaba quienes murmurasen pasándose las manos por las cabezas polvorientas. Los oficiales estaban silenciosos, inclinados sobre el pescuezo de los caballos; que a su vez, al tascar los frenos, con las narices a una línea del lodo, parecían abrumados por el cansancio, el hambre, la sed y el sueño. Un clarín se había apeado, y dormitaba recostado en la montura. El porta, con el estandarte en su funda puesto en su caja, estaba cogido de él a dos manos, con los ojos cerrados y un pie fuera del estribo. El coronel Pintos recorría al paso las filas, deteniéndose para cambiar palabras con los capitanes.

-¡No digo yo! Estos han llevado una azotaina -murmuró Guadalupe alargando su labio pulposo y mostrando sus dientes, de una blancura de «mazamorra».

Y recogiendo el vestido, pasó zarandeándose por entre dos mitades con un gesto desdeñoso.

Los soldados rezongaron, dirigiéndole algunas pullas medio dormidos. Fue como un murmullo de insectos gruñones, zumbándole en los oídos.

Aunque ninguna de las frases llegó a entender claro, la negra volvió de lado la cabeza con el hombro encogido, torció la boca y dijo, sin pararse:

-¿A mí monos? ¡Ya se quisieran!... ¡Lindo les fue en el baile!

Y siguió, riéndose, con un contento que le retozaba por todo el cuerpo entre visajes y contorsiones.

La pescadería estaba allí cerca; de modo que en pocos momentos hizo su compra, pero no de pescadillas esta vez, pues no las había sino de brótolas extraídas en la noche por las redes de jorro en la costa del este.

De todos modos ella había hecho otra pesca de importancia que se sentía ansiosa de comunicar a su ama; por lo cual se volvió casi corriendo por el mismo camino para no perder ni un minuto.

El regimiento marchaba a lo largo de la calle de San Fernando al trote, y sus últimas mitades enfrentaban con las de San Carlos que conduela en línea recta a la ciudadela.

Guadalupe llegó jadeante a la casa de Berón.

Era la hora precisamente en que todos debían encontrarse ya de pie. Natalia se levantaba con el sol por hábito invariable. Concluido su atavío, en el cual ponía pulcro esmero, recorría el jardín y la huerta, reuníase a la madre de Luis María, y se ocupaba con ella de dirigir las cosas domésticas alternándose en la labor, hasta que todo quedaba en orden.

Después, como atraídas por el mismo pensamiento, a veces sin comunicárselo, cual de un modo maquinal, hallábanse juntas de nuevo al pie de la escalera del mirador, o en el mirador mismo, con el anteojo en la mano para observar el campo, que de allí se dominaba sin obstáculo alguno al frente.

Guadalupe las encontró en camino del observatorio, cuando el señor Berón, dirigiéndose también allí, notando la agitación de la esclava, acercose preguntando:

-¿Qué ocurre, muchacha? ¿qué has visto en la calle? ¡Anda lista!

-¡Qué ha de ser, señor! -dijo Guadalupe sofocada-. Los paulistas han vuelto... acabo de verlos, han pasado por aquí, todos corridos y causados.

-¿Cuáles? ¿Los de Borba, o los de Pintos?

-Los de Pintos, señor, los conozco bien. Vienen que da miedo; mugrientos, sin ánimo, con los caballos que se caen de aplastados... El coronel parecía un fantasma; con la cara de difunto, todo metido en el capote hecho una espiga.

-¡Aguarda, muchacha, aguarda! -repuso don Carlos con el aire grave de quien calcula, echándose el gorro a la nuca, y el índice en la frente-. Pintos estaba en Canelones y Borba en San José; pues que Pintos ha trasnochado al galope, según tus datos Borba ha caído en poder de los invasores y éste ha buscado la salvación en la fuga... ¡Golpe de mano atrevido!... No hay duda. Una marcha forzada a la buena de Dios hecha por esos guapos; una sorpresa de tente tieso y no te muevas, y zas... todo el regimiento en la trampa. ¡No puede ser de otro modo! Luego se han venido ganando largas al sueño derecho a Guadalupe, para caer sobre el segundo cuerpo, el que, por una fatalidad del diablo, que siempre se atraviesa, sintió el avance y, matando caballos ha enderezado a la guarida, atrás del cascarón a donde no alcanza el plomo... ¡Hum! Esto marcha...

Las mujeres casi sin desplegar los labios. En sus rostros, sin embargo, trasparentábase una emoción de intensa alegría.

