Grito de gloria : 15

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El hueco de la Cruz, hacia el mediodía, era un sitio despejado a cuyos flancos culebreaban tortuosas callejuelas orilladas de edificios bajos, chatos, de teja y ventanillos de verjas salientes, -especie de plaza alumbrada a candil por la noche, y de día, centro escogido de los vehículos de carga; por manera que desde la carreta al carromato y del carretón al carretoncillo, y desde el carricoche al último carrocín la industria de trasportes vivía allí, y en el hueco hacían parada sus conductores al habla el «picador» con el carrocero sobre todos los asuntos del día, los militares en primera línea, como si fuesen temas de su exclusiva competencia y ellos constituyeran algo como una democracia del ágora. Acudían también al hueco las negras con sus pasteles y los pescadores con sus palancas, cuando ya no quedaban sino rezagos de la factura o de la pesca, para hacer su último despacho por medias «patacas» o por «cuartillos».

Ese día, sin embargo, no se veían ni carretillas ni carromateros en aquel patio de los milagros o plazoleta de murciélagos. Sólo uno que otro vehículo de comercio ambulante, con el pértigo en tierra y la culata levantada, eran objeto de asedio por parte de la gente de la milicia allí apostada, la que a prisa se proveía de artículos de que había carecido algún tiempo.

Guadalupe llegó a este sitio en pocos momentos.

Un centinela la hizo retroceder, a pesar de sus protestas, cuando muy seria y alcotana iba a entrarse en el hueco.

Con todo, no se afligió ella por esto.

En la esquina cercana se hallaban varios oficiales de caballería de línea, a caballo todos, menos uno, que la miró con cierta curiosidad mezclada de sorpresa.

Guadalupe lo conoció al instante. Era el teniente Souza con la casaquilla abrochada hasta el collarín, y un capote echado sobre los hombros.

Esperó a que los otros se apartaran, lo que demoró bastante rato.

Así que, halló propicio el momento, y antes que el teniente se fuese al próximo cuerpo de guardia, frente a cuya entrada tenía del cabestro un soldado su montura, dirigiose a él rápida y atrevida.

El centinela, que era un pernambucano de cabeza aplanada, nariz de carpincho y labios como esponjas, incomodose al verla pasar sin mirarlo, y dando un golpe en la caja, del fusil, que llevaba al tercio, dijo brusco:

-¡Nao se pode pasar, revoltosa!

-Calláte hocicudo -respondió la negra; y siguió con mucho aire su camino.

Como la viese llegar presurosa, el teniente Souza se detuvo. La conocía de tiempo atrás. Ella acompañaba a don Luciano Robledo y a Natalia cuando él conducía preso al primero, después de una refriega habida en su campo entre una banda de «matreros» y un destacamento portugués. En cada posta o parada, la negra, le servía con solicitud, a la par de sus amos. El cariño que parecía profesarle, y el esmero extremoso en atenderlos, redoblando en cada etapa su actividad y su celo, atrajéronle la simpatía del oficial que miró en ella un modelo de criada fiel y sumisa.

Recordando estas impresiones del viaje obligado de la familia Robledo, esperó que Guadalupe se aproximase; y así que la tuvo cerca, le preguntó en buen castellano:

-¿Qué buscas tan apurada?

-Soy Guladalupe, para servir a su mercé.

-Ya sé. Dime qué deseas, y en qué puedo serte útil.

-¡Sí, señor! Vea su mercé: ahí en el hueco está acampada una gente que creo que es de Minas, toda bozalona y entruza, que ni sabe las calles. Entre esa gente está el capataz de la estancia de mi amo que ha de traerme noticias de una hermana mía, que tengo en Santa Lucía arriba, por las puntas; pero sucede que no me dejan conversar con él, ni siquiera acercarme unos pasos...

El oficial, que se estaba sonriendo, la interrumpió interrogando:

-¿Ese capataz es aquel hombre viejo que yo conocía en Tres Ombúes?

-El mismo en cuerpo y alma, señor: un vejestorio de nariz de loro, con una barba de chivo y ojos que reverberan; pero tan manso que no es capaz de hacer mal ninguno, como que lleva escapulario y es devoto de la virgen purísima... Si su mercé se acerca lo ha de columbrar de aquí junto a alguna carreta por no perder la costumbre de echarse a la sombrita con los bueyes...

-¿Tanto interés tienes en hablarlo? -dijo Souza, sin dejar de reír.

-Ya lo ve, su mercé... aunque más no fuese aquí al lado de esa centinela, como un favor.

-¿Cómo se llama?

-Anacleto Lascano.

Quedose el teniente un instante pensativo. En seguida llamó con una seña a un sargento y diole órdenes en voz baja.

El sargento dirigiose a la plaza, y no tardó en regresar con un hombre avanzado en años, de mirada avizora, pobladas cejas y barbas, y una nariz ganchuda.