-Los otros que salieron el domingo -se atrevió a decir la negra, interrumpiendo al señor Berón,- venían también revueltos...

-¿Venían? ¿no te equivocas, negrilla? -exclamó el viejo chispeándole los ojos, en un arrebato de entusiasmo concentrado.

-¡Digo que sí, señor!... A algunos de esos, los traen enancados, con las casacas rotas, llenas de barro.

Don Carlos levantó el puño con un visaje que le formó diez arrugas en el semblante, restregose las manos con indecible goce, y corrió a la escalera del mirador, repitiendo con acento ronco:

-¡Esto marcha, mujer!... ¡Sí, marcha, por San Santiago!

Natalia cogió entre las suyas la mano de la señora, y mirando a su negra, dijo toda estremecida:

-¡Qué noticias buenas traes, Lupa! ¡Si supieras cuanto bien nos hacen!... Mucho tarda don Carlos en decir si allá en el campo se divisa algo. ¿No quiere V. que subamos, señora?

-¿Para qué, hija? Ya nos dará él noticias. Tú sabes que cogiendo el anteojo, no hay medio de quitárselo; es como un capitán de buque que se empeña en descubrir la costa, aunque esté a cien millas.

Y la señora se sonreía con el rostro encendido por la impresión, atrayendo a la joven en un dulce movimiento de simpatía.

-¡Ah, no! -murmuraba-, Guadalupe; tan pronto no han de llegar, niña. ¡Ni que tuvieran alas! Y si llegan han de ser tantos que hemos de sentir el ruido de lejos.

-¡Yo no sé; pero creo que llegarán pronto!

-¡Si viera, niña, los paulistas sucios que da miedo!... Los otros no han de venir más limpios; pero para esos tendremos ropa planchada y ponchos nuevos. Los pobrecitos han de estar muy necesitados con tanto andar a todos rumbos durmiendo al raso y pasando miserias...

-Cállate Lupa: ¿qué sabes tú?

-Yo sé, niña, pero adivino... ¿Y qué importa? Ellos a donde quiera que lleguen han de encontrar almas buenas que le hagan el gusto. No son como estos individuos que apestan de lejos y andan como maletas en los reyunos.

En esto oyose la voz de don Carlos que bajaba tramo a tramo, diciendo:

-Aun el lente no dibuja nada que se parezca a hombre, allá, en el Cerrillo... Por aquí cerca pululan soldados de la plaza en partidas que andan venteando las afueras. ¡Maldito campo taciturno! Ni un pájaro vuela espantado.

El español apareció en la puerta con su cabeza rígida y las manos bajo de la capa, castañeteando los dedos con impaciencia.

-¡Nada! -continuó violento-. No hay más que quieren desesperarlo a uno en esta incertidumbre en que se vive. Acaso esta negrilla ha confundido cangrejos con caracoles, porque yo no me explico cómo detrás de los ciervos no han aparecido los cazadores... Si quiera el cuerno ha debido oírse a lo lejos denunciando que se viene sobre la pista de la res cansada.

Al sentir la voz del amo, Guadalupe con un pretexto se había vuelto a la calle.

-No seas impaciente -dijo la esposa; al fin han de asomar.

-¿No crees lo mismo? -agregó abrazando a Natalia.

-¡Sí, sí! -contestó ésta con ingenua alegría-. Llegarán y quedarán cerca de nosotros; siquiera sabremos que están ahí...

Don Carlos movió la cabeza y se fue a su escritorio. No podía conformarse con tanta credulidad. Lo lógico era que las tropas brasileñas hubiesen llegado con las lanzas de los «insurgentes» en los riñones «para el efecto moral».

Apenas él las dejó, las dos mujeres subieron al mirador. Una en pos de la otra usaban del anteojo, graduándolo de distintas maneras, en el afán de distinguir alguna cosa sospechosa en los apartados horizontes.

La región del norte estaba desierta, con sus lomadas y valles vestidos de esmeralda inundados de luz. Algunos animales se destacaban como puntos negros en los declives o junto a los hilos de agua que doraba el sol con vivos reflejos. A trechos, algunos ombúes despojados de follaje en las copas, pero anchos, y ramosos en su medio, se elevaban a grande altura en parejas solitarias, como mudos centinelas indígenas enclavados al frente de las viejas almenas.

-¡Cierto! -dijo Natalia-. Todo está sólo.

-Uno que se presentase ahí, bastaría a animarlo, hija; pero no desespero en verlo llegar. Yo lo conozco bien; ¡es capaz de venir!