En cuanto lo divisó Souza, sonriose de nuevo, preguntando a Guadalupe;

-¿Ése es?

-En carne y hueso, señor.

-Bueno -agregó el oficial dirigiéndose al viejo-; puede V. hablar con esta mujer libremente pero sin apartarse de aquí, porque las órdenes son rigurosas.

Esto diciendo, hizo un gesto al sargento, y se alejó hacia el cuerpo de guardia sin esperar los agradecimientos de Guadalupe.

Don Anacleto, bastante sorprendido, aunque firme sobre sus talones, observaba todo callado.

Cuando la negrilla lo estimuló a hablar, costole a él persuadirse, recordando sus anteriores diferencias caseras que ella no pretendía mofarse de su precaria situación presente.

Y, un tanto caviloso le dijo:

-¿Cómo te va yendo, Lupa?... Mucho hace que no te vía después de tantos enriedos que se vienen añudando lo mismo que tira de torzal. ¡Siempre guapa y pintona como breva!... ¿Y la niña? Reventando estoy por verla a juerza de suspirarla en la ausencia y en las penas grandes que he pasao desde que me balearon el overo...

-¡Cállese! -lo interrumpió Guadalupe poniéndose un dedo sobre los labios, con aire de suma gravedad-. Necesitado ha de estar de ropa, por esos andrajos que trae colgando como lana de barriga.

-¡Lastimoso vengo, Lupita! -dijo el viejo-. Pero la culpa tiene esta vida melitar que lo vuelve a uno cola, en que todos los abrojos se agarran... Te asiguro que caí por un evento en la embestida, y me enancaron cuasi sin conoscencia. Cuando acordé me vide entre trescientos babuinos que me hacían guiñadas, todos montados en reyunos.

-¡A ver si cierra esa boca don Cleto! No parece sino que es un tigre escapado de la jaula.

-Tigre nací, negra amorosa, y tigre he de morir porque en la sangre está el pecao y en la edá la penitencia...

Pero este no es mi pago, y mejor es no chiflar.

-Por fin dijo una cosa de fundamento... ¡Vea! ropas ha de tener luego, y plata también si precisa, que los amos se lo han de mandar todo sin mezquinarle. Ahora es el caso de que me dé noticias del señor Luis María, porque es mucha la aflicción que hay en la casa y no se sabe de él nada hace tiempo. ¿Dónde lo dejó, don Anacleto? ¿Quedó bueno?...

El viejo giró la cabeza con lentitud a todas partes; miró al sargento que estaba parado a algunas varas de distancia, dándoles la espalda, y al centinela que se paseaba muy amoscado con los ojos siempre vueltos a ellos; y en seguida contestó con aire serio:

-Mi teniente está sano y fuerte como un «yatay». Lo dejé en el paso del Rey con toda la tropa del coronel Lavalleja que se viene zumbando aquí derechito, como si fuese una bala de cañón.

-¿Está seguro que el señor Luis María quedaba bien, don Cleto? -volvió a preguntar la negra impaciente.

-Tan güeno, que a causa de una orden que me dio de seguir a un bombero, antes que la gente se moviese del campo, me mataron el overo después de un encuentro bravo con una partida de mamelucos. El mancarrón me aprietó, y ansina mesmo los puse cara fea peléandolos de a uno...

-Pero ¿y el señor Berón, don Cleto?

-Mi teniente guapo, ya digo. Esteban no lo deja. A poco de venir el patrón preso, mejoró del todo. Después se apareció en el campo el capitán Velarde con un grupito de patriotas; tomó a la guardia de golpe y zumbido, matando a unos y haciendo «majada» con los otros. Entonces marchamos a juntarnos con Lavalleja, y dentramos en el escuadrón de Oribe... Mirá, Lupa; no pueden tardar en venir. ¡Decile a tu ama que están al caer, sobra lo caliente no más!

-Voy ya, ya...Y en la estancia ¿quién quedó cuidando?

-Calderón y los otros viejos. Querían irse al olor de la pólvora, con las masetas hirviendo, pero yo no consentí. Había que atender el campo, y mi «terneraje» flor que tengo metido en un potrero del monte. ¡Si me falta uno a la güelta de la guerra los achuro!

-¡Eso es! ¡por sus terneros! ¿Y los invasores son muchos don Cleto?

-¡Como una nube! ¡Hay más de mil prisioneros... pero nos están mirando mucho, Lupita!

-Mejor es que lo deje -dijo la negra, enterada ya de lo bastante-. Si le dan licencia alguna vez, vaya por casa.

-Lo he de hacer, aunque más fácil juese que rumbiase ajuera. ¿Y el patrón?...

-¡Recién pregunta! Preso desde que llegó...