La joven bajó el anteojo, y miró a aquella madre amante con tal aire de ardorosa confianza, que ésta no pudo menos de tenderla los brazos y estrecharla contra su seno. Después volvieron a mirarse las dos con los ojos húmedos, como si alguna lágrima los hubiese bañado; pero sonrientes, conmovidas por la misma emoción, abrigando quizá idéntica fe a pesar de la ignorancia en que vivían.

-Bajemos -dijo la señora-. El goce queda para la tarde.

-¡No! -murmuró Natalia con cierta entonación grave;- para el sol de mañana. ¡Verá V.!...

La madre de Luis se puso a reír, y ella la acompañó como una aturdida, mientras bajaban.

Ponían el pie en el patio, cuando Guadalupe se acercó corriendo.

Regresaba la negrilla mucho más agitada que la otra vez temblando, llena de aspavientos.

Sus amas se quedaron sorprendidas.

-¡Lupa! -exclamó la joven-; ya me parece que de todo haces una montaña. ¿Qué pasa?

Guadalupe se cuadró como un soldado; puso sus dos manos en el pecho, los ojos en blanco y alargó el labio inferior.

-No se figura, niña -contestó muy autera-; no adivinaría su mercé lo que acabo de ver, ahí en la bocacalle de San Carlos, con estos ojos que no son ni pizca de tuertos... ¡Oh, si asombra, niña! La gente de a caballo que iba para el hueco de la Cruz, no hace un ratito, se paró a dar paso a un carretón que cruzaba con enfermos. En eso yo llegaba a la esquina; y estando a la curiosidad sin hacer mal a nadie, un soldado del escuadrón flaco y viejo me guiñó el ojo, y dijo como para que ninguno lo oyese: «retinta decile al patrón que me han pialao en un entrevero».

Él quiso seguir hablando, pero la gente marchó y ya no pudo... ¡Me quedé tiesa, niña!...

-¿Quién era?

-¿No adivinó su mercé? ¡El capataz! ¡Don Cleto en persona con su pelo de carnero y su nariz de mojinete, muy señor en una mula reyuna, y con lanza!...

-¡Qué estás diciendo, Lupa! ¿Don Anacleto aquí?

-Tan verdad es como esta cruz, niña.

Y la negra cruzó el pulgar sobre el índice, besándolo.

-Pues que lo juras, así será. Lo habrán tomado prisionero. Es preciso que de algún modo le hables y averigües todo... ¿Tendrá él mucho que decir?...

Cuando trajeron a mi padre de la estancia dos días después de la muerte de Dora, él se quedo allí con nosotros haciendo compañía a su hijo de V., que entraba en convalescencia de sus heridas. Souza no les hizo ningún daño. También quedaba Esteban que tanto quiere a su amo, y que era el que más lo asistía a toda hora con un cuidado que daba gusto...

-¡Oh, el pobre negro! -murmuró la madre-. Es muy fiel...

-Después, ¡quién sabe lo que habrá sucedido! Han pasado muchos días, y todas estas cosas que nos tienen en zozobra, sin sombra de concluir pronto.

-Él me escribió al poco tiempo -dijo la señora-. ¿No te acuerdas que te enseñé la carta, que tanto consuelo nos trajo?

-¡Oh, sí! -repuso Nata, encendiéndosele la mejilla al dulce recuerdo tal vez de lo que el joven había puesto en la carta para ella;- ¡cómo he de olvidar!... Pero, yo me refería a lo más adelante, al tiempo que ya llevamos sin noticias. Mi padre me las pedía ayer en la carta que recibí y que mandó Souza... Ahora podría decirle algo, por lo que Guadalupe nos informa. ¡Qué gusto tendría él en conversar con don Anacleto!

-Yo trataré de verlo, niña... Si su mercé me da permiso, voy hasta el hueco de la Cruz, adonde ha de estar acampada la gente.

-¿Y si no consienten que te acerques, Lupa?

-Déjeme su mercé a mí sola que yo he de buscarle la vuelta: más si están de guardia los pernambucanos, que me dicen siempre trompuda porque no les hago caso...

No pudieron sus amas reprimir una sonrisa ante la ocurrencia de la esclava; quien, sin esperar órdenes, acostumbrada como estaba a insubordinarse cuando así convenía a la casa, emprendió veloz el camino de la calle.

Dejáronla ir, en silencio, sin voluntad para detenerla.



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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