-No dejes de verme Lupa. Hasta luego... Acordate de la ropa y de unas cuantas «patacas».

Sin hablar más palabra, la esclava se dio vuelta y se marchó veloz, desapareciendo tras de la próxima esquina.

Iba satisfecha; pues había averiguado cuánto le interesaba saber, venciendo la ojeriza que tenía al capataz. La idea de que su joven ama se sentiría feliz al verla la llenaba de un goce indecible; pero no dejaba de contribuir a esa fruición el detalle de que Esteban venía siempre al lado de su amo. Esto la complacía en extremo, sin que ella se diese cuenta del motivo: acaso pensaba mucho más de lo que quisiera, en la sombra negra que iba en pos del señor Luis María.

Y como si temiese que alguien lo descubriese el pensamiento un tanto egoísta que la preocupaba, encogíase de hombros andando y decía a media voz:

-¡Algún gusto le ha de llegar a una también!

Creía de buena fe que todos los deseos quedarían llenados con la presentación de aquella hueste «como nube», en las cercanías de Montevideo.

¿Qué importaba el enorme cinturón de murallas unido por aquel grueso broche que se llamaba ciudadela? ¿Qué los cañones que asomaban sus bocas sobre la escarpa y el foso a modo de fieras hambrientas? ¿Ni qué los batallones y regimientos bien armados y vestidos que se movían dentro del recinto como una gran serpiente que desenrosca sus anillos y luce sus escamas en los muros de su jaula buscando salida para desperezarse?

Todo eso no tenía importancia. Llegando aquellos, se pondrían pronto al habla. Ella era capaz de salir a verlos y de volver a entrar con muchas novedades, sin que las guardias se lo privasen. Ahora se sentía con un valor que nunca hubiera sospechado. Que la sangre de su raza era briosa, lo probaban Esteban y tantos otros compañeros que venían en las filas «insurgentes». ¡Verdad que eran nativos, y se habían criado entre señores!

Entre estas y otras reflexiones semejantes, Guadalupe llegó a la casa, entrándose casi corriendo hasta el jardín.

La estaban aguardando con ansiedad visible. Por lo que a modo de borbollón, empezó a hablar trasmitiendo todos los informes recibidos entro demostraciones de júbilo.

Sus amas llegaron hasta cogerla de las manos, en su alegría, haciéndose repetir uno por uno los detalles que oían con un placer cada vez creciente.

¡Oh, entonces él venía también, sano y bueno!... Siquiera ya no había duda sobre lo ocurrido, aunque empezaran nuevas zozobras para el mañana.

Pero ellas sabrían más pronto lo que pasase allí cerca; inventarían algún medio de comunicación, aunque se echaran los cerrojos a los portones al toque de queda, y se formase un cordón inmenso de centinelas de este lado del foso.

No era un muro de granito el que había de evitar que las frases de cariño llegasen a la zona en que ellos debían detenerse. Esos como gritos del sentimiento y de la pasión volarían por encima de los baluartes y baterías, sin que fuesen escuchados por otros oídos que por aquellos a quienes serían dulces y gratos.

Don Carlos Berón vino a compartir con las señoras el regocijo. Enterado de todo, no ocultó su impresión de alegría, ordenando en el acto que en su nombre y en el de Robledo se llevasen ropas a don Anacleto, con una buena cantidad de «patacas» para sus vicios.

¡Ya era mucho lo que el capataz les había comunicado después de tantos días de incertidumbres y pesares!

Nata estaba sonriente, fresca como una rosa, agitándose sin cesar. Brillábale en los ojos una fruición íntima que la estremecía toda, como si la tomase de sorpresa aquella emoción que hacía mucho tiempo no experimentaba de una manera tan intensa. La madre del ausente la seguía en todas sus manifestaciones con mirada cariñosa.

Estas dos mujeres habían llegado a quererse. Una y otra se sentían vinculadas por el lazo de un hondo afecto, el que cada una a su modo, profesaba al joven voluntario. Día a día, a veces horas enteras, lo habían recordado con afán haciendo votos por su ventura. En esas confidencias, llegaron a creer que serían oídas y se lisonjeaban de que sus esperanzas y vaticinios se cumplirían contra todas las eventualidades de la suerte.

Sin embargo, ¡cuántas congojas las asaltaron y aún las asaltarían! ¡Era tan voluble la fortuna, tan caprichoso el éxito en las luchas crueles! La muerte acechaba a cada paso, a cada minuto, a los que se batían.

¿Caerían otra vez en la taciturnidad preñada de tristezas? ¡Quién sabe cuántas nuevas impresiones les reservaba el porvenir, allí, en medio de enemigos, donde se cuidaba no decirse nada de favorable a los «insurgentes», aunque un grande malestar reinante, una ráfaga fría de odios y venganzas llegase hasta el fondo de los hogares!



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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